Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha
Revista Virtual El Curioso Impertinente
nº 1 - marzo 2001

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Antonio Buero Vallejo, dramaturgo excepcional

Homenaje a Buero Vallejo

La terna ingratitud

por José López Martínez

Aunque en los últimos tiempos, tanto los estudioso del teatro español como los críticos hemos comentado, incluso de manera exhaustiva, la vida y la obra del dramaturgo al que hoy rendimos homenaje, cierto es que siempre quedan flecos y detalles que sorprenden y duele. Sobre todo cuando se trata de un hombre que ajustó el rumbo y el ritmo de su vida a un riguroso decálogo de conducta, a veces contraviniendo los deseos de su propia familia, principalmente los de su padre. Antonio Buero Vallejo la repitió muchas veces: "Había un impulso instintivo en mí de ir por el camino adecuado". Eran los años tremendos de la guerra civil, pero también incluso, a lo largo de los últimos treinta años. Pensaba el dramaturgo que toda obra de arte -y el teatro lo es en grado sumo- debe tener su fundamento en la conciencia del propio autor, pese a quien pese.
Los estrenos de Buero Vallejo, se ha dicho, tuvieron durante mucho tiempo un marchamo de discurso de la resistencia que era su mejor pedigrí. Es rigurosamente cierto. Recordemos la enorme impresión que produjeron estrenos como "El tragaluz", para mí su obra más rotunda y acabada; "Un soñador para un pueblo", o "El sueño de la razón". Buero Vallejo venía a decirnos que las mejores ideas, los impulsos más nobles del pueblo español siempre tuvieron que navegar contra corriente. La Contrarreforma, la Inquisición, la opresión ejercida desde el poder. El teatro de antonio Buero Vallejo intentó iluminar espacios oscuros del pasado, sacudir la pereza mental que no condujo tantas veces al caos. Sabía que lo mejor de España, sus mejores hombres, sus mejores ideas, estuvieron siempre amenazadas.
Recuerdo -y sobre ello escribí dos artículos en la prensa nacional- cómo en la muerte de Buero Vallejo también sucedieron cosas difícilmente comprensibles. Profundo sentimiento de admiración eso sí. Pero he aquí una nota sorprendente. De ciertos sectores del columnismo político, precisamente con los que él siempre más se identificó, surgió el calificativo de "tigre domesticado", que Buero Vallejo no merecía. Yo recordé, en un trabajo titulado "La eterna ingratitud" que la conducta ideológica e intelectual del escritor venía siendo la misma desde el estreno memorable de "Historia de una escalera". O sea, que la historia se ha repetido una vez más. Ingratitud y silencio para hombres y mujeres a los que se debe permanente gratitud.

BUERO VALLEJO: LA CONDICIÓN SOCIAL Y METAFÍSICA

Era ya el comienzo del otoño, pero cuando los árboles todavía conservan su gran número de hojas, en una Guadalajara pequeña, más provinciana por su cercanía a Madrid, nació entonces y allí, cuando septiembre estaba finalizando, antonio Buero Vallejo, niño que conservó siempre el amor como cultivo principal del hombre, niño que venía, como se ha escrito tantas veces, para pintor; un pintor al que la guerra le rompió sus pinceles como discípulo, ya en Madrid, de la Escuela de Bella Artes de San Fernando, y la embadurnó los primero y limpios colores de su paleta, tintando de gris los juveniles años/lienzo de sus existencia. Las bombas le mataron su ilusión inicial, las absurdas bombas y las guerras inútiles hicieron del pintor adolescente una esperanza sin futuro; pero al tiempo llenaron de porvenir la dramaturgia del hombre, que, como joven, se había curtido en los desengaños de unos, en las ambiciones de otros y en las atrocidades de no pocos.
Las visicitudes y los años, los trágicos acontecimientos señalaron a su juventud otros caminos para la expresión, y el color se convirtió en palabra con que llegar al ser humano, el lienzo en personaje teatral y el bastidor en la gran embocadura de un escenario. Tuvo, entre otras muchas cosas, para ello que bajar y subir una escalera, penetrar en la ardiente oscuridad, poner las cartas boca abajo, buscar un soñador para un pueblo y enseñarnos las meninas a través de un tragaluz donde nos deleitaba con el concierto de San Ovidio que, como llegada de los dioses, nos acercaba al sueño de la razón. Todo ello para contarnos la historia de su tiempo, nuestro tiempo, a la manera de "un teatro de intención trágica paro abierto a las mayores esperanzas humanas".
Hombre sentimental, aunque de apariencia fría, como él mismo se definiera, le gustaba en ocasiones detenerse en las taras psíquicas y físicas para llegar a la conmiseración dramática de las mismas y plantearles en sus obras como inquietud social que, así mismo, y no sin cierto mesianismo, nos acercaba a las propias taras sociales en "un interés por el pobre ser humano y por sus limitaciones y sus desgracias". Y es que Buero Vallejo, buscaba un trasfondo humano en todo o casi todo cuanto de su palabra se ponía en escena. Pues, aunque lo social esté presente en buen número de sus obras, flota en el conjunto de su estética una ética superior a la cualidad social aparentemente nos ofreciendo su representación.

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