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El viajero Camilo
José Cela (1916-2002)
llega a La Puerta, en un estrecho y verdeante valle,
y allí le acogen con cariño, y el alcalde le da pan del suyo.
La Puerta
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Desde
Viana hasta La Puerta la distancia es corta. La carretera va siguiendo a
la par el cauce del arroyo de la Solana. Hace calor. El viento que
soplaba en los huertos de Viana, tan suave y tan grato sobre la piel, se
ha parado de golpe. La
Puerta es un pueblo con trazado urbanístico la mar de original. Se
extiende todo él a lo largo de una acequia de cemento, a la caída de
la serrezuela de peñascos color plomo que lo resguardan de los malos
vientos del atardecer. Durante el verano La Puerta tiene todo el aspecto
de ser un pueblo de esparcimiento y de descanso. En una tarde de finales
de verano su aspecto es muy similar al de cualquier villa porteña del
Levante Español. La Alcarria ofrece a menudo esos contrastes. Al
soberbio murallón de rocas que el pueblo tiene sobre sí como protector
y vecino, la gente le llama el Cerro de las Piedras. El
pueblo es pequeño. No es mucho lo que en un día cualquiera puede
encontrarse en él. El paraje de la ermita de Montealejo, uno de los más
hermosos que rodean a La Puerta, cae a bastante distancia. Uno, en
cambio, puede darse un paseo por la calle principal, siempre a lo largo,
siguiendo la dirección del canal. Los bares, las tiendas, los demás
establecimientos de servicio, ofrecen una impresión nueva y
sorprendente al recién llegado. Como experto, y curtido en el ambiente
rural de los pueblos de la Provincia, uno no acaba de comprender el
porqué del aspecto capitalino de un lugar de la Alcarria con tan escasa
entidad de población. Bajo la sombrilla de un bar se oye la conversación
en voz alta de los clientes. Una placa en lugar visible de la calle
dice: "El Excmo. Ayuntamiento de Trillo a don Baldomero Martínez
Fernández, insigne maestro, en agradecimiento a su labor docente
desarrollada en este pueblo de La Puerta de 1925 a 1952." Desde hace años el pueblo es parte
integradora en lo municipal del ayuntamiento de Trillo. Hace
algo más de un siglo, el lugar de La Puerta contaba con cerca de
trescientas almas como población de hecho y tal vez también de
derecho. En este tiempo nuestro su número de habitantes es mucho menor.
Por entonces eran las afecciones de reuma y las fiebres tercinas las
enfermedades que con mayor frecuencia caían como pesada cruz sobre la
espalda de los vecinos. Hoy suelen ser los años los que acaban con la
gente, hombres y mujeres de avanzada edad, ya muy pocos, los que ocupan
de ordinario las casas más antiguas, las de aquel La Puerta del que nos
habla don Camilo y que ahora cuesta trabajo reconocer.
Algo
de historia y arte Tras la reconquista de la zona en
1177, cuando Alfonso VIII conquistó la ciudad de Cuenca, el caserío de
La Puerta quedó señalado en los límites occidentales del territorio
asignado al Común de Villa y Tierra de Cuenca: Mantiel, Cereceda, La
Puerta, Viana, Escamilla, Peralveche y Arbeteta, todos en la actual
provincia de Guadalajara. Siempre incluida en la jurisdicción
conquense, y gobernada por su Fuero, figura en el siglo XV como parte
del señorío feudal de don Pero Núñez de Prado, noble alcarreño a
quien se lo arrebató mediante cierta componenda con visos de legalidad
el arzobispo don Alfonso Carrillo, primado toledano y alborotador político
en el reinado de Enrique IV. Este purpurado se lo donó a su sobrino don
Lope Vázquez de Acuña, y su hijo, don Lopez de Acuña, terminó vendiéndoselo,
en 1485, a Iñigo López de Mendoza, primer conde de Tendilla, en cuyos
sucesores, luego marqueses de Mondéjar, permaneció hasta el siglo
XIX. Del antiguo castillo o torre vigía
que para guardar esta parte del valle pusieron sus señores en la Edad
Media, no queda resto alguno. Es de sumo interés la iglesia parroquial,
obra del siglo XII, a poco de ser reconquistada la zona. Es de una sola
nave, rematada a levante por ábside semicircular con medias columnas
adosadas, y alero sujeto por canecillos y modillones, algunos con
representaciones antropomórficas y foliáceas. En el centro de este ábside
aparece una ventanilla aspillerada cuyo arquillo descana en robustas
columnas de capitel decorado con hojas de acanto. La puerta de ingreso
se abre en el muro sur, y hoy se oculta bajo atrio o portal cerrado que
le priva de su normal y bella perspectiva. Consta el ingreso de cinco
arquivoltas semicirculares, en tres de las cuales se ven baquetones
rotos o zizagueantes, con decoración muy tépica del románico
castellano; en la más exterior aparecen cabezas de clavo o flores
cuadrifolias. Estas arquivoltas apoyan en sendas columnas adosadas,
rematadas en capiteles de vegetación foliácea. En el interior se
reproduce la planta semicircular del ábside; se presenta un gran arco
triunfal de ocultos capiteles y se ven restos ínfimos de antiguo artesonado
mudéjar. Todo el templo sufrió reformas en el siglo XVI, pero aun así
muestra ser una de las buenas iglesias del románico rural alcarreño. La parroquia posee una magnífica
cruz procesional de plata repujada, obra de mitad del siglo XVI, debida
al orfebre conquense Francisco Becerril. Mide 97 cm. de altura y 47 cm.
de envergadura. En el anverso presenta una importante talla en plata de
Cristo crucificado; en el reverso, gran medallón con el arcángel san
Gabriel acuchillando al Demonio. En los extremos, arriba, el pelícano
simbólico alimentando a sus crías, y santas mujeres; y los cuatro
evangelistas en magníficos escorzos renacientes. En la macolla, de
dos pisos, aparecen los doce apóstoles cobijados bajo doseles
sostenidos por columnas y cariátides, todo ello rodeado de profusa
decoración de grutescos, roleos, trofeos y cartelas. Del libro Guadalajara, pueblo a pueblo, de José Serrano Belinchón y Antonio Herrera. Edit. Nueva Alcarria, 1999. |
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Actualizada a viernes, 06 de enero de 2006
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