Guadalajara entera en tus manos

Texto íntegro de la obra de Antonio Herrera Casado

Historia de la provincia de Guadalajara
inserta en la obra Guadalajara de Editorial Mediterráneo

Madrid, 1991

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Historia de la provincia de Guadalajara

EDAD ANTIGUA

La Prehistoria

La provincia de Guadalajara ha estado poblada desde hace larguísimos tiempos. Es imposible determinar el momento exacto de este inicio poblacional, aunque sin esfuerzo podemos llegar a remontarnos a muchos miles de años, quizás cientos, como lo demuestra el metacarpiano de Homo Sapiens neanderthalensis hallado en la estratigrafía de la Cueva de los Casares, en Riba de Saelices. Del primero de los periodos en que se divide la Prehistoria, el Paleolítico, se han encontrado huellas en forma de industria de piedra torpemente tallada, tanto en las orillas del río Henares, como en las del río Linares, y en las altiplanicies de Campisábalos, lo que prueba la existencia del hombre en remotísimas épocas.

También el santuario de arte rupestre de la Cueva de los Casares y la cercana Cueva de la Hoz, en Riba de Saelices, que fueron elaborados en pleno periodo magdaleniense, hacia el 15.000 a. de C., prueba la continuidad de algunos hábitats a lo largo de miles de años.

El periodo Neolítico, que ha sido considerado como el resultado de una colonización humana de las costas hispánicas desde el Mediterráneo Oriental, ve la aparición de la piedra pulimentada como instrumento de uso, así como la cerámica, la industria textil y los ritos funerarios. De este periodo también quedan restos apreciables en Guadalajara que prueban haber sido habitada esta tierra en aquella época. Y así encontramos, de un lado, en las sierras molinesas el testimonio de Peña Escrita en Canales de Molina, y en otros múltiples lugares, especialmente en torno a Alcolea del Pinar, diversos monumentos funerarios del megalitismo, fenómeno que se inicia en el IV Milenio a. de C., y que consiste en el enterramiento de gentes notables en cámaras circulares o poligonales, formadas por grandes lajas de piedras hincadas y pasillos de acceso largos, todo éllo protegido por una gran masa de piedras y tierra.

La Edad de los Metales se inicia con el Calcolítico. La extracción del cobre y la producción del bronce se inicia desde el III Milenio a. de C. En el aspecto cultural, es la época de la cerámica campaniforme, y de entonces se han hallado hábitats en la provincia de Guadalajara que prueban la densidad relativa de su poblamiento, como las cuevas de Harzal, en Olmedillas, o la ya citada de los Casares, en Riba. También se han hallado en el Cerro de las Canteras de Sigüenza y en el Perical de Alcolea de las Peñas, en la Lastra de Sigüenza y en la Muela de Alarilla, restos de esta época.

De la Edad del Bronce más concretamente aparecen numerosos poblamientos en torno a las orillas del río Henares. Así los poblados denominados de tipo Pico Buitre, y sobre todos el de la Loma del Lomo en Cogolludo, con múltiples habitáculos consistentes en fondos de cabañas de usos múltiples. Del Bronce Final es ya el gran poblado de la Muela de Alarilla, y el de Mojares, con pruebas de haber tenido jerarquías sociales en su interior.

Y ya en la Edad del Hierro, que corre desde el siglo VIII a. de C., encontramos en Guadalajara los suficientes yacimientos como para poder afirmar que estuvo muy poblada, sobre todo en los valles altos de la provincia, como lo demuestran los castros de Riosalido y Santamera (en el Salado), de Pelegrina (en el Dulce) de la Coronilla en Chera (en el Gallo) o de la Cava en Luzón (en el Tajuña). Muchos otros en torno a Atienza, Sigüenza y Molina así lo demuestran.

Los Celtíberos

Son éstos los que forman la gran civilización que ocupa las tierras de Guadalajara inmediatamente antes de los romanos, llenando el periodo final del Hierro. Las excavaciones arqueológicas realizadas por el marqués de Cerralbo a principios de este siglo nos dieron a conocer esta cultura, que tuvo su apogeo entre los siglos VI al III a. de C. Aunque los romanos llamaron celtíberos a todos los pueblos que ocupaban el norte peninsular en torno al Ebro, la realidad es que formaban muchos grupos raciales y culturales diversos, independientes entre sí, extendidos por la Celtiberia Ulterior (en la que destacaron los arévacos y los pelendones, más célticos, más guerreros, que sucumbieron antes de rendirse al romano, y que ocuparon lugares como Sigüenza, Atienza, Termancia, etc.) y por la Celtiberia Citerior, en la que aparecieron los bellos (por el valle del Jalón) y los titos, más al sur, por Molina. También en esta demarcación encontramos a los lusones, extendidos en un territorio muy concreto de la actual serranía del Ducado, en torno a pueblos como Luzaga o Luzón que heredaron de éllos su nombre. Estuvieron más influídos por los iberos y opusieron menos fuerza a la dominación romana. Aún quedan otras tribus consideradas celtíberas como los olcades, que ocuparon Caesada (Hita) y tierras de Cuenca.

Estos hombres se dedicaron fundamentalmente a la ganadería, al pastoreo y a la cría de caballos. Se distribuían en ciudades (oppida), aldeas (vici) y castillos (castella), pero todo en forma de pequeños y humildes núcleos, que en cualquier caso estaban muy bien defendidos. Las ciudades eran independientes entre sí, al modo de las ciudades-estado de otras civiizaciones mediterráneas. Su religión era naturalista. Sin ritos concretos, ni lugares de culto, se sacralizaba la Naturaleza, las fuentes, los bosques, las montañas. Se hacían oraciones comunes y ofrendas. Se dedicaba un culto muy especial a los muertos. Y prueba de éllo son las abundantes necrópolis, que en tierras de Guadalajara se han hallado tan grandes. Siempre se hacía el rito de la incineración, y en ocasiones se hacían sacrificios de animales, enterrando a los guerreros junto a sus armas y utensilios de batalla. Son múltiples los lugares donde se han encontrado necrópolis y acrópolis celtibéricas, documentando infinidad de elementos de su cultura material y de su forma de vida: Higes, Valdenovillos, el Rebollar en Alcolea de las Peñas, Tordelrábano, Altillo de Cerropozo en Atienza, El Atance, La Olmeda de Jadraque, Carabias, Prados Redondos en Sigüenza, Guijosa, Estriégana, los Castillejos de Pelegrina, Aguilar de Anguita, Torresaviñán, Villaverde del Ducado, Luzaga, Padilla del Ducado, Hortezuela de Océn, Renales, Chera, La Yunta, etc.

Los Romanos

La conquista de Hispania por el Imperio Romano fué larga y conflictiva. Las guerras celtíberas, que terminaron con la dominación por Roma de esta parte del interior ibérico, de la Celtiberia concretamente, se sucedieron entre los años 143 al 133 a. de C., aunque hasta el 94 a. de C. siguieron presentándose las batallas y las escaramuzas.

En principio, y durante el periodo republicano, Roma trató de imponerse a los pueblos sometidos y cobrarles impuestos. Según Tito Livio (34,19), el general Catón atacó a Sigüenza, estableciendo un campamento en La Cerca, junto a Anguita. En cualquier caso, este sería un centro fortificado romano de cara a controlar una zona inestable.

La ciudad de Caraca, en el territorio alcarreño, resistió en el 78 a. de C. a los romanos, según Plutarco y Sertorio. La zona de Guadalajara actual perteneció a la Hispania Citerior, que tras la reorganización de Augusto pasaría a ser incluída en la Hispania Tarraconense.

La influencia de Roma a partir de la definitiva conquista se centra en los cambios de la explotación agrícola, minera, comercial, y en la construcción de grandes vías de comunicación, de puentes, etc. En la España romana, en la que permanece un importantísimo sustrato de población autóctona, que en el caso concreto de nuestra provincia es de raíz celtibérica, se distribuyen los pobladores en cognatio y gentilitas, aunque Roma pone sus pretores y cónsules para el gobierno de los territorios.

La más señalada de las ciudades de la época romana en Guadalajara fué sin duda Segontia (Sigüenza). En el año 195 a. de C., cuando era asediada por el ejército romano, figuraba como un punto de almacén de provisiones, teniendo tras su conquista una estructura municipal, y erigiéndose, ya en el valle, como importante centro de comunicaciones entre el Jalón y la Meseta. Cercana asentó Luzaga, con muralla e importantes edificios públicos romanos.

La evolución durante el Bajo Imperio, con la invasión de la costa mediterránea por francos, supone el empobrecimiento progresivo del Imperio en Hispania. Se asientan poderosos y ricos terratenientes romanos en villae sobre los valles de los grandes ríos, junto a las vías, siguiendo los consejos dados por Catón y Varrón. De éllas han quedado algunos notables ejemplos como las villae de Gárgoles de Arriba, de las Casutillas en Corduente y de otros pequeños lugares en torno a Sigüenza y el río Henares.

EDAD MEDIA

Los Visigodos

Apenas han quedado huellas de los visigodos, como cultura dominante en el plano político durante unos dos siglos en Guadalajara. La existencia de una ciudad como Toledo y su contorno inmediato, sede política, cultural y religiosa de este pueblo, sólo repercutió aquí en el lógico cambio de costumbres y en las novedades de régimen político y administrativo introducidas a toda la población. El derecho germánico sustituirá al romano, y la religión cristiana afianza su introducción en la generalidad de la población.

En el año 578 el rey Leovigildo funda una gran ciudad en la orilla izquierda del río Tajo, aguas arriba de Toledo, y en tierra alcarreña. Se trata de Recópolis, asentamiento primitivo en el que se eleva una basílica y se construye un gran palacio, surgiendo en torno a estas edificiaciones un gran poblado, que sería posteriormente, quizás con la llegada de los árabes, arrrasado. Hoy son restos arqueológicos los que se encuentran en aquel enclave de Recópolis, junto a Zorita de los Canes, donde posiblemente se situó uno de los puentes que atravesaban en época visigótica el río Tajo.

Los Arabes

La ocupación árabe de la tierra de Guadalajara, aunque no fué excesivamente dilatada en el tiempo, sí dió lugar a la permanencia de interesantes huellas, tanto desde el punto de vista histórico como monumental. En el primero de éllos, debemos considerar que la etapa islámica abarca desde mas o menos el 711 hasta los finales años del siglo XI y en algunas comarcas orientales hasta el primer tercio del XII. En total unos cuatro siglos, lo que supuso la creación de asentamientos de densos núcleos poblacionales, un sedimento toponímico importante, y una huella cultural y artística más o menos notable.

Quizás la más importante aportación de los árabes a la historia de Guadalajara fué precisamente la creación de su capital: se estima que la fundación de la ciudad, tal como hoy se encuentra situada, se debe al capitán bereber al-Faray, quien allá a mediados del siglo IX se destacó por su valor en campañas contra los cristianos, y aquí en Guadalajara fué designado como jefe de la zona ó marca fronteriza.

La historia de los árabes en Guadalajara es la de esta Marca Media en su extremo oriental, donde se centralizó la vida militar, social y cultural del califato y luego del reino taifa toledano, en este área peninsular. Durante los siglos VIII al XI, la Marca Media de Al-Andalus tuvo una vida propia muy singular, y en su contexto social, marcado siempre por la vigilante actividad militar, se dieron formas de vida muy peculiares. Han quedado escuetas referencias geográficas de autores hispanoarabes a la zona oriental de la Marca Media, que es la que corresponde a las actuales tierras de Guadalajara. La mas interesante de dichas referencias es la que encontramos en la "Descripcion de España" hecha por Ahmad-al-Razi, a fines del siglo IX, y que tras describir muy someramente los distritos de Barusa, Molina, Santaver y Recópolis, dice así del distrito de Guadalajara: "La ciudad de Al-Faray (Madinat-al-Faray) que se llama ahora Guadalajara, se encuentra situada al nordeste de Córdoba, en la orilla de un río llamado el Wadi-l-Hiyara. El agua de este rio es excelente y de gran aprovechamiento para sus moradores. Se encuentran allí una gran cantidad de árboles. Repartidos por su territorio se encuentran numerosos castillos y aldeas, como por ejemplo el castillo de Madrid. Otro de estos castillos es el de Castejón sobre el Henares. Otro es el llamado de Atienza, el mas fuerte de todo el distrito. Cuando los musulmanes conquistaron España, hicieron de este castillo una atalaya contra los cristianos de mas alla de la frontera, para protegerse de sus ataques. Su territorio esta limitado por la cadena montanosa que separa las dos Españas. Se encuentran allí excelentes territorios para la caza, zonas montuosas y campiñas para el regadío".

Vemos, pues, como Guadalajara es, desde el siglo IX, capital del extremo oriental de la Marca Media, englobando un territorio que va, desde el valle del Manzanares, incluido Madrid, hasta el Jalon, por Medinaceli. Lo que habia sido un poblado iberico conocido por el nombre de Arriaca, extendido sobre la vega del Henares, y luego romanizado, se convirtio en fortaleza y puesto de vigia arabe, al construir en el siglo IX un castillo y mas tarde una ciudad que se cerco y fortificó con murallas.

A esta zona arribaron, en los momentos iniciales en que diversas tribus bereberes se repartieron el territorio hispano, los Hawara, los Madyuna,y los Banu Salim. Un bereber,lugarteniente de Tariq, fue Salim ibn War'amal ibn Wakdat, que fundo la ciudad de Medinaceli (Madinat-al-Salim) surgiendo una estirpe de jararcas que asentaron en las sierras ibéricas y se extendieron hacia los valles de la meseta meridional, imponiendo su influencia y poder sobre la escasa poblacion de la zona. Entre ellos puede recordarse Ubaid Allah ibn Salim, gobernador de Madrid, y a Al Faray ibn Massarra Ibn Salim, fundador de Guadalajara en los años medios del siglo IX. Desde entonces, a la ciudad se la denomina Madinat-al-Faray (ciudad del Faray) en todas las crónicas hispano-musulmanas, y al rio que la baña Wadi-l-Hiyara (río de las piedras). Del nombre del rio, que genero la palabra Guadalajara, tomo su nombre la ciudad. El distrito de Guadalajara formó, pues, el extremo oriental de la Marca Media. Este territorio, como todos los que desde Badajoz hasta Zaragoza formaron las marcas o fronteras de Al-Andalus frente a los reinos cristianos del norte, tuvo una consideración estrictamente militar. Consideramos que la Marca Media en su distrito de Guadalajara fue siempre un territorio de escasa poblacion, tan solo ocupado por destacamentos militares, y con ciertos nucleos de poblacion, (Guadalajara, Alcala, Sigüenza, Medinaceli) un tanto mas densos, pero siempre en grado escaso.

Desde el siglo VIII incluso, hasta el momento de la reconquista definitiva a finales del XI, Guadalajara y su tierra se vieron sometidas a las frecuentes incursiones de los ejercitos castellanos, que nunca persiguieron una conquista definitiva, sino que buscaban solamente la algarada, el pillaje y el desgaste y desmoralizacion del enemigo. Los ejercitos cristianos pasaron hacia el Tajo y el Henares a traves de los puertos faciles de la sierra (Somosierra, Miedes, etc), bajando por los valles de los rios serranos que abocaban a las orillas derechas del Tajo y Henares.

Fueron surgiendo asi, ante la necesidad de una defensa constante, los diversos tipos de instalaciones militares que generó el califato en tierra de Guadalajara. Es fundamentalmente a partir del siglo X, aunque antes ya se habian levantado defensas, cuando el imperio cordobés se apresta a crear una fuerte defensa en la Marca Media. Surgen asi diversos tipos de edificios: ciudades fortificadas, que llamaron "qa'la" y que podriamos traducir por alcazaba. Un ejemplo seria Alcala (de Henares) o la misma Guadalajara; tambien castillos y fortalezas, generalmente en puntos elevados, poco accesibles, que permitian la visualizacion y control de anchos territorios: los llamaban "hisn" y sus ejemplos mas representativos serian los castillos de Hita, Jadraque, Atienza y Siguenza; finalmente, los arabes elevaron decenas de torreones, simples torres de tipo vigia, para controlar con escasisimas guarniciones el paso de puentes o caminos: se denominaron "sajra", que en castellano equivaldria a "peña" ó "torreon", y de los muchos ejemplares que hubo podemos recordar el castillo de Alcorlo, la torre de Senigo, Castilblanco de Henares, etc.

Defensas de la Marca

La Marca Media se defendió por los árabes con múltiples castillos y torreones vigilantes de los ríos afluentes del Henares, y de los caminos y puentes que sobre éllos pasaban. Convienes recordar algunos de estos puntos, los más importantes, para tener una idea clara de lo que supuso la estrategia defensiva de Al-Andalus en tierra de Guadalajara.

Sobre el Jarama se establecieron los lugares de Talamanca, Torrelaguna y Uceda, ésta última con un fuerte castillo. En el valle del Torote, puso Al-Andalus otra fortaleza, la de ALCOLEA, que alguna vez aparece en las cronicas, concretamente en el ano 920, en que los arabes desbarataron un ataque cristiano.

Sobre el amplio valle del Henares, núcleo fundamental de la poblacion y las defensas de la Marca Media, encontramos numerosos enclaves fortificados: primero TORREJON (de Ardoz), puesto en el triangulo donde los rios Jarama y Henares se juntan, y que en todo caso nunca paso de ser un simple puesto de vigilancia sobre estos valles. Mas arriba, y en su orilla izquierda, como todos los enclaves que se encuentran en este valle, aparecia ALCALA (de Henares), la antigua Complutum de los romanos, que el Califato decidió mantener, trasladando su nucleo poblacional a las escarpaduras del cerro del Viso, fundando ya en el siglo IX, poco despues de Guadalajara, el enclave que primero se denomino "Hisn-al-qal`a", que vendría a significar "el castillo de la fortaleza", y luego "Al-Qalat abd al-Salam". Alcalá destacó enseguida como uno de los puntos fuertes de la linea del Henares. Aprovecharon los arabes gran cantidad de material constructivo de la epoca romana. Desde el ano 920, en que Ab-al-Rahman visito personalmente la Marca Media, el enclave de Alcalá creció y se fortificó notablemente.

Cuatro leguas mas arriba del rio, aparece GUADALAJARA, de la que ya hemos visto los avatares de su historia árabe. Solo a élla cabe el calificativo de ciudad en esta época, surgiendo en élla varias mezquitas, palacios para los caídes y generales de la Marca, núcleo comercial, e incluso ciertos destellos de vida cultural, que prosiguieron, desde una perspectiva mudejar y hebraica, en la epoca de dominacion cristiana a partir del siglo XII.

En la confluencia de los rios Sorbe y Henares, en una gran eminencia rocosa que existe sobre la orilla derecha de este ultimo, construyeron los arabes otro castillo, el de PEÑAHORA, en término de Humanes, donde aún se ven restos de fuertes murallas.

Mas al interior de la Marca, pero en una eminencia muy señalada, desde la que puede dominarse, no solo el rio Henares, sino gran parte de la Marca, se situa el cerro y antiguo castillo de HITA. Los árabes se limitaron a edificar en lo mas alto de la montaña un castillo que, por sus dimensiones, nunca paso de ser torreon fortificado con defensas exteriores. Luego aprovechado y reconstruido por los cristianos, en el basaron su primitivo dominio de la comarca los Mendoza alcarreños.

Mas arriba, y tambien sobre la orilla izquierda del Henares, aparece el gran castillo de JADRAQUE. En lo alto de su perfecto cerro pusieron los árabes un primitivo torreón de vigilancia que tomó el nombre de "Castejon" con el que aparece en todas las crónicas de la epoca. Finalmente surge SIGÜENZA. La antigua Segontia de los romanos, la mas importante de las ciudades que esta civilización tuvo en tierras de la actual provincia de Guadalajara, fué aprovechada por los arabes para poner un puesto militar. El castillo de Sigüenza fue, sin duda, iniciativa de los andalusies, que en lo alto del penon que domina la desembocadura del arroyo Vadillo en el Henares, pusieron inicialmente un nucleo de fortaleza, que con los anos fue aumentando de tamano y preponderancia. Puede afirmarse que del castillo arabe de Siguenza hoy solo queda el emplazamiento, pues todo lo hoy construido es de epoca cristiana. Completaba, sin embargo, la linea de castillos que al rio Henares y a la ciudad de Guadalajara dieron nombre de "Wadi-l-hiyara", en el sentido de "valle de los castillos" que propone el profesor Makki.

También sobre los valles del Sorbe, Bornoba y Cañamares surgieron fortalezas, como la de Beleña, o el torreón de Membrillera, al que aún llaman "casilla de los moros", de planta circular, con sillares dispuestos al clásico modo califal, y que demuestra a las claras ser construccion del siglo X, estando bastante completa en cuanto a planta y alzado. Mas arriba del rio, surgieron las atalayas de Alcorlo, de Gascueña de Bornoba, de Inesque, etc.

Mas arriba encontramos la gran fortaleza de ATIENZA, obra capital en la defensa de la Marca Media de Al-Andalus, y que todos los cronistas alabaron siempre por su perfecta situación estratégica, su poderoso aislamiento y defensa, y el temor que inspiró en el enemigo: el Cantar del Mio Cid menciona la torre de Atienza, diciendo de ella que "los moros la han", y a pesar de la insistencia con que los ejércitos cristianos la batallaron y los arabes la defendieron, no es probable que en los siglos de pertenencia a Al-Andalus pasara de ser un simple, aunque fortisimo, torreon de vigilancia.

Respecto a la ciudad de Guadalajara, puede decirse que su importancia y densidad de población la hicieron florecer en todos los sentidos durante los cuatro siglos de dominio islámico. Algunos de sus visires, como Iben-Salim, Ahmad-ben-Yala, y Galib protegieron especialmente las ciencias del espíritu, dando esta ciudad figuras de la talla del poeta Ahmed-ben-Schalaf, del historiador Abdalá-ben-Ibrahim y del geógrafo Abú-Zacharía. Se pusieron murallas al burgo, y se construyeron numerosas mezquitas, baños y zocos.

Judíos y Mudéjares

Durante el periodo de dominación árabe en Guadalajara, entre los siglos VIII al XI, la colonia judía fué numerosa e influyente, ocupando una parte muy concreta de la ciudad, que abarcaba el barrio limitado por las calles actuales de Ingeniero Mariño, Mayor Baja y Benito Hernando. Contaron con diversas sinagogas, existiendo en ese barrio citado una calle que lleva el nombre de una de éllas. En la cuesta de Calderón existió otra.

La dedicación de los hebreos al comercio y la medicina, les dió prestigio y dinero, teniendo en algunas ocasiones el poder y control de aspectos económicos y sociales. Pero fué después d ela reconquista cristiana, y especialmente en los siglos XII al XV que el grupo judío de Guadalajara adquiere su mayor relieve, tanto en el plano social como cultural, hasta el punto que podría decirse que esta ciudad fué, a lo largo del siglo XIII, el centro de la mística judía en Sefarad. Aquí vivieron las familias de los Beveniste, de los Matut, de los Çamanón y de los Arragel, destacando de entre éllos Mosé Arragel, en el siglo XV, que realizó una versión en castellano de la Biblia hebrea, hoy conocida como la Biblia de la Casa de Alba. Finalmente, en este grupo étnico y cultural destaca Mosé ben Sem Yob de León, nacido en Guadalajara en 1240, y aquí residente durante 50 años, adquiriendo su honda formación mística y escribiendo el libro cpaital d ela cabalística judía, el Sefer ha Zohar ó Libro del Esplendor.

También fué siempre muy numerosa la colonia mudéjar en la Guadalajara cristiana. La reconquista no supuso expulsión ni castigo para sus habitantes, aunque perdieron todo tipo de dominio político o económico. Cuantos quedaron, con el apelativo de mudçejares, se dedicaron a la construcción, a la artesanía, a la alfarería y a la agricultura. Las murallas de la ciudad y todas las iglesias cristianas elevadas entre los siglos XII al XV fueron realizadas por alarifes mudéjares, que imprimeron un fuerte carácter a Guadalajara con sus ornamentos y modos constructivos.

El reino taifa de Molina

En el altiplano molinés cuajó, ya durante los años de la división de Al-Andalus en taifas, una escueta monarquía que durante los siglos XI y primer cuarto del XII confirió a este territorio cierta independencia y vida propia. Previamente, en la época de Califato, Molina apenas tiene importancia, estando casi despoblada. Se inició entonces la construcción de las primeras torres del castillo.

Quizás los primeros reyes árabes de Molina procedieran de la etnia de los beni Hud, que primero reinaron en Zaragoza, y luego en Calatayud y su comarca. Es cierto que buena parte de la actual provincia de Guadalajara perteneció a inicios del siglo XI al rey moro zaragozano Ahmed I. Parece seguro que en esa época, y también a lo largo de la segunda mitad de ese siglo, el territorio molinés estaba ocupado por bereberes muy arabizados.

Los datos ciertos que nos han llegado son que en la segunda mitad del siglo XI, son reyes en Molina Hucalao, Aben-Hamar, y Aben- Kanhón (que en el Cantar de Mío Cid se nombra como Aben-Galbón. Todos éllos pagaron tributos a otros monarcas vecinos. En principio fueron tributarios de los reyes valencianos, luego de los de Zaragoza, quizás en algún momento del de toledo, y finalmente de los reyes de Castilla y León. el último de los monarcas moros de Molina, Aben-Galbón, fué un personaje muy castellanizado, tolerante, y temeroso. Aliado íntimo del Cid Campeador, le brindó asilo en sus viajes de Burgos a Valencia, según cuenta el cronista en "Cantar" rimado.

Los reinos cristianos

La mal llamada Reconquista de Al-Andalus por parte de los reinos cristianos del norte, se vió protagonizada en tierras de Guadalajara por el reino de Castilla, y sus diversos reyes, aunque también intervinieron en la misma, en algunos territorios orientales, los reyes de Aragón.

El cambio de dominio de estas tierras supuso no solamente una variante en el control político, y religioso, sino una nueva visión de la vida, y de la sociedad, que con múltiples matizaciones ha llegado hasta nuestros días.

En breves trazos podemos considerar que la Reconquista de la Marca Media y sus territorios anejos o de retaguardia se realiza a lo largo de una centuria, entre el último cuarto del siglo XI, y el mismo periodo del XII. El progreso de esta operación de cambio de dominio se realiza, no de norte a sur, como podría sospecharse a tenor del ritmo habitual de la Reconquista, sino de oeste a este, de occidente a levante.

Así vemos que tras numerosos y poco fructíferos intentos por parte de algunos monarcas castellanos, la toma definitiva del valle del Henares, de las fortalezas que lo vigilan, de las ciudades de Atienza, de Hita, de Guadalajara, Alcalá, etc, se hacen en el año 1085, por Alfonso VI y sus capitanes, al mismo tiempo que se toma definitivamente Toledo.

Será unos cincuenta años más tarde, en 1123-24, que la ofensiva de Alfonso I el Batallador de Aragón consigue arrebatar al Islam los territorios del alto Jalón, especialmente Medinaceli y su tierra (en la que se incluye Sigüenza y una buena parte de las serranías "del Ducado" en la provincia de Guadalajara, así como el enclave de Molina y su territorio en torno, por entonces muy poco poblado.

Solamente las sierras más orientales, en torno al Tajo, así como la serramía conquense caerían en poder de Alfonso VIII de Castilla, junto a la ciudad de Cuenca, en el año 1177. Ambas fechas límites (1085-1177) marcan el periodo de conquista o reconquista del suelo guadalajareño a los árabes. Tras esa fecha, y aparte de las ofensivas almorávides y almohades, la tierra de Guadalajara quedaría definitivamente consolidada en la Corona de Castilla, que comenzaría el proceso de su repoblación hacia los últimos años del siglo XII y primeros del siglo XIII.

La Repoblación del territorio

Los Comunes de Villa y Tierra en Guadalajara

La estructura socio-económica y político-administrativa de los Comunes de Villa y Tierra, se expande desde el siglo XI a través de un ancho territorio que media entre la orilla izquierda del río Duero y la derecha del Tajo. En ese amplio margen cabe entera la Extramadura castellana, la Transierra o grupo de tierras al sur de la Cordillera Central, y el denominado Reino de Toledo. Abarca también algunos fragmentos del norte del Duero por Soria y del sur del Tajo por las serranías conquenses. Y se expande en su estructura peculiar por tierras de la Extramadura leonesa, hoy provincia de Cáceres, y aun por las del Bajo Aragón en Zaragoza y Teruel o las sierras de Cazorla en torno a Ubeda y Baeza.

Solamente en la Extremadura castellana, en la que gran parte de las tierras de la actual provincia de Guadalajara quedaban incluídas, existieron en la Baja Edad Media un total de 42 Comunes de Villa y Tierra. Damos de éllos algunas pinceladas en cuanto a organización y función histórica. Desde el siglo IX, las tierras que van ocupándose en Castilla y la Extremadura castellana se denominan presuras que solían ser pequeñas, y se entragaban por el Rey a propietarios independientes, constituyendo la base del campesinado libre. Asociados constituyen aldeas, y éstas unidas por comarcas o territorios, usando de un Derecho tradicional de raíz germánica, acaban por constituírse en Comunes recibiendo finalmente la confirmación real de su Fuero. En las presuras grandes, dirigidas por el Rey, se señala una ciudad o villa grande por cabeza de comarca, y se inicia su repoblación. El territorio se organiza del mismo modo, y el Rey en Fuero señala límites al mismo, dejándoles una salida libre hacia el territorio árabe.

Surgen así los Comunes de Villa y Tierra, constituída por dos elementos principales:

a) la Villa, solo dependiente de la autoridad real. Gobernada por un Concejo local, con un código de Derecho propio, en gran parte de origen germánico, y establecido en un Fuero confirmado por el monarca. La Villa está rodeada de muralla, en la que se abren las "puertas" o "portillos", generalmente en número de cuatro, orientados a los cuatro puntos cardinales. En el interior de la villa surgen las iglesias y se forman los "barrios" o "colaciones" en torno a éllas. Desde la villa como cabeza se repuebla el territorio de una manera coordinada.

b) La Tierra, dependiente de la Villa, poblada de aldeas, y repartida en sexmas o territorios de dimensiones similares que venía, en principio, a dividir el espacio en seis partes. La organización y administración de esta Tierra era siempre similar, aunque el dominio pudiera ser de diversos tipos. Así, encontramos:

Tierra realenga, bajo la única autoridad del Rey

Tierra de abadengo, en la que el señorío lo ostenta un obispo o el abad de un monasterio.

Tierra solariega, en la que el señorío es de un noble o de una Orden Militar.

Tierra de behetría, un señorío especial en el que los pobladores tenían el derecho de elegir a su señor.

El delegado del Rey (tenente) o el delegado señorial (merino o alcayat), puesto por la autoridad máxima como su representante, era quien nombraba los sexmeros o repartidores encargados de la distribución del territorio. En principio, la Villa y sus aldeas estaban ocupadas solamente por hombres libres, regidos por un Fuero único, propietarios de la tierra. Y en cuanto a la forma de gobierno o articulación política de la comunidad, ésta era totalmente democrática. En la Villa estaba la sede del gobierno, pero la Tierra estaba en él bien representada. La Villa se divide en barrios o colaciones, y la Tierra en sexmas, y a veces también en colaciones. Los representantes del pueblo se denominaban aportellados, nombre que deriva de los "portillos" de la muralla. Cada portillo recibe el camino que viene de un área del Común. Y ese área se suele denominar colación, refiriéndose su nombre al de una parroquia de la Villa, quizás la más cercana al portillo. El nombre de aportellado se generaliza luego, y se da a todos los cargos de gobierno y representación del Común.

Los aportellados fueron sucintamente tres elementos jerárquicos entre sí, pero siempre elegidos democráticamente por el pueblo: el Juez (la máxima jerarquía del Común), los Alcaldes y los Jurados. Estos nombraban luego, y les pagaban, a los oficiales del Común, empleados con funciones concretas para atender la buena marcha de la Comunidad. Estos oficiales eran muy numerosos y variados en sus denominaciones según los territorios. Ejemplos de los mismos los tenemos como escribano, almotacén, pesquisidores, andadores, veladores de torres, montaneros, deheseros, sayones, caballeros de la Sierra, etc.

En el Fuero de Brihuega, se especifican concretamente cuales sean los aportellados del Común: un juez, alcaldes, jurados y hombres buenos del Concejo. La posibilidad de ser aportellado requería ciertas circunstancias, que en el caso briocense eran las siguientes: cualquier vecino que tuviera casa puesta, estuviera casado y tuviera hijos. Además de esas condiciones, debían llevar avencidados de uno a tres años en la Villa. Quienes tal cumplieran, no solo podían, sino que debían ser aportellados. Es este un detalle que creo merece ser destacado, pues aparece en la mayor parte de los Fueros del área que estudiamos: El cargo público era no sólo un derecho, sino una obligación. Dice así el Fuero de Brihuega: "Tod ome de briuega que toviere casa poblada en briuega con mugier et con fijos ese tenga portiello, en briuega, et otro no sea aportellado".

En todos los casos de Concejos libres, de realengo, los aportellados eran elegidos directamente por el pueblo, llegando a votar incluso las mujeres. Este procreso electoral se hacía generalmente hacia la fiesta de San Miguel, y los cargos solían durar un año. En los Comunes de abadengo, eran nombrados directamente por el obispo o abad. Así ocurría en Brihuega, donde el Fuero imponía que los aportellados, cambiados anualmente, eran de libre designación del Arzobispo toledano. En los territorios señoriales, la fórmula era intermedia. En Alhóndiga, se nombraban a partes iguales por el señor y el Concejo; y en Cogolludo, era el maestre (de Calatrava) quien otorgaba los nombramientos de juez y alcaldes.

El cargo supremo en un Común era el Juez. La función del Juez era la de ostentar la máxima representación del Concejo. El se encargaba de portar la enseña o pendón concejil, y quien guardaba el sello que de propia mano imponía sobre la cera para validar los documentos públicos. Junto con los alcaldes, administraba la justicia y realizaba las pesquisas previas para administrarla. Los Comunes de Villa y Tierra, como organizaciones político- administrativas que eran, tenían ciertas obligaciones hacia instancias superiores, tanto hacia el Rey en el caso de los de realengo, como a sus señores diversos en el resto de las circunstancias. Estas obligaciones pueden concretarse en dos tipos fundamentales: el pago de impuestos, y la ayuda en la guerra.

Los impuestos no eran fuertes, y la mayoría de los que se cobraban, eran destinados por el monarca o señor a las necesidades del propio Concejo. La ayuda en la guerra se denominaba hacer hueste o acudir en apellido. La gran fuerza que la Extramadura castellana desarrolló fué a costa de los ejércitos proporcionados por sus Comunes, que colaboraron con gran copia de gentes en las diversas campañas de la Reconquista. Los Comunes de Atienza y Almoguera, por ejemplo, participaron "en hueste" en la conquista de Cuenca, y varios de los concejos y villas de la actual provincia de Guadalajara destacaron en la batalla de Las Navas de Tolosa. Todos los Fueros dan normas regulando esta prestación: unos permiten trocarla por el pago de un impuesto en moneda (la fonsadera), y otros conceden la exención de ciertos pechos a quienes guerreen. Así, la "carta magna" de Brihuega dice que cuando el Concejo vaya a la guerra en el ejército del Obispo, o del Rey, si está en ella tres meses o más, no pechará.

Las normas del derecho público y privado en los Comunes de Villa y Tierra fueron establecidas en "corpus legales" denominados Fueros. Eran de ámbito local, comunal, y de tipo consuetudinario. La tradición regía todas las normas judiciales, y las decisiones de los jueces en los casos nuevos. Los cuerpos legales tradicionales, con gran carga germánica, eran presentados al Rey, quien venía en confirmar el Fuero a una Villa y su Tierra. En los casos de señorío o abadengo, era el señor o el obispo quien daba el Fuero y lo confirmaba, pero siempre estaba basado en la tradición jurídica del territorio y de sus gentes. En las zonas de repoblación, se aplicaron Fueros ya usados en otros lugares.

De todos lo comunes que formaban parte de la actual tierra de Guadalajara, vemos rapidamente algunos de los más importantes. El resto del territorio se dividió entre señoríos de abadengo (el señorío episcopal de Sigüenza, las posesiones de los arzobipsos toledanos en Brihuega y Uceda, algunos pequeños territorios propiedad de Monasterios, etc.) y de Ærdenes militares (Calatrava por Zorita, Santiago por Mohernando, San Juan por Peñalver).

Algunos Comunes fueron surgiendo, a lo largo de los siglos XII y XIII, como fragmentos independizados de los grandes Comunes creados por los Reyes en la Transierra, en el momento de la reconquista e inmediata repoblación. Así, de Sepúlveda, Medinaceli, Atienza y Molina, van surgiendo territorios menores que, tal los casos de Talamanca, de Cogolludo y Beleña, de Jadraque y Cifuentes, surgen posteriormente como Comunes con organización calcada de los primitivos entornos creadores.

ATIENZA

Reconquistada la fortificada villa en 1085 por Alfonso VI, inmediatamente inicia el desarrollo de su posterior poderío social y económico, recibiendo en 1149 de manos de Alfonso VII un Fuero y la asignación de un territorio enorme, que desde los altos de Pela continuaba por el castillo de Diempures (en Cantalojas), bajando el límite por el Sorbe; el Ocejón luego, hasta Padilla, la meseta alcarreña por Miralrío, y el Badiel con Valfermoso, llegando hasta el Tajo, hasta Gualda, incluyendo tierras del Recuenco y Armallones, mostrando su límite oriental por Sigüenza, recostado sobre el Común de Medinaceli.

Sus extremos estaban fortificados con castillos de la talla de Alcolea de las Peñas, Tordelrábano, Valdelcubo, Torremocha, Paredes, etc. Primitivamente, Castejón se incluía en su alfoz. La propia villa poseía un castillo imponente, y se rodeaba por una fortísima muralla con varios "portillos" y diversos barrios y colaciones.

Con el paso de los siglos, el Común de Villa y Tierra de Atienza fué perdiendo tierras de las que fueron surgiendo nuevos Comunes. Así, en el siglo XII se desgaja el señorío de Beleña; en el siglo XIII se le desprenden los Comunes de Jaraque y Cifuentes, y en el siglo XIV pierde la zona de Galve, que como señorío de los Orozco y luego de los Estúñigas comprendía Valdepinillos, La Huerce, Zarzuela de Galve, Valverde de los Arroyos, Umbralejo, Palancares, el mismo Galve y los despobladdos de Castilviejo, Pero Yuste y La Mata de Robledo.

COGOLLUDO

Fué reconquistado, al tiempo que Guadalajara y Toledo, en 1085, y desde ese momento el rey Alfonso VI lo puebla y entrega un alfoz. En 1102, el mismo monarca le concede Fuero y en 1176, Alfonso VIII entrega en donación a Cogolludo y su tierra a la naciente Orden militar de Calatrava. Mas adelante, en 1252, el maestre Fernando Ordóñez le renueva el Fuero y le entrega el de Guadalajara, y es ya en el siglo XV que, después de haber pertenecido a los Mendoza, pasa en señorío a los La Cerda, duques de Medinaceli. Tuvo la villa un fuerte castillo, estando la población rodeada de una magnífica y potentísima muralla. Su alfoz estaba formado por las aldeas de Fuencemillán, Veguillas, Arbancón, Jócar y Monasterio. Fué, por tanto, un pequeño común independiente durante casi un siglo, pasando después a ser de señorío.

BELEÑA

Tras la reconquista, perteneció a la tierra de Atienza, pero en 1170, Alfonso VIII donó la fortaleza y villa de Beleña al militar de su corte don Martín González, de quien pasó luego a la familia de los Valdés, y posteriormente a la de los Mendoza. Aunque no parece que tuviera murallas, sí poseyó un castillo en lo alto de su inexpugnable posición a orillas del Sorbe, y, por supuesto, un mínimo alfoz formado por las aldeas de la Puebla de Beleña, Torrebeleña, La Mierla, Muriel, Aleas, Sacedoncillo y Montarrón.

MEDINACELI

La gran población de romanos y árabes, fué conquistada para Castilla por Alfonso VI en 1104, y repoblada por su tenente Gonzalo Nuñez de Lara, quien dejó libertad absoluta para la organización de su Concejo. Es el suyo uno de los mayores alfoces de toda la Transierra, potente como los de Atienza y Molina. Inició su repoblación mediado ya el siglo XII, una vez expulsados los árabes de las zonas de Calatayud y Sigüenza.

Los extremos de este Común fueron cuajados de torres vigilantes. Aún vemos en la toponimia de algunas de sus antiguas aldeas, la referencia a dichos elementos defensivos: así Torrecuadrada de los Valles; Tortonda; Torresaviñán; Alcolea (del Pinar). Por haber sido sus tenentes los Lara, uno de sus pueblos adoptó su nombre: Laranueva. El Común se extendió hasta la orilla del Tajo, llevando a sus costados los concejos de Atienza y Molina.

Muy pronto recibió Medinaceli su Fuero, concedido por el propio Alfonso VI. Dice así Salvador de Moxó en su obra Repoblación y sociedad en la España cristiana medieval: "el sistema de repoblación concejil, que se desarrolla brillantemente a través de toda la Extremadura, se manifiesta eficaz en la Transierra. Sirvan de ejemplo Atienza y Medinaceli, donde se crearían comunidades de villa y tierra capaces de mantener durante mucho tiempo sus amplios alfoces jurisdiccionales, a los que irradian desde la propia villa su proyección repobladora y su organización administrativa".

De la tierra de Medinaceli, a la que en principio perteneció como mínima aldehuela sin importancia, surgió Sigüenza, enseguida cabeza de episcopalía independiente, que hipertrofió su dinámica social al amparo del señorío civil y espiritual de sus Obispos.

MOLINA

Conquistada en 1129, fué entregada por el Rey de Castilla a su cortesano don Manrique de Lara en señorío, aunque instituído como behetría de linaje. En 1154, este señor concede un Fuero repoblador que dinamiza enormemente la vida del territorio, llegando a estar constituído por las correspondientes sexmas, y un total de 100 aldeas dependientes de la capital, la Villa de Molina, dotada de un fuerte castillo y murallas densas. El Común que se había desarrollado como uno de los más potentes de Castilla, bajo la dinastía de los Lara, pasó a ser de realengo a finales del siglo XIII.

UCEDA

Conquistada también en 1085 por Alfonso VI, esta fuerte posición sobre el Jarama obtuvo inmediatamente fueros y un amplio alfoz, poseyendo desde su inicio castillo roquero y una fuerte muralla rodeando la villa. En 1119, la reina doña Urraca da el señorío de Uceda a don Fernando García de Hita, aunque vuelve pronto a la corona. En 1222, finalmente Fernando III lo da en señorío al obispado de Toledo, ampliando entonces el Fuero, y manteniéndose en ese "status" durante toda la Edad Media.

El alfoz abarcaba aldeas numerosas, entre las que cabe contar pueblos que hoy pertenecen a las provincias de Guadalajara y Madrid. Así Venturada, Redueña, Fuentelfresno y Torrelaguna, por la segunda de éllas, y Valdepeñas, Alpedrete, Casa de Uceda, Cubillo de Uceda, Villaseca de Uceda, etc., por las alcarreñas.

TALAMANCA

También conquistada esta posición fuerte en 1085 por Alfonso VI, fué constituído desde un primer momento como cabeza de un fuerte Común asentado en las riberas y afluentes del bajo Jarama. En 1140 Alfonso VII lo donó en señorío a doña Urraca Fernandez, hija de Fernando García de Hita, quien en principio había sido su tenente. Enseguida retornó a la Corona, y ya se constituyó en Común de realengo. Después, en 1188, Alfonso VIII lo donó a la iglesia de Toledo, y en 1223 el obispo Jiménez de Rada le otorgó un Fuero.

La villa cabeza del territorio tuvo muralla, y en lo alto de su antigua almudena, una iglesia dedicada a Santa María. Entre los pueblos de su alfoz, hoy repartidos entre las provincias de Madrid y Guadalajara, se contaban Torrejón (del Rey), El Casar (de Talamanca), Galápagos, Valdetorres, Valdeolmos, Valdeavero, Valdepiélagos, Fresno (de Torote), El Molar, Ribatejada, Fuente el Saz, etc. Todos éllos sonoros nombres castellanos de la repoblación.

HITA

Integrada a la Corona de Castilla por Alfonso VI en 1085, fué donada en 1119 por la reina doña Urraca a su yerno Fernando García de Hita, quien actuó de tenente. Continuó luego como territorio de realengo, y posteriormente de señorío de infantas (de doña Berenguela, hija de Alfonso X, y de doña Isabel, hija de Sancho IV). Pasó posteriormente a los Orozco, y en el siglo XIV terminó en poder de los Mendoza, pero siempre conservando sus características sociales de Común de Villa y Tierra, gobernado por un Fuero que en 1256 recibió de Alfonso X.

Su estampa de cerro amurallado y coronado por fuerte castillo es de las más evidentes de lo que una cabeza de Común significaba en el aspecto geográfico y social. El espacio de su alfoz se extendía desde la orilla del río Henares, por el norte, hasta los valles del Ungría y el Tajuña por la Alcarria, al sur. Uno de los puntos fortificados del Común fué Torija, vigilante del paso de uno de los valles que ascendían a la meseta alcarreña.

BRIHUEGA

También conquistada, como gran parte de la tierra de Guadalajara, en 1085 por el rey Alfonso VI, fué inmediatamente donada, al año siguiente, a los Obispos de Toledo, y de éllos recibió, concretamente del gran estadista don Rodrigo Jiménez de Raa, su Fuero en 1224. El señorío episcopal al que estuvo sometido siempre Brihuega actuó de motor y dinamizante social, desarrollanddo una activa población que creció al amparo de la fortaleza palaciega, y dentro de un denso círculo de murallas, algunos de cuyos portillos aún quedan en pie, como son los arcos de Cozagón y de la Cadena.

Cinco colaciones tenía la Villa: San Pedro, San Juan, San Miguel, San Felipe y Santa María. Su territorio, nunca demasiado amplio, comprendió aldeas como Gajanejos, Castilmimbre, Ferreñuela, Valdesaz, Tomellosa y San Andrés, añadiendo en el siglo XIII, por donación real, otros lugares del extremo sur de Atienza, como Romancos, Archilla, Fuentes de la Alcarria, Pajares y Malacuera. Cerca surgió el señorío abadengo del monasterio de San Blas, de monjes jerónimos, en Villaviciosa, fundado por el obispo toledano Gil de Albornoz.

GUADALAJARA

Conquistada por Alfonso VI y su capitán de mesnada Alvar Fáñez de Minaya en 1085, recibió en 1133 un Fuero de Alfonso VII, y posteriormente en 1219 Fernando III la concedió el llamado "Fuero largo". Recibió de inicio un amplio alfoz de más de 1000 kilómetros cuadrados de superficie, y con unas 50 aldeas divididas en dos zonas: la del Campo y la de la Alcarria. Sus límites eran, según el Fuero Viejo, Daganzo, Daganiel, Alcorcos, Anorcinos, Pezuela, Escariche, Hontova, Peñalver, Irueste, Brihuega, Archilla, Ciruelas, Trijueque y Galápagos.

En el siglo XIV, y siempre bajo el concepto de realengo, el Común de Villa y Tierra de Guadalajara alcanzó su máxima extensión, con 61 aldeas divididas en seis sexmas, cuyas capitales eran: Lupiana, Renera, Albolleque, Málaga del Fresno, Bujés y Valdeavellano. La capital estuvo fuertemente pertrechada, también desde un principio, con castillo rehecho sobre la antigua alcazaba mora, y con murallas que comprendían el perímetro muy ancho de la Villa. Guadalajara creció a lo largo de la baja Edad Media, adquiriendo ya en el siglo XV el título de ciudad, siendo escogida como lugar de residencia por el poderoso linaje de los Mendoza. En la Guerra de las Comunidades surgida en 1520 contra el sistema moderno de Estado impuesto por Carlos I, Guadalajara fué uno de los puntos de la geografía castellana que con mayor fuerza defendió los derechos tradicionales de los Comunes de Villa y Tierra y todo cuanto suponían de autonomía frente al poder real.

ZORITA

Conquistada a fines del siglo XI, fué su alcaide o tenente Alvar Fáñez de Minaya. En 1174, Alfonso VIII la entregó a la Orden Militar de Calatrava, y este Rey, juntamente con el maestre Perez de Siones, le dieron Fuero en 1180, modificándolo y anpliándolo Fernando III a comienzos del siglo XIII. Durante sus primeros 100 años de existencia fué un concejo libre, de realengo, que se pobló de castellanos, de mudéjares, de judíos y de mozárabes aragoneses, amparados todos bajo las normas de un Fuero común.

Gran centro comercial, centraba su estrategia en el puente que allí cruzaba el Tajo, y que era uno de los tres por los que solo estaba permitido atravesar las mercadurías y pagar los pontazgos debidos al Rey de Castilla (Zorita, Alarilla y Toledo). Cuando a finales del siglo XII y comienzos del XIII los almorávides deshicieron Calatrava la Vieja, Zorita pasó a ser el centro y sede de la Orden. En el siglo XV una riada se llevó el puente, y entonces se inició la decadencia de la villa y su tierra. En élla estuvo siempre comprendida, entre otras, la que fué primero aldea y luego opulenta villa de Pastrana.

ALMOGUERA

Conquistada por Alfonso VI a finales del siglo XI, desde comienzos de la siguiente centuria es cabeza de Común, presidiendo una amplia comarca en la que aparecían aldeas que hoy son pueblos de las provincias de Guadalajara y de Madrid. El alfoz completo fué entregado en 1175 por Alfonso VIII a la naciente Orden militar de Calatrava y, posteriromente, en el siglo XIII, volvió a ser de realengo. Por entonces, Alfonso X, en 1263, le concedió un Fuero real y una Feria anual. A mediados del siglo XIV volvió a pasar a la Orden de Calatrava, de la que fué cabeza de una importante Encomienda. Sin embargo, hay que destacar aquí que no todas las aldeas del Común eran señorío de la Orden, perteneciendo algunas a señoríos particulares, como Valdolmeña, que estuvo bajo el señorío privado del arcediano del rey Fernán Martínez.

El Común de Almoguera participó "en hueste" muy señaladamente en diversas batallas y campañas de la reconquista. Así, en las Navas de Tolosa, buena copia de gentes de Almoguera ayudaron de forma importante a la victoria.

ALARILLA

Ya existía este lugar, como castillo árabe, en el siglo IX. Alfonso VIII creó un territorio o Común alrededor de esta fortaleza, y la entregó aldeas de los términos de Oreja, Almoguera y Zorita para constituirle en Común independiente, concediéndole la prerrogativa de ser lugar (junto con Zorita y Toledo) por cuyo puente sobre el Tajo debían pasar todas las mercancías obligadas a cotizar el pontazgo debido al Rey. En el "Tumbo Menor de Castilla" se dice que el Rey crea un nuevo territorio comunal alrededor de unum castrum quod vocatur Alfarella... et est situm in ripa de Tago.

El alfoz de Alarilla incluía las aldeas de Estremera, Fuentidueña, Belinchón con sus salinas, Tarancón, y varias villas campestres, el vado salinero y la aberguería del vado, junto al castillo. En 1172, Alfonso VIII entregó Alarilla con su alfoz a la orden militar de Santiago, y siete años después le entrega Fuero. Pero la vida de este territorio comunal fué corta y de escasa incidencia, creciendo a su costa los concejos de Belinchón y Oreja, y desapareciendo a poco su castillo.

HUETE

Fuerte lugar del reino taifa de Toledo, Huete fué reconquistado en el siglo XII, quedando densamente poblado de mozárabes y mudéjares. Poseyó desde sus inicios un fuerte castillo y murallas que rodeaban por completo a la villa. Fué entregada su tenencia, en el siglo XII, al conde don Manrique de Lara. Muchos de los pueblos que formaron el amplio territorio del Común de Huete, pertenecen hoy a la provincia de Guadalajara, y el resto se distribuyen por las de Cuenca y Madrid. De los que hoy forman en los límites de nuestra provincia, destacamos Castilforte, Salmerón, Alcocer, Millana, Chillarón, Alique, Pareja, Casasana, Tabladillo y Sacedón.

CUENCA

Reconquistada, en dura lucha en la que participaron gran número de huestes concejiles de la Extremadura y Transierra, por Alfonso VIII en 1177, Cuenca surgió desde el principio como cabeza de un fortísimo Común al que el monarca concedió Fuero en ese mismo año, y un extenso alfoz que se extendía, en parte, por la actual provincia guadalajareña, en la que tenía aldeas como Mantiel, Cerecedda, La Puerta, Viana, Peralveche, Arbeteta, Escamilla, Zaorejas, Villanueva de Alcorón, Peñalén, Poveda y El Recuenco. Al estar alejados todos éllos de la cabeza del Común, fueron escasamente poblados y atendidos.

El proceso de señorialización

Tras la Reconquista del territorio por los reyes cristianos de Castilla y Aragón, la tierra de Guadalajara se constituye en amplios espacios de administración libre y comunales, los llamados "Comunes de Villa y Tierra", que ofrecen a sus habitantes tierras laborables y posibilidades de un autogobierno muy avanzado.

Los siglos inmediatos verán un cambio progresivo en esta política liberalizadora de raíz germánica de los primeros monarcas reconquistadores. Progresivamente se irá a un proceso que se ha dado en llamar de señorialización, y que consiste en la entrega de esos Comunes, o partes más o menos señaladas de éllos, a personas particulares, a eclesiásticos o monasterios, y a órdenes militares, quedando por tanto, aldeas, villas y ciudades, bajo el señorío jurisdiccional e impositivo de esas personas o instituciones, que coartan en gran modo el desarrollo de esos territorios en principio tan libres y dinámicos.

El Señorío de Molina

La reconquista por los reinos cristianos de este territorio no fué difícil. Aparte de algunas leyendas que se refieren a esta reconquista, se sabe documentalmente que fué el año 1129 cuando el rey aragonés Alfonso I el Batallador se posesionó de este territorio, en una campaña de ampliación de su Estado, que en poco más de diez años le hizo avanzar desde las Cinco Villas hasta sobrepasar ampliamente el Ebro, apoderarse de Calatayud, Daroca, Teruel e incluso Molina. El territorio estaba practicamente despoblado, y en principio no le supuso otro interés que el acercarse hasta la línea fronteriza del Tajo, que tomó y sirvió para asentar solidamente su gran reino.

Sin embargo, desde los primeros momentos quedó Molina y su tierra incluída en el reino de Castilla, al que pasó por entrega de su conquistador, Alfonso I de Aragón, a su esposa doña Urraca, reina de Castilla. El hijo de ésta, Alfonso VII el Emperador, entregó en señorío de behetría toda Molina a su cortesano don Manrique de Lara, que intervendría, quizás personalmente, en la conquista del territorio.

Don Manrique de Lara creó un pequeño Estado propio, solamente adscrito a la corona castellana en razón de ser él mismo vasallo del rey Alfonso. Pero la forma de gobierno del Señorío de Molina durante los siglos XII y XIII, fué practicamente de independencia respecto a los dos grandes reinos circundantes, con una organización política muy singular, regido por sus señores los condes de Lara, y con un gobierno de tipo comunero muy característico del régimen democrático medieval en el que vivió Castilla y el Bajo Aragón durante mucho tiempo.

El primer señor molinés, don Manrique, hizo reconstruir el antiguo castillo árabe, fortificando con murallas la ciudad de Molina, levantando varias iglesias de tipo románico, y organizando la ciudad y el territorio de un modo armónico. En 1154 concedió un Fuero que durante varios siglos sirvió de modelo y guía en la vida común de las gentes molinesas. Gracias a él se repobló el amplio territorio, con gentes venidas especialmente de Castilla, Rioja y Navarra, así como bastantes francos -aquitanos especialmente- que con él colaboraron en las tareas directivas y de organización. El mismo don Manrique estaba casado con doña Ermesenda de Narbona, y algunos cuñados suyos hicieron de capitanes de tropa, mientras otros francos, eclesiásticos especialmente, dirigieron la distribución de los inmigrantes, formaron cabildos, compañías y gremios, y abrieron paso a una vida comunitaria fuerte y productiva.

La primitiva sociedad molinesa se organizó, según disponía el Fuero de don Manrique, de una manera auténticamente democrática. Al ser señorío de behetría, la dirección del estado correspondía a un miembro de la familia condal de los Lara, pero esta dirección no se transmitía hereditariamente, por línea directa, sino que eran los propios súbditos quienes por votación decidían al sucesor en el Señorío. A su vez, el gobierno de las tierras y los asuntos judiciales estaban en manos de los representantes del pueblo. En elecciones en las que participaban las mujeres, se elegía cada dos años al juez de la comunidad, figura importantísima en el ordenamiento político medieval, así como a los aportellados y sesmeros, auténtica cámara doble representante de los estamentos y del territorio. Esta estructura foral corresponde a lo que en Castilla es una Comunidad de Villa y Tierra, y con ese nombre, de Comunidad del Señorío de Molina, ha llegado hasta hoy mismo, aun cuando sus funciones son ya meramente administrativas de algunos escasos restos de propiedades comunales, dehesas, fincas, etc.

Los primitivos límites del Señorío de Molina fueron señalados con detalle en el Fuero concedido por don Manrique, y todos éllos han sido identificados. Decía así el documento foral: A Tagoenz, a Santa María de Almalaf, a Bestradiel, a Galiel, a Sisemón, a Xarava, a Cemballa, a Cubel, a la laguna de Allucant, al Poyo de Mio Cid, a Penna Palomera, al puerto de Escoriola, a Casadon, a Ademuz, a Cabriel, a la laguna de Bernaldet, a Huelamo, a los Casares de García Ramirez, a los Almallones. Esta relación nos permite señalar facilmente un territorio de más de 5.000 Kms cuadrados que en el siglo XII formaba el Señorío molinés.

Su límite norte es bastante claro: subía desde el río Tajo, donde hoy se encuentra todavía el paso y puente de la Tagüenza, hacia Selas y Turmiel, siguiendo el valle del río Mesa y llegando hasta Sisamón, en la actual provincia de Zaragoza. El límite oriental quedaba marcado y hoy reconocible por varios pueblos como son el ya mencionado Sisamón, y luego Jaraba, Cimballa y Cubel, dejando dentro del Señorío los actuales lugares de Calmarza, Campillo de Aragón, Llumes, Aldehuela de Liestos y Torralba de los Frailes, quedando en su límite el monasterio de Piedra. Se extendía por ese costado hasta la laguna de Gallocanta, hoy entre Teruel y Zaragoza, e incluía también los pueblos de Las Cuerlas y Odón, este último de gran tradición en sus romerías a la Virgen de la Hoz, en secular competencia con los vecinos de Molina. Y aún se extendía este límite oriental hasta el valle del Jiloca, en las cercanías de Calamocha: el Poyo de Mío Cid parece corresponderse con el actual pueblo turolense de este nombre. El límite por el sur ascendía luego sobre el filo de la alta y abrupta serranía Menera, poniendo la frontera en Peña Palomera y bajando hasta Orihuela del Tremedal, extendiéndose el Señorío ya por extensas regiones de bosques y montañas totalmente desertizadas, hasta Huélamo, Ademuz y el río Cabriel, formando una lengua muy prolongada de terreno en la actual serranía de Cuenca. Luego, englobando Beteta, ascendía a la meseta y llegaba hasta Armallones y el río Tajo nuevamente. Enorme territorio que fué pronto restringido por el surgimiento de nuevos concejos, como el de Cuenca, que tras la reconquista de la ciudad en 1177 fué muy ricamente dotado por el rey Alfonso VIII; y también el fortalecimiento de concejos como el de Daroca y el de Albarracín, que fueron ampliando su territorio, dejando reducido el Señorío de Molina a sus límites actuales aproximados en el siglo XIII. El mismo Concejo de Medinaceli, reciamente gobernado luego por los de La Cerda, duques del mismo título, restó algún terreno al Señorío molinés por su extremo de septentrión.

Este gran territorio estuvo dividido en sus inicios en seis demarcaciones, -llamadas sesmas- al frente de cada cual había un sesmero puesto por el señor. Fué un sistema muy práctico de división de la tierra sobre un páramo inhabitado que debía comenzar a llenarse de gentes y de riqueza. Cada sesma se dividió a su vez en veinte partes: las veintenas, en cuya cabeza se constituía un poblado o aldea. Y cada una de estas veintenas, a su vez, se partía en cinco quiñones, cada uno de los cuales comprendía una quinta parte de lo de riego, otra quinta parte de lo de sembradura, otra de pastos, otra de monte, etc., teniendo así cada colono un quiñón de similares características a sus vecinos. Es curioso que esta división medieval del territorio se ha mantenido hasta hoy, pues cada sesma tiene veinte pueblos, y en muchos de estos aun perduran los nombres y las divisiones de los quiñones. De las seis iniciales sesmas de Molina, dos se perdieron pronto, en beneficio de las Comunidades de Daroca, Albarracín y Cuenca. Las otras cuatro permanecen.

Los Condes de Lara, señores de Molina

Los señores de Molina pertenecieron durante dos siglos a la familia de los Lara. La línea sucesoria directa no se mantuvo siempre, por decisiones del pueblo o de la monarquía castellana, que en forma cada vez más intensa, fué presionando para restar autonomía a los condes molineses, hasta finalmente, en el declive del siglo XIII, incorporarla a los estados de la Corona. Fué su primer señor don Manrique de Lara, destacado cortesano de Castilla durante el reinado de doña Urraca y de su hijo Alfonso VII, en el que alcanzó el grado de alférez real y obtuvo las tenencias o alcaidías de importantes poblaciones, como Atienza, Toledo, Almería, etc. Encargado de cuidar la persona del futuro rey Alfonso VIII de Castilla, en la ocasión de su asedio en Atienza por su tío Fernando de Leon, Lara le rescató de ese cerco llevándolo a Avila con ayuda de los arrieros atencinos; gesta que hoy todavía se conmemora en la conocida fiesta de La Caballada de Atienza. Poco después, en la batalla de Garcinarro, junto a Huete, en una de las muchas disputas entre Castros y Laras, murió don Manrique a manos de sus vitales enemigos.

Heredó su hijo don Pedro Manrique de Lara, que gobernó durante la segunda mitad del siglo XII, ocupando el comienzo del siglo siguiente el hijo de éste, don Gonzalo Perez de Lara, quien se ocupó de engrandecer el Señorío, levantando iglesias, palacios, y completando el sistema de distribución de tierras entre todos aquellos colonos y pobladores que desde el Norte de la Península venían a ocupar este territorio difícil y prometedor. Don Gonzalo tuvo enfrentamiento con el monarca unificador de Castilla y Leon, Fernando III, quien deseó mermar las facultades autonómicas del Señorío molinés. Cercó al conde en su castillo de Zafra, en 1222, y solo la intervención de la madre del rey, doña Berenguela, consiguió que se firmara "la concordia de Zafra" por lo que la hija del molinés, doña Mafalda, a la que no correspondía su herencia por vía normal, se casó con don Alfonso, hermano del rey. Este cuarto señor, don Alfonso Infante de Molina, fué un bravo guerrero y capitán general de los ejércitos castellanos, siendo caballero destacado de la Orden de Calatrava, pasando sus días en continua pelea de reconquista frente a los moros, ayudando a la Corona en sus campañas andaluzas.

Fué doña Blanca de Molina, quinta señora, hija del anterior, mujer en la que, según los viejos cronistas, recayeron todas las virtudes que la raza atesora, pues era bella, valerosa, enérgica, amable, inteligente y sufrida. Levantó iglesias por todo el Señorío, fundó monasterios, formó su Cabildo o Compañía de Caballeros, repobló zonas del sur de su territorio, terminó de construir su magno alcázar molinés, y dejó un testamento que es modelo de sabiduría y ejemplo de magnanimidad señorial. Fué su hermana doña María de Molina quien heredó el condado, y al casar, en 1293, con el rey Sancho IV de Castilla, hizo que el territorio y su prerrogativa señorial pasara, como un título más, a la Corona, en cuyo cómputo aún hoy permanece. El Rey de España es, pues, señor de Molina en su territorio.

De su época medieval, la tierra molinesa conservó muchos siglos tres instituciones fundamentales, nacidas en los días de la repoblación y amparadas por su Fuero: el Común de Villa y Tierra que comprendía una parte muy importante del territorio, y que se dedicaba al aprovechamiento comunal de pastos y montes para todos los habitantes del Señorío; participaban en él los pueblos todos, que, divididos en sesmas, nombraban sus representantes (sesmeros) para la Junta del Común, cuyo presidente fué siempre hombre influyente en los destinos de la tierra. Hasta hoy ha llegado esta institución, presidida actualmente por el alcalde de la ciudad de Molina.

Otra institución medieval fué el Cabildo de Caballeros de doña Blanca, especie de ejército particular en sus inicios, y luego agrupación de hidalgos, y caballeros, que también ha pervivido hasta hoy en forma y nombre de Cofradía del Carmen, que desfila en pleno, con vistosos uniformes, de antiguo abolengo, el día 16 de julio de cada año. Por fin, el Cabildo de Clérigos, creación original de un francés, Juan Sardón, que desde el siglo XII en su mitad agrupó a los eclesiásticos del Señorío, y administró posesiones, privilegios y caudales por todo el territorio molinés.

Los Señoríos Episcopales

Ya desde el primer momento de la repoblación, hubo en la tierra de Guadalajara algunos señoríos episcopales que fueron reforzándose con el tiempo. Fué el primero de éllos el de Brihuega, que Alfonso VI entregó al arzobispo de Toledo don Bernardo en 1086, pocos meses después de liberada la zona del dominio árabe. Poco después, en los primeros años del siglo XIII el Rey Fernando III entregaba el señorío de Uceda y todo su rico alfoz al arzobispo toledano el infante don Sancho, que lo dejaría en posesión de esta institución episcopal durante largos siglos. También buena parte de la Alcarria Baja y oriental perteneció al señorío episcopal de los Obispos de Cuenca. Lo recibieron en 1182 de manos del Rey Alfonso VIII. Finalmente, la mas señalada de las opciones señoriales episcopales en Guadalajara fué, sin duda, el Obispado de Sigüenza, con señorío absoluto, temporal y espiritual, sobre esta ciudad, y con dominio sobre un amplio territorio circundante, que confería a estos individuos, a lo largo de los siglos, un poder muy señalado. Desde 1138, en que Alfonso VII le concedió el señorío de la parte baja de la ciudad, progresivamente ampliado, hasta 1796 en que el obispo Juan Díaz de la Guerra renunció voluntariamente a ese señorío, la ciudad de Sigüenza se vió dominada por una larga sucesión de figuras episcopales y por el Cabildo catedralicio que le servía de fuerza equilibradora.

También el obispado de Cuenca contó con importantes señoríos en tierra alcarreña de Guadalajara. Concretamente en su parte oriental, centralizada en la villa de Pareja, donde los obispos conquenses pusieron castillo primero, y luego palacio, donde se retiraban a descansar o a celebrar concilios diocesanos. Su influencia señorial se extendía a buena parte de los pueblos de la orilla izquierda del río Tajo a su paso por esta provincia.

Los Monasterios

Otra de las modalidades utilizadas por los reyes castellanos para llevar a cabo la repoblación de sus amplios territorios vacíos tras la Reconquista fué la de entregárselos a órdenes religiosas que fueron poniendo monasterios y en torno a éllos creando una nueva dimensión vital, con poblados, cultivos, colonizaciones, y edificios artísticos.

La tierra de Guadalajara fué el único espacio de la actual Comunidad castellano-manchega en que tal fenómeno histórico se dió. Las comunidades religiosas que acudieron a la repoblación, siempre en las peligrosas fronteras de Al-Andalus, fueron los canónigos regulares de San Agustín, en su mayor parte de origen francés, y los cistercienses, sin olvidar algún cenobio benedictino.

Los canónigos regulares de San Agustín pusieron sus monasterios, que en principio fueron humildes puestos fronterizos, ampliados con el correr de los siglos, en lugares como Albendiego, al norte de la sierra central, junto al río Cañamares; Buenafuente del Sistal, en las orillas mismas del Tajo, frente al territorio todavía islámico de Cuenca, así como en la Hoz del Gallo, cerca también de esa frontera. Estos asentamientos se hicieron a lo largo del siglo XII, y crecieron luego con donaciones reales, alguno de éllos, como Buenafuente, transformado durante la siguiente centuria en monasterio de monjas cistercienses sufragáneo del de Huerta.

Los monjes blancos de San Bernardo, pacíficos siempre pero decididos a colonizar los territorios hasta entonces islámicos de la Transierra, pusieron sus casas en lugares paradisiacos, en valles recónditos, en la confluencia de ríos, etc. Así vemos la instalación en esta tierra de las casas de Ovila, fundada en 1181, junto al Tajo, algo más arriba de Trillo; de Monsalud, en Córcoles, hacia 1167, junto a un arroyo que baja a engrosar las aguas del Guadiela; de Bonaval, en la vertiente sur de la Sierra Central, protegidos en sus inicios por Alfonso VIII; de Arandilla, en pleno corazón del Señorío de Molina, promovida por los señores del territorio para encontrar enterramiento y panteón familiar en un cenobio cisterciense, etc.

También los benedictinos pusieron sus casas en los valles por donde tradicionalmente se verificaba el tránsito entre las Españas cristiana y musulmana. Así, en el valle del Badiel, bajo la vigilancia de la peña de Hita, en Sopetrán, pusieron los monjes negros su monasterio, que llegó a tener un gran poder en los pueblos limítrofes.

Los cartujos del Paular tuvieron también amplias propiedades por la Campiña del Henares, así como otros monasterios centralizados en Madrid, los obispos de Toledo, de Cuenca y, por supuesto, de Sigüenza, todos poseían propiedades y ostentaban señoríos de corte eclesiástico sobre tierras y gentes.

Las Ordenes Militares

La reconquista y posterior repoblación de los amplios territorios vacíos de la Mancha implicaron la creación de unas instituciones muy peculiares que sirvieran, al tiempo, para realizar la tarea militar de la conquista, y después para asegurar la colonización y control religioso y político de la misma. Ello se realizaría a través de la concesión en señorío a estas instituciones de grandes territorios que llenan la Mancha de cruces y capas de diversos colores.

De esas Ordenes Militares surgidas al calor de la Reconquista y repoblación manchega, tuvo también la tierra de Guadalajara cumplida muestra. Y así vemos cómo la Orden de Calatrava asienta en amplias zonas del sur de la provincia, formando en élla la Encomienda de Zorita, en cuyo castillo llegó a estar, entre 1195 y 1212 la sede central de los maestres y la Orden, que aquí hubieron de retirarse tras la batalla de Alarcos.

Zorita fué pues la cabeza de la gran Encomienda norteña de Calatrava. En su territorio surgieron importantes lugares que crecieron rápidos y ricos al impulso del señorío religioso- militar. Y así vemos cómo las propiedades calatraveñas se extienden hasta Almoguera y Mondéjar, hasta Pastrana, y Berninches, o hasta Auñón por el norte, abarcando al sur los enclaves de Illana, Albalate y Almonacid mas la encomienda de Vallaga. En su interior hubo prioratos como el del Collado en Berninches, y casas de encomienda en otros lugares. En cualquier caso, la Orden de Calatrava obtuvo desde los tiempos de Alfonso VIII un amplísimo territorio al sur de Guadalajara, lo que supuso un decidido impulso al desarrollo de la zona.

La Orden de Santiago también poseyó tierras en esta provincia. La Encomienda de Mohernando se centralizó en este pueblo, a orillas del río Henares, abarcando lugares como Humanes, Robledillo, Cerezo, Razbona y Peñahora, este último el auténtico puerto de control de caminos en la confluencia del Henares con el Sorbe, lugar fortificado y sede del portazgo del camino real por el valle.

La Orden de San Juan tuvo también algunas puntuales posesiones y ejerció el señorío en pueblos de Guadalajara. Así, vemos cómo gozó de esa propiedad en Peñalver y Alhóndiga, lugares en los que puso comendador y alzó sendos castillos para su defensa. Lo mismo ocurrió en La Yunta, en territorio molinés, donde alzaron una fuerte torre abaluartada en el centro del pueblo.

Los Señoríos particulares

La evolución de los grandes Comunes de Villa y Tierra formados bajo la tutela real en el momento de la Reconquista y repoblación de la Transierra, fué de inicial crecimiento y fortaleza, y de posterior fragmentación y entrega a señores particulares. Hubo algunos que permanecieron siempre, durante largos siglos, y hasta el momento equilibrador de la abolición de los señoríos en las Cortes de Cádiz, bajo la administración directa del Rey, siendo territorios plenamente comunales durante largos siglos. Tal es el caso de la ciudad de Guadalajara, siempre independiente, aunque contando con unos vecinos, los Mendoza, muy poderosos e influyentes, pero que nunca llegaron a tener señorío sobre la ciudad. También Atienza gozó de esta independencia, y Molina tras el paso del señorío al rey Sancho IV, como ya hemos visto.

Otra evolución fué la de su fragmentación. El de Atienza acabó por ver desgajarse de su anchísimo territorio, a lo largo de la Baja Edad Media, los comunes de Beleña, de Jadraque y de Cifuentes, que luego pasarían a ser señoríos privados.

Pero el proceso que comienza ya en el siglo XIV, especialmente a partir de la llegada de los Trastamara al poder en Castilla, es el de la entrega en señorío de los territorios previamente aforados, comunales e independientes. Ese señorío comprendía la capacidad por parte del señor de administrar justicia personalmente, al menos en los primeros grados, y de cobrar impuestos, excepto los de carácter estatal, así como nombrar por su decisión las autoridades municipales.

En este sentido, vemos de forma panorámica el proceso de señorialización en la Alcarria, y así encontramos cómo el Común de Hita pasa pronto, en el siglo XII, al señorío de los García de Hita, y luego a los Orozco, cayendo en manos de los Mendoza tras la victoria de Enrique II en Montiel. Añadirían a ese señorío los Mendoza el de Buitrago, estableciéndose en ese momento (1368) en la tierra alcarreña, que ya irían acaparando en los siglos siguientes hasta límites muy dilatados.

El Común de Beleña se desgajó del de Atienza y perteneció a los González y posteriormente a los Valdés, pasando finalmente a los Mendoza.

El de Uceda perteneció, a partir del siglo XII, a los García de Hita, pasando luego a los obispos de Toledo.

El de Cogolludo fué inicialmente un Común del Señorío de la Orden de Calatrava, que pasó luego a la infanta María de Castilla, hija de Enrique II, y de ésta a doña Aldonza de Mendoza, de quien pasó a los Mendoza como tantos otros territorios, aunque en este caso seguiría, a partir del siglo XV, en poder de los La Cerda, luego duques de Medinaceli y marqueses de Cogolludo.

El de Cifuentes estaría en principio en poder de doña Mayor Guillén de Guzmán, amante que fué del rey Alfonso X, pasando luego en señorío a diversos miembros de la familia real, hasta que en 1431 lo cedió don Alvaro de Luna a Juan de Silva, quedando en esta familia, más tarde condes de Cifuentes, durante largos siglos.

El Común de Jadraque fué entregado también, tras una etapa de consideración exclusivamente comunal, a particulares. En 1434, el rey Juan II hizo donación de Jadraque y un amplio territorio en derredor a su parienta María de Castilla (nieta del rey Pedro I) en ocasión de su boda con el cortesano castellano don Gómez Carrillo. Esta familia tuvo el señorío jadraqueño hasta que a finales del siglo XV lo adquirió por trueque el Cardenal Mendoza, quedando adscrito ya durante siglos a los todopoderosos Mendoza.

Pero también ocurrió que lugares concretos y aislados de otros comunes independientes fueron entregados en señoríos a personas particulares. Esta es otra faceta del proceso de señorialización de la tierra alcarreña en la Edad Media, y así vemos como del Común de Guadalajara se desgajaron en el siglo XV pueblos como Pioz, los Yélamos, Atanzón, Aranzueque y otros varios, entregados por los Reyes a sus cortesanos los Mendoza, los Gómez de Ciudad Real, etc.

También dentro de otros comunes se dieron los casos de entrega a particulares del señorío de pueblos concretos. En el caso de Establés, dentro del territorio de Molina, fué tomado por la fuerza por los La Cerda de Medinaceli; Embid, en el mismo territorio aforado, fué entregado en 1331 a Ordóñez de Villaquirán; Cobeta, en las serranías del Ducado fronteras a Molina, vió como era conquistado a la fuerza por los Tovar, que finalmente vieron confirmado su señorío por Juan II; en Miedes y Galve, al norte de la provincia, los Zúñigas confirmaron su señorío tras haberlo poseído Iñigo López de Orozco. Finalmente pasaría a la casa de los Mendoza, ya en el siglo XV; en el valle de la Puerta, y desgajados del Común de Cuenca, los lugares de Viana, La Puerta, Cereceda, Mantiel, Escamilla y Escariche, pasaron a pertenecer en el siglo XV al caballero Núñez de Prado, y de éste a los Carillo de Acuña, para finalmente ir a manos de los Mendoza; similar destino tuvo Mondéjar, desgajado del fuerte Común calatravo de Almoguera: Sancho IV lo entregó en señorío a su cortesano Fernán Ruiz de Biedma, quedando en su familia varias generaciones, aunque en el siglo XV finales pasaría, tras diversos pleitos y alborotos, a los Mendoza; ocurrió lo mismo en Tendilla, que desgajada del Común de Villa y Tierra de Guadalajara a finales del siglo XIV, pasó en señorío al almirante de Castilla, don Diego Hurtado de Mendoza, y de éste a sus herederos en el mayorazgo, los clásicos Mendoza alcarreños. Y así ocurrió con Loranca y con otros lugares. En definitiva, un proceso de señorialización muy amplio que dió a la tierra de Guadalajara un aspecto de polifragmentación señorial a lo largo de la Baja Edad Media, y un paso al señorío casi general y monolítico de los Mendoza, grupo familiar que bien merece un estudio detenido.

Los Mendoza

Los Mendoza forman un grupo familiar, fuerte y unido, al menos desde el siglo XI. Parece que en sus inicios no destacaron especialmente en otro sentido que en el de actuar como caballeros y propietarios de amplios territorios, sin llegar a acceder a ningun tipo de nobleza. En la llanada alavesa, donde construyeron una fuerte torre, que mejor podría llamársele castillo, prosperaron y destacaron en luchas sangrientas con los otros linajes de la zona, como los Guevara, los Orozco y los Velasco.

Los Cronistas del linaje, siempre propensos a la aexaltación de los aristócratas y fabulación de sus orígenes, dicen que entre los caballeros visigodos que murieron en la batalla de Guadalete estaba el duque Arduyzo, el mayor de los godos. Un nieto suyo legítimo, Lope López, quedó como señor de la provincia de Altamira, a donde no llegó la morisma. Fuese a Escocia a casar, y lo hizo con la infanta Fregusina, hija del rey Alpino, regresando el matrimonio a Vizcaya, surgiendo de esa unión el primogénito Fortún Lopez. Es a éste al que consideran los Mendoza como su más remoto y primer aspirante. A Fortún Lopez le llamaron sus contemporáneos el "Infante don Zuria", dicen que por lo blanco de su piel. En vascuence, "zuria" significa blanco, y quizás por tener el pelo o la barba de ese color, o mas posiblemente por ser de tez muy pálida, le pusieron ese apelativo con el que pasó a la leyenda.

Valiente y dirigente nato, fué hecho capitán de las tierras vascas en la ocasión en que don Alonso el Magno, rey de Asturias, acudió a ellas con intención de anexionarlas. Zuria respondió "juntándosele no sólo la Plebe, sino los Ricos hombres, y nobles infanzones de la tierra, y formose un esquadrón de valientes soldados". Se trabó batalla en el campo de Padura, y tanta sangre derramaron a los asturianos y leoneses, que desde entonces tomó aquel lugar el sobrenombre de Arrigorriaga, que en vascuence quiere decir Piedras Bermejas por como se pusieron de empapadas del líquido elemento.

Tras aquella batalla, que sucedió en el año 780, los vizcaínos, alaveses y guipuzcoanos eligieron por señor y cabeza de Vasconia a don Zuria, y de él derivó, por línea directa, la gran casa de Mendoza. Casó dos veces don Zuria. La primera con Iñiga, hija de Zenón, el anterior señor vizcaíno. La segunda con doña Dalda Estíguiz, hija y heredera de Sancho, señor de Durango. De ella tuvo a Manso Lopez, heredero de la casa y señorío vasco, a quien sucedió su hijo Iñigo, el cual casó con Elvira Laynez, nieta del juez de Castilla Laín Calvo. Hijo de éstos fué otro Iñigo Lopez, a quien Pecha hace primo carnal del Cid, Ruy Díaz.

De este fué siguiendo la línea en derechura, con Iñigos y Lópeces en abundancia, dando algunas figuras importantes, como el Lopez Iñiguez de Mendoza que batalló junto a Alfonso VI en la toma de Toledo; Iñigo de Mendoza, que participó en las Navas, y Ruy Lopez de Mendoza, que llegó a almirante de Castilla en tiempos de Alfonso X.

Durante el reinado de Alfonso XI de Castilla, entre 1312 y 1350, es cuando los Mendoza se incorporan a la sociedad castellana, más "civilizada" que la montería que por tierras vascas había mantenido permanentemente, siempre en luchas civiles con los diversos clanes o linajes próximos, entre éllos los Guevara, Orozco, Ayala y Velasco, como ya he dicho anteriormente. Sus luchas, entre emboscadas nocturnas y batallas campales, cesaron al conjuro de la llamada del poderoso monarca castellano. Este necesitaba gentes duras, batalladores natos, caballeros que aportaran experiencia y valentía en lo que él pretendía ser el inicio de una Reconquista total de la Península.

La condición de hidalgos que los Mendoza traían de Alava, su categoría de caballeros por tener mesnada propia, y el empuje que el rey de Castilla les concedió para entrar en la directa y más alta responsabilidad de la administración del Estado, propició su asentamiento de una manera definitiva en Castilla, y más concretamente en la nueva tierra del reino toledano que, al sur de la Cordillera Central, estaba entonces surgiendo a la repoblación y se ofrecía como campo abierto a cualquier tipo de aspiraciones.

El primero de los miembros del linaje Mendoza del que existen noticias ciertas, y del que sabemos que por vez primera asentó en la corte castellana y en la tierra de Guadalajara, es don Gonzalo Yàñez (ó Ybáñez) de Mendoza, a quien en 1331 el Rey Alfonso XI nombró por su Montero Mayor, con responsabilidades muy directas en los asuntos de la Corte. En esa época, el Mendoza emigrado casó con la hija segunda de otro vascongado que había escalado puestos en la corte y en el dominio de nuevos territorios castellanos, don Iñigo Lopez de Orozco. Por ese casamiento con doña Juana de Orozco, entró en los Mendoza, desde un principio, el señorío de las villas de Hita y Buitrago, sus más antiguos y queridos asentamientos señoriales.

Figuras destacadas del linaje de Mendoza

La gloria que alcanza en su momento más álgido el linaje de Mendoza, se fragua ya desde el primero de sus miembros asentados en Castilla. Del matrimonio de Gonzalo Yañez de Mendoza con Juana de Orozco, surge Pero Gonzalez de Mendoza, el que luego las crónicas llamarían "el héroe de Aljubarrota", por haber entregado su vida, lo mismo que muchos otros guerreros alcarreños, en servicio del rey: de tal manera que el aristócrata mendocino fué muerto por los portugueses, en la famosa rota de 1385, al entregar su propio caballo al Rey Juan I, para que en él escapara, mientras él quedó luchando, a pie y ya sin ninguna esperanza, contra los lusitanos vencedores.

Del matrimonio de este Pero Gonzalez, (que fué primer poseedor cierto y con justeza titulado señor de Hita y Buitrago por concesión de Enrique II), con doña Aldonza de Ayala, nació Diego Hurtado de Mendoza, en quien su padre fundó el primer mayorazgo de la familia, que habría de llegar en tiempos futuros a ser, quizás, el más grande y apetecido mayorazgo de Castilla.

El heredero de lo que ya iba empezando a dibujarse como gran fortuna territorial y mejor suerte en punto a alianzas e influencias cortesanas, recibió el título de Almirante Mayor de Castilla. Del mayorazgo heredó Hita, Buitrago, Colmenar, Torija y Espinosa, además de muchas otras villas y aldeas en Castilla, y por supuesto las casas mayores de la ciudad de Guadalajara; y por sus matrimonios con María de Castilla y Leonor de la Vega acumuló en el patrimonio familiar una inmensa colección de territorios y señoríos, especialmente en las Asturias de Santillana, que pasarían, tras la temprana muerte del caballero, a su hijo primogénito Iñigo Lopez de Mendoza, una de las primeras figuras que aportan a esta saga de los Mendoza el brillo de la cultura y el primer grito del Renacimiento.

Iñigo Lopez de Mendoza, personaje ya plenamente engastado en el devenir bajomedieval del siglo XV, protagonista primero de los reinados de Juan II y Enrique IV, es quien primero recibe un título de nobleza por parte de un monarca castellano. De 1445 es su nombramiento como marqués de Santillana , y conde del Real de Manzanares. Aunque más adelante nos detendremos en su figura, como una de las piezas fundamentales de la llegada del Renacimiento a España, cabe ahora decir que es de su persona, de su descendencia numerosa, de donde van a surgir la más lustrosa serie de títulos que ornaron a la aristocracia hispana del siglo XVI. El marqués de Santillana tendrá por hijos al Cardenal Mendoza, a Pedro Hurtado el adelantado de Cazorla, a Iñigo Lopez el conde de Tendilla y a Diego Hurtado, sucesor en el mayorazgo.

Siguiendo ahora, en brevedad expositiva, la línea del mayorazgo de los marqueses de Santillana, encontramos que, a la muerte del primero y más famoso de éllos, sucede en sus estados, que habían sido ampliados por lo menos al doble en vida de don Iñigo, su hijo mayor Diego Hurtado, quien rigió la casa hasta 1479. Los Reyes Católicos, en 1475, le concedieron el título de duque del Infantado, y aún dijeron de él en oficial documento que vos sois el principal grande caballero de nuestros Reynos que conservan nuestro Estado y sostienen nuestra Corona.

La casa del Infantado, acrecentando progresivamente en gloria, en bienes materiales y en influencias en la corte, se vió capitaneada a continuación por Iñigo Lopez, segundo duque y ya tercer marqués de Santillana. Hombre brillante, de él partió la idea de construir para albergue familiar un nuevo palacio en Guadalajara, unas "casas mayores" desde donde resplandecer su corte. Además colaboró con sus ejércitos en la reconquista del Reino de Granada, y siempre fué tenido, hasta 1500 en que murió, cono uno de los más lucidos caballeros y firmes apoyos del reinado de los Reyes Católicos.

El mayorazgo lo heredó su primogénito, el tercer duque don Diego Hurtado, a quien, por si todo lo anterior pareciera poco, sus contemporáneos denominaron "el gran duque", debido a la magnificencia de su casa, de sus fiestas, de su influencia y poder ante el Emperador Carlos, de quien fué uno de sus más firmes apoyos en la guerra de las Comunidades.

En 1531, le sucedió en su estado y ocupó el cuarto puesto en la línea del ducado del Infantado, su hijo Iñigo Lopez de Mendoza, de quien luego hablaremos con mayor detenimiento, por ser el personaje que creo que con mayor justeza puede ser exponen

te del Renacimiento castellano en Guadalajara. A este le sucedió, ya en 1560, su nieto también llamado Iñigo Lopez de Mendoza, hombre plenamente del Renacimiento, que decoró con profusión de pinturas florentinas los salones bajos de su palacio arriacense, y se ocupó siempre de dar a su casa y corte un aire italianizante que pudiera competir sin menoscabo con la monarquía española.

Pero debemos seguir en esa corriente densa y prolífica de los Mendoza alcarreños, y aunque solo sea de pasada, mencionar sus nombres. Al quinto duque sucedió su hija doña Ana, quien tratando de mantener para los Infantado una cohesión familiar que se veía tambalear, casó primero con su tío don Rodrigo de Mendoza, y una vez muerto éste, realizó nuevo matrimonio con su primo don Juan de Mendoza. De ambos matrimonios solo obtuvo hembras, y su hija mayor, Luisa de Mendoza, casó con Diego Gomez de Sandoval, heredando el rico mayorazgo del Infantado, y su séptimo título ducal, el derrochador don Rodrigo Diaz de Vivar Sandoval y Mendoza. Aquí pierde el apellido Mendoza su protagonismo primero, y los dineros de la casa comienzan, en una vorágine que solo acabaría muchos siglos después, a decrecer sin medida. El domicilio de los Mendoza se traslada a Madrid, y es por tanto la corte la que pasa a ser protagonista de las idas y venidas del linaje, dejando a Guadalajara y sus tierras del Henares poco menos que abandonadas.

Otros linajes surgidos de Mendoza

De los primeros Mendoza de Guadalajara, del legendario don Pero, el héroe de Aljubarrota, y de su hijo don Diego, el Almirante, surgieron otros linajes menores que fueron quedando en otras familias castellanas: los condes de Priego, los de Treviño y Oñate; los marqueses de Bedmar y Ayamonte; los conde de Paredes; los duques de Lerma, de Uceda, de Zea y marqueses de Denia; los condes de Alba de Aliste, y decenas más, reconocerían, en los pretéritos tiempos, su carga mendocina en los árboles genealógicos.

Es sin embargo del primer marqués de Santillana, del vate y pensador don Iñigo, de donde surge lo más granado de la nobleza que rige la corte de los Reyes Católicos y de los Austrias: aparte de la rama primera, los duques del Infantado, en su hijo Iñigo Lopez de Mendoza recae el título de Conde de Tendilla, que se vería aumentado con el de primer marqués de Mondéjar en el hijo de éste, también llamado Iñigo Lopez, quien destacó en la corte vaticana, a finales del siglo XV, por su galanura e inteligencia.

Otro de los hijos del poeta, el que llegaría a Gran Cardenal de España y Canciller de los Reyes Católicos, don Pedro Gonzalez de Mendoza, debido como dicen las crónicas "a la flaqueza de la carne" dejó una buena ristra de descendientes directos. A su hijo mayor Rodrigo, otorgaron los monarcas los títulos de marqués de Zenete y Conde del Cid, y al segundo de éllos le entregaron los de duque de Mélito y Francavila, que luego entroncaría con descendencias de los Medinaceli para dar en la gran casa de los duques de Pastrana.

El resto de los hijos del marqués crearon nuevas líneas de nobleza, y asentaron sus mendocinos apelativos en títulos como el de marqués de Montesclaros, marqués de la Vala Siciliana, señores de Colmenar, de Valfermoso, de Yunquera, condes de Barajas y marqueses de la Alameda y de Almenara, etc, etc.

El significado de los Mendoza

Esta visión que acabamos de realizar de la familia Mendoza, es en cierto sentido, simplista e insuficiente. La forma clásica de tratar un linaje, desde el punto de vista escuetamente genealógico, tiene de sobra con esta metódica. Pero hoy en día se necesita aportar algo más, un punto de vista o referencia a partir del cual cada figura, cada grupo, adquiera un significado propio, más específico.

Esta tarea, ha sido realizada recientemente, respecto a los Mendoza alcarreños, por la investigadora norteamericana Helen Nader, quien ha aportado una interpretación netamente diferenciada de las previamente adoptadas por historiadores como Layna Serrano o Cristina de Arteaga. Así, frente a la actitud del primero, que en 1942 publicaba en Historia de Guadalajara y sus Mendozas la referencia detallada de los hechos de todos sus personajes, o de la segunda, la citada Cristina de Arteaga, recientemente fallecida, y exponente contemporáneo de la pulcritud humanista de la estirpe mendocina, que en su obra de 1941 Los Mendoza, cabeza del Infantado entregaba una referencia amplísima, con basamenta erudita pero con aires novelados, la norteamericana ha puesto en su tesis, titulada Los Mendoza y el Renacimiento español, publicada el pasado año por la Institución de Cultura "Marqués de Santillana" de Guadalajara, una visión moderna, radicalmente distinta de las anteriores, respecto a las funciones, los anhelos y los procedimientos del linaje mendocino a través de sus diversos personajes de los siglos XV y XVI.

El análisis de la historiadora americana, situa en una permanente dialéctica la concepcion que tienen los caballeros y los letrados de la sociedad, de la política y aun de la cultura en la Castilla de los siglos XIV al XVI. Analiza la construccion de la "teoria del Estado" por unos y otros. Por parte de los caballeros, son Pedro Lopez de Ayala, Fernan Perez de Guzman y Diego de Valera, todos del grupo familiar mendocino, quienes elaboran sus escritos en torno a una idea de la tradicion romana fluente hasta el momento presente en que escriben, mientras que serán los letrados, representados por Palencia con sus "Décadas", Alfonso de Cartagena y Rodrigo Sanchez de Arévalo quienes den alas a la teoría mas legista. Esa lucha entre "caballeros" y "letrados" será la que dinamice la vida política y cultural de la Castilla bajomedieval, iniciada con la prepotencia de los primeros y clausurada con la definitiva victoria de los segundos.

Los Mendoza se alinean entre los "caballeros". De su mano llega el Renacimiento a España. No solamente son guerreros: tambien son estudiosos, literatos, protectores de las artes y todo tipo de cultura. Son tolerantes en religion, pero creen en la potencia del nombre y la dinastia para la intervencion en las cosas del Estado. Surge este grupo de nobles, capitaneados por los Mendoza, aunque finalmente todos unidos por lazos de sangre, a partir de la batalla de Nájera (1367) en que vence Pedro el Cruel a su hermanastro Enrique. Cuando este inaugura la dinastia Trastamara y ayuda a todos estos nobles que le ayudaron, la monarquia ha de apoyarse en su fuerza, y son ellos quienes dirigen en gran modo la nacion. Los Mendoza reciben, en la segunda mitad del siglo XV, todos sus títulos nobiliarios, y los reciben con caracter hereditario, algo inédito hasta entonces.

En torno al primer marques de Santillana, Iñigo Lopez de Mendoza, surge una auténtica corte de escritores, traductores, poetas y pensadores. Guadalajara es la ciudad que recibe ese "parnaso" vital, y de él surgen nuevas teorias sobre la direccion del Estado y el direccionamiento de los príncipes. Pero la secular lucha de los caballeros (linages y prosapias, junto a cultura y valentia) contra los letrados (universitarios, legistas, clérigos y profesores) se va a decantar, durante el reinado de los Reyes Católicos, en favor de estos últimos. La energía centralizadora de los monarcas unificadores se dirige contra los grupos nobles, y se alzan rapidamente personajes y grupos llegados del estamento mas bajo.

Los Mendoza, en ese reinado, abandonan la lucha y solamente uno de éllos, el segundo conde de Tendilla, nombrado gobernador general del nuevo Reino de Granada, continuará ostentando unas ideas tradicionales, que son por una parte caducas en cuanto a la forma de dirigir el Estado, pero por otra van directamente en contra del creciente dirigismo religioso de la Contrareforma. Analiza Nader la forma en que la direccion del grupo mendocino pasa del marqués de Santillana a su hijo el Gran Cardenal Mendoza, y de este a su cuñado el Condestable Bernardino Fernandez de Velasco, que progresivamente se plegan a la política de Isabel y Fernando.

Mientras tanto, el segundo Conde de Tendilla, perfecto representante de la idea caballeresca medieval y paradigmática figura de la estirpe mendocina, se parapeta en Granada intentando poner a flote su idea del Estado nobiliario, su teoria de la necesaria convivencia con la raza árabe, su tolerancia religiosa, su fe en la experiencia militar y su creencia en la superioridad de la cultura clásica. Los Mendoza que le siguen son los únicos que continuan intentando , a lo largo del siglo XVI, implantar el Renacimiento "a la italiana" en Castilla, mientras que sus familiares de Guadalajara siguen, con los Reyes Catolicos, los modos arquitectonicos y artísticos del norte de Europa.

El apoyo de los Mendoza al Renacimiento es, en cualquier caso, importante y crucial. Sus más destacados elementos siguen siendo tenidos con justeza como piezas capitales en el nacimiento y desarrollo del Humanismo castellano. Múltiples escritos existen al respecto. Desde el interesante aporte del italiano Ottavio di Camilo sobre el Marqués de Santillana, a lo que Meneses García publicó en 1974 sobre el gran Conde de Tendilla.

En esta ocasión, haremos un breve repaso recordatorio de las figuras claves del proceso, y nos detendremos con mayor quietud en algunos de los menos conocidos.

Los Mendoza alcarreños en el Renacimiento

Fué don Iñigo Lopez de Mendoza, el primer marqués de Santillana, un prototipo de hombre renacentista. Anclado en una época que es todavía medievo puro en muchas cosas (vivió la primera mitad del siglo XV) él pone con su inteligencia y su espíritu emprendedor las basamentas de una renovación mental y de actitudes. Este personaje proporcionó, desde su actitud política, una actitud de maquiavelismo hasta entonces poco usada. Unas veces apoyando al Rey, otras a los amotinados, don Iñigo supo casi siempre estar a favor del vencedor. De esa filosofía pragmática que practica, da buenas pruebas en algunos de sus escritos de doctrina, como los Prólogos a los Proverbios, a la Comedieta de Ponza y al Diálogo de Bías contra Fortuna.

Sin embargo, serán sus actividades artísticas las que más popularmente le sitúan en el arranque del Renacimiento castellano: sus serranillas, sus modos de construir el verso, e incluso el arte pictórico y arquitectónico que propugna (recordar el retablo que manda pintar a Jorge Inglés para su hospital de Buitrago, en el que su "persona" destaca sobre todas las cosas), dan idea de la importancia que don Iñigo concede al "hombre" como eje de la sociedad, entrando con esa idea en la plenitud del Renacimiento.

Solo por citar, aunque sea de pasada, otros miembros de la casa Mendoza que apoyan la entrada de las nuevas ideas, recordamos aquí a don Pedro Gonzalez de Mendoza, el Gran Cardenal de España que apoyó en todo momento la entrada de los nuevos estilos arquitectónicos, todavía extraños a la mentalidad hispana, y que sobrepasan el gótico flamígero preponderante en la corte de los Reyes Católicos, para iniciar, de la mano de su arquitecto personal Lorenzo Vazquez, la construcción del Colegio de la Santa Cruz, en Valladolid, el Hospital del mismo título, en Toledo, o su propio palacio en Guadalajara, hoy inexistente, pero del que nos han quedado noticias de su magnífico aspecto clasicista.

Un sobrino de éste purpurado, el segundo conde de Tendilla, también llamado Iñigo Lopez de Mendoza, a quien los tratadistas de historia conocen como el gran Tendilla fué el exponente máximo de este nuevo modo de pensar. En la ocasión de su viaje a Italia, en 1486, comisionado por los Reyes Católicos para tratar las paces con el Rey de Nápoles, adquirió los modos imperantes en la cultura de la península vecina. De allí trajo ideas, obras de arte, y humanistas como Pedro Martir de Anghiera y otros, que asentó en sus casas mayores de Guadalajara, bañando en una pátina de clasicismo a la ciudad y a su familia toda.

Don Iñigo Lopez, cuarto duque

Vamos ahora a pasar revista, mas detenidamente, a uno de los personajes mendocinos que más hicieron por el asentamiento de las ideas humanistas en Castilla, y concretamente en Guadalajara y toda la vega del Henares.

Se trata de don Iñigo Lopez de Mendoza, quien hace el cuarto lugar en el turno de los duques del Infantado, y con el que más de un historiador se ha confundido al coincidir su nombre con el de su ilustre tatarabuelo, el marqués de Santillana; con el de su abuelo, el constructor del palacio del Infantado; con el de otro bisabuelo, el conde de Tendilla; con su propio nieto, también duque, y con algún otro miembro de la familia, en la que siempre existió tradición de nombre tan querido.

Nació nuestro don Iñigo en Guadalajara, el 9 de noviembre de 1493, en el ya concluído palacio que su abuelo decidiera levantar unos años antes. Era hijo del tercer duque don Diego Hurtado de Mendoza, y de su mujer doña María Pimentel, hija a su vez del conde de Benavente. En su palacio alcarreño recibió la educación que a los Mendoza proporcionaban una serie de ayos y nobles: en su caso, esta enseñanza le vino de un caballero talaverano, don Francisco Duque de Guzmán, quien debió poner en el muchacho el interés sincero y apasionado por los saberes más variados de su tiempo. Aunque no pasó en sus estudios del latín y las humanidades, salió muy aficionado a la cultura, realmente ilustrado en todo, y con un afán continuo y perdurable de estudio y protección a sus manifestaciones: una prueba más de que los títulos que manan de la Universidad no son muchas veces sino meros papeles sin sentido.

Ya en su juventud se dió una circunstancia que puso de manifiesto su caracter y su formación. En 1520 se suceden los acontecimientos en toda Castilla con la revolución y alzamiento de las tradicionales Comunidades frente al poder imperial que quiere asentar Carlos de Austria, rey legítimo de Castilla, pero que viene a esta tierra a coger impuestos y a modificar su organización y secular forma de vida. En Guadalajara ocurre una muy sonada revuelta, en la que los sublevados se acercan al palacio ducal, penetran en él y amenzan al duque (el tercero de la serie, don Diego Hurtado de Mendoza) para que éste interceda ante el emperador y respete las instituciones tradicionales castellanas.

Entre los comuneros, figuran gente del pueblo, carpinteros, albañiles, algún letrado, y sobre éllos, como director y cabecilla de la revuelta, el doctor Francisco de Medina, hombre sabio y prudente, pero castellano hondo que quiere llegar hasta el final. Lo verdaderamente curioso es que entre todos eligen como abanderado y cabeza visible -y él acepta- de la revolución comunera en Guadalajara, al propio hijo del duque, el conde de Saldaña don Iñigo Lopez, quien no consigue otra cosa que el monumental enfado de su padre, y su destierro a tierras de Alcocer. Y hasta es curioso consignar que en el camino desde Guadalajara a la Hoya del Infantado, la mujer de don Iñigo, que estaba muy adelantada en su embarazo, tuvo que dar a luz precipitadamente en el monasterio de Lupiana, naciendo allí el que luego sería -con el nombre de Pedro Gonzalez de Mendoza- obispo de Salamanca y una de las mentes más lúcidas del Concilio de Trento.

La revuelta pasó, y en 1531, a la muerte de su padre, don Iñigo pasó a ocupar el puesto de duque, cuarto, del Infantado. En esos momentos, el título español que más poder y riquezas confería. Poseía más de 90.000 vasallos, centenares de pueblos, comarcas enteras de su posesión, desde las orillas del Tajo hasta la costa cantábrica. Nuestro don Iñigo, sin embargo, y siguiendo en sus ideales castellanistas, siempre quedó apartado de la corte, sin andar nunca en buenas relaciones con el emperador Carlos (que alguna vez, a su paso por Guadalajara, se aposentó en el palacio) y mucho menos con su hijo, el rey Felipe II, quien para humillarle nombró señora de Guadalajara a su tía Leonor, viuda de Francisco I de Francia, decidiendo el duque irse a vivir fuera del palacio, a las casas viejas de la plaza de Santa María.

Muchos años vivió don Iñigo Lopez. Moriría, tras llenar con su presencia todo el comedio del siglo XVI alcarreño, en 1566. Le llamaron por eso el duque viejo. Por supuesto que lo mejor que hizo en su vida fué rodearse de buenas gentes, de hombres sabios, de rectos consejeros. Una de las primeras cosas que hizo al iniciar el gobierno de sus estados, fué nombrar a Francisco de Medina, el viejo comunero, letrado de su tribunal y consejo. También hizo venir a Guadalajara a muchos escritores, artistas y poetas, dando a todos asilo en su palacio, manteniéndoles y animándoles a trabajar cada uno en su parcela. Con un mecenazgo generoso y a la antigua usanza, consiguió don Iñigo formar en su palacio una corte nutrida de intelectuales y artistas, y ganar para Guadalajara el título de la Atenas alcarreña que entonces más que nunca mereció con creces. Es por esta actividad de unificador de intelectuales, de alentador de todos los caminos de la nueva cultura que ponía al hombre como centro de la Creación, por lo que este don Iñigo debe ser considerado una de las señaladas figuras del Renacimiento castellano.

Entre los escritores protegidos por el duque, encontramos a Luis Galvez de Montalvo, poeta y novelista que tomó los fundamentos de su obra El Pastor de Filida entre los personajes que poblaban la corte del duque: personificados en pastores, faunos, señores y duendes, y escondidos tras nombres inventados, desfilan en valiente retrato muchos elementos de aquella sociedad alcarreña del siglo XVI. Publicó Galvez de Montalvo su libro en 1580, y viene a ser una gigantesca muestra del simbolismo al que tan aficionados fueron los humanistas hispanos.

También al historiador Francisco de Medina y de Mendoza protegió el duque. El padre del científico, llamado Francisco de Medina, había sido, como acabamos de ver, capitán de los comuneros en Guadalajara, cuando el joven duque se dió a esta aventura. Luego, llegado éste al poder, protegió a la familia Medina, y al joven Francisco le ocupó en investigar las glorias familiares mendocinas, tarea de la que resultaron varios tomos en su mayor parte hoy perdidos: los Anales de la ciudad de Guadalajara, la Genealogía de la familia Mendoza, la Vida del Cardenal don Pedro Gonzalez de Mendoza y un buen resumen biográfico del Cardenal Cisneros, que sirvió para que otro protegido del duque, el humanista toledano Alvar Gomez de Castro, escribiera su magnífica biografía, en latín, del purpur