Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha
Revista Virtual El Curioso Impertinente
nº 1 - marzo 2001

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Antonio Buero Vallejo, dramaturgo excepcional

Homenaje a Buero Vallejo

La metafísica en Buero Vallejo

por Nicolás del Hierro

Era ya el comienzo del otoño, pero cuando los árboles todavía conservan su gran número de hojas, en una Guadalajara pequeña, más provinciana por su cercanía a Madrid, nació entonces y allí, cuando septiembre estaba finalizando, Antonio, Antonio Buero Vallejo, niño que conservó siempre el amor como cultivo principal del hombre, niño que venía, como se ha escrito tantas veces, para pintor; un pintor al que la guerra le rompió sus pinceles como discípulo, ya en Madrid, de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, y le embadurnó los primeros y limpios colores de su paleta, tintando de gris los juveniles años/lienzo de su existencia. Las bombas le mataron su ilusión inicial. Las absurdas bombas y las guerras inútiles hicieron del pintor adolescente una esperanza sin futuro; pero al tiempo llenaron de porvenir la dramaturgia del hombre que, como joven, se había curtido en los desengaños de unos, en las ambiciones de otros y en las atrocidades de no pocos.

Las vicisitudes y los años, los trágicos acontecimientos señalaron a su juventud otros caminos para la expresión, y el color se convirtió en palabra con que llegar al ser humano, el lienzo en personaje teatral y el bastidor en la gran embocadura de un escenario. Tuvo, entre otras muchas cosas, para ello que bajar y subir una escalera, penetrar en la ardiente oscuridad, poner las cartas boca abajo, buscar un soñador para un pueblo enseñarnos las meninas a través de un tragaluz donde nos deleitaba con el concierto de San Ovidio que, como llegada de los dioses, nos acercaba al sueño de la razón. Todo ello para contarnos la historia de su tiempo, nuestro tiempo, a la manera de "un teatro de intención trágica pero abierto a las mayores esperanzas humanas".

Hombre sentimental, aunque de apariencia fría, como él mismo se definiera, le gustaba en ocasiones detenerse en las taras psíquicas y físicas para llegar a la conmiseración dramática de las mismas y plantearlas en sus obras como inquietud social que, así mismo, y no sin cierto mesianismo, nos acercaba a las propias taras sociales en "un interés por el pobre ser humano y por sus que Buero Vallejo, buscaba un limitaciones y sus desgracias". Y es que Buero Vallejo, buscaba un trasfondo humano en todo o casi todo cuanto de su palabra se ponía en escena. Pues, aunque lo social esté presente en buen número de sus obras, flota en el conjunto de su estética una ética superior a la cualidad social que aparentemente nos está ofreciendo su representación.

Es fácil adivinar cómo la razón del humanismo y la degradación del ser por otro ser, empleando éste aditamentos extranaturales, inquietaron siempre al hombre que al autor inspiraba. Así nace su obra como en un tropel de soledades masivas, cómo y por una consecuencia impulsada desde la unidad de un todo. Consecuente con su pensamiento, un pensamiento de armonía humana, bucea profundamente en los entramados de los torpes existencialismos como en la triste gama de las esperanza fallidas que percibe y contempla, le conmueven hasta en la propia calle. A pesar de ello, considero que no es lo social lo que principalmente su teatro, si no que, la gran mayoría de las veces lo interesa que busca a través del personaje es su condición metafísica. Nos está dando una visión realista de las cosas y su entorno a través de la palabra y la acción que nos llega desde la escena, sin embargo hay en todo ello una mayor intencionalidad. La simbología que desde la ceguera percibimos mientras contemplamos El concierto de San Ovidio o En la ardiente oscuridad, nos está induciendo a mundos más allá de la visión. Igual sucede con el símbolo de la sordera, en la complicidad y dispersión de los problemas vecinales, o cuanto los sueños y sufrimientos representan. Difícil, imposible significar todo esto, o una parte principal al menos, en el breve acto de un homenaje donde, por añadidura, somos varios los intervinientes. Yo me inclino a pensar que toda esta gran armonía de la estética humanista que se aloja en la dramaturgia de Buero tiene sus cimientos en los rotos pinceles del aprendiz de pintor y en los colores que se quedaron secos en su juvenil paleta, y que luego el hombre, el escritor y dramaturgo han sabido llevar magistralmente a la escena porque, como dice uno de su personajes, había que "seguir modelando a esta bella España, y dar un poco de luz y de alegría a algunos corazones angustiados que la merecen".

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