 Texto íntegro de la obra La huella viva del
Cardenal Mendoza

Original de A. Herrera Casado
Edición de AACHE / Aytº de Guadalajara, 1995
| La huella viva del Cardenal Mendoza |
Introducción
La presente publicación, nacida a impulsos
del mecenazgo que el Ayuntamiento de Guadalajara ejerce en torno a aquellos temas que
supongan la identificación y reivindicación de las genuinas raíces históricas de la
ciudad, quiere poner ante los ojosd de las gentes que hoy habitan Guadalajara, y en
especial de los más jóvenes, la figura que sin duda ha alcanzado mayores cotas de fama y
significado histórico entre las nacidas aquí a lo largo de los siglos.
Don Pedro González de Mendoza, el Cardenal Mendoza como s ele conoce más
popularmente, fue sin duda un elemento ejemplar, paradigmático, y ya casi simbólico, del
Renacimieno español. Es algo más que un individuo de figura, hábito y biografía
conocida. Es realmente un mito que encarna varias figuras al mismo tiempo: la del
aristócrata que encabeza un grupo familiar y de presión en la Edad Media feudal; la del
gerente de un reino que se transforma y se hace absolutista; la de un político, por
tanto, con todas las luces y las sombras de una figura tal. Es, además, un ejemplo de
eclesiástico que, en su época, acapara prebendas y beneficios, pero transforma y mejora
su profesión: ninguno de los altos oficios eclesiásticos del país quedó sin ocupar por
Pedro González; la reforma del clero secular se completó con él. Es también un ejemplo
de guerrero, de militar inteligente y aguerrido. La gran campaña, de varios años (de
varias primaveras y veranos, mejor dicho) continuados, contra Granada, cuajó en la
conqista definitiva del Reino nazarita gracias al empuje de este personaje. No por ello
debe olvidarse el papel crucial del Rey Fernando, del Gran Capitán Fernández de
Córdoba, del Conde de Tendilla, de su propio hermano el Adelantado de Cazorla, Pedro
Hurtado de Mendoza, y de muchos otros capitanes. Cuando en enero de 1492 el Cardenal
Mendoza alza el pendón de Castilla sobre la más alta torre de la Alhambra, está dando
por buena esta afirmación.
Y es, además, el mecenas culto que sabe latín, que entiende a los clásicos, que
patrocina nuevas obras de arquitectura, de pintura, de urbanismo, de eboraria y armería,
de maneras cortesanas que transforman el cortesano mundo de Castilla en un espacio
renacentista neto y transparente. Si además añadimos esa parcela, que algunos han
querido ver como turbia, pero que no deja de sorprendernos y admirarnos, como es la de
haber tenido tres hijos en las uniones de un par de mujeres de las que se enamoró
perdidamente, la figura del Cardenal se redondea y establece con toda nitidez sobre el
mapa histórico, social y anecdótico de su época. Ese arquetipo que es listo, que ha
estudiado, que ha ocupado todo tipo de puestos de alta responsabilidad desde niño, que
tiene dinero, poder y prestigio... que hoy hubiera sido carnaza fácil para todo tipo de
calumnias y campañas de desprestigio, consiguió derribar la muralla del olvido, y se
alza ante nosotros, hoy como hace quinientos años cuando murió, como un personaje de
realidad y leyenda. Nacido y muerto en Guadalajara, el Cardenal Mendoza es algo más que
un personaje de Guadalajara. Es el emblema de Guadalajara, la figura con brillo propio y
eternidad en la silueta. La que vamos a recordar en las páginas que siguen.
El Autor
En el Quinto Centenario de la muerte del
Cardenal Mendoza, nacido y muerto en esta ciudad de Guadalajara, son múltiples los
aspectos que de su figura cabe resaltar. Quizás uno de los más importantes, y sin niguna
duda el más atractivo, es el de la huella dejada por este personaje a lo largo de los
siglos. El recuerdo más nítido de cualquier ser humano queda en el corazón de quienes
le quisieron y en los contornos ciertos de las cosas que hizo. Esa "huella viva"
del Cardenal es la que ahora vamos a recordar, a buscar entre todos.
Nuestro recuerdo hacia don Pedro González de Mendoza, el Gran Cardenal de España,
comienza con la descripción que de él hace quien mejor le ha estudiado, don Francisco
Layna Serrano. Así le retrata en su "Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los
siglos XV y XVI":
Fue don Pedro González de Mendoza de
estatura mediana, más bien delgado pero de fuerte complexión, pues harto mostró su
resistencia corporal en la ajetreada vida que llevara años y más años cabalgando
continuadamente de una a otra parte del reino; proporcionada disposición de los miembros,
gentil presencia y airoso talle... era su rostro de muy buenas formas, gracioso, apacible
y muy bien puesto; pelo castaño tirando a negro, suave y no muy abundoso que pronto dejó
yerma la mayor parte del cráneo, haciendo así más espaciosa la ya ancha y bien curvada
frente limitada por noble entrecejo cobijador de ojos grandes y expresivos cuya mirada
afectuosa y acogedora solía tornarse altiva e hiriente cuando la cólera podía más que
el freno de la voluntad; la nariz de fino diseño, algo aguileña; a la boca pequeña,
bien delineada, con labios carnosos y sensuales, dábala extraordinaria expresión la
sonrisa leve, casi imperceptible pero constante, sonrisa amable casi siempre mas en
ocasiones enigmática o burlona concertándose con la mirada y la palabra cuya suave
modulación daba singular encanto a la charla del cardenal.
Don Francisco Layna, de quien dijo el
marqués de Lozoya que parecía ser sin duda un miembro más de la familia Mendoza, por lo
bien que la conocía, consigue en este retrato literario ponernos ante los ojos, vivo y
palpitante, al Cardenal Mendoza. No nos extraña, conociendo lo hondo y riguroso de las
investigaciones de quien fuera Cronista Provincial de Guadalajara, que llegue a semejante
descripción, vívida y realista. Aunque pueda parecer un recurso literario fácil, no me
cabe duda que Layna Serrano conoció personalmente al Cardenal. Solo así se explica que
separa tanto, tan agudamente, y con tanta viveza, sobre este personaje.
Se alza el telón de los
Mendoza
La biografía del Cardenal Mendoza, sus
hechos y hazañas, las razones de que en cada momento hiciera una u otra cosa, no puede
ser comprendida sin acudir antes a una visión, por esquemática que sea, de los Mendoza.
Un grupo familiar, o un linaje, que muy cohesionado durante siglos, protagonizó un papel
relevante en la política general de Castilla y de España toda. Su actuación en
Guadalajara, siempre en su papel de vecinos los más importantes de la ciudad, pero nunca
como señores de ella, fue clave para el desarrollo del burgo, que ha quedado impregnado
por todas las esquinas, y en cualquiera de sus documentos, de la silueta de los Mendoza.
Sin ellos, la historia y la esencia de Guadalajara hubiera sido otra. A su llegada
a esta ciudad, gozaban ya del favor de los reyes castellanos, que les concedieron
señoríos clásicos en los alrededores (Hita, Buitrago). Su decisión de gobernarlos
desde Guadalajara está en la raíz de este desarrollo. Aquí pusieron, pues, sus casas
mayores, y en ellas sus cortes lucidas de moda, de cultura y de influencias. Esa Corte
de los Mendoza alcanza a ser, por pulida y sobre todo por tener un asiento fijo,
permanente, en Guadalajara, la alternativa de la Corte real, que andaba por todo el reino
en permanente emigración.
Los Mendoza, tras su llegada en el siglo XIV, atraen a un buen número de familias
nobles del norte de la Península. Es lo que podríamos denominar la repoblación
mendocina. Llegan gentes de los valles de Alava, del norte de Burgos, de la Montaña
santanderina y asturiana. Muy especialmente de los valles de la Liébana, y algunos,
pocos, directamente del interior de Vizcaya o Guipúzcoa. Todas estas familias (los
Orozco, Ayala, Caniego, Lasarte, etc.) crecerán a la sombra de los Mendoza, entroncando
con ellos en variadas ocasiones.
En Guadalajara pusieron también su Corte de Justicia, resolviendo en su Audiencia
de las salas bajas del palacio del Infantado los casos que, como señores de más de
cincuenta mil vasallos en un territorio que iba desde Guadalajara hasta la orilla del
Cantábrico, se les planteaban diariamente. Sus oficinas de Hacienda, recaudadoras de los
impuestos a los que tenían derecho en sus señoríos, también estaban en su palacio
arriacense. Y, por supuesto, lo mejor del arte de su época se colocó en este lugar: los
palacios más modernos y elegantes, cuajadas sus paredes de cuadros y tapices (los de
Pastrana que hacen referencia a las guerras africanas de Alfonso V de Portugal, estuvieron
antes en el palacio de los Mendoza de Guadalajara), relojes y hasta zoológicos repletos
de raros animales. Todo el lujo de una Corte especial, única.
Lo que no consiguió el Cardenal Mendoza, aunque lo intentó, fue completar esa
Corte personal con la instalación en Guadalajara de las más altas instancias
eclesiásticas y políticas en las que él tuvo la primera palabra: aunque llegó al
obispado de Sigüenza, y por supuesto a primado de las Españas por su arzobispado
toledano, el eje de ese mando siguió en la ciudad del Tajo. Y lo político, con la
traída aquí de los Consejos Reales o la sede de su Cancillería mayor, tampoco cuajó
porque los Reyes Católicos eran más nómadas que su Cardenal.
Otra razón aún para justificar el peso mendocino: la construcción de grandes
palacios (el del Infantado, el de Antonio de Mendoza, el del Cardenal), templos modernos
(los Remedios, la reforma de Santa María, o el mantenimiento como panteón familiar de la
iglesia conventual de San Francisco), jardines renacentistas, colecciones de cuadros, de
joyas y celebración de fiestas suntuarias y deslumbrantes. Guadalajara tenía, gracias a
la iniciativa y el poder de los Mendoza, una faz distinta de las otras ciudades
castellanas, siempre más animada y moderna.
Durante el período que media del siglo XIV al XVI en sus finales, nuestra ciudad
adquiere un aire de cosmopolitismo indudable: se producen cosas nuevas, porque hay quien
las consume. Se establecen modos alternativos de distribución del poder, y se estimula el
desarrollo social y cultural de sus pobladores. En ese sentido, Guadalajara alcanzó,
gracias a los Mendoza, una significación muy singular. Francisco I de Francia, cuando fue
traído prisionero a Castilla tras la batalla de Pavía, paró unos días en el palacio
del Infantado, siendo agasajado por el tercer duque. Quedó tan impresionado de sus
riquezas y de lo adelantado de su forma de vida, que dijo estar admirado de un país donde
uno de los súbditos del Rey vivía de tal manera.
Por supuesto que estas líneas justifican, al mismo tiempo, el estilo de desarrollo
que se produjo en toda la tierra en torno a Guadalajara. Desde Yunquera a Mondéjar,
pasando por Tendilla, por Cogolludo, o por Jadraque, los lugares dominados por los Mendoza
subieron de cotización por sus monumentos, sus fiestas y el desarrollo de sus gentes.
Los Mendoza formaron un grupo familiar, fuerte y unido, al menos desde el siglo XI.
Parece que en sus inicios no destacaron especialmente en otro sentido que en el de actuar
como caballeros y propietarios de amplios territorios, sin llegar a acceder a ningún tipo
de nobleza. En la llanada alavesa, donde construyeron una fuerte torre, que mejor podría
llamársele castillo, prosperaron y destacaron en luchas sangrientas con los otros linajes
de la zona, como los Guevara, los Orozco y los Velasco. Durante el reinado de Alfonso XI
de Castilla, entre 1312 y 1350, es cuando los Mendoza se incorporan a la sociedad
castellana, algo más civilizada que la montería que por tierras vascas
había mantenido permanentemente, siempre en luchas civiles con otros clanes o linajes
próximos. La condición de hidalgos que los Mendoza traían de Alava, su categoría de
caballeros por tener mesnada propia, y el empuje que el rey de Castilla les concedió para
entrar en la directa y más alta responsabilidad de la administración del Estado,
propició su asentamiento de una manera definitiva en Castilla, y más concretamente en la
nueva tierra del reino toledano que, al sur de la Cordillera Central, estaba entonces
surgiendo a la repoblación y se ofrecía como campo abierto a cualquier tipo de
aspiraciones.
El primero de los miembros del linaje Mendoza del que existen noticias ciertas, y
del que sabemos que por vez primera asentó en la corte castellana y en la tierra de
Guadalajara, es don Gonzalo Yàñez (ó Ybáñez) de Mendoza, a quien en
1331 el Rey Alfonso XI nombró por su Montero Mayor, con responsabilidades muy directas en
los asuntos de la Corte. En esa época, el Mendoza emigrado casó con la hija segunda de
otro vascongado que había escalado puestos en la corte y en el dominio de nuevos
territorios castellanos, don Iñigo López de Orozco. Por ese casamiento con doña Juana
de Orozco, entró en los Mendoza, desde un principio, el señorío de las villas de Hita y
Buitrago, sus más antiguos y queridos asentamientos señoriales.
Si hubiera que destacar unas pocas figuras del amplio linaje mendocino, habría que
remontarse al matrimonio de Gonzalo Yáñez de Mendoza con Juana de Orozco, del que surge Pero
González de Mendoza, a quien luego las crónicas llamarían el héroe de
Aljubarrota, por haber entregado su vida, lo mismo que muchos otros guerreros
alcarreños, en servicio del rey: de tal manera que el aristócrata mendocino fue muerto
por los portugueses, en la famosa rota de 1385, al entregar su propio caballo al Rey Juan
I, mientras él quedó luchando, a pie y ya sin ninguna esperanza, contra los lusitanos
vencedores.
Del matrimonio de este Pero González, (que fue primer poseedor cierto y con
justeza titulado señor de Hita y Buitrago por concesión de Enrique II), con doña
Aldonza de Ayala, nació Diego Hurtado de Mendoza, en quien su padre fundó el
primer mayorazgo de la familia, que habría de llegar en tiempos futuros a ser, quizás,
el más grande y apetecido mayorazgo de Castilla.
El heredero de lo que ya iba empezando a dibujarse como gran fortuna territorial y
mejor suerte en punto a alianzas e influencias cortesanas, recibió el título de
Almirante Mayor de Castilla. Del mayorazgo heredó Hita, Buitrago, Colmenar, Torija y
Espinosa, además de muchas otras villas y aldeas en Castilla, y por supuesto las casas
mayores de la ciudad de Guadalajara; y por sus matrimonios con María de Castilla y Leonor
de la Vega acumuló en el patrimonio familiar una inmensa colección de territorios y
señoríos, especialmente en las Asturias de Santillana, que pasarían, tras la temprana
muerte del caballero, a su hijo primogénito Iñigo López de Mendoza, una de las
primeras figuras que aportan a esta saga de los Mendoza el brillo de la cultura y el
primer grito del Renacimiento.
Iñigo López de Mendoza, personaje ya plenamente engastado en el devenir
bajomedieval del siglo XV, protagonista primero de los reinados de Juan II y Enrique IV,
es quien primero recibe un título de nobleza por parte de un monarca castellano. De 1445
es su nombramiento como marqués de Santillana , y conde del Real de Manzanares. De él va
a surgir la más lustrosa serie de títulos que ornaron a la aristocracia hispana del
siglo XVI. El marqués de Santillana tendrá por hijos al Cardenal Mendoza, a Pedro
Hurtado el adelantado de Cazorla, a Iñigo López el conde de Tendilla y a Diego Hurtado,
sucesor en el mayorazgo y primer duque del Infantado.
Los Mendoza
alcarreños en el Renacimiento
Fue don Iñigo López de Mendoza, el primer
marqués de Santillana, un prototipo de hombre renacentista. Anclado en una época que es
todavía medievo puro en muchas cosas (vivió la primera mitad del siglo XV) él pone con
su inteligencia y su espíritu emprendedor las basamentas de una renovación mental y de
actitudes. Este personaje proporcionó, desde su actitud política, una actitud de
maquiavelismo hasta entonces poco usada. Unas veces apoyando al Rey, otras a los
amotinados, don Iñigo supo casi siempre estar a favor del vencedor. De esa filosofía
pragmática que practica, da buenas pruebas en algunos de sus escritos de doctrina, como
los Prólogos a los Proverbios, a la Comedieta de Ponza y al Diálogo
de Bías contra Fortuna.
Sin embargo, serán sus actividades artísticas las que más popularmente le
sitúan en el arranque del Renacimiento castellano: sus serranillas, sus modos de
construir el verso, e incluso el arte pictórico y arquitectónico que propugna (recordar
el retablo que manda pintar a Jorge Inglés para su hospital de Buitrago, en el que su
"persona" destaca sobre todas las cosas), dan idea de la importancia que don
Iñigo concede al "hombre" como eje de la sociedad, entrando con esa idea en la
plenitud del Renacimiento.
Solo por citar, aunque sea de pasada, otros miembros de la casa Mendoza que apoyan
la entrada de las nuevas ideas, recordamos aquí a don Pedro González de Mendoza, el Gran
Cardenal de España que apoyó en todo momento la entrada de los nuevos estilos
arquitectónicos, todavía extraños a la mentalidad hispana, y que sobrepasan el gótico
flamígero preponderante en la corte de los Reyes Católicos, para iniciar, de la mano de
su arquitecto personal Lorenzo Vazquez, la construcción del Colegio de la Santa Cruz, en
Valladolid, el Hospital del mismo título, en Toledo, o su propio palacio en Guadalajara,
hoy inexistente, pero del que nos han quedado noticias de su magnífico aspecto
clasicista.
Un sobrino de éste purpurado, el segundo conde de Tendilla, también llamado
Iñigo López de Mendoza, a quien los tratadistas de historia conocen como el gran
Tendilla fue el exponente máximo de este nuevo modo de pensar. En la ocasión de su
viaje a Italia, en 1486, comisionado por los Reyes Católicos para tratar las paces con el
Rey de Nápoles, adquirió los modos imperantes en la cultura de la península vecina. De
allí trajo ideas, obras de arte, y humanistas como Pedro Mártir de Anghiera y otros, que
asentó en sus casas mayores de Guadalajara, bañando en una pátina de clasicismo a la
ciudad y a su familia toda.
Los señoríos
alcarreños de los Mendoza
Además de su permanencia y dominio en la
ciudad de Guadalajara, los Mendoza tuvieron una gran cantidad de posesiones y señoríos
por el resto de la Alcarria, las Sierras y el Señorío de Molina a lo largo de los
siglos. En todos ellos dejaron interesantes monumentos que hoy completan de forma visual y
tangible ese predominio sobre nuestra tierra. Muy brevemente los recordamos.
En Hita tuvieron los Mendoza su señorío más antiguo. Se lo concedió el Rey
Enrique II a don Pero González de Mendoza en 1368, tras obtener su apoyo en la guerra
fratricida contra Pedro I. Conjunto al de Buitrago, suponía la posesión de muchos
pueblecitos de la serranía hoy llamada "pobre" entre las provincias de Madrid y
Guadalajara: el Cardoso, Bocígano y Colmenar de la Sierra, entre otros.
Tendilla es otro de los lugares que perteneció a los Mendoza desde el siglo XIV.
Concretamente en 1395 el Rey Enrique III se lo donó al Almirante Diego Hurtado,
instituyendo luego Enrique IV un condado con este título, concedido en 1468 al hijo del
marqués de Santillana, el también llamado Iñigo López de Mendoza. En esa rama de la
familia quedó la posesión de Mondéjar y su tierra, recibiendo en 1512 el segundo conde
de Tendilla el añadido título de marqués de Mondéjar.
El primer marqués de Santillana fue el miembro de esta familia que más
extensamente amplió sus territorios señoriales, tanto por Guadalajara como por el resto
de Castilla. Y así le vemos señor de la villa de Palazuelos, junto a Sigüenza, a la que
cercó de murallas y levantó castillo. También ocurre así en Pioz y los Yélamos,
aunque estas posesiones las entregó en 1469 el Cardenal Mendoza a don Alvar Gómez de
Ciudad Real en trueque de otros señoríos.
En ese mismo año, sin embargo, entraba en la familia de Mendoza una de sus más
queridas y emblemáticas posesiones. Por cambio entre el Cardenal Mendoza y Alfonso
Carrillo de Acuña, la familia alcarreña recibía esta villa castillera, en la que el
Cardenal fundó un rico mayorazgo anejo al título de condado del Cid en la persona de su
hijo Rodrigo de Mendoza, futuro marqués de Cenete. La posesión de Hita y Jadraque,
dominando el Henares, les supuso la también pertenencia de ricas heredades en sus
orillas, como el monte Tejer, o la finca y palacio de Heras.
También en el siglo XIV llegó a las pertenencias mendocinas la villa de
Cogolludo, que antes había sido de la Orden de Calatrava. La recibió el almirante Diego
Hurtado, en 1379, por merced que el Rey Enrique II había hecho a su hija María de
Castilla, primera esposa del Mendoza. De ellos la heredó su hija Aldonza de Mendoza,
pasando a su muerte, tras múltiples disputas, al marqués de Santillana, su hermanastro.
En una rama secundaria de los Mendoza, la de los príncipes de Mélito y duques de
Francavila, iniciada con el segundo de los hijos del Cardenal Mendoza, quedó la villa de
Miedes de Atienza y todo su territorio en torno. Lo mismo ocurrió con Galve de Sorbe y su
comarca, que procedente de los Estúñigas pasó, por compra, a doña Ana de la Cerda,
viuda en 1543 de don Diego Hurtado de Mendoza, y de ellos a la futura casa de los duques
de Pastrana, mezcla de Silva y Mendoza.
También Tamajón y algunos pueblecillos de sus alrededores fueron de los primeros
marqueses de Santillana, heredado de los Orozco, primitivos dueños de esas sierras
abruptas en que asienta. Quedó en la rama del adelantado de Cazorla don Pedro Hurtado,
uno de los hijos del primer marqués de Santillana. Y algo similar ocurrió con Pastrana,
pues aunque su primera dueña fue doña Ana de la Cerda, que compró la villa calatrava al
Emperador Carlos en 1539, luego pasó al dominio de Ruy Gómez de Silva y su esposa ana de
Mendoza, príncipes de Eboli, quedando ya en el siglo XVII su descendencia entroncada
directamente con los duques del Infantado, por la boda realizada en 1630 entre el heredero
del ducado pastranero, don Rodrigo de Silva y Mendoza, con su prima doña Catalina de
Mendoza y Sandoval, duquesa del Infantado.
En tierras de Molina tuvieron también los Mendoza algunas posesiones. Así, el
lugar y fortaleza de Castilnuevo, junto al río Gallo, quedó en poder del primer Mendoza,
don Pero González, pasando años después a don Iñigo Hurtado de Mendoza, creador de la
llamada rama de los Mendoza de Molina, a los que también pertenecieron lugares
como Mochales, El Pobo de Dueñas, Terzaga, Cuevas Minadas, etc.
Biografía del Cardenal
Mendoza
Don Pedro González de Mendoza (Guadalajara,
3 de mayo de 1428-Guadalajara, 11 de enero de 1495), nació en nuestra ciudad el día de
la Santa Cruz. De ahí le vendría, en su edad adulta, la devoción sin límites que
militó más que profesó hacia este emblema cristiano. Era el quinto hijo varón del
matrimonio formado por don Iñigo lópez de Mendoza, primer marqués de Santillana y doña
Catalina Suárez de Figueroa. Su nacimiento se produjo, sin duda, en las casas mayores
de su padre, situadas en el mismo lugar en que hoy asienta el palacio del Infantado:
viejos caserones medievales rodeados por la parte baja de la muralla de la ciudad. Pasó
su niñez en Guadalajara, hasta el año 1442 en que pasó a Toledo para educarse allí
junto a su tío, el entonces Arzobispo Primado, don Gutierre Alvarez de Toledo. Ya por
entonces había recibido, de dicho tío y por petición de su padre, un par de beneficios
suculentos: el curato de Santa María, en la villa de Hita y el arcedianato de
Guadalajara, que le facultaba para dirigir y cobrar rentas de unas cuarenta parroquias en
torno a la ciudad.
Allí en Toledo aprendió la Retórica, la Historia y Latín. Este dato es
especialmente significativo considerando el ambiente literario y cultural que rodeaba a su
padre, en el que apenas se conocía y usaba el idioma del Lacio. Por ello, a ruego del
marqués su padre, el joven Pedro González traduciría para él, entre otras, la Ilíada
de Homero, a partir de una traducción de Decembrio. Cuando en 1445 murió su tío y
protector, el arzobispo de Toledo, regresó a Guadalajara, a la casa paterna, hasta
principios de 1446, año en el que se trasladó hasta el centro del saber medieval
castellano: a la Universidad de Salamanca, donde estudió, al parecer con gran
aprovechamiento, Cánones y Leyes en la Universidad de Salamanca. Doctorado en ambos
Derechos (el civil y el eclesiástico) y dando por finalizada una carrera clásica, -más
para un eclesiástico metido en política- de aquellos tiempos, el doctorado *in utrusque
iure+, don Pedro volvió a Guadalajara. Largos viajes, penosas jornadas de traslado por
los helados (o ardientes) páramos de Castilla, para pasar alguna temporada junto a los
suyos, sobre todo con su padre, al que admiraba.
En la Corte de Juan II
Ya con veinticuatro años de edad, en 1452, y
siempre alentado por la gloria y la influencia de su poderoso linaje, pero también
amparado por su probado talento y conocimientos, entró en la corte de Juan II, donde toda
ella quería y amaba con grande estremo a don Pedro González de Mendoza, y este, al
soberano, e començó a seruir en la capilla real. Enseguida conquistó el afecto del
rey y de sus cortesanos, pues sin duda don Pedro reunía ya sus dotes de inteligencia
clara, exquisita cortesía, extensa cultura y ese don de gentes que tantas puertas le
abrirían, además de su características de agradable conversador, magnate elegante y
culto compañero.
Al año siguiente de llegar don Pedro a la corte, degollaban en Valladolid al
favorito Alvaro de Luna, haciendo meditar este hecho a nuestro personaje sobre lo
complicado, y arriesgado, que las maniobras políticas suponían respecto a la trayectoria
vital de quien quisiera lanzarse por ese camino. Él, sin embargo, ya lo tenía claro.
Al siguiente año, el 20 de junio de 1454, fallecía, también en Valladolid, el
rey Juan II que había gobernado Castilla casi durante medio siglo, desde 1406 hasta 1454.
Un mes antes de su muerte, había solicitado al Papa la concesión del obispado de
Calahorra y de Santo Domingo de la Calzada a favor de don Pedro, teniendo en cuenta que
por tales calendas, el joven alcarreño suplía la corta edad por la intelectual madurez:
a los 26 años accedía a su primer obispado.
No hay duda que su estancia en la Corte de Juan II fue efímera, pero provechosa,
pues abundaban los hombres doctos y humanistas notables, y con ellos tuvo ocasión de
conversar y compenetrarse en temas variadísimos, desde los comentarios a los autores
clásicos, a las diatribas sobre Escrituras Sagradas, cuestiones de la nueva ciencia y
literatura de su tiempo.
Además, su estancia en la movida Corte de Juan II, aunque limitada por el tiempo,
seguro le permitió adquirir útiles enseñanzas en el terreno político, para en los
siguientes años de su vida ir aplicándolas en orden a su prudente y eficaz actuación en
los asuntos forrados de intrigas y rencores que eran plato diario en el ambiente
cortesano.
En la Corte de Enrique IV
Desaparecido Juan II, don Pedro González se
trasladó de inmediato a Segovia, para allí besar la mano del nuevo rey, el rubio
y grandote Enrique IV, y ofrecerse a su leal servicio. Allí mismo, a Segovia, llegó la
Bula papal solicitada por Juan II en favor de la concesión del obispado de Calahorra y
Santo Domingo de la Calzada para don Pedro González. Enrique IV asistió a la
consagración de don Pedro en este cargo, pasando enseguida a visitar la diócesis y
reformando en ella algunas constituciones. Durante unos meses repartió su residencia
entre Calahorra y Santo Domingo de la Calzada.
Pero poco después Enrique IV con toda su corte continuaron sus caminares por
Castilla. Acompañado del joven prelado, el monarca estuvo en Guadalajara. Desde entonces,
don Pedro Gonzalez de Mendoza, como uviese contino de estar en la Corte, acompañó
generalmente al Rey.
A finales del año 1456 se trasladó don Pedro a Palencia para acompañar a Enrique
lV, concertando allí el casamiento de su sobrina María de Mendoza con don Beltrán de la
Cueva. El matrimonio no parecía ser muy favorable a la familia mendocina, pues
previamente se había tratado de casar al favorito con Beatriz de Ribera, sobrina
del Obispo de Calahorra, y sólo la fuerte resistencia de María de Mendoza, madre de
Beatriz y hermana del futuro Cardenal, había impedido el enlace. Posiblemente fue el
simple deseo de ser fieles y acatar las órdenes reales lo que permitió que el grupo
mendocino autorizara finalmente la polémica boda. Al año siguiente -1457- Calixto III
envió a España la Bula de la Cruzada, que había sido defendida por don Pedro. Y
el 25 de marzo de 1458 falleció su padre, el famoso primer marqués de Santillana.
Poco después, todos sus hijos, entre los que se encuentra don Pedro González, van
a Madrid para recibir del Rey la confirmación del primogénito, don Diego Hurtado, en su
mayorazgo y títulos. Ello no fue impedimento para que, a partir de ese momento, la
jefatura de la familia la tomara de forma real don Pedro González. Por la circunstancia
de que Enrique IV aborrecía a Diego Hurtado, porque le reprendía severamente, los demás
miembros de la familia Mendoza iniciaron una época de enemistad con el monarca, llegando
este enfrentamiento a su punto más álgido cuando, en 1459, Enrique IV se apodera por
sopresa de la ciudad de Guadalajara y de su alcázar, expulsando de allí a los Mendoza,
acusándolos de conspiración; la familia al completo, incluido don Pedro González, se
retira a Hita.
En el año 1460 se hizo realidad el casamiento de la sobrina del purpurado, María
de Mendoza, hija de su hermano el marqués Diego Hurtado, con don Beltrán de la Cueva, privado
del monarca. El acontecimiento tuvo lugar en Guadalajara, con grandes fiestas, y en esa
ocasión Enrique IV extendió el famoso documento en que convertía a Guadalajara en
ciudad, dejando de ser considerada villa. El cambio de jerarquía se obtuvo, no cabe duda,
por los buenos oficios del Obispo de Sigüenza don Pedro González ante el Rey. Muy poco
después se reavivaron las tensiones, ya de antiguo promovidas, por parte de la nobleza
castellana hacia el Rey: esta vez fue la causa el haber otorgado Enrique IV a don Beltrán
de la Cueva el Maestrazgo de Castilla, produciéndose por ello quexas, y sentimientos a
los cavalleros que andavan alertados, y trataron de prender al Rey y a los infantes sus
hermanos.
La vida de don Pedro estaba en esos momentos en la cúspide de los latidos y la
alegría. Gozaba por entonces de gentil persona y de buen rostro y de graçioso donayre
y muy buen compuesto y ataviado en ella, por lo que el encuentro del eclesiástico con
doña Mencía de Lemos o de Castro, hermosísima y de gentil persona, y graciosa y
avisada de gran brío, supuso un enamoramiento a primera vista, un *flechazo+ en toda
regla. Don Pedro inició un sentimiento pasional, correspondido sin duda por aquella dama
que se prendó de la gentil persona de don Pedro, quien a la sazón contaba treinta
y dos años de edad. Enseguida se encargó de favorecer a doña Mencía, la siruió y
quiso. Dos años después nació en Guadalajara el primer fruto de ese amor: don
Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, el futuro primer marqués de Cenete y conde del Cid.
Los acontecimientos producidos en Castilla, el levantamiento de los nobles, la
indecisión del monarca respecto al reconocimiento como heredera de su hija Juana la
Beltraneja, las intrigas de diversos bandos apoyando propuestas de abdicación y de
entronización ora de un hermano, don Alfonso, ora de la otra hermana, Isabel, para
gobernar Castilla, supusieron una inestabilidad permanente, un deterioro de la acción
reconquistadora en Andalucía, y una tregua concedida a Portugal -y magníficamente
aprovechada por el vecino país- para que iniciara la descubierta y conquista del
Ultramar.
En todas esas difíciles circunstancias, don Pedro y su corte familiar mendocina
sigue guardando fidelidad al rey, prestándole su ayuda, y acompañándole, como lo hizo
asistiendo al bautizo de la Beltraneja celebrado en Madrid en marzo de 1462.
Los años 1464 y 1465 siguen siendo de graves alteraciones en Castilla, con la
revuelta de gran parte de la nobleza frente al Rey. El Cardenal y todos los Mendoza siguen
estando a favor del Monarca. Pero esas circunstancias no impiden que incluso se acreciente
su lealtad a Enrique IV, y que éste, en 1466, les concediera las terçias de
Guadalajara y su tierra. En los difíciles momentos que para Enrique IV se plantean en
1467, el rey se apoya en la sólida fidelidad de los Mendoza: el marqués de Santillana,
don Pedro González de Mendoza y el conde de Tendilla son sus más sólidos pilares.
Un año después -1468- don Pedro recibe el nombramiento de Obispo de Sigüenza,
una diócesis por entonces mucho más rica que la de Calahorra. Recibe, además, un nuevo
y sustancioso beneficio: la abadía de la iglesia colegial de Valladolid, que vacó por
muerte del dominico Fray Juan de Torquemada.
En los estrictos márgenes de su vida privada, también don Pedro conoce una nueva
alegría en ese año: en las salas del castillo de Manzanares, donde doña Mencía vivía
rodeada del lujo más alto, nace su segundo hijo, don Diego, que apellidará Diego Hurtado
de Mendoza y será el futuro conde de Mélito y Señor de Almenara.
La lealtad de los Mendoza a Enrique IV supone la puesta en guardia de las
fortificaciones que la familia poseía en la frontera de Aragón, con el objetivo de
evitar la entrada en Castilla del príncipe Fernando. En esos momentos, mientras González
de Mendoza viajaba por la revuelta Andalucía con el monarca, los príncipes Fernando [de
Aragón] e Isabel de Castilla] contraían matrimonio el 19 de octubre de 1469.
Esa lealtad de don Pedro a Enrique IV le sirvió también para la obtención de
algunos nuevos cargos eclesiásticos que le producirían importantes beneficios
económicos. Así, en 1469 recibió el rico abadiazgo de San Zoilo, en Carrión de los
Condes, por gracia de Paulo II. Y por esos años vivió momentos de altura intelectual y
amistosa, pues muerto Paulo II en 1471, su sucesor, Sixto IV, en 1472, para sossegar
las diferençias entre el monarca castellano y su hermana Isabel, envió por legado ad
latere al cardenal don Rodrigo de Borja, el futuro Papa Alejandro VI. Nuestro don
Pedro fue a recibirle a Valencia y le llevó a convivir con él, aposentándole en su
palacio de Guadalajara, viajando por todos los lugares señoriales del eclesiástico
alcarreño, y empapándose este de las nuevas ideas, nuevas formas y nuevos horizontes del
Renacimiento italiano que Borja traía prendido en su figura.
Esos largos viajes que juntos hicieron por Castilla supusieron el inicio de una
gran amistad. Don Pedro se ilusionó con la obra al romano con que se elevaban los
nuevos edificios en la Península itálica, y de la que con entusiasmo le hablaría el
extrovertido Rodrigo de Borja, mientras contemplaba extasiado, con su fino espíritu
humanista, aquel gran sello renacentista que poseía y mostraba con orgullo el futuro
Papa. Según Tormo, este sello contenía en sus líneas arquitectónicas el arco de
triunfo por donde tuvo ingreso el espíritu del Renacimiento en España, y sin duda
fue quizás el primer modelo que don Pedro tuvo en su mente a la hora de proyectar su
propio enterramiento.
La estrecha confianza y amistad que unió a estos dos personajes propició la buena
relación que hizo el Cardenal de Borja al Papa de el gran talento y qualidades de don
Pedro González de Mendoza, consecuencia de lo cual sería el hecho de que Sixto IV,
en la segunda creación de cardenales de su papado, celebrada el 7 de marzo de 1473, le
nombrara cardenal con el título de Santa María in Dominica, al que luego
añadiría el de San Jorge y finalmente el *de la Santa Cruz, de quien era
devotíssimo+. A finales del mes de marzo de 1473 llegó a Guadalajara el bonete de el
Cardenal, con Breve Apostólico, en la forma acostumbrada, avisándole de su elección;
en esa ocasión se encontraba don Pedro en Madrid con el Rey y éste mandóle que se
intitulase Cardenal de España, título enseguida convertido en el de Gran Cardenal de
España, siendo así como se le designó en adelante a don Pedro González de Mendoza.
Si el Pontífice había enviado a don Pedro el bonete colorado, no podía el
monarca dejar sin premio la lealtad y servicios del nuevo Cardenal de España; y assí
le dio el Rey, -dicen las crónicas-, en el mismo mes de marzo de 1473, por muerte del
condestable Miguel Lucas de Iranzo, el oficio de Canciller de el sello de la puridad,
en los Reynos de Castilla y de Toledo, dignidad que solamente a personas
preheminentes otorgaban los reyes. A finales de ese mismo año de 1473 y a instancias
de Enrique IV ante el Papa, se produjo el nombramiento de don Pedro como arzobispo de
Sevilla.
Estas fueron las últimas mercedes que el Gran Cardenal recibió de Enrique IV,
pues éste fallecía, abandonado de todos, y posiblemente envenenado, en la villa de
Madrid, el 11 de diciembre de 1474, dejando por albacea testamentario a don Pedro y
disponiendo que se hiziesse de doña Ioana lo que él ordenasse. Gracias al afecto
y la lealtad de los Mendoza encabezados como grupo familiar por don Pedro González, el
Rey Enrique IV encontró un lecho para morir, un entierro digno y un mausoleo en Guadalupe
donde una lápida al menos cubriera sus restos y explicara brevemente su vida, su triste
vida.
Fueron veinte años -desde 1454 a 1474- los que don Pedro González de Mendoza
dedicó a servir con lealtad a su monarca Enrique IV. Cuando entró en la Corte contaba
don Pedro veintiséis años de edad y a la muerte del rey tenía cuarenta y seis.
Posiblemente los años más cruciales de una vida, los mejores. Los más plenos. Esos
fueron los que fraguaron la grandeza y el prestigio del purpurado cuya memoria evocamos en
este Quinto Centenario de su muerte.
En la Corte de los
Reyes Católicos
(Mendoza como político y consejero de los Reyes)
Aunque el Gran Cardenal apoyó siempre al
legítimo monarca Enrique IV frente a la nobleza levantisca, su perspicacia y visión
política no podía ignorar que la sucesión obligada y preferible se encarnaba en la
figura de la inteligente hermana del rey, la princesa doña Isabel, casada poco antes con
el príncipe de Aragón don Fernando: una pareja ideal con ideas claras, novedosas y,
sobre todo, con una posibilidad de grandeza territorial inusitada, al fundir bajo un cetro
los dos principales reinos peninsulares. Por ello, una vez muerto Enrique, y después
de sosegadas algunas inquietudes mediante las diligencias del Cardenal, fue jurado
Fernando como rey en Segovia el 2 de enero de 1475, en presencia de su esposa Isabel y del
Cardenal. Desde entonces, la vida de don Pedro González de Mendoza quedó ligada a los
acontecimientos políticos y militares del reinado de los Reyes Católicos, en forma
total. Don Pedro fue para los nuevos monarcas el prototipo de leal y digno vasallo, así
como su inseparable e indispensable consejero, pues al decir de sus panegiristas los
monarcas nada decidían sin antes escuchar su parecer siempre respetado.
La colaboración del Cardenal con los Reyes Católicos fue inmediata, total, sin
fisuras. Quizás la primera de esas ayudas la prestó comandando los ejércitos reales el
día primero de marzo de 1476, en la batalla de Toro contra los portugueses, definitiv
apara sentar en el trono castellano a Isabel primera. Dos meses y medio después, el 15 de
junio de 1476, la católica reina legitimaba en el orden temporal a los dos hijos
que don Pedro y doña Mencía habían procreado: eran esos bellos pecados del Cardenal a
los que Isabel concedía el rango de nobles herederos y beneficiados varones de la nueva
Corte.
Nuevos nombramientos se suceden en los siguientes años: 1477 ve a don Pedro como
Abad de Fécamp, en Normandía. Y al año siguiente recibe en administración perpetua
el obispado de Osma, siéndole concedida por el Papa la gracia de la abadía de Santa
María de Moreruela.
De las múltiples parcelas desarrolladas por don Pedro, una de las menos conocidas
quizás sea la creación y puesta en marcha en Castilla del Santo Oficio de la
Inquisición. Así lo dice su historiador el padre Hernando Pecha: En 1478, se
començó a poner en los Reynos subjetos a los Reyes el santo Oficio de la Inquisición.
Otro momento de gloria y alegría: estando en su archidiócesis de Sevilla con motivo de
celebrar el sexto Concilio hispalense, y tras el nacimiento del infante Juan el 30 de
junio de 1478, Mendoza con gran pompa le bautizó en la más grande catedral de las
Españas.
El Cardenal Mendoza,
arzobispo de Toledo
El 1 de julio de 1482 muere el revoltoso don
Alonso Carrillo. Era habitual entonces que el titular de una diócesis eligiera a su
sucesor antes de morir o de trasladarse de sede, siempre con la aprobación de los reyes.
Según cuentan los cronistas de la época, Alonso Carrillo, pese a sus diferencias con el
Cardenal, decidió que nuestro personaje ocupara su puesto cuando falleciera.
Y añaden esos mismos cronistas de la vida castellana y la biografía de don Pedro
González de Mendoza que la reina Isabel le mandó llegarse a sus aposentos, y una vez en
ellos el primado español, que tenía reservada una silla donde siempre solía sentarse, y
que era conocida como la silla del Cardenal, fue abordado por la Reina para
decirle: Cardenal, el arzobispo don Alonso Carrillo de Acuña os ha legado la silla de
Toledo; paréceme que debeis sentaros en ella, que tan vuestra es como esta, y señaló
aquella en que estaba sentado. Fue así como el 13 de noviembre de 1482 alcanzó ese
supremo cargo eclesiástico de arzobispo de Toledo. Con este título, renunció a las
otras diócesis que hasta entonces había regido, excepto a la de Sigüenza. Esta
confirmación de los Reyes es una prueba evidente del profundo aprecio que monarcas
sentían por el Cardenal.
No sería hasta dos años después, en 1484, que don Pedro decidiera a ir hasta
Toledo para tomar posesión de su cargo. En esta ocasión, la Reina le pidió al Cardenal
que entrara él sólo a la ciudad, para recibir con toda puntualidad los homenajes y
ceremonias que era costumbre rendir a los Arzobispos. Pero don Pedro González, con una
actitud de gran respeto hacia Isabel, no consintió tal propuesta, y consiguió que la
entrada en la antigua capital del reino visigodo se hiciera al unísono, la Reina y el
Cardenal, juntos sobre sus caballos y hacaneas, como muchas obras de arte, especialmente
esculturas y pinturas, nos lo recuerdan por doquier.
Guerra de Granada y
Descubrimiento de América
Terminada la guerra con Portugal, y afirmados
en el trono sin discusión posible, los Reyes Católicos buscaron nuevos objetivos a su
reinado. El primero de ellos, la unidad política peninsular y la uniformidad religiosa
del reino. Isabel y Fernando diseñaron una estrategia militar muy completa y meticulosa.
Las expediciones militares de la primavera y el verano contra el reino nazarita se
intensificaron a partir de 1485. Todos los Mendoza participaron, campaña tras campaña,
en esta Guerra de Granada. Allá fueron los lujosos ejércitos del duque del Infantado,
las ingeniosas argucias defensivas del conde de Tendilla, el heroismo en la Vega de
Granada de don Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza, y otros muchos
caballeros de Guadalajara. Pero fue el Cardenal quien reunió los mejores hombres, quien
capitaneó las más brevas estratagemas. En 1485 lo encontramos en Córdoba acompañando a
dpn Fernando. Dos años después, el Cardenal entra en Málaga. Finalmente, en 1492, se
concluye la campaña con la toma final de la ciudad de Granada, siendo precisamente el
Cardenal y su sobrino el conde de Tendilla quienes primero suben a la más alta torre de
la Alhambra, para en sus almenas poner a ondear el pendón de Castilla.
Además del problema de los conversos, para el que sabemos que don Pedro mantuvo
siempre posturas de gran comprensión, su actitud política fue capital para otro de los
grandes aspectos del reinado de los Reyes Católicos: el viaje de Colón al Nuevo Mundo.
Respecto a la epopeya de la apertura de la ruta occidental hacia el desconocido
continente, debemos recordar cómo Cristóbal Colón, desde el primer momento en que se
puso a buscar apoyos a su idea de circunnavegar el globo terráqueo en dirección
inédita, gozó del apoyo de Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, sobrino del Cardenal.
El bloque, siempre homogéneo, de los Mendoza, con el Cardenal Pedro González al frente
de él, fue el verdadero impulsor de la gesta descubridora, cuyo mérito se puede analizar
atendiendo a diferentes matices y cuestiones. Entre ellas deben destacarse la valoración
de la posibilidad del proyecto desde una perspectiva inteligente y culta; la financiación
de la dilatada espera de Colón hasta conseguir la aprobación real; y, sobre todo, la
consecución del interés y de un verdadero compromiso de la reina Isabel respecto a los
proyectos colombinos, precisamente cuando el esfuerzo de la nación toda iba referido en
una sola dirección, la de Granada...
Amores del Cardenal
Tres hijos conocidos tuvo el Cardenal. Sus
nombres, y los de sus madres, han llegado hasta nosotros. Y muy nítidos, porque todos
ellos alcanzaron puestos y títulos de relieve en el reino. De los amores que a partir de
1460 tuvo el joven obispo con la dama portuguesa doña Mencía de Lemos, que vino a
España en ese año acompañando a la reina Juana, cuando vino a casar con Enrique IV,
nacieron dos vástagos: el mayor, don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, marqués de Cenete
cuando crecido, nacería en el palacio mendocino de Guadalajara hacia 1462; y don Diego,
luego conde de Mélito y señor de Almenara, que nació en el castillo del Real de
Manzanares hacia 1468.
En 1476, el Cardenal pidió la legitimación de sus dos hijos a Isabel. La Reina se
lo concedió el 15 de junio de ese año. En 1478, Sixto IV otorgó al Cardenal la
autorización para que pudiera testar en favor de sus hijos. Y Sería su sucesor,
Inocencio VIII, quien ocho años más tarde le concediera la verdadera legitimación. La
Reina lo confirmó el 3 y 12 de mayo de 1487. Finalmente los Reyes Católicos concedieron
a nuestro personaje la capacidad de instituir todos los mayorazgos que quisiera en favor
de sus hijos. En este documento se cita por primera vez al tercer hijo del Cardenal, don
Juan de Mendoza, nacido años después de la vallisoletana Inés de Tovar.
Labor cultural
La presencia de don Pedro González de
Mendoza en la historia de la cultura española es mayúscula. Debería ocupar un capítulo
primordial, pues gracias a su emouje, a su actividad y mecenazgo, el Renacimiento llegó y
se adentró en múltiples aspectos de la vida castellana. Aunque su padre es quien ha
pasado con toda gloria y merecimientos a los anales de la Literatura española, la labor
literaria del Cardenal Mendoza fue muy escasa. Una carta escrita a su padre, algunos
versos cuyos manuscritos se conservan en la Biblioteca Nacional de París y que
recientemente ha estudiado Fernando Vilches Vivancos, y poco más... En los clásicos
tratados de Historia de la Literatura española no se le menciona para nada. Sabemos que
poseía una de las bibliotecas más importantes de su época, pero desconocemos el número
de volúmenes que tenía.
Su tarea más importante, en este campo de la cultura, fue como mecenas de las
Artes. Gracias al Cardenal Mendoza, la arquitectura castellana se renueva totalmente,
entrando con él los modismos renacentistas, y abriendo camino a la renovación del arte
moderno. Fundó el Colegio Mayor de Santa Cruz en Valladolid, el Hospital de Santa Cruz en
Toledo, levantó un fastuoso palacio renacentista en su ciudad natal, Guadalajara, y
propició la erección de castillos (Pioz, Jadraque), monasterios (San Francisco en
Guadalajara y Sopetrán en Hita), mas un largo etcétera de actuaciones que páginas
adelante veremos con mayor detalle, pues constituyen el eje de esta pretendida charla, de
*la huella viva del Cardenal Mendoza+.
Muerte del Cardenal
La muerte del Cardenal Mendoza, que
constituye el eje de los actos conmemorativos en su Quinto Centenario, se produjo en su
palacio de Guadalajara, el 11 de enero de 1495. Meses antes, casi un año antes, el
Cardenal se sintió enfermo: una apostema (inflamación) de la parte de los riñones le
produjo fuertes dolores y un progresivo enflaquecimiento, con fiebre, pérdida de apetito
y de fuerzas, lo que progresivamente le redujo a la invalidez, a estar en cama, y a
esperar la muerte que llegó fatal el día dicho. Sin duda un cáncer renal acabó con su
vida. Dejó como heredero universal de sus bienes al Hospital de Santa Cruz en Toledo.
El hecho más llamativo de su óbito fue lo que se ha venido a calificar como el milagro
del cardenal. Todos dicen que vieron una cruz blanca de grandes dimensiones (no como
la patriarcal, sino como la del Santo Sepulcro, griega y potenzada) en el cielo, sobre el
aposento de D. Pedro. Esta cruz, vista por muchos habitantes, le orientó personalmente en
el momento de la muerte. En ese instante desapareció, quedando sin embargo grabada sobre
la hierba del patio palaciego, como recuerdo perenne y portentoso del paso por este mundo
del llamado por algunos tertius Hispaniae rex. Acompañado de los Reyes Católicos
y de toda la familia mendocina, en una solemene comitiva que duró cuatro días se llevó
el cadáver de don Pedro, por los helados caminos de la Nueva Castilla, hasta Toledo, para
que recibieran sepultura en el lugar que él había elegido: el presbiterio de la catedral
primada de Toledo. Donde hoy aún se conservan.
La huella viva del
Cardenal Mendoza
Si en algún lugar ha quedado el recuerdo del
Cardenal Mendoza, -lo cual ocurre en múltiples espacios de la geografía española- ello
es debido a su tarea encomiable de fundador, de constructor, de alentador del arte, de la
cultura y de las obras sociales. De todo ello, aunque sea un poco *en revoltijo+, veremos
ahora algunos ejemplos.
La tarea constructiva del Cardenal Mendoza fue infatigable. Sabía perfectamente
que la construcción de edificios, el adorno de los mismos, la oferta de uso a las gentes
de ellos, le pondría en la eterna memoria de los hombres. Máxime cuando en cada uno de
esos edificios, y en cada uno de sus rincones ó planos más relevantes, aparecerían las
armas de su linaje, acompañadas siempre del timbre de su jerarquía: así es cómo el
escudo heráldico del Cardenal Mendoza lo vemos repetirse, casi hasta la obsesión, por
bóvedas y frontispicios, hablando hoy todavía la piedra y la pintura de sus hechos,
recordándonos su figura.
Sería inacabable el recordar ahora, aunque fuera en simple listado apresurado, las
obras que mandó hacer, los edificios que decidió levantar, los adornos que quiso poner a
las ciudades en que él tuvo algo qué ver. Ahí están esos colosales edificios del
Colegio de la Santa Cruz en Valladolid, acabado de construir en 1492. O el precioso
Hospital de la Santa Cruz de Toledo, en cuya portalada aparece don Pedro, orante y
magnífico. Por toda Castilla se extendieron sus obras: en Santo Domingo de la Calzada
fundó y construyó la capilla de San Pedro. En la catedral del Burgo de Osma, la
portada principal de mediodía, la sacristía y el púlpito del Evangelio, muy similar al
que en Sigüenza (luego lo veremos) mandó esculpir. En Toledo el hospital dicho,
buena parte del palacio arzobispal, y muchas cosas en la catedral, entre ellas la
sillería baja del coro con la talla de la guerra de Granada, vista secuencial y casi
cinematográficamente por Rodrigo el Alemán. En Alcalá de Henares una gran
reforma del palacio de los obispos. En Sevilla, obras en la catedral, en San
Francisco y en la iglesia de la Santa Cruz. En Puente del Arzobispo, la capilla
mayor de la parroquial de Santa Catalina. En Guadalupe, el primitivo enterramiento
de Enrique IV, a quien fue fiel hasta la muerte. En Roma ya, la reedificación
completa de la iglesia de la Santa Cruz, y en Jerusalén incluso, la consolidación
de la iglesia del Santo Sepulcro, y la erección de otro templo en honor de la Santa Cruz,
advocación dilecta del Cardenal por haber nacido el día de su celebración, el 3 de
mayo.
En la tierra de Guadalajara fueron también numerosas las obras por él
patrocinadas. No ya los castillos (el de Jadraque, el de Pioz, ambos de
siluetas italianizantes) o los monasterios (el de Sopetrán, junto a Hita, o el de
San Francisco en Guadalajara) sino sus propias casas, puestas frente a la iglesia
de Santa María, en las que murió y a las que todos cuantos las vieron en siglos pasados
alabaron como verdadera maravilla del novedoso estilo renacentista. En Sigüenza,
finalmente, el Cardenal Mendoza patrocinó una serie muy amplia de obras y construcciones
que marcaron, también con gloria y con buen gusto, su paso por esa ciudad. Vamos a verlas
con mayor detenimiento.
Obras en Guadalajara
Nacido en Guadalajara, tierra por la que
sentía predilección a pesar de haber viajado por toda la Península, el Cardenal Mendoza
regó especialmente a la Alcarria con sus obras y fundaciones benéficas. Muy numerosas
fueron las obras aquí patrocinadas por el Cardenal. Era lógico, pues aquí había
nacido, aquí estaba su familia, este era el lar originario, el que se ha tenido para
nacer y se ha escogido para morir. Sobre cerros y llanadas levantó castillos: el de
Jadraque por un lado, orgulloso de considerarse heredero directo del Cid Campeador,
conquistador de la fortaleza a los moros. El de Pioz por otro, con su silueta guerrera
pero su destino palaciego. En lo profundo de valles rientes o en las atalayas de las
ciudades ayudó a mejorar antiguos monasterios: el de Sopetrán, junto a Hita, sobre el
río Badiel, en cuyas actuales ruinas --que nuevamente serán ocupadas por la grey
benedictina-- vénse aún los escudos cardenalicios, o el de San Francisco en Guadalajara,
al que donó un enorme retablo mayor en el que mandó a Antonio del Rincón retratarle
rodeado de sus fámulos y amigos, tal como hoy en hermosísima tabla le vemos en la Sala
de Comisiones del Ayuntamiento de la ciudad.
El Palacio del Cardenal
Mendoza en Guadalajara
Aquí en Guadalajara mandó levantar su
propia casa, y ponerla frente a la iglesia de Santa María, de la que había sido, en su
adolescencia, nombrado arcipreste. Si la fortuna le había hecho nacer en las casas
mayores de su padre el marqués de Santillana, allá abajo en la colación de Santiago,
él escogió que la muerte le saludara en estas casas que personalmente diseñó y
dirigió en su construcción. Afamados arquitectos como Lorenzo Vázquez, y peritos
tallistas como el maestro Dionisio se encargaron de realizarlas, y dejarlas tan hermosas
que, según algunos viajeros que las visitaron a poco de terminadas, en los años finales
del siglo XV y primeros del XVI, eran magníficas, únicas en su género, muy insignes
y curiosas según nos dice (como siempre, de oídas) Núñez de Castro. Andrea
Navaggiero las menciona en su Relación viajera; Jerónimo Münzer en 1495 las pondera con
entusiasmo, diciendo Yo he visto en Roma muchas [casas] de Cardenales, pero
ninguna tan cómoda ni tan bien ordenada como esta. Tiene jardines con fuentes, y un
aviarium en el que hay tanta variedad de aves que excede toda ponderación. Acaso no
habrá en el mundo morada más deleitosa...; y Antonio de Lalaing describe asombrado
sus pinturas, dorados y esmaltes, diciéndonos que el jardín, todo embaldosado, tiene
a su alrededor galerías, una de las cuales está llena de pájaros. En medio hay una
hermosa fuente... Otros cronistas posteriores señalaban este palacio del Cardenal
como obra suntuosa que en nada tenía que envidiar al palacio de los duques del Infantado:
soberbias salas con artesonados, aguas corrientes en su interior, fuentes y detalles de
mudejarismo que todavía nos hacen lamentar su pérdida, en el siglo XVIII, pasto de las
llamas en un voraz incendio quizás provocado por el abandono al que tenían sometido este
edificio los herederos del Cardenal, que allí guardaron en siglos posteriores la gran
armería ducal. En sus ruinas se construyó años adelante la primera sede local del Banco
de España, y después de derribada un colegio al que se dio (siempre es de agradecer el
recuerdo) el nombre del gran Cardenal Mendoza. Por las casas del barrio de Budierca,
cuesta de San Miguel y palacio de los Guzmán, siempre que se hacen obras aparecen
capiteles, escudos y detalles artísticos de aquella soberbia mansión cardenalicia, en la
que don Pedro murió el 11 de enero de 1495.
El castillo de Jadraque
Si una de las huellas vivas más
sorprendentes y hermosas que en la tierra de Guadalajara dejó el Cardenal Mendoza es el
castillo de Jadraque, a él dedicaremos alguna atención, pues lo merece. Siempre que se
habla o se esgrime el recuerdo del castillo de Jadraque, aparece la imagen del cerro en
que asienta, y la frase que el pensador José Ortega y Gasset le dedicó en uno de sus
viajes, que venía a decir que se trata del cerro más perfecto del mundo. Sea o no
cierta esa afirmación, el caso es que el castillo jadraqueño, en el borde de la Alcarria
y en el inicio de la Campiña del río Henares, ofrece un aspecto soberbio culminando con
silueta humana la sencillez de un fragmento de hermoso paisaje.
Le llaman el castillo del Cid a este de Jadraque, porque en el recuerdo o
subconsciente popular (que también se llama tradición) queda la idea de haber sido
conquistado a los árabes, en lejano día del siglo XI, por Rodrigo Díaz de Vivar, el
casi mitológico héroe castellano. La erudición oficial había descartado esta
posibilidad por el hecho de que en El Cantar de Mío Cid aparece don Rodrigo y su
mesnada, tras pasar temerosos junto a las torres de Atienza, conquistando Castejón
sobre el Henares, y ostentando durante una breve temporada el poder sobre la villa y
su fuerte castillo. Se había adjudicado este episodio al pueblecito de Castejón de
Henares, de la provincia de Guadalajara, que, curiosamente, está junto al río Dulce,
apartado del Henares, y sin restos de haber tenido castillo.
El poeta de la gesta cidiana se está refiriendo a una fortaleza de importancia,
vigilante del valle del Henares, a la que llaman Castejón los castellanos, en honor de su
aspecto, pero que para las crónicas árabes puede tener otro nombre. Era éste Xaradraq.
Y fue concretamente el Jadraque actual el que conquistó el Cid en sus correrías por esta
zona de la baja Castilla en los años finales del siglo XI. Esta teoría, que ha sido
elaborada y mantenida -creo que con total acierto- por José María Bris Gallego, aún se
afianza con el hecho de haber sido denominado durante largos siglos, en documentos de muy
diversos fines, Castejón de Abajo a Jadraque, y aún puede adquirir el grado de
contundente con la consideración del hecho de que hoy Jadrauqe tiene una ermita dedicada
a la Virgen de Castejón, de la que es fama estuvo mucho tiempo venerada en lo alto del
castillo.
Todo ésto viene a cuento de confirmar para este castillo del Cid de
Jadraque su origen cierto en la conquista del héroe burgalés. La reconquista definitiva
de este castillo árabe en su origen, uno de los más fuertes elementos de la Marca Media
de Al-Andalus frente a Castilla, fue hecha por Alfonso VI, en el año 1085. Quedó en
principio, en calidad de aldea, en la jurisdicción del común de Villa y Tierra de
Atienza, usando su Fuero y sus pastos comunales. Y tras largos pleitos, a comienzos del
siglo XV sus moradores consiguieron independizarse de los atencinos, y constituirse en
Común independiente, con una demarcación de Tierra propia y un abultado número de
aldeas sufragáneas.
Esa salida de la tutela de Atienza les iba a costar, sin embargo, la entrada en un
señorío particular. Ocurrió en 1434, cuando el rey Juan II hizo donación de Jadraque,
de su castillo y de un amplio territorio en torno, a su parienta doña María de Castilla
(nieta del rey Pedro I el Cruel), en ocasión de su boda con el cortesano castellano don
Gómez Carrillo. El estado señorial así creado fue heredado por don Alfonso Carrillo de
Acuña, quien en 1469 se lo entregó, por cambio de pueblos y bienes, a don Pedro Gonzalez
de Mendoza, a la sazón obispo de Sigüenza.
Este magnate, ya por entonces jefe indiscutido de la casta mendocina, inició la
construcción del castillo de Jadraque con la estructura que hoy vemos. En un estilo que
sobrepasaba la clásica estructura medieval para acercarse al caracter palaciego de las
residencias renacentistas, a lo largo del último tercio del siglo XV fue paulatinamente
construyendo este edificio que finalmente, en el momento de su muerte, entregó a su hijo
mayor y más querido, don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, marqués de Cenete y conde del
Cid. Casó este apuesto noble, querido de corazón por los Reyes Católicos y admirado
como uno de sus más valientes e inteligentes soldados, con Leonor de la Cerda, hija del
duque de Medinaceli, en 1492.
A la muerte de su primera esposa, cinco años después de la boda, casó segunda
vez con doña María de Fonseca, viviendo con élla desde 1506 en la altura del castillo,
y naciéndole allí entre sus muros la que sería andando el tiempo condesa de Nassau,
doña Mencía de Mendoza, quien siempre guardó un gran cariño hacia la fortaleza
alcarreña, y a élla se retiró a vivir en 1533 cuando quedó viuda de su primer marido
don Enrique de Nassau. El boato de las nobles cortes mendocinas, de aire inequívocamente
renacentista, cuajó también en estos tiempos en los salones de este castillo, que fue
morada del amor y el buen gusto.
Abandonado la fortaleza por sus dueños, el manirroto Mariano Girón, duque de
Osuna y el Infantado, a finales del siglo XIX decidió venderlo, y fue el propio pueblo,
representado en su Ayuntamiento, quien acudió a comprarlo, en la simbólica cantidad de
300 pesetas. Era el año 1889. El cariño que siempre tuvieron los jadraqueños por su
castillo, en el que acertadamente siempre han visto el fundamento de su historia local,
les llevó hace cosa de 20 años a restaurarlo en un esfuerzo común, mediante
aportaciones económicas y hacenderas personales, lo cual es un ejemplo singular que,
ojalá, debería repetirse en tantos otros lugares donde las deshuesadas siluetas de los
castillos parecen llorar su abandono.
El castillo de Jadraque se nos muestra coronando un cerro de perfectas
proporciones. Su alargada meseta, que corre de norte a sur estrecha y prominente, se cubre
con las construcciones pétreas de este edificio que hoy nos ofrece su aspecto decadente a
pesar de las restauraciones progresivas en él efectuadas. La altura y el viento suponen
una agresión continua a estas viejas paredes medievales.
El acceso lo tiene por el sur, al final del estrecho y empinado camino que entre
olivos asciende desde la basamenta del cerro. Se encuentra una entrada entre dos
semicirculares y fuertes torreones, uno de los cuales, el izquierdo, se ha venido al suelo
derrumbado no hace muchos inviernos.
La silueta o perímetro de este castillo es muy uniforme. Se constituye de altos
muros, muy gruesos, reforzados a trechos por torreones semicirculares y algunos otros de
planta rectangular, adosados al muro principal. No existe torre del homenaje ni estructura
alguna que destaque sobre el resto. Los murallones de cierre tienen su adarve almenado, y
las torres esquineras o de los comedios de los muros presentan terrazas también
almenadas, con algunas saeteras.
El interior, completamente vacío, muestra algunas particularidades de interés. Al
entrar a la fortaleza, tras el paso del portón escoltado como hemos dicho por sendos
torreones fortísimos, se accede a un empinado patio de armas que siempre estuvo
despejado, y que se encuentra en una cuestuda terraza de nivel inferior al resto del
edificio. Por un portón lateral abierto en el grueso muro que define al castillo
propiamente dicho, se accede a un primer ámbito, de forma restangular, con algibe
pequeño central, que fue sede de la edificación castrense propiamente dicha. Más
adelante, hoy circuído por los altos murallones almenados, se encuentra el ancho
receptáculo de lo que fue castillo-palacio levantado por el Cardenal Mendoza.
En el suelo aparece un enorme foso cuadrado, hoy cubierto con maderamen para evitar
caídas accidentales, y que bien pudo servir de sótanos y almacenamiento de provisiones y
bastimentos. Más adelante, ya al fondo del edificio, se ven los restos, en varios
niveles, de lo que fuera el palacio propiamente dicho. A través de una escalera
incrustada en el propio muro del norte, se asciende al adarve que puede recorrerse en toda
su longitud. En el seno de la torre mayor, de planta rectangular, que ocupa el comedio del
muro del mediodía, se ha puesto hoy una pequeña capilla en honor de Nuestra Señora de
Castejón, patrona del pueblo.
El castillo poseyó un recinto exterior del que quedan algunos notables restos,
como la basamenta de la torre esquinera del norte. Se trataba de una barbacana de escasa
altura, probablemente almenada y provista de adarves con saeteras e incluso troneras para
contrarrestar posibles ataques. Su planta reproducía con exactitud la del castillo
interior, y venía a cerrarse en el extremo meridional del castillo sobre las torres que
flanquean el acceso al primer patio de armas.
La amplitud del interior, la homogeneidad de su silueta, y una serie de detalles en
la distribución de los ámbitos destinados a lo castrense y a lo residencial, nos
muestran al castillo de Jadraque como una pieza netamente renacentista y ya moderna. Entre
sus medio derruidos muros, sobre el vacío silencio de sus patios, resuenan aún los ecos
de los personajes ilustres que allí habitaron, desde el Cid Campeador, que en calor de un
verano subió a golpe de espada, hasta el marqués del Cenete, don Rodrigo que allá en la
altura tuvo su corte de amor y sueños, pasando lógicamente por el Cardenal Mendoza, que
personalmente proyectó y dirigió la reforma de este prodigioso alcázar, tal como hoy lo
vemos.
El castillo de Pioz
Nuestros pasos por la llanura alcarreña nos
llevan luego hasta Pioz, un mínimo enclave hoy próspero y animado, que rebosa en su
silueta sobre la llana meseta de la primera Alcarria, apareciendo mínimamente su caserío
y fortaleza sobre la verdiazul monotonía del paisaje. Perteneció este lugar, hace muchos
siglos, a la Tierra y Común de Guadalajara. En el siglo XV, el rey de Castilla Juan II
entregó el lugar en dote a su hermana Catalina, al casar ésta con su primo, el
turbulento infante de Aragón don Enrique. Pero el mismo Rey se lo quitó, pues el cuñado
le movía guerra, y lo entregó en señorío a don Iñigo Lopez de Mendoza, primer
marqués de Santillana, quien tras su muerte lo transmitió a su hijo, el gran Cardenal de
España don Pedro Gonzalez de Mendoza. Fue pues nuestro personaje quien comenzó la
construcción del castillo en la última mitad del siglo XV. Posteriormente, en 1469, lo
cambió a don Alvar Gómez de Ciudad Real, secretario de Enrique IV, por su villa de
Maqueda. Así, pues, desde esa fecha perteneció Pioz y su fortaleza a la familia de los
Gómez de Ciudad Real, en la que se mantuvo hasta el siglo XIX, en que murió sin
sucesión la última poseedora del mayorazgo, doña Vicenta de la Cerda y Oña.
El castillo de Pioz es sin duda uno de los más bellos ejemplares de la provincia
de Guadalajara. Bien conservado en sus paramentos exteriores, su interior está
completamente arruinado. Su planta es cuadrada. Consta de un recinto externo y el núcleo
interno. Al recinto externo o barrera, le rodea un foso ya poco profundo, que sólo podía
salvarse mediante el puente levadizo existente en su flanco sur. Este recinto exterior
presenta torreones cilíndricos en las esquinas, con saeteras circulares que rematan en
cruz. El ángulo noroeste consta de un trazado poligonal. Se constituye por una rampa o
escarpa muy pendiente, de hormigón cubierto por sillería bien labrada. En la parte
norte, dentro del foso, presenta una poterna de escape, hoy único acceso fácil al
interior. El cuerpo interno se ciñe de un paseo de ronda; la puerta principal se halla en
el muro de poniente, y desde ella se pasaba al patio de armas. El cuerpo presenta sendas
torres cilíndricas en cada esquina, siendo la mayor la del ángulo noroeste, que era la
del homenaje. Para entrar a ella y a las salas de su interior, era necesario subir una
escalerilla de piedra que aún persiste, y desde su estribo final, pasar sobre otro puente
levadizo que se dejaba caer desde la torre, que presenta escalera de caracol en su ángulo
interno. A las otras torres se accedía desde los pisos altos de los corredores laterales
de la fortaleza. Es muy de destacar el curioso sistema de acceso en zig-zag a esta
fortaleza, tan típico de la arquitectura militar medieval, y que se ve en otros castillos
(Manzanares) y palacios (el del Infantado en Guadalajara) que construyeron los Mendoza en
el siglo XV. La entrada desde el exterior obliga a trazar varias curvas hasta llegar al
interior del castillo. Guarda éste de Pioz, tanto en su estructura, como incluso en el
nombre, un gran parecido con el castillo de la Roca Pia, de Tívoli, que se
edificó en 1459. y al que el arquitecto del de Pioz -quizás el mismo Lorenzo Vázquez,
italianizante, autor de otras construcciones mendocinas y cardenalicias en Guadalajara-
copió en muchos detalles.
El monasterio de Sopetrán
El antiquísimo monasterio de Santa María de
Sopetrán se encuentra en una amplia explanada en la orilla derecha del río Badiel, cerca
de donde desemboca en el Henares. Es un lugar lleno de historia, cuajado de leyendas,
pletórico de significados camineros y punto de encuentro secular entre las culturas
cristiana y musulmana en nuestra Península. El origen de este cenobio benedictino se
pierde en la noche de los tiempos. Quizás sea el lugar de toda la provincia de
Guadalajara donde la tradición remonta a mayor lejanía en el tiempo el asentamiento de
una comunidad religiosa. A lo largo del siglo XV los abades se fueron sucediendo, con su
título concedido de forma vitalicia. Las luchas del siglo XV castellano estuvieron por
acabar con él, pero el favor de los Mendoza, señores de Hita y su alfoz, en el que
Sopetrán estaba incluído, fue la razón deterninante de su permanencia y aún de su
progresivo crecimiento en los siglos modernos.
Podemos así recordar cómo fué, a mediados del siglo XV, el marqués de
Santillana don Iñigo López de Mendoza quien puso todo su interés en mejorar las
condiciones de vida y desarrollo de este cenobio. Y luego su hijo, nuestro don Pedro
González de Mendoza, el gran Cardenal de España, también ayudó con entusiasmo a este
enclave. Le concedió fuertes sumas de dinero para construir la iglesia. Incluso otros
Mendoza posteriores siguieron apoyando con donativos y frecuentes visitas a este
importante monasterio benedictino.
De Sopetrán puede hoy admirarse su amplia planta cuadrilátera, con muros de
fuerte mampostería adornados con escasas y breves ventanas, todo muy modificado tras
años de abandono, expolios y desacertadas reconstrucciones.
Lo más consistente del edificio se conserva en sus alas de mediodía y levante. En
esta, frente al río, aún se ve un portón de apuntado arco gótico. El resto es
inexpresivo, a no ser por la belleza de la hiedra que cubre sus muros. Un torreón de
mayor altura ocupa la esquina del suroeste. Pero los costados de poniente y norte están
perdidos, o malamente reconstruidos. Y a través de ellos puede contemplarse la joya de
este monasterio, que es el claustro, construido en un estilo manierista desornamentado a
comienzos del siglo XVII. Al norte del mismo se conservan algunos restos mínimos de la
que fuera la gran iglesia monasterial, de tres naves, pues en el suelo se observan los
arranques de los gruesos pilares de planta cuadrada con haces de tres columnillas en cada
cara adosadas. En el ángulo nordeste del claustro aún sobreviven los muros y arranque de
las bóvedas de lo que sería la sacristía de ese templo. Se estaba construyendo a
finales del siglo XV, sufragadas las obras por el Cardenal Mendoza. En 1493, cuando este
se encontraba en Barcelona con los Reyes Católicos recibiendo a Colón, llegó la noticia
del hundimiento de una parte de estas obras. El Cardenal terminó de reedificarla desde
las rexas afuera y aún mandó poner nuevas obras muebles por sus muros, y platería
para su tesoro. Muy poco ha quedado de aquello, pero hoy lentamente va resurgiendo la vida
benedictina en su seno, esperando que un día no muy lejano los cantos y preces de los
monjes negros hagan recordar tiempos antiguos, y el recuerdo del Cardenal se actualice
también en estas latitudes.
El monasterio de San
Francisco en Guadalajara
Uno de los lugares de la ciudad de
Guadalajara donde más vivo y actualizado queda el recuerdo del Cardenal Mendoza es en el
monasterio de San Francisco, en su iglesia sobre todo, en esa altura arbolada que domina
los barrios orientales de la ciudad, en el Fuerte como habitualmente se le conoce.
La tradición dice que en ese elevado promontorio, la reina doña Berenguela fundó
un monasterio destinado a los caballeros de la Orden del Temple. Y siguen las tradiciones
de antiguos cronistas diciéndonos que a la disolución del Temple, en 1330, las infantas
Isabel y Beatriz, hijas de Sancho IV, y señoras a la sazón de Guadalajara, cedieron a
los franciscanos la facultad de residir, predicar y disfrutar de aquel antiguo edificio y
sus instalaciones anejas, entre las que figuraba un denso bosque.
El dato más concreto es que en 1364 ya estaban instalados unos frailes en aquel
lugar, con prestigio entre la población, y recibiendo cada año del Concejo una limosna
consistente en la mitad de lo que rentase el impuesto sobre la harina. En cualquier caso,
es fácilmente datable en la primera mitad del siglo XIV el asentamiento de la comunidad
franciscana en Guadalajara, en el lugar donde hoy existen estos restos, magníficos y poco
conocidos, de su convento medieval.
La familia Mendoza, desde su llegada a Guadalajara en el siglo XIV, favoreció a
los frailes mínimos: fue don Pero González de Mendoza, primer señor de Hita y Buitrago,
en su testamento redactado en 1383, quien ordenó ser enterrado en su templo monasterial,
vestido con el hábito de la Orden, iniciando en ese momento la construcción del
claustro.
Poco tiempo después, en 1395, un incendio destruyó casi al completo este naciente
y todavía pobre monasterio. Fue a raíz de entonces que el titular de los Mendoza, el
Almirante don Diego Hurtado, decidió reconstruirlo de nuevo, haciéndolo mejor y más
grande que el anterior. Además, lo constituyó en su templo como lugar de panteón para
enterramiento de todos los miembros señalados de la familia. Su hijo, don Iñigo López
de Mendoza, primer marqués de Santillana, en la primera mitad del siglo XV, cambió la
comunidad de claustrales por miembros de la Nueva Observancia. Fue también don Iñigo
quien imprimió un gran empuje a las obras de la iglesia y convento, donando buena
porción de obras de arte, e iniciando la instalación, a los lados del prebiterio, de los
primeros enterramientos mendocinos, concretamente los de su padre el Almirante don Diego y
su madre doña María de Castilla. El dejó mandado ser enterrado en ese mismo lugar,
junto a su esposa doña Catalina de Figueroa. Todavía su hijo Diego, primer duque del
Infantado, siguió construyendo las diversas capillas del crucero, levantando unos lujosos
mausoleos de tipo gótico-flamígero para albergar los restos de sus padres.
Todavía a finales del siglo XV, otro de los hijos del marqués de Santillana,
nuestro Gran Cardenal don Pedro González, favoreció generosamente a este convento:
donaciones y limosnas, conclusión de las obras del templo, ampliacion de su capilla mayor
derribando el anterior ábside, encargando la construcción y pintura de un gran retablo a
Antonio del Rincón, y encargando la talla de una sillería coral. Amplió el refectorio
para que contuviera hasta 100 frailes, y planeó el aumento de espacio en el claustro.
La iglesia de San Francisco de Guadalajara alza sus altos muros y su torre sobre
los tejados y los parques de la ciudad. De ella dijo el antiguo cronista Núñez de Castro
que pudiera ser Catedral de un gran Obispado según su grandeza. En el exterior se
ven unos paredones pertrechados de gruesos contrafuertes en sillarejo, pero el interior de
este templo, con su aspecto original, aunque ahora vacío de mobiliario y decoración
mueble, es maravilloso, realmente grandioso: de una sola nave, de grandes dimensiones,
presenta cinco capillas de escaso fondo a cada lado de esta nave, ofreciendo unos arcos de
entrada muy esbeltos, ojivales, profusamente decorados con los elementos propios del
gótico flamígero, y múltiples escudos de armas de las familias constructoras. Se
escoltan de fascículos de columnas que a la altura de los capiteles ofrecen unos
collarines de contenido vegetal. Las capillas del costado norte añaden bellas ventanas
que se adornan con parteluces y calados adornos góticos.
En esta nave, cubierta de altas y bellas bóvedas de crucería, en cuyas claves
surge tallado en multitud de ocasiones, así como en los capiteles de las columnas
adosadas al muro, el escudo de armas de Mendoza, timbrado del capelo cardenalicio propio
del Gran Cardenal don Pedro González, principal constructor de este templo. En el primer
tramo, a los pies del templo, se alza el coro sobre una bóveda de crucería que en su
parte anterior sustenta en arco muy rebajado y elegante.
Solo cabe recordar el interés grande que tiene la cripta que para enterramiento de
todos los duques del Infantado mandó construir bajo el prebiterio, a finales del siglo
XVII, el décimo duque don Juan de Dios de Silva y Mendoza. Hoy en mal estado de
conservación, merece, cuando se pueda realizar, una visita.
La Universidad de
Sigüenza, fundación de Mendoza
La Universidad es una de las instituciones
que más prestigio ha dado a la ciudad de Sigüenza. Es otra de las huellas vivas del
Cardenal Mendoza, como pasamos a ver. El precedente inmediato de dicha institución
científica fue el Colegio Grande de San Antonio de Portaceli, fundado en 1476 por un
canónigo seguntino, don Juan Lopez de Medina, arcediano de Almazan, paniaguado del
magnate alcarreño. Las Constituciones primitivas del Colegio fueron aprobadas por
el Papa Sixto IV en 1483 y promulgadas el 7 de julio de 1484. Los jerónimos se encargaron
en principio de regentar la fundación, aunque los patronos del Colegio fueron el Deán y
Cabildo de Sigüenza, así como el prior del monasterio jerónimo anejo. Aunque en la idea
primitiva de López de Medina estaba ya la creación de una Universidad, ésta no se
llevó a cabo hasta unos años después, con la instancia y solicitud que el Cardenal don
Pedro Gonzalez de Mendoza hizo al Papa Inocencio VIII, y este contestó afirmativamente
con Bula de abril de 1489. De esta manera, el primitivo Colegio de San Antonio alcanzaba
la posibilidad de conceder grados de bachiller, licenciado, maestro y doctor en las
materias impartidas. En un principio, estas fueron la Teología, las Artes y los Derechos.
Los catedráticos tenían que ser canónigos del Cabildo. Mas tarde, en 1540, se crearon
las cátedras de Vísperas de Teología, Filosofía y Lógica. En 1551 se crearon nuevas
facultades: las de Derecho (canónico y civil) y Medicina. Durante el siglo XVI además de
las cátedras se fundaron academias, y en todas ellas impartieron enseñanzas valiosas
figuras de la ciencia renacentista: Pedro Ciruelo enseñó filosofía; Fernando de
Vellosillo, Vísperas de Teología; Pedro Guerrero, la Teología; el primer catedrático
de Medicina fué el doctor Juan Lopez de Vidania, etc. El Obispo Bartolomé Santos de
Risoba promovió el traslado de la Universidad desde las afueras de la ciudad al interior
de la misma, realizándolo en 1651. Elevó un nuevo y grandioso edificio barroco (hoy
Palacio Episcopal) para albergar aulas y dependencias. Ya en el siglo XVIII, en 1752, hubo
que añadir dos cátedras nuevas a la única existente de Medicina, para evitar el cierre
de esa facultad. Las reformas de Carlos III llegaron a la Universidad de Sigüenza, que ya
agonizaba: en 1771 hubo que cerrar tres facultades: Leyes, Cánones y Medicina, por falta
de alumnado y dotaciones. Las reformas de 1807 suprimieron la Universidad seguntina. En la
ocasión de la Guerra de la Independencia, los colegiales se unieron a un batallón que
peleó en la contienda contra los franceses. En 1814 se restauró la institución, que
quedó reducida a Colegio en el plan Calomarde de 1824, siendo clausurada definitivamente
en 1837. De los edificios que vieron, a finales del siglo XV, el nacimiento de esta
gloriosa institución científica, no queda nada, sino el recuerdo de donde estuvieron, al
otro lado de la vía férrea, más o menos donde hoy se alza la Casa Cuartel de la Guardia
Civil.
El Colegio Mayor de Santa
Cruz en Valladolid
Por entonces (finales del siglo XV) era en
Castilla el cardenal Mendoza no solo el primero de los prelados, sino el primero de los
Mecenas y el patrono especial de las letras, en opinión de Nebrija. Es el momento en
que se inicia la creación de otro de los grandes monumentos debidos a la magnanimidad de
nuestro personaje. De este tertius Hispaniae Rex (el tercer Rey de España) como le
denominaron sus contemporáneos.
Don Pedro deseaba crear un Colegio Mayor que sirviera de albergue a jóvenes sin
fortuna dispuestos a consagrarse al estudio, con su capilla y sacerdotes, dotado de rentas
y gozando de beneficios. No existía por entonces en Castilla otro Colegio Mayor que el de
San Bartolomé de Salamanca, fundado en 1414 por otro gran personaje, don Diego de Anaya
Maldonado, obispo de Tuy, de Orense, de Cuenca y de Salamanca, arzobispo de Sevilla y
embajador de Juan II en el Concilio de Constanza donde se resolvió el Cisma de Occidente.
Al Cardenal Mendoza le debió surgir la idea con motivo de su estancia con la Reina
en Valladoid durante casi toda la segunda mitad del año 1475 y los primeros meses del
siguiente; fechas en las que nos aventuramos a pensar que debió conocer a la hermosa
Inés de Tovar, la futura madre de su tercer hijo, Juan. Aunque Mendoza dudó en un
principio en fundar el Colegio Mayor entre Valladolid o Salamanca, sedes de las dos
grandes Universidades medievales castellanas, finalmente se decidió por Valladolid, sin
duda por ostentar allí el abaciazgo del Cabildo de su iglesia colegial, y querer revertir
parte de sus prebendas en actuaciones culturales y sociales hacia esa ciudad.
Sucesivamente hubo de obtener la oportuna Bula pontificia y las autorizaciones de
la Universidad y del concejo vallisoletano.
Solicitó la pertinente licencia y aprobación a Sixto IV, quien mediante su Bula
de 29 de mayo de 1479 accedió a la fundación del Colegio Mayor, concediendo a este
análogas gracias, privilegios y exenciones de que gozaba el salmantino de San Bartolomé.
Tras algunos retrasos impuestos por sus continuos viajes y dedicaciones políticas,
el Cardenal Mendoza constituyó legalmente el Colegio mediante las Constituciones
fechadas en Vitoria, donde se encontraba acompañando a los Reyes, el 21 de noviembre de
1483. El Colegio se puso bajo la advocación de la Santa Cruz, acorde con su título
cardenalicio y la devoción demostrada de por vida; el número de colegiales lo fijó en
veinte, de los cuales nueve estudiarían Cánones, seis Teología, dos Derecho y tres
Medicina; y la condición precisa para ingresar en el Colegio fue la de carecer de medios
económicos.
Después adquirió varias casas, huertas y corrales donde instaló
provisionalmente, mientras se levantaba la nueva fábrica de su Colegio Mayor, a los
primeros colegiales. Estos se reunieron en aquel Colegio provisional el 24 de Febrero de
1484, al siguiente se celebraba en él la primera misa, y tres después, el 28 de Febrero,
solemnemente entraron a constituir el Colegio los primeros veinte colegiales.
Una vez conseguidas las correspondientes Bulas, el Cardenal Mendoza, representado
por el bachiller Juan de Foncea, acordó con la Universidad, el día 20 de septiembre de
1483, el Cuaderno de Estatutos y Composición del Colegio que quería hazer e
edificar en Valladolid. Con las Bulas papales y el acuerdo con la Universidad
comunicó su proyecto al concejo vallisoletano, el cual, después de aceptarlo con el 29
de septiembre de 1483, solicitó a los Reyes la concesión de privilegios.
Aún solicitó del Papa la concordia con la Universidad vallisoletana, y Sixto IV
se la concedió en virtud de la Bula firmada el 17 de julio de 1484. El 31 de agosto de
1484, don Pedro Conzález de Mendoza promulgó oficialmente en Guadalajara las Constituciones
que había firmado en Vitoria. Estos largos trámites burocráticos consiguieron al fin
ver alzado y en marcha este suntuoso edificio, que aunque se terminó de construir en
1491, no se inauguró hasta el año siguiente. Su autor, sin duda alguna Lorenzo Vázquez
de Segovia, fue durante largos años el arquitecto personal del Cardenal Mendoza, e
introductor con él de las formas renacientes en Castilla. La obra de Santa Cruz de
Valladolid fue iniciada en esquema todavía gótico, pero en la etapa final de la
edificación se produce el impacto del Renacimiento. En ello fue sin duda decisiva la
intervención de Lorenzo Vázquez, al encargar el retablo de la capilla. El Cardenal
testó en 1494, por la orden que diere Lorenzo Vázquez, vecino de esta ciudad de
Guadalajara, maestro de nuestras obras... y queremos que los entablamentos del dicho
retablo sean de talla muy bien labrados a la antigua. Si el retablo, obra tan
principal, lleva ya decoración a *la antigua+, es decir, a lo romano, parece lógico que
siendo la portada de este mismo estilo y Lorenzo Vázquez el maestro de las obras del
Cardenal, se hubiese ocupado de dicha portada.
Las novedades renacentistas del colegio de Santa Cruz se nos muestran tanto en el
aspecto decorativo, como en la propia estructura. Así el patio, con sus tres cuerpos,
está dotado de arcos de medio punto, y aunque los pilares son octogonales, los capiteles
de bolas, los perfiles y los calados de los antepechos son de evidente tradición
goticista, el espacio en conjunto resulta ya del más puro acento renaciente.
Los elementos ornamentales de la portada son de clarísima progenie italiana, y en
ellos debe ponderarse la finísima labor de talla, efectuada en la blanda piedra caliza,
con el resultado primoroso de la orfebrería. La cornisa de esta fachada de Santa Cruz es,
además, un elemento incomparable, de los más rico decorativamente hablando del
Renacimiento castellano. El aspecto palaciego es evidente en todo el edificio, y para el
curioso que lo visite no dejarán de sorprenderle a cada paso detalles ornamentales,
grutescos, escudos, dinteles tallados, ménsulas y cartelas que ponen el recuerdo del
Cardenal constructor en la retina de quien hasta este lugar se acerque.
El Hospital de la Santa
Cruz en Toledo
En la calle que baja de Zocodover por el Arco
de la Sangre al río Tajo, al pie del Alcázar, se alza el Hospital de la Santa Cruz. Ya
en el testamento que redactó el Cardenal el 23 de junio de 1494, le instituye al Hospital
como heredero universal de sus bienes. Le impone como objetivo curar los enfermos que a
él quisieren venir y criar a los niños expósitos.
El patrono del Hospital había de ser el Cabildo de Toledo. A la muerte del
Cardenal aún no se habían iniciado las obras de su construcción. Don Pedro quería que
se alzara cerca de la Catedral, en las Casas del Dean... pero los capitulares eligieron
finalmente un lugar clásico e histórico, el que dicen albergó al palacio de los Reyes
Godos y luego de la reconquista el monasterio de monjas benedictinas de San Pedro [de las
Dueñas]. La construcción se inició en 1503. Sus arquitectos y directores fueron los
hermanos Enrique y Antón Egas.
Su estructura es de planta cruciforme, con un gran crucero central cubierto de
cimborrio. Su tipología estructural es renacentista, mientras que los detalles y
decoración son todavía góticos.
Su fachada es espléndida, llamando la atención sobre todo por la riqueza de su
ornamentación. En el dintel hay un gran escudo cardenalicio tenido por dos ángeles. La
imagen del Cardenal aparece arrodillado ante Santa Elena que sostiene la cruz, mientras
San Pedro le protege y presenta. Similar composición, más sencilla, se repite en un
puerta del interior.
La escalera y el patio principal son de Alonso de Covarrubias sin duda. Es un
edificio que evidencia la entrada del Renacimiento en Epaña.
El sepulcro del Cardenal
Mendoza en Toledo
El sepulcro del Cardenal está en la
Catedral. En una carta al Cabildo que don Pedro escribió en 1493, especificaba su deseo
de que su sepulcro se pusiera en el presbiterio. El Cabildo se opuso totalmente, y
decidió nombrar una tercera persona para que argumentara en contra. Era sin duda el lugar
de más categoría de todo el reino para ser enterrado, y estaba destinado a los Reyes.
Esa es una buena muestra del orgullo de casta y autoestima de nuestro personaje.
Hubo que alterar la estructura del antiguo coro capitular, y cambiar de lugar
algunos enterramientos reales. Aún había otro factor: el del *estilo+ del monumento, que
rompía con su clasicismo el precedente goticismo del lugar. Les parecía a los canónigos
demasiado moderno, chocante, y paganizante.
Consiste su estructura en un arco triunfal, labrado en dos frentes, y abierto, de
tal modo que el sepulcro del Cardenal se puede ver tanto desde dentro como desde fuera.
Tiene a su vez dos cuerpos: el inferior es claramente un arco de triunfo a lo romano.
Un arco central flanqueado de dos más pequeños. El central es ciego, pero los laterales
se abren. Arriba es idéntico, pero con más arcos en forma de hornacinas. Es en todo
similar al enterramiento del dux Tron, en Santa María dei Frari, de Venecia.
También podemos decir de él que es muy parecido a dos monumentos seguntinos,
mandados erigir por su sucesor en la mitra de Sigüenza, don Fadrique de Portugal: el
altar de Santa Librada y el enterramiento de don Fadrique.
En el magnífico estudio sobre *El sepulcro en España en el siglo XVI+ que hizo en
1987 M0 José Redondo Cantera, se destaca lo importante de este sepulcro mendocino en su
posterior influencia por España. Así con muy similares los de Pedro Lopez de Ayala, en
San Juan de los Reyes en Toledo; el de Fernando de Arce, obispo de Canarias, en Sigüenza;
el de Diego Hurtado de Mendoza, sobrino del cardenal, en Sevilla; y el de Mencía Enríque
de Toledo, hoy en la Hispanic Society de Nueva York. Todos ellos, está claro, familiares
directos del Cardenal, Mendozas puros.
El de su sobrino Diego Hurtado, es un soberbio monumento que fue tallado entre 1508
y 1510 por Doménico Fancelli. Allí introduce un modelo general, como el de Pablo II en
San Pedro del Vaticano (obra de Giovanni Dalmata y Mino da Fiesole).
Obras cardenalicias en la
ciudad de Sigüenza
Siempre se ha recordado al Cardenal Mendoza
como uno de los impulsores del urbanismo renacentista en la ciudad de Sigüenza. Aunque
él no la llegó a ver nunca, cierto es que la actual Plaza Mayor se debe a su idea de
crear un amplio espacio abierto ante la catedral para celebrar el mercado que entonces
suponía para el burgo una auténtica fuente de riqueza. La incomodidad de celebrarlo en
la parte alta de la ciudad, en la actual plazuela de la Cárcel, llevó a don Pedro,
aconsejado por quienes más de continuo vivían en Sigüenza, a crear un amplio espacio
ante los muros meridionales del templo mayor. Para ello hubo de derribarse un gran
fragmento de muralla que contenía a la catedral por el sur. Así quedó abierto un gran
espacio al que se accedía por la puerta de la Cañadilla, y que propiciaba la
instalación cómoda, en un llano amplio de los puestos de mercaderes y los tenderetes de
tratantes. Dispuso el Cardenal incluso que se construyeran, flanqueando ese espacio, las
casas de todos los canónigos y beneficiados de la catedral, en unos edificios dignos
entonces (lo son hoy todavía) de auténticos magnates. Años adelante se levantaría
rematando ese espacio, frente por frente de la catedral, el edificio del Ayuntamiento.
Esto era lo que el Cardenal Mendoza proponía en documento de 1494, escrito poco antes de
sentirse enfermo y tener que irse a Guadalajara donde moriría: derribar la cerca que
estaba entre la dicha nuestra yglesia y ciudad, para que se fiziese plaza delante de ella.
Obras del Cardenal en la
catedral seguntina
Era esa una forma clara de propiciar al
pueblo seguntino, y sobre todo al foráneo que acudía al mercado, el paso a la catedral,
su admiración por las obras artísticas en ella contenidas y, sobre todo, el fomento de
su religiosidad y el respeto hacia la clase eclesiástica, que seguía siendo entonces
dueña y señora de la ciudad y su comarca.
En la catedral, emblema máximo del poder señorial y evidencia de la gloria de
Dios tallada en las formas de la piedra, fue donde don Pedro González de Mendoza
desarrolló sus mejores impulsos de ayuda y beneficio hacia el pueblo seguntino. Quiso
dejar su huella en obras que tendían a dos objetivos: de una parte, arreglos importantes
de elementos ya construidos pero muy deteriorados con el paso del tiempo. De otra,
magnificar el aspecto del edificio con elevación de nuevas bóvedas, mejores luces y,
sobre todo, oferta de nuevas formas embellecedoras del conjunto: arreglos y obra nueva
fueron los dos modos de colaborar en la secular construcción del primer templo diocesano.
Lo primero que inició el Cardenal fue la reparación de las bóvedas de las naves
laterales, que a lo largo de todo el siglo XV habían sufrido importantes daños en sus
plementerías. En el último tercio del siglo XV el Cardenal costeó sus reparos, y dejó
como memoria de ello su escudo tallado y policromado en las claves de las mismas. Una
forma, repito, de firmar con rúbrica de eterna constancia.
Siguió después el ensanche y embellecimiento de la cabecera del templo, la parte
más noble de una iglesia, el lugar más sagrado de una catedral. Hacia 1488 debieron
concluir las obras de elevación de la altura del presbiterio, dejándolo tal como hoy lo
vemos. Dado que previamente se había levantado la altura de la parte recta del
presbiterio, quedaba muy achatada la parte de su cerramiento. El Cardenal Mendoza mandó
levantar la altura de sus muros y construir nueva cubierta. El objetivo era tanto
armonizar el aspecto de esta fundamental dependencia catedralicia, como el de colocar un
gran retablo, al estilo de lo que entonces se hacía, que cubriera por completo el muro
del fondo del presbiterio. Es curioso comprobar cómo, a pesar de los impulsos
renacentistas de don Pedro González, en este caso el estilo de la obra fue totalmente
gótico, con objeto de armonizar con lo ya construido. No se atrevió a tanto como en
Toledo, donde mandó poner en el presbiterio su enterramiento, y hacerlo con un estilo
plenamente italianizante, renaciente al máximo.
En Sigüenza mandó don Pedro ser respetuoso con el entorno. Y así se levantó el
muro, dejando la planta poligonal, ocupando su parte media con una serie de arquerías
ciegas de simplísima estructura, prácticamente románica, en el mismo estilo de lo ya
existente. El tercer cuerpo fue ocupado por ventanales que rematan en arco apuntado los
cinco centrales, y semicircular los laterales.Estos vanos son muy altos y se colocan
decididamente entre los plementos de la bóveda, adornándose de molduras y algunas formas
vegetales, incluso hojas de parra, en sus capiteles. Al exterior del templo, este alzado
se sujetó poniendo unos airosos contrafuertes entre los vanos, que no llegan a darle
imagen de pesadez sino, por el contrario, de levedad y sentido airoso. Sobre los
ventanales, se puso una imposta corrida en la que aparecen cabezas talladas de monstruos,
agrupadas de tres en tres, separadas por metopas de decoración vegetal. En el interior
del templo, en la parte alta de este nuevo muro elevado, el Cardenal mandó pintar una
larga inscripción que diera fe de su intervención en este arreglo. Tal como esta: Por
mandado del Reverendísimo e Ilustre Sr. D. Pedro González de Mendoza, Cardenal de
España, Arzobispo de Toledo e Obispo de Sigüenza, Primado de las Españas, Canciller
Mayor de Castilla... se reedificó e enlosó de nuevo esta Capilla e se pusieron las
vidrieras e la reja e se fizo de nuevo el Sagrario e Retablo, todo con las ayudas de su
señoría Reverendísima. Año 1488, obrero D. Fernando de la Coca. El obrero no era
sino el canónigo encargado de administrar los caudales destinados a las obras
catedralicias: Fernando de Coca fue un paniaguado del Cardenal, que alcanzó luego mejores
puestos y se enterró definitivamente en la iglesia de San Pedro de Ciudad Real.
Del retablo que según esta inscripción consta mandó poner el Cardenal, nada
queda. Cuando Pérez Villamil escribió su obra sobre la catedral a fines del siglo XIX,
aún quedaban algunas tablas desmontadas en la Sala Capitular, y otras cuantas habían
servido para formar el retablo de la iglesia de San Nicolás de Atienza, ya también
desaparecida.
Las obras que hicieron tan bella la cabecera de la catedral seguntina costaron
66.281 maravedises y medio, sacados de las arcas personales del Cardenal Mendoza. En ellas
participaron numerosos canteros y obreros de la piedra, técnicos magníficos de la
arquitectura, venidos de las tierras norteñas de Santander y Vizcaya. Algunos nombres nos
han quedado: Juan y Fernando de las Quejigas, Coterón, Pedro de Sierra, Juan de
Cercadillo, Juan de la Gurueña, y, sobre todo, el de quien posiblemente fuera el maestro
de todos, el arquitecto director: el maestro Dionis (Donys cantero se le llama en
algunos documentos) quien también consta había participado en esos años en las obras
del palacio o casas principales del Cardenal en la plaza de Santa María de Guadalajara.
El coro de Sigüenza
Otra de las grandes obras entregadas por el
Cardenal Mendoza a la catedral seguntina es el coro: Un prodigio de dibujo y de talla,
y donde se cumple a maravilla el precepto estético de juntar a la más asombrosa variedad
la unidad más perfecta, en palabras de don Manuel Pérez Villamil cuando lo describe
y estudia en su gran obra sobre la catedral. La sillería del coro seguntino, puesta en la
nave central y frente al presbiterio ó capilla mayor, dejando entre ambas el tránsito
del crucero, está construida de oscuro nogal adornada de una riquísima decoración
geométrica en los respaldares de sus sillas altas. Algunas plantas y hojas de cardos
aparecen en las sillas próximas a la presidencial. Por encima de esta sillería, que es
doble (nivel bajo y nivel alto), corre un doselete formado por arcos florenzados, con dos
arquerías lobuladas en cuyo centro aparece, a nivel de cada una de las sillas, el escudo
policromado del Cardenal Mendoza. El más grande y hermoso de todos es el que se ve
tallado y policromado, tenido de dos ángeles, en el respaldo de la gran silla episcopal,
que se alza en el centro de la panda del fondo. Grandiosa y florida, pocas habrá tan
hermosas en los coros españoles. También aparecen tallados en ella las figuras de dos
ancianos, posiblemente patriarcas, quizás apóstoles, que conversan sosegadamente entre
sí. Numerosos escudos aparecen en las sillas bajas, y en diversos espacios del coro. Son,
de una parte, emblemas del propio Cardenal constructor, elementos de sus apellidos y
títulos (las hojas de Figueroa, las cruces de Jerusalén) y de otra los de su ayudante y
amigo, el canónigo obrero Fernando de Coca, y de otros obispos que posteriormente
ampliaron este coro (Fadrique de Portugal, Juan Manuel, Lorenzo Suárez de Figueroa y
Córdoba).
Este coro se construyó a partir de 1488, cuando acabaron las obras del presbiterio
y tras ser visitada la catedral en 1487 por los Reyes Católicos acompañados del
Cardenal. Posiblemente al ver templo tan magnífico empequeñecido con un espacio poco
adecuado a los canónigos en los muros del presbiterio, los Reyes indicaron a su Obispo
que le pusiera coro central. Y que lo hiciera como ellos mandaron hacer en Miraflores y en
Santo Tomás de Avila. Muy decorado al estilo mudéjar. Puestas manos a la obra en ese
año, para 1491 debía estar ya acabado, pues entonces consta en las Actas Capitulares que
los canónigos mandaron visitarlo y valorarlo, y quizás el 8 de diciembre de 1491 fue
inaugurado, pues en esos días se trasladaron a él los grandes libros de coro con sus
correspondientes cadenas. Artistas que trabajaron esta maravilla serían Francisco de Coca
(posiblemente familiar del canónigo obrero), el maestro Gaspar, Alfonso González, el
maestro Chirino y Diego López. En la silla episcopal pondría la mano, sin duda, Rodrigo
el Alemán (Rodrigo Duque le llama Pérez Villamil), tanto porque consta que viajaba a
Sigüenza en esos años, como por el estilo de las figuras en ella talladas: los ancianos
que conversan en su panel principal, contrastan en su actitud dialogante con la escena que
aparece en la pacencia de la silla: dos individuos mal encarados, vulgares y malvados que
dirimen sus diferencias a palo limpio. Ese contraste tan ejemplar, y el realismo de las
tallas, son expresión del genio del escultor Rodrigo, sin duda.
El púlpito de Sigüenza
Finalmente, nos queda mencionar la última
gran obra mandada realizar por el Cardenal Mendoza para la catedral seguntina. Se trata
del púlpito o predicatorio de la epístola. En la confluencia del transepto con la
capilla mayor se encuentra esta magnífica obra del último gótico: el púlpito tallado
en alabastro que fue regalado a la catedral por su obispo y cardenal don Pedro González
de Mendoza. Fue el encargado de realizarlo el conocido tallista Rodrigo el Alemán,
a quien se propuso hacerlo en madera. Pero en última instancia no fue él quien lo
realizó, sino un desconocido artista, de elevada técnica, e inscrito claramente en la ya
reconocida escuela de escultura gótica que en los finales del siglo XV produjo
Sigüenza. Quedó terminado en 1495 y, por desgracia, el Cardenal comitente no llegó
nunca a verlo.
Se trata de una bellísima obra de arte que ha despertado siempre admiración y
diversas interpretaciones a su significado. Rizados en cardinas y hojarasca sus capiteles
sustentadores, los cinco tableros que constituyen sus límites rebosan gracia gótica en
todos sus detalles. Los de los lados presentan sendos escudos cardenalicios de Mendoza, y
en los centrales aparecen tres figuras. El central muestra una dulce Virgen María que
sustenta en sus brazos, y algo apoyado en su cadera izquierda, un Niño Jesús que
juguetea con el manto de su madre. La Virgen apoya sus pies sobre un objeto que es sin
duda, una barca o nao medieval. A su derecha, una mujer con corona muestra un libro
abierto, y en su mano derecha aprieta el resto de un palo, sin duda más largo, hoy
quebrado y desaparecido. A la izquierda de la Virgen, un joven con gran capote sobre la
armadura de guerrero, se toca con sencillo bonete de la época. A sus pies, por él
pisoteado, un dragón se retuerce.
Pérez Villamil dio a estas figuras una interpretación romántica y fantasiosa: en
el centro veía una representación o alegoría del descubrimiento de América,
simbolizado por la nao Santa María y presidida por la Virgen. A su derecha, una reina
sabia: Isabel de Castilla, patrocinadora de la gesta transoceánica, y su izquierda, el
rey Fernando, quien en esos años aplastaba al enemigo moro. Era un monumento, el primero,
al Descubrimiento de América. Pero el significado de estas tres figuras es, sin embargo,
más sencillo y directamente ligado a la biografía del donante del púlpito. El Cardenal
don Pedro González de Mendoza, hijo del primer marqués de Santillana, fue un hombre de
una gran inteligencia y de un indomable espíritu de superación, en el que también
cabía la ambición. Acumuló cargos y prebendas en gran número, reteniendo varios
obispados y, al fin, el arzobispado de Toledo. Fue obispo de Sigüenza desde 1467 a 1495,
fecha de su muerte. Tuvo cabida cerca de los Papas, y así consiguió nada menos que tres
títulos cardenalicios: fue el primero el de Santa María in Dominica, recibido el 7 de
marzo de 1473, y a poco, el Rey Enrique IV de Castilla, que le había nombrado
recientemente su Canciller Mayor, ordenó que le fuera dado el nombre de Cardenal de
España. Más tarde, Mendoza recibió otro título cardenalicio: el de Santa Cruz,
advocación a la que era devotísimo, por haber nacido un 3 de mayo (1428), celebración
de la Santa Cruz. Gozó además del título de Cardenal de San Jorge.
Son estos nombramientos los que don Pedro González de Mendoza manda representar en
el púlpito que regala a su catedral de Sigüenza. La figura del panel central es Santa
María. El hecho de apoyarse en una nao, o pequeña navecilla, deriva de que la iglesia
romana sede de este título, la de Santa María in Dominica, presidía la llamada plaza de
la navicella o navecilla, de ahí esta curiosa identificación. La figura de la derecha no
es otra que Santa Elena, reina y llevando en su mano derecha una cruz, hoy rota y
desaparecida en esta imagen del púlpito seguntino. Finalmente, la figura de la izquierda
en el púlpito seguntino es la de San Jorge, caballero armado que mata a un dragón. Son,
pues, los tres títulos cardenalicios que don Pedro González de Mendoza obtuvo a lo largo
de su triunfante carrera eclesiástica.
La interpretación, por otra parte, no es difícil, teniendo en cuenta que estos
mismos temas se ven, idénticamente distribuidos, aunque mejor tratados escultóricamente,
en el púlpito gótico de la catedral de Burgo de Osma (Soria) de cuya diócesis fue el
Mendoza administrador, entre los años 1478 y 1483, y donde quiso también dejar su
recuerdo en esta forma.
Además de todo ello, el Cardenal Mendoza, cuyo quinto centenario se ha celebrado
con todos los honores a lo largo del año 1995, dejó en Sigüenza un recuerdo pleno de
admiración y solemnidad. Su nombre, glorioso entonces y magnificado después por
biógrafos y herederos, ha quedado prendido en cada piedra, en cada rayo de luz, en todos
los ecos que por naves y capillas de la seguntina catedral resuenan. Y por todos los
recovecos que la historia y el arte de la provincia de Guadalajara y de Castilla entera
nos ofrecen como eco de la presencia vital de este glorioso personaje.
Antonio
HERRERA CASADO
Cronista Provincial de Guadalajara
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