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Homenaje
a Buero Vallejo
El
Teatro de Buero Vallejo, como gran metáfora del posibilismo
por Florencio Martínez
Ruiz
En la polémica del
compromiso "engagé" se decidió por la defensa del hombre
total.
Una vez muerto Antonio Buero Vallejo
y a la hora de colocarlo en nuestra laica gloria de Bernini, nada mejor
que quedarnos con su aportación más definitoria no tanto de su inmensa
categoría de dramaturgo como de su condición humana: la conciencia que
pudo tomar de sí mismo, de la sociedad que le rodeaba y de la España
que formaba parte de sus tribulaciones. Pocos españoles -por no decir
ninguno- se sentaron como él al lado de España en sus escasas fortunas
y en desgracias sin cuento. Sujeto más paciente que nadie, en vez de
quedarse a "verlas venir" como un Diógenes al Sol, se dolió
patéticamente como un Job casi bíblico salvando así el honor de su
generación, sin un renuncio y sorteando a fuerza de lucidez la moral
pragmática de su época.
Hablo de ese Buero Vallejo que en vez de hacer trofeos de sus propias
desgracias -(la muerte del padre durante al Guerra Civil, cárcel y pena
de muerte incomprensiones radicales de las jóvenes generaciones, el
olvido del Nobel que yo sé que esperaba, etc.)- se puso a aplicar la
mano sobre la herida, dentro de sus posibilidades. Con ello vino a
cargar -como Vallejo hispanoamericano- con su cruz. Y si no era el
redentor esperado al menos trabajó honestamente para ser un cirineo y
aliviar la carga de una autarquía que nos aplastaba a todos. Hoy que se
han serenado los ánimos suficientemente para acenturar sus líneas
estéticas, pero sobre todo éticas, hemos de decir que su posibilismo
tan criticado, que su desafío honesto y a contracorriente y su tenaz
esperanza contra la esperanza, han resultado ejemplares y proféticos.
Recordemos que en un momento de nuestra realidad teatral, tras el
manifiesto de Alfonso Sastre sobre el compromiso del dramaturgo con
respecto de los problemas de su tiempo, o lo que es igual, a la
valentía necesaria del dramaturgo para decir su protesta, aquí y
ahora, dentro de las coordenadas reales de la sociedad, Buero Vallejo
cogió el guante de Sastre y frente al desaliento de una situación tan
compacta y negativa, defendió una postura absolutamente digna que
intentaba en todo caso salvar las dificultades impuestas para salvarse
por distintos medios. Y llegar, que era lo suyo, al espectador...
Gracias a ese empeño y a esa actitud, que se conoce emblemáticamente
como posibilismo, Buero Vallejo ha desarrollado una carrera teatral
intensa y continuada que le consagra como el mejor dramaturgo español
de la posguerra.
Ha hecho algo más firme que ensayar sus técnicas simbolistas y
alegóricas, mucha más que empeñarse en llegar al limite de lo
permisible pues siempre pretendió de una parte iluminar un período
histórico de nuestro país ofreciendo sobre ese contexto ardiente una
teología dramática: la visión del hombre y del mundo. Todo ello sin
desmontarse de su tragicidad, sin abusar de la escenografía. imponiendo
su situación existencial en busca de la catarsis, de la salvación
purificadora al modo de los griegos clásicos.
Para Antonio Buero -y de ahí su lucha por encontrar la esperanza frente
a la desesperanza- el hombre debe edificarse desde sí mismo superando
el dolor y el miedo, marcando su propia huella. Siempre inasequible al
desaliento su obra intenta "corregir" el "fatum",
mediante una dramaturgia que opone la voluntad del hombre a la fuerza
infalible del destino. Y en la lucidez por encontrar la luz en las
situaciones más desesperadas radica la génesis, la fuerza y la
convicción de su teatro. Todo ello condiciona -creemos que para bien
los aspectos formales y de su aportación escénica.
Nuestro autor conspira siempre a un resultado en el que se encuentran
sin duda concertados por su genial capacidad para el diálogo, todos los
elementos artísticos, literarios, realistas o simbólicos sobre los que
el hombre -(como ha señalado García Lorca)- está siempre
preguntándose y respondiendo sobre su existencia. Es cierto que la
atmósfera es asfixiante en Buero Vallejo, así como deprimente la
historia, aunque nunca tanto como para relevar al individuo de sus
responsabilidades y a la sociedad de su inmovilismo. Desde
"Historia de una escalera", hasta "Misión al pueblo
desierto" se postula una revolución silenciosa para educar a las
masas, para lograr la mediación del arte y en razón de la convivencia
entre los españoles. Solución cada vez más conciliadora la de su
teatro en el que si a veces zahiere con su escalpelo ("La doble
vida del doctor Walmy" o "La condecoración") siempre
introduce ese poder catártico, como decimos, para lograr un pacto de
entendimiento. Buero -con traumas o sin ellos- tanto en sus dramas
históricos como "Las Meninas", "El tragaluz",
"Un soñador para un pueblo", como en aquellos otros dramas
más sublimatorios como "La Fundación", exhibe su compromiso
humano. Y para ello -por sus limitaciones y sus obligaciones de
superarlas- basa su teatro sobre su conciencia. Imposible callar que un
teatro que se desarrolla bajo la fatal mirada de los dioses que "no
siempre llegan", en una escalera, en una azotea, en un sotabanco,
en un asilo, en un pueblo abandonado, en el zaquizami de un pintor,
etc., atiza la metáfora de la posibilista y contingente condición de
todos nosotros los hombres de este tiempo.
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