Tras decenios de abandono, hoy ha sido restaurado perfectamente y sirve de sede al Parador Nacional de Turismo Castillo de Sigüenza, uno de los más hermosos y grandes de España.


 


Castillo de Sigüenza

Sigüenza fue asiento de una importante ciudad celtíbera, Segontia, que estuvo situada en los altos cerros de la margen derecha del río Henares. En tiempos romanos, hubo aquí importante estación de paso y lugar nutrido de habitantes, quienes seguramente elevaron su primer torreón o puesto de vigilancia sobre el valle en lo que es hoy castillofortaleza. Los visigodos habitaron la ciudad, y los árabes, aunque en menor número, también lo hicieron, casi reducidos a la guarnición de su reducto fuerte y atalayado en lo más elevado de la orilla.

© Antonio Herrera
Cronista Oficial de Guadalajara

 

HISTORIA

La reconquista de Sigüenza tuvo lugar el año 1123, siendo su primer obispo, el aquitano don Bernardo de Agen, quien al mando de un poderoso ejército conquistó la ciudad a los árabes que la ocupaban. La restauración de la sede episcopal en Sigüenza por parte de la monarquía castellana, alentó el crecimiento de esta aldea, que tomó nuevas fuerzas cuando poco después, en 1138, Alfonso VII concedió a los obispos el señorío civil sobre la ciudad y sus gentes.

Desde entonces la historia de Sigüenza y de su castillo ha corrido pareja con la de sus obispos. Multitud de éllos, de todos los caracteres y las aptitudes, pasaron por la silla episcopal. Unos fueron valientes y organizadores, mezcla de monje y de guerrero, como el fundador don Bernardo; otros tuvieron el carisma de la santidad, como Martin de Finojosa; algunos fueron políticos eminentes, emprendedores y estrategas, como Pedro Gonzalez de Mendoza; otros aún tuvieron el sentido social suficiente como para emprender obras públicas por todo el obispado, como don Juan Diaz de la Guerra...

Ellos levantaron, desde los inicios del siglo XII, este castillo que paulatinamente fue haciéndose más grande y poderoso. En sus salones pusieron capillas, salas de justicia, tribunales y cárceles. Una guarnición potente de militares y servidores estuvieron siempre al cuidado de este castillo, en el que largas temporadas habitaron los obispos.

Un hecho histórico añadido al lento discurrir de los diversos episcopados, fue el ocurrido en el siglo XIV, en 1355, cuando en esta fortaleza fué alojada, en calidad de prisionera, doña Blanca de Borbón, esposa de Pedro I, y desde entonces data la leyenda de que una de las torres del mediodía, hoy todavía nominada con el recuerdo de la joven dama francesa, albergó su cruel destino durante una temporada.

El castillo es la culminación de una estructura defensiva que consistía en amplia muralla que rodeaba toda la ciudad. De sus puertas quedan hoy el portalón del Hierro, en la Travesaña Alta, el Portal Mayor, que fue el acceso princi pal, durante la Edad Media. Y por el costado de levante la Puerta del Sol, que fue postigo simplemente, y la Puerta del Toril, utilizable para salir a la Cañadilla desde la plaza mayor.

A partir de la Guerra de la Independencia se inició la progresiva ruina de esta fortaleza. Todavía en 1827, residiendo en él don Manuel Fraile García, obispo a la sazón, se alojaron tres días Fernando VII y su Corte. Después sufrió destrozos con motivo de las guerras carlistas, y a mediados del siglo se produjo un gran incendio en el mismo que acabó de arruinarlo.

Tras decenios de abandono, hoy ha sido restaurado perfectamente y sirve de sede al Parador Nacional de Turismo Castillo de Sigüenza, uno de los más hermosos y grandes de España.

 

EL CASTILLO

 


 



El aspecto de la fortaleza, desde la lejanía, es muy homogéneo, ofreciendo un nivel de paramentos lisos y algunos torreones, unas veces de planta cuadrilátera, y otras semicirculares, siempre rematados por almenas.


Situado sobre la altura del cerro que escolta por la izquierda al río Henares, el castillo de Sigüenza remata con su gallarda y solemne silueta la ciudad toda, en la que, vista de lejos, se confunden las torres de la catedral, los chapiteles de los templos románicos y los frontispicios de palacios y conventos, con la algarabía tierna de la arquitectura popular genuina de estas sierras ibéricas. El conjunto de la ciudad seguntina es, desde cualquier lugar que se la mire, inolvidable y sorprendente.

El aspecto de la fortaleza, desde la lejanía, es muy homogéneo, ofreciendo un nivel de paramentos lisos y algunos torreones, unas veces de planta cuadrilátera, y otras semicirculares, siempre rematados por almenas. Su desafiante tono es el propio de una fortaleza netamente medieval, de los siglos XIII y XIV que fue cuando cobró su silueta verdadera.

En el interior, muy modificado por la habilitación a Parador, se pueden admirar diversos salones. Entre éllos el salón rojo o salón del trono, en el que grandes pilares cuadrados delimitan un amplio espacio rematado por gran chimenea renacentista, y muros decorados en un fuerte tono rojo, que se matiza con abundantes reposteros y armaduras. En este lugar impartían su justicia, civil y eclesiástica, los señores y obispos de Sigüenza. El comedor grande o salón de doña Blanca es otra pieza hermosísima, en la que se yerguen gruesos arcos pétreos apuntados sosteniendo la estructura de la sala.



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