El castillo molinés, que ha permanecido a lo largo de los siglos muy entero y sin necesidad de restauraciones especialmente llamativas, fue protagonista de múltiples batallas, tanto en la Edad Media como en la Guerra de la Independencia y guerras carlistas.


 


Castillo de
Molina de Aragón

El castillo de Molina de Aragón es el más grande y expresivo de cuantos guarda hoy la provincia de Guadalajara. El origen de esta gran fortaleza es muy remoto. Su situación sirvió de sede a un castro celtíbero, fortificado para la defensa, y cercano al beneficio de las aguas del río Gallo.

© Antonio Herrera
Cronista Oficial de Guadalajara

 

HISTORIA

Fue levantado como castillo por los árabes, que en este lugar pusieron la sede de los reyezuelos del territorio taifa molinés. Sus jefes, Hucalao, Aben hamar, Abengalbón, resuenan en algunas crónicas árabes de la época. Este último fue gran amigo del Cid Campeador, alojando al guerrero burgalés en sus caminares de exilio entre Castilla y Valencia.

El territorio molinés fue conquistado a los árabes por Alfonso I el Batallador de Aragón, en 1129. La disputa del territorio, elevado y frío, despoblado casi por completo, pero estratégico en el dominio de los caminos entre Aragón y Castilla, quedó finalmente para Castilla, y su señorío entregado en régimen de behetría a la familia de los Lara.

Estos magnates constituyeron en Molina de los Caballeros un fuerte núcleo poblacional al que concedieron un Fuero, promulgado en 1154 por su primer conde, don Manrique de Lara. Se creó un poderoso Común de Villa y Tierra, organización propia de la Castilla meridional, cuya cabeza territorial era Molina, sede del señorío, de las instituciones, de los representantes, del mercado, etc., y protegida por una muralla que fue creciendo a partir de la segunda mitad del siglo XII.

El gobierno de los Lara sobre el territorio y la villa de Molina duró hasta finales del siglo XIII. Luego pasó a ser señorío de los reyes castellanos por la boda de su señora, doña María con Sancho IV. Durante los casi dos siglos de relativa independencia, la ciudad de Molina fue progresivamente edificada y cuidada por sus señores. Todos éllos fueron añadiendo elementos al castillo, cada vez más fuerte, y finalmente la quinta señora, doña Blanca de Molina, terminó de construir la fortaleza y darla el tamaño y el aspecto que hoy nos muestra.

El castillo molinés, que ha permanecido a lo largo de los siglos muy entero y sin necesidad de restauraciones especialmente llamativas, fue protagonista de múltiples batallas, tanto en la Edad Media como en la Guerra de la Independencia y guerras carlistas. Además de haber servido de refugio al Empecinado, y sufrido un incendio violento toda la ciudad en 1810 por orden del general francés Roquet, en 1875 tuvo que soportar el castillo molinés el asalto y destrucción de parte de sus murallas por una fuerte columna de carlistas comandada por el general Vallés. Tras haber servido de cuartel durante todo el siglo XIX, la fortaleza de Molina quedó vacía desde principios de nuestro siglo, y hoy solo sirve para que el turista y curioso de las antiguas construcciones guerreras medievales pase un rato evocador recorriendo sus patios, subiendo las escaleras retorcidas de sus torres o asomando la vista desde los adarves protegidos de fuertes almenas.

 

EL CASTILLO

 


 



El recinto externo de la fortaleza, lo que podríamos denominar albácar de la alcazaba, o campo de armas, es muy amplio. En tiempos de doña Blanca albergaba un barrio entero, en el que se incluía la llamada cueva de la Mora.


El castillo de Molina de Aragón es la típica alcazaba bajomedieval en la que un ámbito amurallado muy amplio recoge en su interior la edificación militar propiamente dicha. Todo el conjunto se encuentra sobre fuerte cuestarrón orientado al mediodía. Desde la remota distancia, llegando a Molina por Aragón o por Castilla, sorprende lo airoso de su estampa. Sus dimensiones interiores son de 80 x 40 metros, lo que ya supone una grandiosidad desusada. En el muro de poniente, escoltada de sendos torreones cuadrados, se abre la puerta principal de acceso, coronada por arco de medio punto en forma de buhera. De las ocho torres que llegó a tener el alcázar molinés, según refieren antiguos cronistas, hoy solo nos han llegado en pie y en relativas buenas condiciones, cuatro: son las de doña Blanca, de Caballeros, de Armas y de Veladores. Todas éllas se encuentran comunicadas entre sí por un adarve protegido de almenas. En el patio central del recinto del castillo se acumulan elementos de construcción utilizados para las periódicas tareas de restauración. En su muro norte estaba adosado el palacio de los condes, y en la parte sur se encontraban las caballerizas, cocinas, habitaciones de la soldadesca, cuerpos de guardia y calabozos.

El recinto externo de la fortaleza, lo que podríamos denominar albácar de la alcazaba, o campo de armas, es muy amplio. En tiempos de doña Blanca albergaba un barrio entero, en el que se incluía la llamada cueva de la Mora.

En el castillo molinés destaca además la presencia de una gran torre aislada, al norte de la fortaleza, y en su punto más elevado, que se denomina la torre de Aragón. Fue la primitiva construcción, sede del castro celtíbero, puesta en forma de defensa por los árabes, y diseñada por sí sola como un auténtico castillo independiente, que sin embargo estuvo comunicado siempre con el castillo mayor a través de una coracha subterránea, en zigzag, cuya traza aún se observa hoy perfectamente. Esta torre es de planta pentagonal, muy alta, con varios pisos.



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