cela camilo jose cela alcarria

este es el artículo que
publicó Camilo José Cela (1916-2002)
en el diario ABC de Madrid, el 27 de julio de 1997,
cuando marchó a vivir a Madrid, dejando Guadalajara...
GuadalajaraA
mis amigos de esta tierra, que son más de cien; algún día intentaré
hacer un inventario de vivos y muertos, todos habitadores de mi corazón. El
hombre propone, a veces, y Dios dispone, de cuando en cuando; lo digo
porque las cosas no siempre marchan al pelo de la voluntad, sino que,
con harta frecuencia, se perfilan al contrapelo de las circunstancias y
otras desidiosas aventuras. Todo es música, salta a la vista que todo
es música; pero no es lo mismo bailar un vals con una jovencita vestida
de tul color de rosa que llevar el cadáver de un héroe a cuestas y a
los solemnes acordes de una marcha fúnebre; tampoco es igual el ánimo
con que se emprende el uno y el otro trance. La vida se mueve a suaves y
melodiosos vaivenes o a violentos y estruendosos bandazos, esto es algo
que nadie ignora, y al hombre no le queda más remedio que danzar al son
que le toquen porque, de lo contrario, pierde el compás y se descrisma. Se
me ocurre cavilar estas rigurosas y medio escépticas evidencias porque
las raras leyes que rigen las vidas y las conductas me llevan ahora
fuera, aunque no lejos, de la tierra en la que he vivido los últimos
ocho o diez años y con la que ensayé mi buen amor hace ya más de
medio siglo: Guadalajara, el país donde compartí con los amigos la
noticia de que me daban el premio Nobel; donde escribí más de media
docena de libros (*), donde me casé, donde instalaron un museo para un
libro mío, donde me dieron calles y medallas y donde el Rey me hizo
marqués. El día de los santos Felicísimo, Agapito y Cremetes de 1988
recordé a esta benemérita tierra desde el Finisterre y repetí mi añoranza
entre el tiempo ido para jamás volver y los caminos, las piedras y los
árboles que quizá tampoco volvamos a ver nunca en nuestro galopar
hacia la confusa meta del purgatorio; nada tiene marcha atrás y de poco
habría de valernos el fingimiento de lo contrario. Andar,
un pie tras otro, con sosiego y buena voluntad, la tierra propia y aun
la ajena, es un regalo que los clementes dioses hacen al hombre cuando
éste se lo pide con la clara voz que presta la humildad a la
inteligencia. De mí puedo decir, porque lo experimenté desde muy
joven, que hay pocos placeres, tanto del cuerpo como del espíritu,
comparables al deleite del camino cuando el día nace y la luz empieza a
dibujar las siluetas de los montes y los caseríos, los árboles y el
ave en vuelo, la mujer que cruza, el niño que despierta y el mozo que
canta a voz en grito para espantar el fantasma del sueño que se resiste
a huir. En el camino residen la verdad y la belleza, la calma, el
equilibrio y la mesura, porque a las nociones opuestas -la
mentira, la fealdad, la prisa y el desmedido propósito- las barre
el viento fresco que orea cada mañana la costra del decorado del hombre
desde que el mundo es mundo. Descubrí
estas tierras de Guadalajara -la campiñera, la alcarreña, la
serrana y la molinesa- hace ya muchos años, antes lo di a
entender, hace ya tantos que todavía supe caminarlas a golpe de pinrel,
y desde entonces vuelvo a ellas siempre que puedo y sin mayor violencia
de la voluntad ni el ánimo porque aquí, por estas trochas y estos
acogedores andurriales, encontré siempre amistad y buen deseo, hombres
ternes y aplomados y mujeres hermosas y amorosas, nubes que se dejan
cruzar por la cigüeña que vuela con parsimonia y por el hombre que va
en globo, y un vino deleitoso que tanto baja al cabrito asado por el
gaznate como el mal de amores por los entresijos, los laberintos y demás
recovecos del corazón. Ahora
me toca decir adiós a un trozo muy apretado y emocionante de mi vida,
de mi ya larga vida, y plantar mi tienda en otras barbecheras; pido a
Dios que no me tuerza el buen sentido, ni me desoriente la mejor
fortuna, ni me cambie de sitio el norte de la rosa de los vientos. Ahora
que me voy con la música a otra parte y no sin mi remota pena lastrándome
el corazón y el güito del alma, quiero dejar paladina constancia de mi
amor a Guadalajara, a cuyas piedras, a cuyas yerbas y a cuyos hombres
expreso desde aquí mi gratitud por su mantenida hospitalidad. (*) Desde el palomar de Hita, El camaleón soltero, La sima de las penúltimas inocencias, Memorias, entendimientos y voluntades, El asesinato del perdedor, A bote pronto, La dama pájara, La cruz de San Andrés, y una primera recopilación de estos artículos míos aparecidos en estas páginas bajo el epígrafe El color de la mañana. |
El diseño y mantenimiento de esta página es gentileza de aache
ediciones de guadalajara
ediciones@aache.com
Actualizada a viernes, 06 de enero de 2006
Copyright © -
1997-2002
AACHE Web Team