Guadalajara entera en tus manos

Texto íntegro de la

Lección inaugural del curso 1999-2000 de la UNED

Pronunciado por el Prof. Dr. A. Herrera Casado
en el Salón del Colegio de San José de
Guadalajara

24 Noviembre 1999

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Algunas Claves de la Historia de Guadalajara

En una ocasión como esta, cuando se procede a inaugurar un nuevo Curso Académico en una Universidad que es abierta y plural como la Nacional de Educación a Distancia, parecen estar reunidas las circunstancias que nos permiten analizar, con sosiego y perspectiva, algunas de las claves que a esta ciudad en que estamos, la Guadalajara antigua y moderna, la han llegado a configurar tal como hoy la vemos y entendemos.

Una ciudad es un organismo vivo. Un grandioso ser único en el que caben miles de estructuras, que tienen sentido individual, y al mismo tiempo laten para hacer que viva el grande, el trascendente ser que supera el paso de los tiempos. Esos elementos internos, que viven por sí pero que dan a su vez la vida al grande, cambian además con el paso de los años. La ciudad permanece, y agrega biografías y sucesos a su historia.

De la historia de nuestra ciudad podríamos decir, como de la historia en general decía Miguel de Cervantes, que es *madre de la verdad, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir+. En esa visión única y tripartita que de la vida del hombre nos da el conocimiento de su realidad, hoy atenderemos a la partición primera, la del pasado.

Si hubiéramos de considerar, en una sola lección, la historia de Guadalajara, confesaríamos de entrada la imposibilidad de hacerlo. Tan grande es, tan variada.

Ni siquiera podríamos, en el breve espacio de una hora, resumirla y ofrecerla condensada, porque carecería la exposición de perspectiva homogénea.

He pensado que para esta ocasión, que es amable y académica a un tiempo, sería mejor contemplar simplemente algunos momentos, aislados, del devenir de esta historia: algunas situaciones o detalles que, aun limitando el horizonte a nuestra mirada, nos sirvieran para atisbarlo nítido, y poder tener enfocada la realidad aunque fuera en pequeños fragmentos.

Es por eso que he decidido titular mi intervención como *Algunas claves de la historia de Guadalajara+ y presentarles en escuetas escenas, como si fueran cuadros de una exposición, algunas de las situaciones que, muy limitadas en el tiempo o en el tejido de la historia, son altamente significativas del sentido final que ha adquirido Guadalajara, muy definitorias de su tisular estructura.

Serían estos destellos temas tales como la esencia estratégica de su situación; el momento de la conquista cristiana; los motores de su crecimiento socioeconómico a través de Fueros y Ferias; la convivencia de las tres razas y culturas; el sordo enfrentamiento entre Concejo y los Mendoza; los años de la Atenas alcarreña; la fundación de la fábrica de paños; o el desarrollismo industrial de los años sesenta de nuestro siglo.

Pudieran ser, sin duda, motivo de una lección cada una de estas claves. Pero en brevedad expuestas, y encadenadas una a otra, creo que serán suficientes para darnos una visión, o al menos una sensación, de lo que Guadalajara es y de cómo y porqué se ha llegado hoy a lo que está siendo.

Voy ya, sin más preámbulos a exponerlas.

1 - La conquista de la ciudad. Posición estratégica

Sería la primera clave de Guadalajara su situación geográfica. Es simple imaginar, todos ya lo tienen en su cabeza, la postura del burgo empinado entre dos barrancos y avistando desde su atalaya el grande y caminero valle del Henares. Los hombres de la Edad de Piedra utilizaron las terreras del Henares como espacios de habitación y defensivos. También los celtíberos, los romanos... en definitiva, Guadalajara nace, como ciudad ya en época islámica, de una perfecta utilidad para la defensa y la vigilancia. Es una atalaya, la que otea el valle, y en la proa se pone el alcázar, que va a dar nombre al río primero, y luego a la ciudad: la guadi-l-hichara, el valle grande de las fortalezas.

La Reconquista de Guadalajara

El primer momento clave en la historia de nuestra ciudad es el año 1085. En los anales de la historia de España, el año 1085 es protagonista de un hecho trascendente y capital como pocos: la conquista de Toledo por el reino de Castilla, que a la sazón estaba gobernado por su monarca Alfonso VI. Ese hecho condicionó el paso de muchas otras localidades y territorios a la Corona de Castilla. Entre ellos estaba la ciudad de Guadalajara y buena parte de la Alcarria Baja.

La conquista de Toledo por los cristianos causó sensación en todo el mundo. Debe considerarse, desde un principio, que no era la toma de una simple ciudad, sino la rendición de todo un reino, de un territorio famoso que hasta entonces había pertenecido al área islámica, y que durante mucho tiempo había sido luz de su cultura, y envidiado por su fortaleza, su prosperidad y el bienestar de sus habitantes.

Es ese momento de mayo de 1085 el que nos da una primera clave para identificar el inicio de una andadura: la de la historia de esta ciudad de Guadalajara. Su sentido plenamente islámico, con el que nace, va a ser sustituido de forma drástica por otro cristiano. Cambian los mandatarios y las leyes, cambia la religión oficial, pero no cambia ni uno sólo de los miembros de la comunidad, el pueblo, que sigue siendo el mismo.

Desde dos ángulos diferentes puede observarse esta situación. Desde el meramente legendario, y desde el estrictamente histórico.

Abriendo el capítulo de la leyenda, debemos saber que en su avance hacia el sur, los tropas cristianas de Alfonso VI iban conquistando ciudades y pueblos, en lucha permanente y en asedios continuos, con la visión final puesta en Toledo, la capital del reino. Avanzando por el ancho valle del Henares, y después de haber tomado las fortalezas de Castejón (la actual Jadraque), de Hita y de otros pueblos como Horche, y Uceda, las mesnadas castellanas se situaron frente a las murallas de la ciudad de Wadi-l-Hiyara, poniéndole sitio. Los árabes guadalajareños ofrecieron intensa resistencia, de modo que se veía difícil, por parte del ejército que comandaba Alvar Fáñez de Minaya, tomar el burgo en un período más o menos corto de tiempo.

Para conseguirlo fraguaron un plan: uno de los cristianos, disfrazado de bereber, se introdujo dentro de la ciudad, y a la noche abrió las puertas para que entraran su capitán Alvar Fáñez con su ejército. Antes de ello, pusieron las herraduras de sus caballos al revés, para dejar las huellas en sentido contrario al que realmente habían llevado, y así a la mañana siguiente, los árabes arriacenses pensaron que aquellas huellas eran de otros paisanos que habían salido de madrugada al campo. Cuando realmente muchos de ellos habían salido de la ciudad, a trabajar en los campos cercanos, los hombres de Alvar Fáñez salieron de sus escondrijos y se apoderaron de la ciudad. Por supuesto que la entrada la hicieron, cubiertos con las sombras de la noche, por la puerta que vigilaba el torreón del Cristo de Feria, luego llamada de Alvar Fáñez hasta hoy mismo.

Pero tras la versión legendaria vienen los escuetos datos históricos y las interpretaciones de los indicios existentes. De muy distintas manera trataron los antiguos cronistas este tema de la reconquista. El historiador Núñez de Castro dice que ocurriría el año 1081, cuando en el primero de los cercos que Alfonso VI hizo a Toledo, consiguió la entrega por el rey árabe Al-Qadir de diversos castillos y lugares estratégicos (Canales, Zorita y Canturias). Ya Francisco de Torres nos da la fecha de 1085 como cierta, y explica que la ciudad fue tomada en la misma campaña de Toledo.

En definitiva, un dato es seguro, y es que Guadalajara pasó, en la primavera de 1085, del poder musulmán del reino de Toledo, al cristiano de Alfonso VI de Castilla. Y en la historia de esta nación entró para no salir nunca de ella.

2 - La Guadalajara de las tres culturas
(Judíos, moros y cristianos)

Es muy destacable la evidencia histórica de cómo la ciudad de Guadalajara acogió en una perfecta simbiosis y pacífica convivencia a las tres razas y religiones que durante largos siglos predominaron en sectores muy amplios de la población española: los árabes de un lado con su islamismo practicante; los judíos de la Diáspora, con su hebraísmo rico en tradiciones, y los cristianos de raíz mozárabe e hispanocristiana, o de anclaje nórdico y repoblador, que van imponiendo sus normas a tenor de su neto dominio militar y social.

En Guadalajara se produce esa convivencia de forma ejemplar, siendo quizás el elemento histórico más destacable de la Edad Media, pues de tal pacifismo interno se derivó la riqueza de producciones intelectuales y artísticas, y el rico patrimonio que de aquella época nos ha quedado, al menos en el recuerdo.

Los judíos

Ya existía una importante colonia de judíos durante la hegemonía islámica en la Wadi-l-Hiyara medieval. Durante ese período, entre los siglos VIII al XI, la colonia judía fue numerosa e influyente, ocupando la parte de la ciudad que abarcaba el barrio limitado por las calles actuales de Ingeniero Mariño, Mayor Baja y Benito Hernando. Contaron con cuatro sinagogas, siendo sus nombres la Sinagoga Mayor, la de los Matutes, la del Midras y la de los Toledanos. De una de ellas ha quedado el nombre en una calle de ese barrio. En la cuesta de Calderón existió otra.

El número de los hebreos en la Guadalajara cristiana aumentó en los siglos siguientes, a tenor de la benevolencia mostrada para con ellos en los sucesivos Fueros: en 1133 hay una judería densa en nuestra ciudad; en 1260, Alfonso X otorgó un privilegio a los judíos de Guadalajara, y en 1290 la aljama de esta ciudad pechaba con 16.986 maravedises. En los siglos XIV y XV son cada vez más abundantes y netas las noticias documentales sobre los judíos arriacenses, que cada vez son más numerosos, y más ricos.

La dedicación de los hebreos al comercio y la medicina, les dio prestigio y dinero, teniendo en algunas ocasiones el poder y control de aspectos económicos y sociales. Es especialmente durante los siglos XIII al XV que el grupo judío de Guadalajara adquiere su mayor relieve, tanto en el plano social como cultural, hasta el punto que podría decirse que esta ciudad fue, a lo largo del siglo XIII, el centro de la mística judía en Sefarad.

Desde familias muy influyentes en la economía castellana, como los Bienveniste y los Matutes, que aquí vivieron, hasta los intelectuales, sabios y cabalistas. Fueron numerosos durante la Baja Edad Media los judíos guadalajareños dedicados a las tareas del espíritu, de la poesía, de la Cábala o de la historia. Así cabe recordar aquí a Çag Aboacar, médico que fue de Diego Hurtado de Mendoza, primer duque del Infantado, recibiendo de los Mendoza y de los Reyes de Castilla notables favores. Ello no ha de extrañarnos, pensando que eran gentes cultas, agradables de trato, unos alcarreños más, de muchas generaciones antes. Unos iguales, a pesar de tener otra religión.

El rabí Isaac Abohab fue un sabio que vivió en la segunda mitad del siglo XV. Nacido en Guadalajara, hubo de emigrar, ya viejo, a Portugal, muriendo al año después de su partida, en 1493. Antes, a finales del siglo XIII, Yuçaf Zamanon había sido un famoso cabalista, que actuó como médico personal de la infanta doña Isabel. También cabalista fue Isaac ben Mosé ibn Sahula, gran literato de la Cábala, que en 1281 escribió el Mesal ha-Cadmoní o *Parábola del anciano+, un bloque de sermones morales y místicos. De la familia de los Matut (ricos y generosos, que llegaron a poseer una sinagoga propia, la que se llamó luego *Sinagoga de los Matutes+) fue Samuel Matut, considerado como uno de los más famosos sabios judíos de Castilla, y gran amigo de los Mendoza de su tiempo.

Mosé Arragel fue el más famoso de estos intelectuales a lo largo del siglo XV, realizando una versión en castellano de la Biblia hebrea, entre 1422 y 1433 por encargo del gran maestre calatravo don Luis de Guzmán. Finalmente destaca Mosé ben Sem Tob de León, nacido en Guadalajara en 1240, y aquí residente durante 50 años, adquiriendo su honda formación mística y escribiendo el libro capital de la cabalística judía, el Sefer ha Zohar ó Libro del Esplendor.

A pesar de la expulsión de los hebreos en 1492 por decreto de los Reyes Católicos, muchos de ellos quedaron en Guadalajara, unos convertidos al cristianismo, y otros protegidos por los Mendoza, especialmente por el gran Cardenal don Pedro González.

Los moros

También fue siempre muy numerosa la colonia mudéjar en la Guadalajara cristiana. La reconquista no supuso expulsión ni castigo para sus habitantes, aunque perdieron todo tipo de dominio político o económico. Cuantos quedaron, con el apelativo de mudéjares, se dedicaron a la construcción, a la artesanía, a la alfarería, y a la agricultura. Las murallas de la ciudad y todas las iglesias cristianas elevadas entre los siglos XII al XV fueron realizadas por alarifes mudéjares, que imprimieron un fuerte carácter a Guadalajara con sus ornamentos y modos constructivos. Todavía en los finales del siglo XV, y a lo largo del XVI, veremos numerosos artesanos de origen árabe encargarse de la decoración del palacio del Infantado. El gran número de moriscos que quedaron a vivir en Guadalajara tras la reconquista en 1085 se debió a los Fueros entregados por los monarcas castellanos, que fueron muy benignos con ellos.

En Guadalajara, el barrio de los moriscos y mudéjares (la "aljama" o "almajil", gobernada por un "alamín" o alcalde propio) se localizó en un espacio comprendido entre las antiguas parroquias de San Gil, San Ginés y San Nicolás.

Algunos nombres nos han quedado de aquel grupo y época. A finales del siglo XV figuran como vecinos de Guadalajara el maestro alfarero Muhammad de Daganzo, que vivía en la Alcallería, y el ingeniero moro ó alarife Alí Pullate, que trabajó en las obras del palacio del Infantado. El médico del Almirante don Diego Hurtado de Mendoza, a comienzos del siglo XV, era Muhammad el Xortosí, un mudéjar de Guadalajara que escribió Fragmentos de leyes de moros todavía en el siglo XIV.

Aunque fueran escasos en número, la herencia cultural de los mudéjares arriacenses fue muy intensa, y así ha quedado reflejado en diversos monumentos de la Baja Edad Media que todavía hoy dan esplendor a la ciudad.

Los cristianos

La sociedad cristiana, finalmente la más implantada y dominadora en el sentido político y social, estaba muy estamentada, rígidamente estructurada en clases, que aquí en Guadalajara eran fundamentalmente cuatro:

a) el clero, formado por un nutrido bloque de clérigos ocupados como párrocos, beneficiados, etc., de las iglesias parroquiales de la ciudad, estando todos ellos agrupados en un fuerte *Cabildo de Clérigos+.

b) los *ricos hombres+ o alta nobleza, escasos en número, pero muy influyentes en los asuntos de la ciudad, con *casas mayores+ o palacios donde se centraba la opulencia, la cultura y el prestigio social. Los más notables eran, desde el siglo XIV, los Mendoza y sus adláteres los Orozco, Pecha, Guzmán, Ayala, Valdés, etc. Los Mendoza tuvieron realmente en Guadalajara una corte propia.

c) los hidalgos y caballeros, o baja nobleza, que estaba constituída fundamentalmente por la *clientela+ política de los grandes señores. Venidos de las tierras norteñas de la península, al llamado de los Mendoza, aquí encontraron acogimiento, levantaron sus casonas, y se entretuvieron con oficios menores dentro del general de las armas o los nacientes quehaceres de la burocracia.

d) el pueblo llano, el *común+ ó pecheros, esa gran masa que poblaba la ciudad toda, y la daba vida con su trabajo, sus oficios de todo tipo, su cuidado del campo circundante y la ganadería, etc. Su principal característica, aparte de la de tener muy difícil poder ascender en la escala social de la que ellos estaban en el último escalón, era la que pagaba impuestos al Estado, a la Iglesia y a todo el que aparecía por delante de ellos con mayor poder y fuerza.

3 - Los Fueros y las Ferias

La dinámica social de Guadalajara, en los momentos en que se constituye como ciudad, arranca no sólo de la fuerza de sus hombres y grupos humanos, sino de algunas circunstancias legales y económicas que posibilitan que la ciudad crezca y prospere. Por eso, una tercera clave de la historia arriacense está en la letra y el espíritu de sus Fueros, y en la creación y desarrollo de sus Ferias.

Los dos Fueros de Guadalajara

El más antiguo de ellos fue el concedido en 1133 por el Rey Alfonso VII. De su atento examen, podemos extraer interesantes sugerencias referentes al modo de vida de la ciudad de Guadalajara y sus gentes: en lo que respecta a población y sociedad, vemos que eran muy numerosos los mozárabes, quedando explícitamente reconocido su derecho consuetudinario. Son mencionados también en el Fuero, como habitantes habituales de Guadalajara, los moros y los judíos.

Respecto a la estructura social, colegimos que existía un nivel de jerarquías administrativas judiciales. Estas autoridades iban desde el merino real, representante de la confianza del monarca señor, hasta las jerarquías del Común y el Municipio, que comprendían al Juez, personaje en la pirámide de los representantes populares, elegido por sufragio general; y sus colaboradores los alcaldes y otros aportellados del Común, que ejercían la autoridad en representación de los barrios de la villa y de las aldeas o sesmas del Común.

Existía también el estamento de los caballeros, que formaba la nobleza o caballería urbana, muy abundante y firme auxiliar de la monarquía castellana. En ese clase entraba todo el que tenía caballo, lo mantenía, y guardaba en su casa armas para la guerra. Los que no tenían esos elementos, eran denominados peones, y formaban el elemento más abundante de la sociedad.

En otro extremo de ella se encontraban los clérigos, que sólo reconocían la autoridad directa del Rey y de su Obispo. En la época de concesión de este Fuero, cobraron una inmensa fuerza, pues Alfonso VII fundó el Cabildo de Clérigos de Guadalajara, organización que siempre ejerció una fuerza notable en los asuntos de la ciudad.

En 1219 el rey Fernando III mandó redactar en un gran pergamino adornado del crismón real y rubricado por el monarca y todos sus cortesanos, los temas fundamentales del derecho y la convivencia en la por entonces villa de Guadalajara. Este es el denominado Fuero largo de Guadalajara, en contraposición al anterior de Alfonso VII que se conoce como Fuero corto.

En este Fuero largo, el rey Fernando amplía y detalla finamente cuanto ya se contemplaba en el anterior código. La Carta Magna del Común de Villa y Tierra de Guadalajara constituía así una norma de convivencia, un código general de comportamiento, que trataba de conseguir una sociedad más armónica y pacífica. Esta Carta Magna de la ciudad continuó teniendo un valor real hasta los años del gobierno de los Reyes Católicos en Castilla.

Las Ferias. El comercio en la Guadalajara medieval

Alfonso X el Sabio profesó un gran cariño a Guadalajara. Y prueba de ello fue el privilegio concedido en julio de 1260, en el que autorizaba a que dos veces al año celebrara la villa sendas ferias: una durante once días, a partir de la Pascua (en plena primavera), y otra durante quince jornadas continuadas: ocho antes y ocho después de la festividad de San Lucas (las clásicas de otoño). Y a ellas podían acudir gentes de toda Castilla, tanto cristianos como moros y judíos, sin tener que pagar impuestos por las mercaderías que en ellas vendieran o compraran. Fue esta concesión un decidido apoyo al crecimiento del burgo.

4 - Concejo versus Mendozas
(El Señorío de Guadalajara)

La ciudad comunal y comunera de Guadalajara fue siempre de realengo. A excepción de breves periodos en que algunos reyes concedieron el señorío a familiares (hijas, tías, algún pariente...) el Común de la ciudad no reconoció por señor más que al Rey de Castilla.

Un grupo familiar numeroso, poderoso y muy influyente en los asuntos generales del Estado, cual fue el de la familia Mendoza, nunca pasó de ser, administrativamente hablando, más que el grupo más rico de la ciudad. Pero nunca ejercieron el señorío ni ninguno de sus atributos. Es por ello interesante contemplar, también brevemente y como ejemplo de ese largo y tenso duelo entre el pueblo pechero, pero soberano, y los Mendoza, riquísimos vecinos, algunos detalles de lo que podría ser la lucha estamental por el control político de la ciudad.

Por su estructura comunal desde el momento de la Reconquista, Guadalajara no conoció otro poder superior a su Concejo que el del propio Rey. El monarca castellano era su único y más alto señor, y a él solo se le debían los impuestos, y su corte administraba la justicia en apelación que superaba las atribuciones del juez del Común.

Desde el siglo XIV aparecen en Guadalajara, en calidad de vecinos, los Mendoza que tras la subida al trono de Enrique II se colocan en los lugares preeminentes de la Administración del Reino. Aunque la ciudad sólo reconocía el señorío de iure del Rey de Castilla, lo cierto es que la autoridad máxima, y el poder todo, recayó desde finales de ese siglo en los Mendoza, y más concretamente en los titulares de su mayorazgo. )Cómo llegó a ocurrir ésto?

Fue en 1395 cuando, reunidos en Concejo los Alcaldes, Regidores, Jurados, Diputados, caballeros, pecheros y hombres buenos de Guadalajara, acordaron entregar al Almirante don Diego Hurtado de Mendoza la capacidad de elegir por su mano todos los oficios públicos y cargos del Concejo. Así dijeron estos hombres: Señor, esta Republica se halla tan beneficiada de Vuestra Excelencia, y ha experimentado tan grandes mercedes y beneficios, que no pudiendo pagar tan buenas obras, reconociendo a Vuestra Excelencia por padre de su Patria, ponemos en su mano la eleccion de todos los oficios de Guadalaxara.... Esta actitud concedía al Mendoza un señorío de hecho, aunque no de derecho, repetido todos los años el día de San Miguel.

Ocurrió desde entonces que el 29 de septiembre de cada año, se juntaban los Alcaldes, Regidores, Jurados y todos los demás miembros del Concejo en la iglesia de San Gil, en su interior, levantándose el escribano del Ayuntamiento, diciendo en voz muy alta: )Qué mandan vuesas mercedes que se haga este año de elección de oficios?, a lo que el Procurador General respondía: Por quitar debates de suertes y votos, y evitar rencillas y pleitos, dése la elección al Señor Almirante de Castilla, don Diego Hurtado de Mendoza, que la hará mejor que nosotros, y con mayor Pro de esta República. Y respondían todos: Dénsela, dénsela. Entraba entonces el secretario del Almirante (o del Mendoza de turno a quien correspondiera el privilegio) con un pergamino en el que iba escrita la lista de los elegidos, y entregándosela al Escribano del Concejo, éste la leía en voz alta.

Luego, desde San Gil se dirigían todos en alegre comitiva hasta el palacio mendocino, donde con mucha veneración pasaban a besar las manos del Almirante, echando éste el correspondiente discurso. Subían luego al Ayuntamiento, en la Plaza Mayor de la ciudad, y el escribano nuevamente, saliendo al balcón principal, proclamaba los nombres de los elegidos. Estos juraban a continuación sus cargos. Poco después, del mismo modo, la ciudad dio al Almirante la capacidad que el Concejo tenía de nombrar los procuradores en Cortes.

Este *señorío de hecho+ sobre la ciudad duró exactamente 170 años, y durante todo el siglo XV funcionó el sistema sin protestas, con una soterrada ira del pueblo ante una situación muy difícil de cambiar. Pero a mediados del XVI, y tras la Guerra de las Comunidades, que tanto hizo removerse las capas sociales arriacenses, un grupo de hidalgos, letrados y gentes del Concejo movieron pleito al cuarto duque del Infantado, reclamándole el derecho (entregado cada año) de elegir el propio pueblo a sus representantes. Se llevó a la justicia, y después de 26 años la Real Chancillería de Valladolid dio sentencia favorable al Ayuntamiento arriacense, en 1543. Apeló el duque, no llegando la sentencia definitiva, también favorable a las tesis ciudadanas, hasta 1565. Desde entonces, el Concejo de Guadalajara se administró a sí mismo, y entre sus miembros se decidieron los asuntos y las elecciones de cada año.

5 - La cultura y el arte del Renacimiento

Durante el siglo XVI, la ciudad de Guadalajara es conocida como la Atenas Alcarreña. Esto fue especialmente notorio durante la etapa de gobierno del cuarto duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza, en un período que abarca el segundo tercio de esa centuria.

Desde el primer marqués de Santillana, Guadalajara fue asiento de una Corte especialmente dada al cultivo del intelecto, al ejercicio literario, y a la puesta en práctica de las artes que novedosas van llegando de Italia. Al primer marqués, que casi toda su vida pasó en Guadalajara, se le ha aplicado el calificativo de *introductor del Renacimiento en Castilla+, y fue su nieto el segundo Conde de Tendilla, tras su viaje diplomático a Italia en 1486, quien con mayor fuerza apoyó la introducción de las normas renacentistas en la sociedad castellana.

No es de extrañar que durante el siglo XVI los Mendoza continuaran esa tarea de protección. Y que ello redundara de forma clara, trascendente, en la evolución de la forma de vida y la imagen que de Guadalajara se tuvo dentro y fuera de sus propios límites.

Solamente en el aspecto arquitectónico, el que da rostro a la ciudad, las construcciones de principios de siglo son llevadas a cabo por Lorenzo Vázquez, el arquitecto preferido de los Mendoza, y el palacio del Infantado se muestra como la reluciente joya que transita a caballo entre dos épocas que se superponen: el Medievo y el Renacimiento.

En la ciudad surgen otros monumentos con función de palacios para la nobleza media (los condes de Coruña, los Bedoya, los Labastida, los condes de Medina, los marqueses de Montesclaros) y en el mundo religioso surgen nuevas iglesias y conventos, dictadas sus siluetas por las normas más modernas del Renacimiento. Si en la Piedad y en la capilla de los Zúñiga de Santa Clara es Alonso de Covarrubias quien talla sus grutescos, junto a San Miguel será Luis de Lucena quien hace elevar su capilla de formas mudéjares e interior con pinturas manieristas de Cincinato, mientras que en la iglesia de los Remedios el obispo de Salamanca encargará a Orejón que levante un templo a imagen especular de los que él ha visto con admiración en Trento.

Guadalajara es así, a finales del siglo XVI, una ciudad moderna, cuajada de magníficos edificios que se apiñan unos junto a otros, expresión de una riqueza y un espíritu innovador del que no todas las ciudades de Castilla podían hacer gala.

Si hubiera que personificar en alguien y en algo ese instante clave de la cultura del Renacimiento en Guadalajara, habría que hacerlo en el cuarto duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza, y en la corte literaria y artística, erudita y galante que creó en su torno, en los salones de su casa mayor, y por la que nuestra ciudad recibió entonces el apelativo de *la Atenas alcarreña+.

Entre los escritores protegidos por el duque, debe ser recordado Luis Gálvez de Montalvo, poeta y novelista que tomó los fundamentos de su obra El Pastor de Filida entre los personajes que poblaban la corte del duque. También al historiador Francisco de Medina y de Mendoza protegió el duque. El padre del científico, llamado Francisco de Medina, había sido capitán de los comuneros en Guadalajara, cuando el joven duque se dió a esta aventura. Luego, llegado éste al poder, protegió a la familia Medina, y al joven Francisco le ocupó en investigar las glorias familiares mendocinas, tarea de la que resultaron varios tomos en su mayor parte hoy perdidos: los Anales de la ciudad de Guadalajara, la Genealogía de la familia Mendoza, la Vida del Cardenal don Pedro Gonzalez de Mendoza y un buen resumen biográfico del Cardenal Cisneros, que sirvió para que otro protegido del duque, el humanista toledano Alvar Gomez de Castro, escribiera su magnífica biografía, en latín, del purpurado regente. Este escritor excelso dedicó al duque, en prueba de afecto y agradecimiento, varias de sus mejores obras. Así, sus Cartas de Marco Bruto, traducidas del griego en romance, y sus Obras de Epicteto traducidas de la versión latina del Poliziano. Refería Gómez de Castro a su amigo Juan de Vergara que en muchas ocasiones entablaba largas conversaciones con el duque sobre asuntos literarios e históricos, y en diversos momentos le califica de príncipe sapientísimo. Parece como si, por un momento, estuviéramos hablando de un grupo de toscanos que beben seguros del manantial de la Antigüedad clásica. Pero no es así: en una ciudad, sencilla y antigua, de la Castilla eterna, se unían estos seres y se entrelazaban por su común interés en el humanismo más riguroso.

Otros autores fueron protegidos del duque. Así, Pedro Núñez de Avendaño, de ilustre familia arriacense dedicó al duque su libro Aviso de Cazadores y Caza, y el biólogo campiñero Antonio de Aguilera ofreció en 1571 una obra médica por él escrita al magnate que le había protegido. De algunos otros personajes de la Atenas alcarreña, como el sabio médico y arquitecto Luis de Lucena, o el poeta latino Alvar Gómez de Ciudad de Real, ambos pertenecientes a familias muy destacadas de Guadalajara, podemos incluso decir que hacia 1530-35 hubieron de emigrar a Italia, no volviendo ya nunca de allí. Es muy posible que las ideas paraluteranas que circulaban en los salones ducales, y a las que éllos fueron especialmente adictos, les obligara a una salida precipitada de la ciudad.

Pero la muestra más elocuente del humanismo que protegía don Iñigo Lopez de Mendoza en su palacio de Guadalajara, nos la ofrece el hecho de que él mismo escribiera y publicara en él un libro que le sitúa en la nómina de los mejores humanistas hispanos. De sus lecturas múltiples, de sus charlas largas con los sabios, de su curiosiad y tesón por aprender, le vino la erudición que permitió elaborar una obra en la que, al modo de las paralelas biografías de Plutarco, él fue poniendo *paralelos fastos+ del mundo antiguo y contemporáneo, obteniendo una visión singular, erudita y valiosísima de su propio mundo. Este libro lleva por título Memorial de Cosas Notables y fue impreso en Guadalajara, en las salas bajas del propio palacio ducal, con máquinas y personal traídos de Alcalá por el duque.

6 - La Fábrica de Paños

Avanzado el tiempo, y con los Mendoza ya lejos de la ciudad, abandonada casi del todo su gran casa alcarreña, Guadalajara mantiene una situación de difícil equilibrio entre la abulia y la orfandad. Tras una terrible Guerra de Sucesión que viene a ser una auténtica *guerra europea+ desarrollada en territorio hispano, los sufrimientos de la población alcarreña unidos a su favorable intervención en la llegada de los Borbones al trono, propician que el nuevo gobierno de Felipe V, ya afirmado en el poder del Estado, se ocupe generosamente de restaurar a Guadalajara como merecía. Y dentro del plan elaborado para alcanzar la modernización y salir del secular atraso de la economía española, se programó la instalación de una Fábrica de Paños en nuestra ciudad. En 1714 hizo Pedro Astruq un primer proyecto, montando una pequeña fábrica. Pero es en 1718 que el Cardenal Alberoni decide instalar una auténtica fábrica de paños finos, al estilo de los que se hacían en Holanda e Inglaterra. Le confía el proyecto al barón de Ripperdá, quien asume entonces la dirección del proyecto. Se eligió el palacio de los marqueses de Montesclaros, frente por frente al del Infantado, para instalar la fábrica. Como los alcarreños no estaban muy dispuestos a trabajar en esta fábrica, Ripperdá no dudó en traer a 80 familias de Holanda (de Leyden concretamente) y a su mando un *director fabricante+ llamado Guillermo Turing. Además trajo de la Casa de Expósitos de Madrid a 74 niños para que fueran aprendiendo el oficio y colaborando como aprendices en la puesta en marcha. Múltiples avatares hicieron oscilar la riqueza de la fábrica, de sus operarios y de la ciudad. Tras la Guerra de la Independencia, se cerró, suponiendo su desaparición una nueva pérdida de población en la ciudad, y una merma de su economía y nivel de vida. En su edificio se instalaría, años después, la Academia de Ingenieros Militares.

7 - Los años 60 del siglo XX

Hay, ya en nuestro siglo, otro momento de especial relevancia en Guadalajara. Después de la atonía del diecinueve, y con un veinte cuajado de guerras y desgracias, llega un momento en el que se abren perspectivas ilusionantes, enseguida confirmadas.

Parte la iniciativa de un alcalde carismático y preocupado por el porvenir de la ciudad que le han encomendado dirigir. Don Pedro Sanz Vázquez, médico cirujano, y muy prestigioso por su capacidad de trabajo e iniciativa, se mueve en las altas esferas del gobierno franquista, consiguiendo la elaboración de un Decreto de la Presidencia del Gobierno, fechado el 26 de diciembre de 1958, por el que se nombra una Comisión Interministerial para estudiar y proponer los núcleos de descongestión de Madrid. Entre ellos figura Guadalajara. Casi un año después, el 23 de octubre del cincuenta y nueve, el Consejo de Ministros fija la extensión de los nuevos polígonos residenciales de Guadalajara en 259 hectáreas. Es ese un momento clave, un momento en el que se inicia una nueva etapa, y posiblementre una nueva Era, en la historia de Guadalajara. Una fecha que conviene recordar, y que en su momento fue señalada y aplaudida por una manifestación de más de 5.000 personas que acudieron a demostrar su alegría por esta consecución, vitoreando al alcalde por la Plaza y la Calle Mayor. A partir de 1960, en Guadalajara se inicia el planteamiento y construcción de los llamados Polígonos de Descongestión de Madrid. El Polígono del Balconcillo, como residencial, y el Polígono del Henares, como industrial. Ello supone la desviación en variante de la carretera Nacional II, la construcción de nuevos embalses en las cabeceras de los ríos serranos, e incluso en la ciudad la reconstrucción de su más emblemático y monumental edificio, el Palacio de los Duques del Infantado, destruido durante la Guerra.

La dinámica social, con una Transición política de la Dictadura a la Democracia entre medias, y el desarrollo económico, hacen que Guadalajara cambie radicalmente y se convierta en una ciudad moderna, tranquila siempre, y progresivamente ensanchada radialmente, alcanzando hoy una población de más de 70.000 habitantes, la más alta cota de su historia, y expandiéndose a ambos lados de los antiguos barrancos que la abrazan.

Entre las muchas cosas que ha recibido Guadalajara, y sus habitantes se han encargado de mantener y mejorar, están las inherentes a la educación, destacando en ellas la instalación en la ciudad de algunas Escuelas y Facultades de la renacida Universidad de Alcalá, y más recientemente, la creación de un Centro Asociado a la Universidad Nacional a Distancia, que en los pocos años que lleva en funcionamiento ha conseguido ser un referente valioso y solicitado por cientos, ya miles, de ciudadanos de Guadalajara. No es exagerado decir que es esta, sin duda, una clave más para entender no ya el presente, sino el futuro de la historia de Guadalajara, que en esta primera lección del curso hemos analizado, aunque en breves acotaciones puntuales, con la intención de tener una visión amplia y sobre todo abierta de lo que esta ciudad ha sido, por el empeño y la tenacidad de sus habitantes.

Muchas gracias.

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