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El viajero Camilo
José Cela (1916-2002)
llega a Sacedón,cerca de las terribles estrechuras
del Desfiladero de las Entrepeñas, y allí descansa
en el Parador del pueblo.
Sacedón
|
En
pleno sequedal de la Alcarria, aunque situada entre dos de los ríos más
importantes de la comarca, el Tajo y el Guadiela, nadie hubiera podido
pensar que el sino de la villa de Sacedón habría de ser el agua. Y
comenzó a serlo de manera formal hace muchos años, creo que en 1826,
cuando por sus inmediaciones se inauguró el real sitio de La Isabela en
tiempos del rey Fernando VII. El hecho, entre algunas repercusiones más
en favor de la villa, llegó a trastocar su toponimia; pues, aunque con
anterioridad ya se unió el nombre de Sacedón al de sus aguas
curativas, a partir de entonces comenzó a hacerse como más popular por
toda la Península aquello del Sacedón de los Baños. Luego, quisieron
los hados del destino que el balneario de La Isabela sucumbiese bajo las
aguas del embalse de Buendía; pero, al tiempo, otro pantano abría en
Sacedón nuevos motivos de esperanza, y los tuvo, y los sigue teniendo
hechos realidad cuando a las aguas del pantano de Entrepeñas les da por
acercarse a sus orillas después de alguna larga temporada de lluvias,
circunstancia ésta que se da más de tarde en tarde de lo que se
quisiera, y de lo que en principio cabría esperar. El
antiguo pueblo de labradores, de pastores y hortelanos, cambió el norte
en su vivir hacia una nueva visión, hacia un nuevo porvenir centrado en
el turismo, por aquello de las apetecibles aguas del embalse tan cerca
de Madrid, tan próximo a Guadalajara, y en el centro, en fin, de unas
tierras tan áridas y secas como las de la Alcarria. El
Sacedón de los nuevos tiempos se deja notar en todas las calles y
plazuelas de la villa; se adivina en los establecimientos, preparados
todos ellos como para servir en sus apetencias y necesidades veraniegas
a los que vienen de fuera. Mas cabe distinguir entre el aspecto de la
carretera que la cruza con dirección a Cuenca, toda de bares,
restaurantes, y otros servicios para el viajero, incluso el de la misma
Plaza, y la imagen del antiguo pueblo de campesinos, el del barrio de la
Fuente o el de la Cara de Dios, como centro de una serie de callejuelas
concurrentes, donde apenas se advierten los efectos del boom turístico
en torno al pantano, y surge, en cambio, con todo su realismo el viejo
Sacedón, la pequeña ciudadela de otros tiempos, con sus encrucijadas
y rincones pueblerinos de honesto sabor rural, con sus rejas y balcones
trabajados por manos expertas, con sus silencios y sus leyendas, de
entre las que destaca por su repercusión en la vida del pueblo, la de
la Cara de Dios. -
Pues fue verdad todo lo que se cuenta, ¿sabe usted? Cuenta
la tradición que en este lugar fue donde el 29 de agosto de 1689, un
catalán perverso llamado Juan de Dios, refugiado a la sazón entre los
pobres que solían acudir a diario al hospitalillo de Nuestra Señora de
Gracia, estampó en actitud blasfema la punta de su puñal contra la
pared, al verse burlado por la joven Inés que, según se supo, llevaba
seducida. Cuando a la mañana siguiente desclavaron el puñal, se
descascarilló una pequeña parte del yeso que cubría la pared,
apareciendo debajo la imagen del Santo Rostro con el acero clavado sobre
la sien derecha. La iglesia de la Cara de Dios se levantó más tarde a
raíz de aquel memorable suceso; y allí recibió la milagrosa imagen,
durante más de dos siglos, el fervor y el cariño del pueblo, hasta que
en 1936 fue destruida a tiros de fusil. A
la sombra, fresca todavía de un bar de la Plaza, el corazón de la
villa toma por este tiempo un aire cosmopolita; imagen veraniega que
tienden a favorecer lo exótico y dispar de las principales
construcciones que la rodean. Codo con codo al soberbio torreón de la
iglesia, comparten el espacio el bloque con vocación nórdica de las
Cajas de Ahorro, y el tantas veces vilipendiado edificio de la Casa
Ayuntamiento, incluido su mural con motivos marinos, en un puzle
gigantesco sobre el frontis de azulejos alegóricos. Y
por encima de todo aquel maremagnum de impresiones y de contrastes que
personalizan la estampa urbana del nuevo Sacedón, se alza mirando al
pueblo el cerro de la Coronilla, revestido de pinar incipiente y de
bosquecillo bajo, de nimios olivares y de plantas aromáticas con color,
olor y sabor a paraíso. Sobre la cima abre los brazos la imagen del
Sagrado Corazón, de Nicolás Martínez, bendiciendo las obras del
pantano, al pueblo y al paisaje amplísimo de la Alcarria que desde allí
se ve. Algo
de historia y patrimonio de Sacedón Quieren
las tradiciones que Sacedón fuera lugar, importante y muy poblado, de
iberos y luego de romanos. El caso es que solo consta su existencia
cierta en la Baja Edad Media, en que aparece como aldea de la jurisdicción
de Huete, formando parte de su Común de Villa y Tierra. A esta población
alcarreña, tan importante durante los siglos medievales y aun
posteriores, se halla ligado Sacedón en su primera historia. Después,
en 1553, se independiza adquiriendo del Emperador Carlos I el título de
Villa por sí, con jurisdicción propia. Título que fue confirmado por
reyes posteriores, y especialmente por Felipe V, en 1742. Fue a partir
del siglo XVII mayorazgo de la casa del Infantado, perteneciendo en
principio a don Gaspar de Sandoval Silva Mendoza y de la Cerda, hermano
del duque a quien luego pasó. Y en el XVIII, durante la Guerra de
Sucesión, sufrió tantos destrozos que quedó prácticamente
despoblado. Hoy ha conseguido levantar notablemente su economía y
actividad, debido en gran parte a la construcción en su término del
embalse de Entrepeñas, y la consiguiente creación, a lo largo de
centenares de kilómetros de costa, de numerosos complejos urbanísticos
y de recreo. En
Sacedón debe admirar el visitante su iglesia parroquial, con
portada de severas líneas clasicistas, gran torre prismática, y un
interior de tres naves y cúpulas nervadas, con un coro alto a los pies
del templo y gran capilla mayor. Sus muros están desnudos por destrucción
en la Guerra Civil de 1936-39 de sus obras de arte. Su construcción
data del siglo XVII. La Capilla de los Cristos se edificó en 1615,
mientras que la torre y la portada, de estilo renacentista, es de 1616.
La torre actual no es la original. La primitiva estaba techada con
pizarra hasta que una chispa eléctrica la destruyó en 1819.
Posteriormente se restauró, en 1852 se forró de plomo y en 1959 se
cubrió de cemento quedando rematada por la actual azotea o terraza. También
en el pueblo se conserva la ermita de la Cara de Dios, obra muy
sencilla del siglo XVIII, en la cual se veneraba, dentro de un retablo
barroco, un trozo de lienzo de pared con un rostro pintado, que según
la tradición había aparecido milagrosamente dibujado al clavar sobre
una pared el puñal de un blasfemo. Se ubica sobre lo que antaño fuera
el Hospitalillo de Nuestra Señora de Gracia. Al Santo Rostro, en
cuyo honor se celebran las fiestas de agosto, las crónicas sacedonenses
le atribuyen numerosos milagros. La ermita data de mediados del siglo
XVIII. Es de estilo renacentista y cuenta con una ornamentación profusa
de temas florales, muy recargada en capiteles y columnas. Su estructura
consta de una sola nave rematada en crucero y este a su vez en una
esbelta cúpula. En el presbiterio se halla el retablo en cuyo centro
está incrustada la Santa Cara. La que hoy se puede ver no es la
original, que desapareció durante la Guerra Civil, sino una copia, que
es igualmente venerada por el pueblo de Sacedón. La
patrona de Sacedón es la Virgen del Socorro. Se le rinde culto
en la ermita que lleva su nombre, situada a unos ocho kilómetros de la
localidad, entre los montes que cercan al río Tajo. La leyenda dice que
en esos montes donde ahora está situada la ermita, un cazador se vio
asaltado por una gran serpiente y al ver su vida en peligro se encomendó
a la Virgen, la pidió socorro, y esta se lo concedió. En aquel lugar
se edificó esta ermita, y el primero de septiembre de cada año, los
sacedonenses acuden en romería a alabar a su Virgen. La tradición
afirma que el nombre del cazador de la leyenda era Domingo López del
Socorro, siendo él mismo quien en 1613 mandó construir con su dinero
la ermita, siendo también el promotor del traslado allí de la imagen
desde la iglesia. En 1700 los vecinos repararon y ampliaron la ermita
primitiva, pues la consideraron muy pequeña. En el siglo XIX volvió
a modificarse en sucesivas restauraciones, y tras la Guerra Civil hubo
que acometer nuevas reparaciones y sustituir la imagen, desaparecida
durante la contienda. En 1954 se erigió un vía crucis en el camino
desde el pueblo a la ermita del Socorro. En
lo alto del cerro de la Coronilla, y como obsequio de la Confederación
Hidrográfica del Tajo al terminar las obras de los embalses de Entrepeñas
y Buendía, en 1956 se erigió un grandioso monumento al Sagrado Corazón
de Jesús, que consta de alto graderío, arcadas de piedra y sobre ellas
un pedestal que sirve de peana a una estatua de Cristo de cinco metros y
medio de altura, teniendo 23 metros todo el monumento. Fue su autor
Domingo Díaz-Ambrona, y el escultor de la imagen el murciano Nicolás
Martínez. El
embalse de Entrepeñas, obra magna de la ingeniería hidráulica
española, se construyó para producción de energía eléctrica
represando las aguas del río Tajo en un lugar especialmente angosto de
su trayecto. Lugar que ya desde muy antiguo estaba rodeado de leyendas
por lo tenebroso de su entorno. En la parte baja de las llamadas peñas
del Infierno se encuentra aún el viejo puente de piedra que cruzaba
el río. El panorama, a pesar de la construcción del embalse,
residencias y jardines accesorios, continúa siendo de inolvidable
belleza. Del libro Guadalajara, pueblo a pueblo, de José Serrano Belinchón y Antonio Herrera. Edit. Nueva Alcarria, 1999. |
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Actualizada a viernes, 06 de enero de 2006
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