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Revista Virtual El Curioso Impertinente
nº 1 - marzo 2001

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Antonio Buero Vallejo, dramaturgo excepcional

Homenaje a Buero Vallejo

El Teatro de Buero Vallejo, como gran metáfora del posibilismo

por Florencio Martínez Ruiz

En la polémica del compromiso "engagé" se decidió por la defensa del hombre total.
Una vez muerto Antonio Buero Vallejo y a la hora de colocarlo en nuestra laica gloria de Bernini, nada mejor que quedarnos con su aportación más definitoria no tanto de su inmensa categoría de dramaturgo como de su condición humana: la conciencia que pudo tomar de sí mismo, de la sociedad que le rodeaba y de la España que formaba parte de sus tribulaciones. Pocos españoles -por no decir ninguno- se sentaron como él al lado de España en sus escasas fortunas y en desgracias sin cuento. Sujeto más paciente que nadie, en vez de quedarse a "verlas venir" como un Diógenes al Sol, se dolió patéticamente como un Job casi bíblico salvando así el honor de su generación, sin un renuncio y sorteando a fuerza de lucidez la moral pragmática de su época.
Hablo de ese Buero Vallejo que en vez de hacer trofeos de sus propias desgracias -(la muerte del padre durante al Guerra Civil, cárcel y pena de muerte incomprensiones radicales de las jóvenes generaciones, el olvido del Nobel que yo sé que esperaba, etc.)- se puso a aplicar la mano sobre la herida, dentro de sus posibilidades. Con ello vino a cargar -como Vallejo hispanoamericano- con su cruz. Y si no era el redentor esperado al menos trabajó honestamente para ser un cirineo y aliviar la carga de una autarquía que nos aplastaba a todos. Hoy que se han serenado los ánimos suficientemente para acenturar sus líneas estéticas, pero sobre todo éticas, hemos de decir que su posibilismo tan criticado, que su desafío honesto y a contracorriente y su tenaz esperanza contra la esperanza, han resultado ejemplares y proféticos.
Recordemos que en un momento de nuestra realidad teatral, tras el manifiesto de Alfonso Sastre sobre el compromiso del dramaturgo con respecto de los problemas de su tiempo, o lo que es igual, a la valentía necesaria del dramaturgo para decir su protesta, aquí y ahora, dentro de las coordenadas reales de la sociedad, Buero Vallejo cogió el guante de Sastre y frente al desaliento de una situación tan compacta y negativa, defendió una postura absolutamente digna que intentaba en todo caso salvar las dificultades impuestas para salvarse por distintos medios. Y llegar, que era lo suyo, al espectador...
Gracias a ese empeño y a esa actitud, que se conoce emblemáticamente como posibilismo, Buero Vallejo ha desarrollado una carrera teatral intensa y continuada que le consagra como el mejor dramaturgo español de la posguerra.
Ha hecho algo más firme que ensayar sus técnicas simbolistas y alegóricas, mucha más que empeñarse en llegar al limite de lo permisible pues siempre pretendió de una parte iluminar un período histórico de nuestro país ofreciendo sobre ese contexto ardiente una teología dramática: la visión del hombre y del mundo. Todo ello sin desmontarse de su tragicidad, sin abusar de la escenografía. imponiendo su situación existencial en busca de la catarsis, de la salvación purificadora al modo de los griegos clásicos.
Para Antonio Buero -y de ahí su lucha por encontrar la esperanza frente a la desesperanza- el hombre debe edificarse desde sí mismo superando el dolor y el miedo, marcando su propia huella. Siempre inasequible al desaliento su obra intenta "corregir" el "fatum", mediante una dramaturgia que opone la voluntad del hombre a la fuerza infalible del destino. Y en la lucidez por encontrar la luz en las situaciones más desesperadas radica la génesis, la fuerza y la convicción de su teatro. Todo ello condiciona -creemos que para bien los aspectos formales y de su aportación escénica.
Nuestro autor conspira siempre a un resultado en el que se encuentran sin duda concertados por su genial capacidad para el diálogo, todos los elementos artísticos, literarios, realistas o simbólicos sobre los que el hombre -(como ha señalado García Lorca)- está siempre preguntándose y respondiendo sobre su existencia. Es cierto que la atmósfera es asfixiante en Buero Vallejo, así como deprimente la historia, aunque nunca tanto como para relevar al individuo de sus responsabilidades y a la sociedad de su inmovilismo. Desde "Historia de una escalera", hasta "Misión al pueblo desierto" se postula una revolución silenciosa para educar a las masas, para lograr la mediación del arte y en razón de la convivencia entre los españoles. Solución cada vez más conciliadora la de su teatro en el que si a veces zahiere con su escalpelo ("La doble vida del doctor Walmy" o "La condecoración") siempre introduce ese poder catártico, como decimos, para lograr un pacto de entendimiento. Buero -con traumas o sin ellos- tanto en sus dramas históricos como "Las Meninas", "El tragaluz", "Un soñador para un pueblo", como en aquellos otros dramas más sublimatorios como "La Fundación", exhibe su compromiso humano. Y para ello -por sus limitaciones y sus obligaciones de superarlas- basa su teatro sobre su conciencia. Imposible callar que un teatro que se desarrolla bajo la fatal mirada de los dioses que "no siempre llegan", en una escalera, en una azotea, en un sotabanco, en un asilo, en un pueblo abandonado, en el zaquizami de un pintor, etc., atiza la metáfora de la posibilista y contingente condición de todos nosotros los hombres de este tiempo.

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