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El viajero Camilo
José Cela (1916-2002)
llega a Gárgoles a la hora del almuerzo,
y allí con sosiego se echa la siesta,
habla de la Alcarria, y sigue su camino...
Gárgoles de Abajo
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Este que sigue es el texto que F. García Marquina escribe en su Guía del Viaje a la Alcarria, a propósito del paso de Cela por Gárgoles de Abajo: Al
llegar a Gárgoles de Abajo, recién pasadas las casas que bordean la
carretera, aparece una serie de cuevas excavadas en la ladera y
provistas de puertas. Esta disposición da al conjunto una singular
apariencia. Interiormente están abovedadas a medio cañón, sin más
cimbrado que el de la propia tierra, y constan de una galería principal
y, a veces, alguna lateral. A los lados hay unos nichos donde se colocan
las tinajas. Aquí se guardaba el vino y también se almacenaban leña o
comestibles. Además de estas bodegas agrupadas, cada casa del pueblo
tenía su pequeña bodega excavada bajo tierra y con la misma técnica y
uso . Algunas
bodegas tienen grabada una fecha o un nombre en el arco de entrada. En
esta se lee: "O.E. + 1754". Cuando
Olegario Escribano terminó de excavar su bodega, los franceses aún no
habían inventado la guillotina ni la torre Eiffel, ni los madrileños
conocían a la Cibeles, ni el mar se abría paso en Egipto por el canal
de Suez, ni había volado nadie en un globo aerostático, ni en el Nuevo
Mundo existían los Estados Unidos de América... Cuando Olegario
Escribano dió el último golpe de puntero sobre la piedra, no habían
nacido Mozart, ni Napoleón, ni Beethoven, ni Carlos Marx, ni Chopin, ni
Lord Byron, ni Carlos Darwin, ni Hegel, ni Wagner. ¿Cómo se vivía, se pensaba y se hablaba en un mundo en
que Goethe aún no había escrito nada, ni Goya pintado, ni Schubert
compuesto su música? Pero
no era sólo la carencia de los medios técnicos como el ferrocarril, la
fotografía o el telégrafo, que aún no existían. No era sólo la
ausencia de objetos, sino la escasez de ideas lo que limitaba su
universo. El mundo estaba medio vacío. Y no es fácil imaginar desde
nuestra época superpoblada de personas, colmada de objetos, saturada de
relaciones, llena de datos y plena de ideas, cómo era la vida en el vacío
relativo de Gárgoles de Abajo. Si
C.J.C. hubiera hecho esta pregunta a algún descendiente de O.E. que el
8 de junio de 1946 bajase a por vino a la bodega de su antepasado, el
buen hombre se hubiera rascado la cabeza con sus grandes manos y hubiera
respondido: "¡Hombre!, entonces había sólo las cosas aparecidas,
como la trilla. Hoy tenemos los inventos como el tren y la arradio."(112). Otra
de las cosas aparecidas era le vendimia, en cuyo laboreo cumplían
las bodegas un destacado papel. La
vendimia familiar se hacía en el lagar, donde el vino "cocía"
en grandes tinajas de sesenta a noventa arrobas. Una vez terminada la
fermentación, se metía en la bodega, donde la temperatura era más
baja. Al
llegar al Parador de Gárgoles, un gran edificio que aparece a mano
izquierda del camino, Cela se refugia del calor del mediodía, descansa
antes de comer y se entretiene planteando los significados de mesón,
posada y parador. Parece ser que la palabra "mesón" es
inusual en la Alcarria y sólo se habla de "posada" y
"parador", pero aquí no entra a dar más explicaciones,
aunque en Casasana aprenderá que el parador es una posada con cuadra.
Según Sebastián de Covarrubias, gramático toledano de finales del
siglo XVI, posada es la casa donde se reciben huéspedes que
"posan" su hato y su cansancio. En el mesón se ofrece
albergue a la personas y a sus caballerías. Y la venta, que presumo sinónimo
de parador, sería una casa cercana al camino real para pasar el mediodía
o la noche. En
el capítulo que Richard Ford dedica a las posadas y ventas, después de
explicar que la fonda es la casa sin cuadra donde dan comida y bebida,
dice que en la posada se albergan personas y caballerías pero al
viajero sólo le dan sal y medios para guisar lo que él lleve. Los
paradores son caserones situados en las afueras donde se guarecen coches
y carros y donde suelen dar mejor trato a los animales que a las
personas. La venta es un parador de carretera que parece reunir más
atractivos espirituales que físicos. Y el cáustico viajero inglés
concluye que "las posadas de la Península, salvo raras
excepciones, se han clasificado de tiempo inmemorial en malas, peores y
pésimas". Francisca
Pérez Martín y su marido Eladio Canalejas del Amo regentan el parador
de Gárgoles. Ella es la criada guapa, de luto, con las carnes
prietas y la color tostada (...) no habla, ni sonríe, ni mira. Parece
una dama mora. Esta dama displicente es quien le sirve las sopas de
ajo y la tortilla de escabeche. También
el galgo negro tiene su nombre y su afición: es perra, buena cazadora y
se llama "Linda". Del perro rufo, peludo y vulgar, que venía
de la calle, nadie da razón. La
dueña del Parador, que está hoy "sábado 8 de junio de 1946"
ausente, es doña Pilar Sastre Rero, una bien dispuesta mujer que tiene
ya sesenta y cuatro años. Esta dama, llena de vitalidad, se empeñaría
en cumplir los ciento tres años necesarios para encontrarse con Camilo
José Cela en su segundo viaje a la Alcarria en 1985. En
los antiguos paradores y posadas se procuraba a los viajeros muy
precaria alimentación. Por lo general, se limitaban a cocinar lo que el
viajero pudiera llevar consigo. El viajero Camilo José Cela recibirá
habitualmente buen trato y alimento, como se va viendo a lo largo del
libro. Pero no debe confundirse la comida que servían en las posadas
con la dieta que habitualmente soportaban los campesinos de la época y
sobre la que resultará interesante saber algo. El
desayuno era leche de cabra con malta, que se reforzaba, para los que
iban al campo a trabajar, con migas, o gachas de almortas, o puches de
trigo, o torreznos de tocino. La comida consistía en cocido, de
garbanzos, patata y un cuarterón (125 gramos) de oveja o un trozo de
tocino. En verano mejoraba la dieta al sustituirse la carne de oveja por
la de cordero. Los que iban al campo llevaban alguna sardina como
suplemento. De postre nueces, uvas secas o bellota de encina. La cena
estaba constituída invariablemente por judías o lentejas. Los huevos
eran muy escasos. A
esa majestuosa dama mora que le sirve en el parador de Gárgoles, volverá
a verla el viajero: "una mujer de negros ojos hondos y pensativos,
de boca grande, carnosa y sensual, de nariz fina y bien trazada, de
dientes blancos como la nieve del monte". La volverá a ver en su
prosa imaginativa y le resultará una cara muy conocida, aunque no
llegará a saber de qué ni de dónde la conoce. Las
paredes de las posadas, según cuentan los viajeros del siglo XVIII,
"estaban cubiertas de inscripciones, proverbios, garabatos y
obscenidades en prosa y en verso". Los
graffiti de las paredes del parador de Gárgoles eran auténticos, tal y
como el viajero los ve y anota en su cuaderno. Y describe como
"desafiadora" la rúbrica de Fermín González, a quien no le
salían tan bien las caras femeninas con la nariz hacia la derecha
(porque están "al revés"). Al escribir
"desafiadora" en lugar de "desafiante",es la segunda
vez en el texto que Cela utiliza los adjetivos con sufijo inusual en
"or- ora", pero que él frecuenta mucho en toda su obra para
dar indudablemente un aire más activo al término. Ya en Brihuega los
ojos azules del mendigo eran "brilladores". Y en la siesta
junto a Viana, después de pasar las Tetas, tendrá un sueño
"confortador". En otros viajes nos habla de
"heridor", "bullidor", "huidor",
"crujidor" e, incluso abordando el sustantivo, escribe
"mudor" para referirse al estado de quien calla. El
parador de Gárgoles es muy grande, con una cochera en la planta baja
donde caben diez o doce carros, que pueden entrar o salir por dos
grandes portones enfrentados, uno en cada extremo del edificio. El
comedor está en la planta baja, pegado a la cochera. Y el dormitorio en
el piso superior. Allí duerme el viajero la siesta, en una habitación
con balcón sobre la carretera. Los precios en los años cuarenta eran los siguientes: cena 2'50 pesetas, cama 1'50 pesetas y "dormir" (se entiende que en la cuadra y con saca de paja) 25 céntimos. |
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Actualizada a viernes, 06 de enero de 2006
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