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Homenaje
a Buero Vallejo
La
terna ingratitud
por José López
Martínez
Aunque en los últimos
tiempos, tanto los estudioso del teatro español como los críticos
hemos comentado, incluso de manera exhaustiva, la vida y la obra del
dramaturgo al que hoy rendimos homenaje, cierto es que siempre quedan
flecos y detalles que sorprenden y duele. Sobre todo cuando se trata de
un hombre que ajustó el rumbo y el ritmo de su vida a un riguroso
decálogo de conducta, a veces contraviniendo los deseos de su propia
familia, principalmente los de su padre. Antonio Buero Vallejo la
repitió muchas veces: "Había un impulso instintivo en mí de ir
por el camino adecuado". Eran los años tremendos de la guerra
civil, pero también incluso, a lo largo de los últimos treinta años.
Pensaba el dramaturgo que toda obra de arte -y el teatro lo es en grado
sumo- debe tener su fundamento en la conciencia del propio autor, pese a
quien pese.
Los estrenos de Buero Vallejo, se ha dicho, tuvieron durante mucho
tiempo un marchamo de discurso de la resistencia que era su mejor
pedigrí. Es rigurosamente cierto. Recordemos la enorme impresión que
produjeron estrenos como "El tragaluz", para mí su obra más
rotunda y acabada; "Un soñador para un pueblo", o "El
sueño de la razón". Buero Vallejo venía a decirnos que las
mejores ideas, los impulsos más nobles del pueblo español siempre
tuvieron que navegar contra corriente. La Contrarreforma, la
Inquisición, la opresión ejercida desde el poder. El teatro de antonio
Buero Vallejo intentó iluminar espacios oscuros del pasado, sacudir la
pereza mental que no condujo tantas veces al caos. Sabía que lo mejor
de España, sus mejores hombres, sus mejores ideas, estuvieron siempre
amenazadas.
Recuerdo -y sobre ello escribí dos artículos en la prensa nacional-
cómo en la muerte de Buero Vallejo también sucedieron cosas
difícilmente comprensibles. Profundo sentimiento de admiración eso
sí. Pero he aquí una nota sorprendente. De ciertos sectores del
columnismo político, precisamente con los que él siempre más se
identificó, surgió el calificativo de "tigre domesticado",
que Buero Vallejo no merecía. Yo recordé, en un trabajo titulado
"La eterna ingratitud" que la conducta ideológica e
intelectual del escritor venía siendo la misma desde el estreno
memorable de "Historia de una escalera". O sea, que la
historia se ha repetido una vez más. Ingratitud y silencio para hombres
y mujeres a los que se debe permanente gratitud.
BUERO VALLEJO: LA
CONDICIÓN SOCIAL Y METAFÍSICA
Era ya el comienzo del
otoño, pero cuando los árboles todavía conservan su gran número de
hojas, en una Guadalajara pequeña, más provinciana por su cercanía a
Madrid, nació entonces y allí, cuando septiembre estaba finalizando,
antonio Buero Vallejo, niño que conservó siempre el amor como cultivo
principal del hombre, niño que venía, como se ha escrito tantas veces,
para pintor; un pintor al que la guerra le rompió sus pinceles como
discípulo, ya en Madrid, de la Escuela de Bella Artes de San Fernando,
y la embadurnó los primero y limpios colores de su paleta, tintando de
gris los juveniles años/lienzo de sus existencia. Las bombas le mataron
su ilusión inicial, las absurdas bombas y las guerras inútiles
hicieron del pintor adolescente una esperanza sin futuro; pero al tiempo
llenaron de porvenir la dramaturgia del hombre, que, como joven, se
había curtido en los desengaños de unos, en las ambiciones de otros y
en las atrocidades de no pocos.
Las visicitudes y los años, los trágicos acontecimientos señalaron a
su juventud otros caminos para la expresión, y el color se convirtió
en palabra con que llegar al ser humano, el lienzo en personaje teatral
y el bastidor en la gran embocadura de un escenario. Tuvo, entre otras
muchas cosas, para ello que bajar y subir una escalera, penetrar en la
ardiente oscuridad, poner las cartas boca abajo, buscar un soñador para
un pueblo y enseñarnos las meninas a través de un tragaluz donde nos
deleitaba con el concierto de San Ovidio que, como llegada de los
dioses, nos acercaba al sueño de la razón. Todo ello para contarnos la
historia de su tiempo, nuestro tiempo, a la manera de "un teatro de
intención trágica paro abierto a las mayores esperanzas humanas".
Hombre sentimental, aunque de apariencia fría, como él mismo se
definiera, le gustaba en ocasiones detenerse en las taras psíquicas y
físicas para llegar a la conmiseración dramática de las mismas y
plantearles en sus obras como inquietud social que, así mismo, y no sin
cierto mesianismo, nos acercaba a las propias taras sociales en "un
interés por el pobre ser humano y por sus limitaciones y sus
desgracias". Y es que Buero Vallejo, buscaba un trasfondo humano en
todo o casi todo cuanto de su palabra se ponía en escena. Pues, aunque
lo social esté presente en buen número de sus obras, flota en el
conjunto de su estética una ética superior a la cualidad social
aparentemente nos ofreciendo su representación.
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