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La Torre de Armas del castillo de Molina de Aragón, el más grande de la región.

Molina de Aragón. Fortaleza de los condes de Lara.

Es el castillo de Molina de Aragón, sin duda, el más grande y expresivo de cuantos guarda hoy la Región castellano‑manchega. Su presencia desafiante, su buen estado de conservación, la grandiosidad de sus perspectivas, permite evocar los tiempos remotos de su construcción y el poderío que entonces alcanzaron sus señores.

El origen de esta gran fortaleza es muy remoto. Su situación, recostado en la dura pendiente meridional de un cerro que escolta al valle del río Gallo, fue desde épocas remotas una posición de estratégico dominio del llano fértil que se abre a sus pies. Así, sabemos que lo más alto del cerro, donde hoy asienta la llamada torre de Aragón, fue sede de un castro celtíbero, fortificado para la defensa, y cercano al beneficio de las aguas.

Algunos historiadores dados a la búsqueda de antigüedad solemne para sus temas, no dudaron en achacarle origen romano, haciéndole sede de la ciudad de Manlia, pero nada se ha encontrado en este sentido, y solamente podemos referir que fue levantado como tal castillo por los árabes, que en este lugar pusieron la sede de los reyezuelos del territorio molinés, sufragáneos unas veces del reino taifa de Toledo, y otras del cristiano de Castilla. Así, durante los siglos X y XI, la pequeña corte morisca asentó sus reales en este castillo, entonces más reducido en tamaño y fuerza de lo que vemos ahora. Sus jefes, Hucalao, Aben­ hamar, Abengalbón, resuenan en algunas crónicas árabes de la época. Este último fue gran amigo del Cid Campeador, alojando al guerrero burgalés en sus caminares de exilio entre Castilla y Valencia.

La reconquista del territorio molinés no fue difícil para las armadas cristianas. El empuje de Alfonso I el Batallador de Aragón, que desde principios del siglo venía haciendo suyos los territorios de una y otra orilla del Ebro, llegó en 1129 hasta el territorio molinés y su capital fue tomada por las armas, incluido el castillo y sus ocupantes, en aquel año. La disputa del territorio, elevado y frío, despoblado casi por completo, pero estratégico en el dominio de los caminos entre Aragón y Castilla por una parte, y entre ésta y Valencia por otra, se produjo entre los reyes de los territorios vecinos, y tras algunos tratos quedó Molina como parte integrante del reino de Castilla, y su señorío entregado en régimen de behetría a la familia, entonces poderosa, de los Lara.

Fue así que estos magnates constituyeron en Molina de los Caballeros, como al principio fue llamada la villa, un fuerte núcleo poblacional ayudado por la concesión de un Fuero, promulgado en 1154 por su primer conde, don Manrique de Lara. Se creó a partir de entonces un poderoso Común de Villa y Tierra, organización propia de la Castilla meridional, cuya cabeza territorial era Molina, sede del señorío, de las instituciones, de los representantes, del mercado, etc., y protegida por una muralla que fue creciendo a partir de la segunda mitad del siglo XII.

El gobierno de los Lara sobre el territorio y la villa de Molina duró hasta finales del siglo XIII, en que por matrimonio de la sexta señora, doña María de Molina, con el rey de Castilla Sancho IV el Bravo, pasó todo el Común al gobierno directo del monarca. Durante los casi dos siglos de relativa independencia, la ciudad de Molina fue progresivamente edificada y cuidada por sus señores. Todos ellos fueron añadiendo elementos al castillo, cada vez más fuerte, y finalmente la quinta señora, doña Blanca de Molina, terminó de construir la fortaleza y darla el tamaño y el aspecto que hoy nos muestra.

Incluso la actividad de los Lara fue más allá de la simple construcción del castillo de Molina. En la villa se ocuparon, durante todo el siglo XIII, de poner fortísima muralla que la rodeaba por completo, alzando una cerca espesa, reforzada a trechos por torreones, y situando cuatro puertas que daban acceso a la población desde otros tantos caminos: las puertas de Medina, de Valencia, de Ahogalobos y de los Baños permitían la entrada al burgo, dos de ellas puestas frente al río Gallo, que se cruzaba por sendos puentes, de los que hoy queda uno precioso, de estructura románica pura. Además, la condesa Blanca erigió otra pequeña muralla interior, denominada el Cinto, que separaba la villa baja de la zona empinada o gran albácar del castillo, en que situó un barrio, presidido por una iglesia de planta románica, destinado a albergar a sus ballesteros y capitanes de su ejército, además de toda la compaña multiforme de sus criados y corte.

La historia del castillo de Molina, eje de la vida política del territorio aforado que circundaba, incluyendo un total de ochenta aldeas a lo largo de más de tres mil kilómetros cuadrados, a la villa cabeza, fue posteriormente, a la largo de la Baja Edad Media, un constante esfuerzo de sus gentes por mantener su antigua autonomía y solamente permanecer dependientes del rey castellano, a quien preferían tener por señor antes que cualquier otro de la nobleza del reino. En este sentido, los molineses plantearon dura guerra cuando Enrique II, "el de las Mercedes", entregó el señorío de Molina al francés Beltrán Duguesclin, violentando así su tradicional Fuero. Y por ello se entregaron al Rey de Aragón, Pedro IV el Ceremonioso, permaneciendo integrados en el vecino reino hasta seis años después, siendo en 1375 que volvieron a entrar en la nómina de territorios castellanos. De aquella corta estancia en Aragón le viene a Molina su denominación actual.

Un hecho similar se produjo mediado el siglo XV, cuando Enrique IV entregó Molina y su territorio en señorío a su favorito Beltrán de la Cueva. Las gentes del altiplano se rebelaron y plantearon diversas batallas de las que salieron finalmente vic­toriosos, obteniendo poco después de la Reina Isabel I la Católica un privilegio por el que garantizaba a Molina su permanencia "ad aeternum" en el reino de Castilla. Hoy todavía, ya sin Fuero propio, pero con una serie de instituciones que permiten a Molina cierto tipo de autogobierno, el Rey de España es Señor de Molina y así reconocido por sus habitantes.

El castillo molinés, que ha permanecido a lo largo de los siglos muy entero y sin necesidad de restauraciones especial­mente llamativas, fue protagonista de algunas otras batallas posteriores, ya casi protocolarias en el discurrir de conflagraciones en las que este tipo de fortalezas no jugaban un papel relevante. Además de haber servido de refugio al Empecinado, y sufrido un incendio violento toda la ciudad en 1810 por orden del general francés Roquet, en 1875 tuvo que soportar el castillo molinés el asalto y destrucción de parte de sus murallas por una fuerte columna de carlistas comandada por el general Vallés. Tras haber servido de cuartel durante todo el siglo XIX, la fortaleza de Molina quedó vacía desde principios de nuestro siglo, y hoy solo sirve para que el turista y curioso de las antiguas construcciones guerreras medievales pase un rato evocador recorriendo  sus patios, subiendo las escaleras retorcidas de sus torres o asomando la vista desde los adarves protegidos de fuertes almenas.

Descripción

Se trata de una típica alcazaba bajomedieval en la que un ámbito amurallado muy amplio recoge en su interior, hoy yermo, la edificación militar propiamente dicha. Todo el conjunto se encuentra sobre fuerte cuestarrón orientado al mediodía. Desde la remota distancia, llegando a Molina por Aragón o por Castilla, sorprende lo airoso de su estampa, y en llegando cerca se hace especialmente llamativo el color rojizo de sus sillares, lo bien dispuesto de sus torres, de sus muros, la magnífica prestancia del castillo que sin exageración volvemos a calificar como el más grande y señero de la región.

Las dimensiones de la fortaleza interior son de ochenta por cuarenta metros, lo que ya supone una grandiosidad desusada para lo que solían ser los castillos en la Edad Media. En cual­quier caso, ello nos revela la función no solo defensiva, sino residencial para la que este edificio fue levantado. En el muro de poniente, y escoltada de sendos torreones cuadrados, se abre la puerta principal de acceso, coronada por arco de medio punto en forma de "buhera". El aspecto actual es muy diferen­te del que tuvo en un principio. Los muros han quedado muy bajos con relación a las torres, pero así y todo, estos muros labrados en fuerte mampostería, tienen varios metros de espesor.

De las ocho torres que llegó a tener el alcázar molinés, según refieren antiguos cronistas, hoy solo nos han llegado en pie y en relativas buenas condiciones, cuatro: son las de doña Blanca, de Caballeros, de Armas y de Veladores. Todas ellas se encuentran comunicadas entre sí por un adarve protegido de almenas. En el interior de las torres, aparecen diversos pisos, de amplia superficie, comunicados por escaleras de caracol que en todos los casos permiten ascender hasta las terrazas, también fuertemente almenadas, desde las que se divisan magníficas vistas de la ciudad, del valle del Gallo y del Señorío. En los muros de las torres aparecen vanos de función diversa, pues encontramos en ellos desde simples saeteras o flecheras, a troneras e incluso amplios ventanales, de posterior construcción, que permitían la visión cómoda del paisaje y la entrada de luz a las estancias, olvidando ya su primitivo carácter defensivo.

En el patio central del recinto del castillo se acumulan hoy elementos de construcción utilizados para las periódicas tareas de restauración. En su muro norte estaba adosado el pala­cio de los condes, y en la parte sur se encontraban las caballerizas, cocinas, habitaciones de la soldadesca, cuerpos de guardia y calabozos. Es curioso el que subsiste en el piso bajo de la torre de las Armas, en cuyo techo pueden aún contemplarse graba­ das curiosas frases, palabras y animales dibujados que demuestran ser del siglo XV.

El recinto externo de la fortaleza, lo que podríamos denominar albácar de la alcazaba, o campo de armas, es extraordinariamente amplio. Sirvió, en tiempos de doña Blanca, para albergar todo un barrio presidido por su correspondiente iglesia de estilo románico, de la que hoy puede verse completa su planta y el arranque de los muros y columnas de su presbiterio y ábside. En él destacan hoy los fuertes muros que le contornean, algunos mal restaurados, especialmente la parte de muralla que da su cara a la población, lo que en tiempos medievales se denominó el Cinto. Se penetra a este recinto por la llamada torre del Reloj, que ha quedado muy baja y desmochada de almenas. En el interior de este albácar aún puede verse la entrada a la que llaman cueva de la Mora, que se supone alcanza, en forma de galería tallada en la roca, hasta la parte inferior de alguna de las torres.

Es destacable en el castillo molinés la presencia de una gran torre aislada, al norte de la fortaleza, y en su punto más elevado, que se denomina la torre de Aragón. Fue la primitiva construcción, sede del castro celtíbero, puesta en forma de defensa por los árabes, y diseñada por sí sola como un auténtico castillo independiente, que sin embargo estuvo comunicado siempre con el castillo mayor a través de una coracha subterránea, en zig‑zag, cuya traza aún se observa hoy perfectamente.

Esta torre es de planta pentagonal, apuntada hacia el norte, está rodeada de un recinto muy fuerte almenado realizado con mampostería basta. La torre, centrada en este ámbito, muestra sus esquinas realzadas con sillares bien labrados de piedra arenisca de tonos rojizos. Su ingreso estaba formado por un entrante en el muro, rematado en elevado y airoso arco en forma de "buhera", ya hundido. El interior, de amplia superficie, tiene varios pisos comunicados por escalera, todo ello moderno, y en la altura se encuentra la terraza almenada, desde la que puede contemplarse con facilidad la estructura de toda la fortaleza y de la antigua cerca amurallada de la ciudad de Molina, de la que aún sobresale la torre de Medina, y buena parte de las murallas.   

En cualquier caso, la visita al castillo molinés es un ejercicio obligado para cuantos deseen conocer en puridad la esencia de las construcciones militares medievales que marcan, con su fiera presencia y su digna supervivencia, la razón más íntima de la historia de nuestra tierra.

Sugerencias para la visita

El castillo de Molina de Aragón está habitualmente cerrado a las visitas. Solamente puede contemplarse en su aspecto general, y en este sentido es muy recomendable hacerlo desde los altos de la carretera que lleva hacia Checa y Peralejos de las Truchas, y desde la ermita de la Inmaculada, desde donde se consiguen las mejores fotografías. La torre de Aragón, habitualmente abierta, puede visitarse llegando a sus cercanías por la carretera que sale de Molina en dirección a Calatayud.

Para poder visitar el interior de la fortaleza, hay que acercarse al Ayuntamiento, y allí solicitar que algún empleado municipal especialmente dedicado a esta tarea, acompañe al viajero, le abra las puertas, y pueda mostrarle cuanto de interés puede verse en su interior.


Los textos y fotos de este web site pertenecen a la obra Castillos y Fortalezas de Castilla-la Mancha. de Antonio Herrera Casado, editado por AACHE Ediciones. 2007. Colección "Tierra de Castilla-La Mancha", 1.
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