El nuevo libro de AACHE Ediciones

Colección Obras Completas de Layna Serrano
Nº 8

EL MONASTERIO DE OVILA
(Guadalajara)

De Francisco Layna Serrano

 

 

 

 

 

 

 



Indice

Introducción
Norma de la Edición
Origen del Libro
Más datos sobre Ovila
El destino de Ovila

 
Introducción
(Nota del Editor)

Es esta la primera página de una oportunidad feliz que se ha concretado en la obra que sostienes en tus manos. La oportunidad ha sido el momento de la celebración del noveno centenario de la fundación de la Orden del Císter, conjugada con la empresa, iniciada hace ya años, de editar paulatinamente las Obras Completas del Cronista de Guadalajara don Francisco Layna Serrano, y la final, afortunada y generosa participación en el intento del Excelentísimo Ayuntamiento de la villa de Trillo, todo lo cual ha hecho posible que la reedición de esta primera y crucial obra de Layna haya finalmente cuajado en este volumen.

Siguiendo la iniciativa, inaugurada en 1993 con motivo de celebrar el Centenario del nacimiento del cronista Layna, de publicar sus Obras Completas a razón de una por año, llega ahora la ocasión de abrir a las nuevas generaciones la visión de algo tan alcarreño y siempre sugerente como la historia de una abadía cisterciense en las verdes orillas del Alto Tajo, la de Santa María de Ovila, en término de Trillo.

Norma de la edición

De acuerdo con la norma establecida desde el principio de estas reediciones, el texto original del autor será respetado en su integridad, sin quitar ni añadir nada al mismo, dejando sus errores (que los tuvo) relativos a traducción de frases y documentos latinos, localización de enclaves, interpretación de nombres, etc, pero corrigiendo las erratas de texto evidentes, ya que por no ser una edición facsímil este último cambio es no solamente posible sino obligado.

Aunque con una distribución más cómoda, en dos columnas, y con generosos blancos en portadillas, el texto original se respeta, ya lo hemos dicho, en su totalidad. No ocurre lo mismo con los grabados. De la primera edición se dan en esta segunda todos los gráficos que han permitido una adecuada reproducción. Lo han sido todos, a excepción de cuatro pequeñas fotografías realizadas por el propio Layna que ofrecían vistas de las ruinas de la abadía y su entorno paisajístico, y que por su tamaño y calidad no han resistido la prueba de calidad mínimamente exigible. Incluso la cubierta, dibujada, de la primera edición de esta obra, con una ilustración de Bringas, se reproduce junto a estas líneas.

La edición actual añade todo cuanto se ha podido recoger de nuevo en esta perspectiva iconográfica: los planos, alzados y demás apuntes técnicos encargados por Arthur Byne en el momento del desmantelamiento de la abadía con vistas a su traslado y reconstrucción en Estados Unidos de América; las fotografías tomadas por Byne y Steilberg en la ocasión de dicho desmontaje y traslado, con la constancia del estado del monasterio antes de su desmantelamiento, todo ello gracias a la generosa colaboración y préstamo de sus actuales depositarios, la Julia Morgan Collection de la Robert E. Kennedy Library de la Universidad Estatal de San Luis Obispo, en California, Estados Unidos. Las fotografías de elementos monasteriales conservados en el De Young Museum de San Francisco, en California, Estados Unidos, a cuyo director Mr. Harry Parker agradecemos su contribución, así como las fotografías de los paulatinos trabajos de montaje de la Sala Capitular de Ovila que se están realizando en la Abadía de New Citeaux en California, a cuyo abad agradecemos también su generosa colaboración.

No es menor nuestro agradecimiento al arquitecto español especializado en temas de estudio y restauración del patrimonio artístico medieval y monasterial hispánico, don José Miguel Merino de Cáceres, cuyos dibujos de planos y alzados de Ovila son también reproducidos con su permiso. Y, finalmente, la aportación iconográfica a esta reedición se completa con una amplia y bellísima colección de fotografías a color y monocromo que los colaboradores gráficos de la Editorial AACHE han conseguido de la actual ubicación y ruinas de Ovila, redondeando así un conjunto de elementos gráficos que hacen de esta segunda edición del primer libro de Layna una verdadera joya bibliográfica que estamos seguros ha de encantar a quien la reciba.

Origen del libro

Es de anotar, aunque sea someramente, el origen de este libro. Que escribió Francisco Layna Serrano en 1931, en tan sólo unos meses, y que vio publicado a su costa en 1932. Desde 1928 se habían sucedido los rumores de que los "buscadores de tesoros" norteamericanos al servicio del magnate de la prensa californiana William Randolph Hearst estaban tratando de comprar, desmontar y llevar entera a América una abadía cisterciense castellana. El rumor movió a Francisco Layna a realizar una serie de escritos y gestiones, según él mismo cuenta en la Introducción de esta obra, que a nada positivo llevaron. Cuando el lector vea lo que en 1932 cuenta Layna, y al seguir leyendo esta Nota del Editor se dé cuenta de lo que realmente ocurrió y lo que años después siguió pasando, quedará asombrado.

Una serie de sucesos protagonizados por Arthur Byne, uno de estos agentes de Hearst, y algún especulador madrileño, confirmaron la suposición en 1929, y cuando la evidencia de que Hearst había comprado las ruinas de Ovila y estas se pensaban trasladar de inmediato a Estados Unidos de América, la indignación de Francisco Layna, y de otros varios (pocos) eruditos e intelectuales alcarreños, entre lo que cabe citar con honor a Luis Cordavias, no encontró satisfacción ni consuelo en las medidas tomadas por el Gobierno de la República Española, que fueron mínimas. Por ello, y aunque dedicado de forma intensiva al ejercicio de su profesión, la Medicina y Cirugía, Francisco Layna quiso recoger con rapidez y exhaustividad los elementos documentales que le permitieran elaborar una historia de la abadía de Ovila, para que al menos quedara constancia de la existencia de este edificio y su larga e interesante historia aneja. De ahí sus búsquedas en archivos, más o menos afortunadas; las consultas a su tío el erudito y todavía entonces Cronista Provincial de Guadalajara don Manuel Serrano Sanz; y la toma de fotografías y recogida de tradiciones y recuerdos de familiares y paisanos. Todo ello dio como fruto este libro, y con él el inicio de una carrera de investigación, búsqueda y dedicación de por vida a la historia y el patrimonio histórico-artístico de su tierra natal, la provincia de Guadalajara.

Más datos sobre Ovila

Estas prisas por buscar datos y publicarlos hicieron que algunas importantes fuentes documentales no pudieran ser utilizadas por Layna a la hora de redactar su obra sobre Ovila. Haremos aquí una breve relación de las mismas, que pasados los años han salido a la luz, así como una referencia de todos aquellos estudios que desde 1932 hasta la fecha de hoy han aumentado y clarificado la información que Layna pudo recoger en sus pocos meses de angustiada búsqueda.

El Cartulario del Monasterio de Ovila estaba por entonces en poder de un particular, don Roque Pidal y Bernaldo de Quirós, a quien llegó después de un siglo de pasar de mano en mano tras la expropiación por el decreto desamortizador de Mendizábal de los bienes cistercienses. Este señor le permitió a Layna su consulta durante unos días, pero, según el propio Cronista nos desvela en una nota manuscrita a su ejemplar del Cartulario, el dueño del Cartulario no me permitió extractarlo ni copiarlo, para que no perdiese valor comercial. Así pues, esta obra pudo ser estudiada con suficiente comodidad, y copiada en su totalidad, por el profesor de la Universidad de Madrid don Agustín Millares Carlo, quien al año siguiente pudo ver publicada esta obra con el título de Cartulario del Monasterio de Ovila (siglo XIII) en los "Anales de la Universidad de Madrid", Tomo II, fascículo 1 (Letras), 42 páginas, en 1933. Este documento, bellísimo y muy bien conservado, al que quien lo vio en siglos pasados (fray Ambrosio Alonso por ejemplo) le denominaban el Becerrillo de pergamino ha terminado finalmente salvaguardado en la Biblioteca de la Universidad de Oviedo, donde se conserva con la referencia M-451.

El otro gran documento relativo a la historia de Ovila que Francisco Layna no pudo consultar, y del que ni siquiera conoció su existencia, es el Tumbo del Monasterio de Nuestra Señora de Santa María de Ovila, Orden de Nuestro Padre San Bernardo, año de 1729, un magnífico manuscrito conservado en el Archivo del monasterio cisterciense de Oseira (Orense).

La historia de la llegada a Oseira de este impresionante manuscrito es casi un relato de aventuras: consta allí ser donativo de una señora que lo había heredado de su abuelo, muy amante del monasterio de Monfero (La Coruña), fallecido hacia 1925, y que se lo dejó para devolverlo a la Orden del Císter, en el momento que hubiera monjes en Galicia. Este señor intentó restaurar dicho monasterio, y hasta logró que se instaurara allí vida cisterciense hacia 1882, pero al fin fracasó al cabo de ocho o diez años, por falta de una persona equilibrada que guiara al grupo de muchachos que logró reunir el monje que se comprometió a tomar a su cargo la empresa, un tal fray Manuel Díez, que pertenecía al monasterio segoviano de Sacramenia, y debió andar por tierras alcarreñas tras la Desamortización ¿Sería un conventual de Ovila? Al monasterio de Monfero debió llegar en 1882, en las manos del referido Manuel Díez, o quizás de fray Atilano Melguizo, monje de Sobrado, aunque natural de Gárgoles, quien al jubilarse se retiró a Betanzos, donde falleció. Como este era Vicario general de la Congregación de Castilla y anduvo por los monasterios, a lo mejor lo encontró en alguno y lo recogió, llevándolo a Betanzos y entregándolo antes de morir a quienes intentaban volver a abrir Monfero. La cuestión final es que de allí pasó a Oseira, uno de los lugares más grandiosos que la Orden cisterciense tiene abierto en Galicia, y en su magnífica biblioteca, regentada por fray M? Damián Yáñez Neira, se conserva este interesantísimo documento ovilense.

Este Tumbo de Ovila fue escrito por el padre Geroteo Pérez, monjes cisterciense del monasterio de Valparaíso (Zamora) entre el 2 de marzo de 1729 y el 22 de febrero de 1730. Se añade de notas posteriores, que lo completan, del padre Ambrosio Alonso, monje de Carracedo, general de la Congregación de Castilla, gran investigador de la Orden.

A partir de ese Tumbo impresionante, con el listado de los abades y el recuento de sus documentos, el historiador cisterciense de Oseira fray María Damián Yáñez Neira elaboró un trabajo que con el título de Abadologio del monasterio de Santa María de Ovila se publicó en la Revista "Wad-al-hayara", nº 13, 1986, páginas 131-194, en el cual se ofrece completo, desde 1181 (abad Pedro) a 1835 (abad Cayetano Fiz de Gayoso) el listado de abades de Ovila, en un aporte impresionante, y aumentado por los conocimientos y sabiduría de este monje, de datos sobre Ovila. En su valioso trabajo, clarificador en tantos temas sobre Ovila, Yáñez Neira defiende a Fray Angel Manrique ante las acusaciones de Layna de no interpretar los documentos y viene a decir que es Layna quien no los entiende bien, pues su nivel de conocimientos del latín era más bien modesto. Concluye en que el inicio de la vida monástica en Ovila es en 1186, aunque desde unos años antes, el abad Pedro y sus monjes se hubieran instalado una legua río arriba, en la orilla izquierda, en el pago o aldea de Murel, donde el rey Alfonso VII les había dado un terreno en 1181.

Un trabajo añadido de Yáñez Neira en el mismo número de la Revista "Wad-al-hayara", páginas 385 a 399, es el titulado Fray Ignacio de Collantes, una exhaustiva revisión biográfica de este fraile, natural de Hita, que fue abad comendatario de Ovila en el siglo XV, y en el que se hace historia detenida del monasterio alcarreño en la época de los Reyes Católicos.

Aunque de pasada, Layna utilizó otros materiales documentales que han quedado insuficientemente estudiados. Así la Carta de confirmación de los privilegios de Ovila por la Reina Juana de Castilla en 1505, que se encontraba en la biblioteca particular del capellán de las Descalzas Reales de Madrid, don José García Armesto, en 1931. O el Códice de varios papeles titulado Relación de algunos privilegios y donaciones del monasterio de Nuestra Señora de Ovila, y de la antigüedad de ellos, que es de la Orden del Cístel en el obispado de Sigüenza, con algunas noticias de dicho monasterio, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid, sección de Manuscritos.

Además un legajo conteniendo un manuscrito con copias de privilegios, donaciones y confirmaciones reales hasta comienzos del siglo XVII, con noticias de la construcción del Monasterio, respuestas a la Información pedida a los pueblos de España por Felipe II, etc. En la Real Academia de la Historia, de Madrid, en la Colección Salazar, 03, se encuentra este legajo. Finalmente, Layna pudo consultar la información manuscrita del Derecho del Monasterio de Ovila a la pesca entre el puente de Murel y el de Ovila que se conservaba antes de la Guerra en el archivo municipal de Argecilla, y que fue descubierto por Manuel Serrano Sanz, tío de Layna, y luego publicado en la "Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos", 1914, páginas 321-326.

También han sido de gran valor los elementos documentales y apreciaciones que en torno a Ovila, Carrascosa de Tajo y el puente romano cuyas ruinas aún subsisten en término de este pueblo, al que de antiguo se denominó puente de Murel, ha aportado el erudito don Francisco García Escribano, tanto su obra Carrascosa de Tajo, publicada en 1993, como en su artículo El puente romano de Murel sobre el río Tajo; más información, publicado en la Revista "Wad-al-hayara", n? 21, de 1994, páginas 125 a 140. Este autor señala con gran tino diversas apreciaciones, la mayoría de observaciones "in situ", respecto al lugar de Murel, en el que se estableció inicialmente la comunidad cisterciense de Ovila, y que estaba en la orilla izquierda del río Tajo. Las investigaciones de García Escribano nos explican varios aspectos del entorno de Ovila. Uno de ellos se refiere a la situación del llamado "puente de Ovila", que permitía cómodamente el paso desde Trillo al Monasterio. En su obra sobre Carrascosa, en la página 66 nos especifica el lugar donde estaba: Más abajo de la fuente del Piejo, división de mojones entre la villa de Trillo y este Monasterio, o sea, a unos 2 Kms. del monasterio aguas abajo del Tajo. Lo toma de un "Libro de Pleitos" que se encuentra en el Archivo Histórico Nacional, y en donde consta que fue en 1789 que ya estaba destrozado ese puente.

El destino de Ovila

Otro tema que ha sido posteriormente estudiado con detenimiento y mayor conocimiento de causa que el expuesto por Layna en su libro, recogidos los datos de forma fragmentaria y falta de perspectiva, es el de la compra, desmontaje y traslado a América del monasterio de Ovila. Para este tema son fundamentales los trabajos del profesor don José Miguel Merino de Cáceres, estudioso de los monasterios castellanos y las obras arquitectónicas adquiridas o expoliadas por los norteamericanos, y del también profesor don Agapito Pérez Bodega, quien en Trillo ha realizado un verdadero ?estudio de campo? sociológico sobre dicho tema.

De Merino de Cáceres es el trabajo Ovila: el desdichado final de un monasterio alcarreño publicado en la Revista "Wad-al-hayara", nº 12, 1985, páginas 167 a 211, con abundante material gráfico, especialmente cedido para la ocasión por las diversas instituciones norteamericanas que son depositarias del mismo. En su trabajo, interesante sobremanera, explica cómo William Randolph Hearst, el magnate de la prensa y los negocios, preparaba en los felices años veinte la construcción de una impresionante mansión en las montañas de San Simeón, en California, con la idea de levantar un edificio central para su vivienda y tres adyacentes para invitados, todos ellos realizados con elementos arquitectónicos auténticos, traídos de Europa. Repartidos sus agentes por el Viejo Continente, le fueron adquiriendo elementos muebles, en enorme cantidad, y edificios. Arthur Byne, un especial estudioso del arte y hábil comerciante, fue el destinado a buscar en España un monasterio medieval que hacer de núcleo central de la residencia de Hearst, a la que pensaba denominar New Wyntoon Castle.

El monasterio de Ovila, tras la exclaustración por Mendizábal de los bienes eclesiásticos, había quedado en poder del Estado. No así sus terrenos adyacentes, los de cultivo y monte, que fueron puestos a la venta, tal como nos relata Layna en este libro, y adquiridos por sucesivos propietarios. En 1928, el dueño del llamado Coto de San Bernardo en Ovila, con magníficas tierras de regadío, campos de cereal y montes en torno a Ovila, era don Fernando Beloso Ruiz, director del Banco Español de Crédito en Madrid. Tras un posible primer contacto con Arthur Byne, y tras comprobar que el conjunto de edificios monasteriales era del Estado pero no aparecía así reconocido en el Registro de la propiedad, se procedió a ello en 3 de diciembre de 1927, y a continuación en febrero de 1928 el Sr. Beloso adquirió del Estado los edificios monasteriales de Ovila en la cantidad de 3.130 pesetas. Sin duda hubo algún político que facilitó estas operaciones, habitualmente tan lentas y complicadas. Queda para los investigadores futuros encontrar su nombre.

Una vez en posesión formal del monasterio, Beloso vuelve a ponerse en contacto con Arthur Byne, quien visita las ruinas y escribe a Hearst en el sentido de haber encontrado justo lo que este busca. Hearst, entusiasmado, se lo comunica a Julia Morgan, la arquitecto encargada de supervisar las compras de materiales para reorganizarlos en la futura mansión del americano. Y tanto les gusta a los dos lo que Byne les cuenta, que deciden sin dilación comprar el monasterio, y que se proceda a su desmontaje y traslado a Estados Unidos. Por entonces le cambiaron al proyecto hasta el nombre, que quedó fijado en Mountolive. En Trillo, en Guadalajara y en Madrid, se suceden los rumores de lo que está ocurriendo, llevado todo con el natural sigilo. Byne visita las ruinas, y de Estados Unidos viene un notable arquitecto, también al servicio de Hearst, para dirigir la tarea técnica, muy complicada, de desmontar el monasterio y trasladarlo a California. En 1929 se remata la operación de venta. Es muy difícil asegurar la cantidad en que se vendió, porque realmente quien compraba era Byne, quien luego se encargaba, con regateos, de revendérselo todo a Hearst, el multimillonario impaciente que no reparaba en gastos. Sabemos, eso sí, por las cartas que Merino de Cáceres ha encontrado, que Hearst pagó a Byne unos 85.000 dólares por la compra del monasterio, 1.500 dólares solamente por la puerta de la iglesia (aunque Byne le pedía en principio 10.000, pero luego fue rebajando) y que la operación total de compra, desmontaje y traslado, supuso un total de medio millón de dólares para las arcas de William Randolph Hearst. Apenas nada comparado con los 50 millones de dólares en que calculan los costes totales de su operación de New Wyntoon Castle, que finalmente no llegó a ver concluida.

Las voces de protesta no tardan en oírse. Es el propio Layna Serrano, que habitualmente pasa sus veranos de descanso en Ruguilla, en la casa familiar, quien se entera enseguida de lo que pasa. Solicita a las autoridades que intervengan. Escribe artículos, mueve sentimientos, e incluso consigue que, en 3 de junio de 1931, el gobierno de la República, apenas en formación en esos días, declare Monumento Nacional las ruinas de Ovila. La situación política hace imposible que nadie controle lo que los americanos están llevando a cabo con tanta prisa en esos días. Y así se consigue que, íntegramente entre los meses de marzo y junio de 1931, los elementos monasteriales deseados por Hearst (la Sala Capitular, el claustro medieval, y la iglesia) se desmonten y trasladen hacia América.

Aquellos días de la primavera del 31 son recordados todavía especialmente por muchos trillanos que los vivieron y participaron en las tareas de desmontaje. Pérez Bodega ha recogido muchos datos y los ha publicado en Dos apuntes en torno al desmantelamiento del monasterio de Ovila, publicados en la Revista "Arriaca", número extraordinario II, abril 1989. La mayoría de quienes participaron en estos trabajos eran de Trillo o de los pueblos colindantes (Sotoca, Ruguilla, Azañón). Concretamente los encargados de los camiones que transportaron la piedra hacia las estaciones de Matillas y del Norte en Madrid, para que luego fuera llevada hasta El Grao de Valencia, y allí cargada en once sucesivos barcos con rumbo a América, fueron los hermanos Bachiller Sancho (Ignacio y Pedro) y sus primos los Bachiller Ochaíta, de Trillo.

Las tareas técnicas de desmontaje fueron dirigidas por el arquitecto americano Walter Steilberg, quien llegó a montar un sistema de ferrocarril y un ferry guiado por cables en el Tajo para el transporte de la piedra de Ovila en dirección a la orilla izquierda, en Trillo. Llegaron a trabajar 45 personas en Madrid, recogiendo los materiales, clasificándolos y embalándolos, y 92 directamente en Ovila.

Finalmente en América las piedras de Ovila (algunas debieron quedar en almacenes del Grao de Valencia) comenzó para ellas una nueva odisea que aún hoy no ha acabado. Colocado la mayor parte del material en un gran almacén de San Francisco, aunque hubo algunos elementos que quedaron en el Bronx de Nueva York, comenzó Hearst a tener graves problemas económicos, por impuestos y recesión económica, con lo que decidió deshacerse de mucho material artístico adquirido en España. Las ruinas de Ovila, ocupando 3.600 metros cuadrados de almacén en San Francisco, ya no las quería Hearst para nada, un año después de compradas, y fueron paulatinamente arrinconadas, amontonadas, llevadas de aquí a allá. En 1941, Hearst cedió a la ciudad de San Francisco las ruinas de Ovila, en un precio simbólico de 25.000 dólares. El alcalde, Herbert Fleishhacker, tenía la idea de reconstruirlo en el Golden Gate Park y hacer en su torno un Museo de Arte Medieval. Pero la Guerra Mundial paralizó el proyecto. Luego, almacenamiento caótico, incendios sucesivos, pillaje de los estudiantes de arquitectura, no dejaron una piedra sana, un capitel vivo...

En 1960, a la muerte de Julia Morgan se intentó de nuevo reconstruir Ovila. En 1963, unos monjes budistas de California pidieron los restos para aprovecharlos y construirse un monasterio. Incluso un alcalde de San Francisco decidió utilizar algunos elementos para adornar las estaciones del Metro de la ciudad. En 1964 se colocó lo mejor del conjunto, la portada de la iglesia, en una sala del De Young Museum de San Francisco, que precisamente en estos días permanece cerrado por insuficiente dotación y problemas estructurales. Cada vez más caro el proyecto de restauración, solamente ahora la comunidad trapense de New Citeaux ha conseguido que, por cesión del municipio de San Francisco, las piedras de la Sala Capitular se coloquen de nuevo en su monasterio naciente.

Otros autores han tratado, aunque ya más de pasada, el tema de la destrucción, venta y traslado de Ovila. El ya mencionado Agapito Pérez Bodega, en su Historia de Trillo, de 1986, así lo ha hecho, en las páginas 111 a 117 y en nota 66. O el clásico libro de Juan Antonio Gaya Nuño, La arquitectura española en sus monumentos desaparecidos, de 1961, que en su página 169 refiere con brevedad la forma en que se vendió y llevó al extranjero esta venerable ruina medieval.

A.H.C.

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