En los extremos occidentales del Señorío, don Manrique de Lara hizo levantar a comienzos del siglo XII poderosas fortalezas


 

 



Tuvo este castillo una misión fronteriza durante varios siglos. Perteneció al caballero viejo don Juan Ruiz de Molina, y en su familia, luego nombrados marqueses de Embid, siguió durante siglos.



Señorío de Molina

© Antonio Herrera
Cronista Oficial de Guadalajara

 

En los extremos occidentales del Señorío, don Manrique de Lara hizo levantar a comienzos del siglo XII dos poderosas fortalezas: el castillo de San Juan, en el actual pueblo de LA TORRESAVIÑAN que sobre un pelado otero se contempla al pasar por la carretera nacional II de Madrid a Barcelona, tras atravesar Torremocha del Campo; y el castillo de Almalaf que dominaba un breve valle que por HORTEZUELA DE OCEN da al Tajuña. De ambos quedan solamente unas leves aunque vistosas ruinas.

Sobre el valle del río Mesa, vía capital en la comunicación del Señorío de Molina y el reino frontero de Aragón, se levantaron en la Edad Media varios fuertes castillos, de los que solo resta el magnífico de VILLEL DE MESA, construído todo él con tapial, sillarejo y adobe, estando forrado de buen sillar la torre del homenaje. Sobre el peñón alargado se tiene en equilibrio la fortaleza, cayendo sus muros cortados en vertical sobre la roca.

El castillo de ESTABLES mantiene una historia tremebunda, pues si en un principio el lugar formó parte del Señorío de Molina, y estuvo gobernado por sus señores y su Fuero, en el siglo XV pasó a pertenecer a los duques de Medinaceli. Estos, en la primera mitad de la referida centuria, mandaron un capitán de su confianza que tuvo por misión levantar una fortaleza en el pueblo. Este emisario, llamado Gabriel de Ureña, cometió toda clase de tropelías con las gentes comarcanas para edificar el castillo de Establés. Desde entonces le quedó el apelativo que le nombra el castillo de la mala sombra.

El castillo de COBETA, asomándose a un hondo valle que baja hacia el pintoresco de Arandilla, escoltado de pinares y prados, en la sesma del Sabinar. Su nombre le viene de la torre o cubo que de siempre vigiló su caserío y que muy probablemente se formó en torno a aquella. Perteneció primero a los Laras, luego al cabildo seguntino, y, más tarde, a las monjas de Buenafuente, de las cuales vino a dar en la familia de los Tovar y Zúñiga.

En la frontera con Aragón, el castillo de FUENTELSAZ vigiló un estrecho paso desde su atalaya rocosa. Se mantuvo entero hasta el siglo pasado, en que sirvió de escenario para las guerras carlistas. Hoy muestra un torreón erguido y muros a medio caer.

En la misma frontera aragonesa, el castillo de EMBID muestra su recia estampa para el que desde Molina se acerca. De su maltrecha torre quedan los altos muros partidos, y de su recinto perviven cortinas y cilíndricos cubos en esquinas y al centro, rematado todo éllo con bien conservadas almenas. Se sitúa sobre un cerrete de rocas y arenisca que le ponen como en un pedestal. Tuvo este castillo una misión fronteriza durante varios siglos. Perteneció al caballero viejo don Juan Ruiz de Molina, y en su familia, luego nombrados marqueses de Embid, siguió durante siglos.

En LA YUNTA hay todavía fuerte castillo: fue desde la Edad Media posesión de la Orden de San Juan, y, aunque estaba incluído en el marco territorial del Señorío, nada tenían que ver en él sus señores. El maestre de la Orden de San Juan era el único dignatario que sobre la Yunta tenía poder, delegado en algún comedador allí destacado. Hoy queda en el centro del pueblo un gran torreón, de fortísimos muros y escasos vanos. Su puerta, elevada en notable altura, sólo permitía el acceso mediante escaleras de mano. Sobre élla, escudo de la orden sanjuanista.



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