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El viajero Camilo José Cela (1916-2002)
descansa en Pareja, donde es atendido por
María y Elena... a las que siempre recordó
como imágenes del eterno femenino.

Pareja

Al poco de cruzar Sacedón por la carretera de Cuenca, la que sale hacia Pareja es recta como una vela casi toda ella; varía al final en una serie de curvas, cuando el pueblo está a punto de aparecer allá al otro lado, al pie de un cerruco gris que lo libra, cuando los hay, de los malos vientos del norte.

Durante el verano, los entresijos de la áspera Alcarria por aquellas calas y pequeñas bahías de junto al embalse, son una fiesta, gracias al milagro del agua. Entramos en el pueblo por el corto desvío que lo pone en contacto con la carretera de Sacedón a Cifuentes, que es por la que acabamos de llegar. Junto a la ermita de la Virgen de los Remedios, centro de veneración en la vida del pueblo, parte una calle en cuesta que al momento nos deja en la Plaza Mayor -Plaza de la Constitución es ahora su nombre-, con su augusta olma en mitad, la famosa olma de la plaza de Pareja, uno de los pocos supervi­vientes de la especie que, casi por milagro, y mutilada en una de sus tres ramas mayores a la altura de la cruz, sigue todavía, no sabemos por cuanto tiempo, siendo la enseña de la villa, con dos siglos o más de existencia sobre su rugoso tronco; sin duda el más viejo y copudo olmo de la Provincia, que no ha mucho competía en frondosidad y galanura con el de la plaza de Alhóndiga, pero que hace años que murió; y en edad con uno de los dos que cubrían de sombras la plaza de Milmarcos, del que ahora sólo queda su fornido tronco como recuerdo.

- Lo que usted no sabe, es que las raíces se extienden por todo el pueblo.
- Pues no, ya ve usted. Ni lo sabía ni se me había ocurrido pensar en ello; pero deben ser buenas, ya lo creo.

Un perrazo enorme, color canela, se echa la siesta a la sombra del olmo, y una empleada del ayuntamiento, joven ella y vestida con mono azul, pasa el cepillo de mango por el suelo de la plaza. La fuente, pulcra como ella sola, pero desangelada y ruin como las fuentes que se venden por piezas, es la que suple en la plaza de Pareja a aquella otra inmensa de la posguerra, en la que las mujeres tenían que valerse de largos canalillos de caña para alcanzar el agua.

*Viaje a la Alcarria. Aquí durmió C.J.C. el 11 de junio de 1946. "La plaza es amplia y cuadrada, y en el centro tiene una fuente de varios caños con un pilón alrededor y un olmo añoso", dice en un juego de azulejos sobre la pared de la antigua posada, en la que don Camilo durmió, como allí se advierte, y en donde hubo de beber uno de los peores tragos de todo aquel periplo memorable: Usted coge su morral y se va (Como hay Dios! Me debe usted catorce pesetas.

Al norte y al poniente de la plaza están las fachadas de dos palacios en estado de ruina. Los nobles edificios, que muy al contrario de favorecer, dañan seriamente la buena imagen de la plaza, deberían recibir cuanto antes, por orden y a cargo de quien corresponda, la amable caricia de la paleta del restaurador, y luego darles una misión que cumplir en favor de algo. En el ala sur de la plaza, unos bajo los soportales y otros fuera de ellos, quedan las tiendas, el viejo edificio de la posada de la que ya se habló, y un bar que, ignoro la causa, pero en aquel momento estaba cerrado al público.

- Pues es raro; no suelen faltar nunca.

 Suena a todo volumen la música que tiran al aire los potentes altavoces que hay en el carillón del ayuntamiento. Cuando el reloj da la hora, cesa la música, y una voz de mujer anuncia por la megafonía un acto público que se celebrará a las seis de la tarde. La música vuelve a sonar de nuevo.

Los escudos de armas, algunos de ellos desgastados e irreconocibles, andan repartidos por las distintas calles. En la calle de Los Crespos hay un azulejo muy antiguo que dice: "Tienda nueva de comestibles, aguardiente del reyno y demás géneros"; no es preciso explicar a qué se dedicó en vida aquel establecimiento hasta el día de su cierre. En la calle de Castro y Hermosilla hay otro caserón abandonado; la reja de extraordinaria forja que saca en la primera planta es de las que llama la atención por su antigüedad y acabado, también por su abandono en la calle sombría. Como en Pastrana, en Peñalver o en Budia, en algunas de las calles de Pareja se hacen notar los aleros salientes, ennegreci­dos por el tiempo y por los efectos de la climatología, representación genui­na de la más pura arquitectura de la comarca.

Ya en las afueras están los nuevos barrios, los limpios y cómodos edificios de última hora. En los llanos de la vega, la piscina municipal y las pistas para el deporte. Más abajo la serrería de maderas y el taller mecánico. Al fondo los últimos reflejos de las aguas del pantano. En el ayunta­miento vuelve a cesar la música de la megafonía, suena la hora en la campana del reloj municipal; y uno, que considera acaba­da, aunque breve, su visita a la villa de Pareja, emprende con toda la fuerza del calor el viaje de regreso. Es, pasada quizás, la hora del medio día.

Algo de historia y patrimonio

Cumple aquí decir que ya en épocas muy antiguas estuvieron poblados estos contornos. Los restos de algún asentamiento o villa romana en un collado llamado Guadina cercano al puebo confirman esta suposición. Tras la reconquista de la zona, perteneció a la Tierra y Común de Huete, usando su Fuero. En 1156, el rey de Castilla Alfonso VII donó Pareja y sus aldeas próximas al obispo de Sigüenza don Pedro de Leucata. Pero éste lo poseyó por poco tiempo, pues reconquistada por Alfonso VIII a los árabes, en 1177, la codiciada ciudad de Cuenca, este monarca, en 1198, donó a perpetuidad, y en señorío este enclave de Pareja y sus aldeas comarcanas (Chillarón, Parejuela, Alique, Hontanillas y Tabladillo) al obispo de Cuenca, a la sazón San Julián, para que en poder de la Mitra conquense quedaran. Por este motivo, Pareja fue una villa elegida por los obispos de Cuenca para en ella vivir largas temporadas, y desde el palacio que aquí se hicieron construir, vigilar los negocios de su diócesis. Atrajeron a esta villa numerosos privilegios y exenciones de los reyes castellanos, entre otras las de viajar sin obligación de pagar impuestos por toda Castilla, los vecinos de Pareja, y poder celebrar cada año, por primavera, una gran feria comercial. En ocasiones, se celebraban en este lugar los Sínodos episcopales de Cuenca. Así ocurrió en 1534, siendo obispo don Diego Ramírez de Fuenleal. Otras veces se registraron graves alteraciones, rebelándose los vecinos contra la autoridad de los obispos: esto ocurrió mediado el siglo XIV, siendo don García el detentador de la Mitra y el Señorío de Pareja. Hasta el siglo XIX, en que fueron abolidos los señoríos particulares, estuvo Pareja bajo los obispos conquenses. En 1816, con la villa muy maltrecha tras las diversas incursiones y batallas de la guerra de la Independencia (por aquí corrió el Empecinado tras las tropas napoleónicas) se fundó en este pueblo la Real Sociedad de Agricultura, que al igual que las Sociedades Económicas fundadas en el reinado de Carlos III, perseguían fomentar el estudio y aplicaciones prácticas en torno a los mas variados temas de la vida y la sociedad, incrementando la productividad y ampliando la cultura popular. Esta Sociedad de Pereja funcionó muy corto tiempo.

De sumo interés para el viajero ha de ser visitar la Plaza Mayor de Pareja, uno de los conjuntos urbanos mas interesantes de toda la Alcarria. Se centra con una centenaria olma, y se flanquea de una modernizada fuente y algunas barandillas que modulan los diferentes niveles del plazal. Este es alargado de oriente a poniente. En el extremo oriental se levanta el edificio del Ayuntamiento, moderno aunque con antiguo sabor. Sobre el costado norte, un palacio inmenso y ya muy desbaratado. al sur una hilera de casas soportaladas, algunas con blasones sobre sus puertas, así como otras casas mas modernas, y un edificio con soportales tenidos por columnas metálicas, muy en el estilo de la arquitectura del hierro del siglo XIX, pero con un marcado acento rural. En el costado de poniente, y precedido de unos recoletos jardincillos con arrayanes, álzase el gran palacio de los señores del pueblo, los obispos de Cuenca, que en 1787 mandó construir el obispo Solano para sustituir al antiguo. De éste nada queda si no son restos de su aparejo antiquísimo en algunos muros, y restos también de un torreón. La fortaleza de Pareja fué muy famosa en la Edad Media, y la villa estaba amurallada en todo su entorno.

La iglesia parroquial de Pareja es un grandioso edificio construido en el siglo XVI. Al exterior muestra su gran fábrica de recia sillería, con ábside poligonal reforzado por contrafuertes. Sobre la cornisa, aparecen algunas gárgolas de tradición gotizante. La portada del norte, por donde hoy se accede al templo, consta de un gran arco ciego, apuntado, de descarga, entre dos contrafuertes. La puerta es muy sencilla, de arco de medio punto, encima de la cual se muestra borroso escudo episcopal. La portada de poniente es mas moderna. Se trata de una muestra magnífica del estilo renacentista mas elegante y mejor medido. Un arco semicircular, muy moldurado, se escolta por columnas de fuste estriado, sobre altos pedestales, rematadas en magníicos capiteles con ángeles y grutescos. En las enjutas del arco se ven dos figuras en posición sedente. Friso moldurado sostiene el remate de la puerta, que consta de una gran hornacina rematada en tímpano avenerado. La sujetan dos roles muy ornamentados, y a los extremos se ven sendos flameros puestos sobre figurillas infantiles desnudas y recostadas. Encima de todo, y dentro de circular corona renacentista, un escudo episcopal. La torre de este templo no se llegó a terminar, y hoy se muestra como un elemento excesivamente pesado y sin gracia a los pies. El interior es de tres naves, de aspecto magnífico.

Otras muchas casonas nobiliarias se encuentran distribuidas por el pueblo. En algunas de ellas se rematan las puertas y fachadas con vistosos escudos de armas tallados en piedra. Los hay de hidalgos y de obispos conquenses, de la XVII y XVIII centurias, y otros antiguos del siglo XV. Muchos edificios muestran los caracteres típicos de la arquitectura popular alcarreña, con grandes portones de arco semicirclar adovelado, piso bajo de sillarejo, o incluso de sillar, piso alto de adobe o argamasa revocada, y grandes aleros de tallada madera.

Del libro Guadalajara, pueblo a pueblo, de José Serrano Belinchón y Antonio Herrera. Edit. Nueva Alcarria, 1999.

Viaje a la Alcarria


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Actualizada a viernes, 06 de enero de 2006

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