Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha
Revista Virtual El Curioso Impertinente
nº 1 - marzo 2001

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Antonio Buero Vallejo, dramaturgo excepcional

Homenaje a Buero Vallejo

Retrato del artista adolescente

por Alfredo Villaverde

La mañana es tibia, transparente, y la luz de primavera parece trenzar en las fachadas una guirnalda de colores nuevos como si la ciudad despertara de un letargo de siglos para compartir con la naturaleza este renacimiento de los sentidos. Antonio cruza la Plaza Mayor y en una instantánea, sin detenerse graba en su memoria los perfiles: el macizo contorno del edificio Consistorial, la airosa bandera tricolor, los soportales que se despojan de la niebla gris del invierno, el revoloteo de las faldas adolescentes que acuden, como él. al Instituto "Brianda de Mendoza" a recoger las notas del examen de Estado. Luego, cuando regrese a casa, con el pasaporte franco para cumplir su primer sueño, el estudiar en la escuela de Bellas Artes de Madrid, abrirá el bloc de dibujo y con su mano impaciente pero ya hábil y segura, pintará este paisaje urbano para conservarlo allí entre el apunte de un autorretrato y el carboncillo de una airosa palmera en el claustro del que fuera convento de la Piedad.

Cuando la tarde tiende su velo de sombras en la casa y Antonio abandona lápices y pinceles, su mirada recorre el salón y en la penumbra quiere imaginar que el viejo aparador es un frondoso nogal y que la mesa alimenta su crujido familiar con el mismo grano que la trilla desmenuza a su paso en los altos del Sotillo donde acude a pasear en el sofocante julio de Guadalajara. Sin embargo, al llegar a la cómoda, hay algo que, como siempre, le hace sonreír. Allí está su foto de primer aniversario, con la pilila al aire y la pierna derecha alzada y en precario equilibrio, como si en realidad le sobrase y lo que hubiese querido tener fueran dos izquierdas. Al mirarla, como un relámpago, tiene a su memoria el recuerdo más temprano que guarda de sí mismo y que cobra realidad aquí mismo, en esta misma habitación. Él es muy pequeño, tendrá como tres o cuatro años y a su lado dormita el "Trueno" un perrillo fraterno con el que suele hablar a menudo. Ambos están tumbados en el suelo alfombrado, mientras su padre escribe en la mesa camilla bajo la luz de una lámpara. Desde el hueco de su cuerpo superior, en la mesa de despacho que su padre no utiliza en ese momento, refulge en la penumbra la antigua escribanía plateada de dos tinteros, entre los cuales se yergue la estatuilla de un viejo timonel ante un calado respaldo de volutas. Terminan dos de ellas en redondos resaltes extrañamente relucientes, que mira fascinado. Pues ve, lo imagina, lo ve con nitidez, que esas dos bolitas son dos pequeños diamantes de facetas exquisitamente talladas. "Papá súbame Quiero esos brillantes". El padre pregunta:")Qué brillantes?". Al señalar la escribanía el niega que tenga dos brillantes engastados. Pero la impresión es tan real que finalmente cede a su deseos hasta levantarle en vilo y acercarle a las mágicas joyas Antonio la contempla detenidamente y las toca hasta convencerse de que solo son dos engastes de metal. Y ahora, los ve refulgir otra vez en la penumbra, su guiños parecen darle a entender que en realidad, tras su humilde metal esconden verdaderamente el esplendor magnífico de los diamantes. Lo que le hace pensar que tras la realidad late siempre la fantasía creadora del artista, y que éste habrá de recrear una en la otra para dar su visión más auténtica de la vida. Finalmente, se acerca al balcón y atisba desde allí las presencias que cruzan la calle, arriba y abajo, y cree reconocer la de su padre en aquella que camina con paso rápido y firme o la de su amigo Miguel Alonso en esa otra que pasa con ligereza y prontitud, hasta la Claudio Pizarro, su profesor de Latín, en esa otra pesada y bamboleante. No quiere acercarse más. No quiere que la luz desvele esas figuras y se revelen ante él como desconocidas, ajenas, anónimas. Le gustaría no tener que preguntarse nunca

-Y ese quién es?. -De dónde viene? -Hacia dónde va?.

La llaga de la noche va penetrando en sus pupilas, va cegándolo hasta que sólo parecen existir en la oscuridad los latidos acompasados de su corazón que él ya no sabe tampoco si le pertenecen. De golpe, algo quiebra el misterio y allá a lo lejos, se escuchan las voces de dos mujeres que han cruzado sus pasos en la escalera de la casa:

-¿Y qué tal todo?.

-Ya sabe Vd., tirando. Mi Antoñito se nos va a Madrid, a estudiar Bellas Artes .

_¿Y don Francisco?.

-Con su tarea.

-Sí, sí. Desde luego el Ejército es hoy más necesario que nunca.

-Ustedes sigan bien.

-Lo mismo deseo en su casa.

Oye a su madre trastear en la cerradura allí, inmóvil en un rincón. Una de las cosas que más le gustan es oír sus pasos ligeros, como de niña, y esa vivacidad con la que hace que todo despierte en el interior de la casa bajo el influjo de su energía, de su amor que ha encendido esta ardiente oscuridad por un momento.

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