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Texto íntegro del artículo de Pablo Martín Prieto
en "Guadalajara 2000" de 23 Diciembre 2007

Título: Los Fueros de Guadalajara

Escrito por Pablo Martín Prieto
Publicad
en "Guadalajara 2000" de 23 Diciembre 2007

Los fueros de Guadalajara
 

La palabra fuero procede del latín forum, que significa foro, esto es, el tribunal de justicia. Por extensión, fuero vendrá a aludir al modo de juzgar del tribunal, a las normas y procedimientos del mismo, y finalmente adquirirá su sentido usual en los tiempos medievales como término empleado para designar ciertos conjuntos normativos que constituían selecciones del Derecho local vigente en una población, recogidas de ordinario en forma escrita.

Así pues, un fuero, tal como lo entienden los historiadores del Derecho, es un texto, si bien existen numerosos indicios de que, en muchos casos, sus preceptos tuvieron una larga trayectoria como adagios o dichos populares transmitidos oralmente, de padres a hijos, antes de llegar a ponerse por escrito.

Normalmente, los fueros aparecen bajo la forma de privilegios, esto es, con­cesiones otorgadas por un monarca o un señor a una determinada población o conjunto de sus habitantes. Sin embargo, era muy habitual que estos textos fueran elaborados en el seno de los concejos o comunidades locales de forma autónoma, recogiendo lo más favorable de su Derecho municipal, y que sólo más adelante se buscara la legitimación del poder regio, bien atribuyendo las compilaciones así formadas a algún monarca para conferirles fuerza de ley, o bien obteniendo un privilegio real posterior que viniera a confirmar su contenido normativo.

 Conquista cristiana de Guadalajara

 Según la más firme evidencia, la conquista cristiana de Guadalajara tuvo lugar al mismo tiempo que la toma de Toledo, en 1085. Sin duda, constituía el segundo núcleo de población más importante del conjunto de territorios ganados a los musulmanes en esta crucial fase de la Reconquista.

Para asegurar el poblamiento de Toledo, Alfonso VI estimuló su repobla­ción con contingentes de castellanos lle­gados del norte, a los que concedió lo más importante de su Derecho tradicional por una serie de privilegios como la perdida (pero reconstruida) Carta de castellanos de Toledo y el fuero de Escalona. Es muy probable que, en paralelo, alguna recopilación semejante del Derecho castellano acompañara la instalación en Guadalajara de sus nuevos pobladores tras la conquista cristiana, si bien de esta supuesta concesión no se conserva otro rastro que algunos indicios dispersos en la tradición del Derecho local guadalaja­reño posterior.

El primer fuero de Guadalajara de que tenemos noticia se presenta como carta concedida por Alfonso VII en 1133. Un estudio crítico detenido de su contenido pone de relieve su carácter misceláneo y compilatorio, con cláusulas de distinta época y procedencia agrupadas en un solo conjunto normativo de manera artificial, dando lugar a algunas incoherencias internas, tales como normas repetidas, o que entran en contradicción una con otras.

       En concreto, por numerosos indicios, parece posible establecer que los preceptos recogidos en este primer texto atribuido a Alfonso VII, abarcan desde los tiempos inmediatamente posteriores a la conquista cristiana del territorio bajo Alfonso VI, hasta algunas adiciones tardías añadidas en tiempo de Alfonso VIII. Se trata, por demás, de un texto de breve extensión, que contiene algunos preceptos típicos del Derecho castellano de la época de la repoblación, orientado a estimular la llegada de nuevos habitantes con condiciones favorables, incluyendo notas tan características del Derecho de frontera como la amnistía penal que se concede al nuevo morador respecto de los delitos que pudiera haber cometido en otras tierras antes de venir a establecerse en Guadalajara. Ocupan un lugar destacado en el texto algunas previsiones sobre la organización de las milicias concejiles, cuyo papel en la organización de la defensa del territorio fue a todas luces crucial en estos primeros tiempos de repoblación.

Para estudiar este primer texto, atribuido a Alfonso VII, únicamente se dispone de diversas transcripciones, debidas a distintos historiadores que trabajaron con el documento antes de 1936, ya que el pergamino que ellos leyeron y copiaron resultó destruido en esa fecha, comienzo de la Guerra Civil, en el incendio de la iglesia parroquial de San Nicolás de Guadalajara, donde hasta entonces se conservaba el diploma del fuero.

 El segundo fuero

 En cuanto al segundo fuero, se presenta como un privilegio elaborado en la cancillería real de Fernando III, dado en 1219. Sin embargo, de este segundo texto tampoco se conoce el original, sino tan sólo tres copias manuscritas del mismo, elaboradas ya en la segunda mitad del siglo XV ‑el primero de estos manuscritos figuró hasta comienzos del siglo XX en los fondos del archivo municipal de Guadalajara, de donde salió de forma poco clara, iniciando un azaroso periplo hasta acabar en la norteamericana Universidad de Cornell, donde hoy se custodia-; un segundo manuscrito fue incluido en un expediente administrativo presentado al Consejo Real en el siglo XVI, y se conserva en la Sección de Consejos del Archivo Histórico Nacional de Madrid; el tercer manuscrito se halla en un códice de la Biblioteca del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

En nuestra investigación, hemos pro­cedido a elaborar una edición crítica del texto, recogiendo todas las variantes aportadas por las tres versiones señaladas, como base para un estudio pormenoriza­do, cláusula a cláusula, de su contenido normativo.

La atenta consideración del segundo fuero, tal como ha llegado hasta nosotros, demuestra una vez más una elaboración miscelánea y compleja para un texto que se presenta como pretendidamente unitario: sus normas, tanto por su ordenación como por su temática, pertenecen claramente a distintas etapas de redacción, y muchas de ellas se hallan emparentadas con preceptos semejantes procedentes de otros fueros del entorno. Todo parece indicar que se trata de una selección de Derecho local elaborada en el seno del concejo, a cargo de prácticos locales que fueron recogiendo, en sucesivas fases de redacción, preceptos de diverso origen, tomados unos de ciertas compilaciones normativas coetáneas, y recopilados otros de privilegios concedidos a la villa de Guadalajara por los sucesivos monarcas castellanos.

En 1211, las milicias concejiles de Guadalajara tomaron parte con el rey Alfonso VIII en una incursión militar en tierra de Murcia, dentro de las operaciones preparatorias de la gran batalla de Las Navas de Tolosa que al año siguiente aca­baría decidiendo definitivamente, en favor de las armas cristianas, la suerte de la Reconquista. Alfonso VIII se comprometió a confirmar los fueros de todos los con­cejos castellanos que le habían ayudado a obtener este triunfo decisivo.

Sabemos que, en muchas poblaciones, esta promesa sirvió de punto de partida para una intensa labor de recopilación de las normas del Derecho local, con vistas a obtener su confirmación del rey. Es casi seguro que la promesa de Alfonso VIII sirvió para que en el concejo de Guadalajara se iniciara (o se acelerara) un proyecto de recopilar lo más relevante del Derecho local vigente, como en tantas otras poblaciones. Pero Alfonso VIII falleció en 1214, y la inestabilidad política se adueñó de la Corona de Castilla durante algunos años, hasta la entronización de Fernando III en 1218. Fue así este último monarca el encargado de confirmar a Guadalajara sus fueros en la fecha de 1219. De este modo, tenemos que la colección normativa conocida como segundo fuero de la villa, elaborada autó­nomamente por el concejo con la intención de presentarla a la corte para su confirma­ción por Alfonso VIII (y conteniendo, sin duda, preceptos más antiguos), fue finalmente confirmada por Fernando III al inicio de su reinado, adquiriendo así la forma en que ha llegado hasta nosotros.

 Prosperidad y despegue económico

 Por lo demás, tanto el carácter como la extensión de este segundo fuero poco tienen que ver con los del primero. El contexto social y político es claramente otro. Desplazada definitivamente más hacia el sur la frontera con la España musulmana, durante la segunda mitad del siglo XII Guadalajara y sus tierras vecinas llegaron a disfrutar de un horizonte despejado de desarrollo social y económico, a salvo de la inseguridad que había inhibido su prosperidad y mejor poblamiento en las primeras décadas de esa centuria. Todo ello se refleja expresivamente en este segundo fuero.

       La temática militar pasa decididamente a un segundo plano. En su lugar, aparece una buena cantidad de normas de elaboración concejil, emparentadas de cerca con las posturas y ordenanzas municipales, regulando una gran variedad de aspectos de una villa cuya realidad social se intuye bullente y enriquecida.

Existen en este segundo fuero precep­tos de Derecho penal, civil y procesal, dirigidos a castigar los delitos más frecuentes que podían enturbiar la convivencia en la villa, así como a ordenar las partes y las pruebas del proceso. En todas esas disposiciones late una preocupación dominante por garantizar la paz del concejo y del mercado, condición necesaria para la prosperidad de una villa que se hallaba en pleno despegue económico. El estudio detenido de las cláusulas de este segundo fuero permite obtener precisiones muy interesantes sobre la estructura económica de aquella Guadalajara (sobre el mercado, las tierras de cereal, los regadíos, los frutales, los ganados, los molinos), así como sobre la organización interna del concejo, con sus distintos oficios, retratados en el ejercicio cotidiano de sus funciones y en los complejos equilibrios de poder que mantenían en el seno del gobierno municipal.

Por muchas razones, el estudio aten­to de los fueros constituye un cauce adecuado para lograr un mejor conocimiento de la Guadalajara de los tiempos medievales. Su valor como fuente primaria indispensable para penetrar en los entresijos económicos, sociales, políticos y culturales de aquella realidad urbana queda claramente de manifiesto en una investigación de esta naturaleza. Aun disponiendo de meritorias aporta­ciones parciales, se trataba hasta hoy, en buena medida, de un trabajo que estaba por hacer. Y el autor de estas líneas siente la satisfacción de que su contribución, que puede ayudar a proporcionar una imagen más clara de la Guadalajara medieval, haya sido reconocida hoy por los descendientes de aquellas gentes cuya huella quedó grabada para siempre en estos fueros.

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