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Retazos de un bastardo

  Oscar Nóbregas

Retazos de un bastardo

Oscar Nóbregas
Colección "Letras Mayúsculas" nº 18
2005 - ISBN 84-96236-56-0
216 páginas - 15 €uros  -  Volver a página principal
 

Edición agotada en Editorial. Para adquirirlo, dirigirse a "Casa del Libro" de Madrid


Inicio del libro:

Retazos de un bastardo

         Cristian no daba crédito a lo que leía. Llevaba tres años sin saber apenas de él, aunque raro era el día en que al menos una fugaz imagen de su rostro no pasaba por sus recuerdos. Desde el jardín de infancia fueron compañeros de pupitre y eran muchas las vivencias que habían tenido en común durante la adolescencia.

         Varias lágrimas se derramaron por encima de la carta emborronando de tinta algunas palabras. Cristian sostenía entre sus manos aquellas hojas, pero ya le era imposible leer nada. Tenía la vista nublada y sólo podía vislumbrar manchas oscuras sobre el papel mojado. Un torrente de imágenes nostálgicas se agolparon confusas y lejanas: Cristian vio cómo corrían por el patio dando patadas a una pelota de goma... Vio aquella tarde cuando hicieron sus primeros novillos... Las broncas del sacerdote en sus aburridas clases de religión... Revivió también los viajes por Europa junto a él: Londres, París, Amsterdam, Venecia... Quiso retener en su mente aquellos recuerdos durante el mayor tiempo posible.

Cristian permaneció ensimismado, hasta que el calor de la colilla que sostenía entre los dedos le trasladó de nuevo al presente. Ahora tenía que afrontar la realidad, y esa cruda realidad era que Víctor, su mejor amigo, había desaparecido sin dejar rastro. Sentado inmóvil sobre la cama, sus manos temblorosas seguían sujetando la carta. El susurro de la muerte flotaba entre sus pensamientos, aunque algo en el corazón le aferraba al último hálito de esperanza.

         La impotencia le dejó absorto durante toda la tarde. Pasaron varias horas y la caída del crepúsculo invadió de oscuridad la habitación. Ya era noche cerrada en París. Lucían las farolas sobre la calle adoquinada y brillante a causa de una tenue lluvia de noviembre. De pronto, una idea arrebatadora pasó por su mente: estaba decidido a tomar el primer avión que saliese con destino a Madrid.

         Aún no había amanecido, cuando el Boeing de la compañía Air France se disponía a tomar tierra sobre la capital de España. Tras coger un taxi en el aeropuerto se dirigió al domicilio de la madre de Víctor. Era muy temprano pero no reparó en ello. Subió los escalones de dos en dos hasta llegar al tercer piso y se paró frente a la puerta que tantas veces había cruzado siendo un niño. Cristian respiró hondo y con la mano sudorosa llamó al timbre. Lentamente se abrió la puerta y apareció la madre envuelta en una bata de algodón azul. Podía percibirse la tristeza reflejada en su rostro. Sin romper el silencio se abrazaron con fuerza. Las lágrimas de Eva resbalaban por sus mejillas empapando la camisa de Cristian; él la agarraba entre sus brazos, temiendo que de un momento a otro pudiera caer al suelo desvanecida.

Cristian  permaneció durante toda la mañana en su compañía. Eva  le puso al corriente de las misteriosas circunstancias que habían rodeado la desaparición  de su hijo. Los dos llegaron a la misma conclusión: se debía buscar por casa de Víctor algún indicio que pudiese aclarar lo sucedido. Víctor habitaba una buhardilla en el barrio de Chueca desde hacía poco más de un año. Cristian estaba impaciente por acercarse a su amigo, aunque sólo fuera por medio de sus objetos personales. Propuso a la madre que le acompañase hasta la buhardilla, pero Eva se negó en rotundo. No podía soportar verse rodeada de prendas que aún conservaban el olor de su hijo.

         Cristian se puso en camino. Decidió ir dando un largo paseo hasta Chueca para reflexionar acerca de lo ocurrido. Él tampoco comprendía los hechos. Conocía muy bien a Víctor y sabía que en estado normal nunca habría llegado a ese extremo. Subió por la callejuela de San Lucas y decidió sentarse en un banco de la plazoleta que da a la calle de San Gregorio. Ajeno a lo que le rodeaba y con la mirada fija en el olivo, hizo todo tipo de conjeturas. Ahora se daba cuenta del largo tiempo que había estado sin saber nada de él.

         Al rato se encaminó hacia el portal, todavía sin tener nada claro en su cabeza. Un sinfín de sorpresas le desbordaron al girar la vieja llave de la buhardilla y observar un auténtico santuario del arte. Cristian se asombró ante el  ambiente caótico que allí se respiraba: pinceles, paletas, óleos, pequeñas esculturas de yeso, máscaras de cuero y bustos de arcilla, un acuario sin agua con los esqueletos de varios peces; reproducciones del Bosco y Dalí, como El Gran Masturbador y El Jardín de las Delicias; un viejo laúd y una flauta travesera, cirios rojos medio consumidos, una lechuza disecada, plantas de cannabis, hiedra semiseca; adornos y estatuillas, entre las que se encontraban varias figuras de magia negra. El suelo estaba cubierto por una desgastada alfombra persa de tonos pardos. En una esquina, apoyada sobre la pared, brillaba el filo de una cimitarra arábiga. Una capa de polvo lo cubría todo, y cierto olor a sándalo parecía impregnado en el ambiente. Sobre la cama deshecha, un montón de ropa revuelta hacía presagiar una huida precipitada...

Observó que algunos lienzos permanecían aún inacabados. Le llamó la atención el que se encontraba sobre un caballete y supuso que aquel fue el último cuadro que pintó antes de desaparecer. Su fondo blanco estaba salpicado por manchas de color rojo intenso. Daba la sensación de que aquel lienzo gritaba desesperado... En el techo destacaban unos frescos que tenían reminiscencias satánicas: sobre fondo negro aparecían hirientes pinceladas rojas con variados símbolos cabalísticos. En la pared de la cama, Víctor había pintado unas imitaciones de la etapa de Goya en la Quinta del Sordo: Saturno Devorando a su Hijo y Dos Viejos Comiendo Sopas. Sobre una estantería se podía ver el dorso de varios libros de pintura volcados, y entre ellos un volumen relacionado con el esoterismo. Al lado se hallaban unas hojas holandesas que contenían escritos en latín. Encima de la mesa, junto a un cenicero rebosante de colillas, observó varias fotos de una misma mujer entre poesías escritas con pluma. El nombre de Lucía estaba reflejado en todas ellas.

         Cristian no lograba salir de su asombro. Aquel ambiente recargado le agradaba pero a la vez le infundía respeto... Siempre había admirado a Víctor por su carisma: es probable que el hecho de no haber conocido a su padre le marcara de por vida. A veces se sumergía en sí mismo durante horas. Poseía una receptividad que era capaz de captarlo todo. Parecía como si con su mirada pudiera adentrarse en la mente de los demás. Es posible que la luna influyera en su estado anímico, lo que en ocasiones le transformaba en un ser paranoico. Sí, tenía algo de misterioso... No era fácil penetrar por la selva de sus pensamientos y pocos le conocían de verdad. Pero en el fondo de esa coraza vivía un ser apasionado y sensible.

         El matiz ermitaño de su carácter sólo era comprendido por Cristian, la única persona capaz de no perderse en los entresijos de su laberinto mental. Víctor tenía una mirada penetrante potenciada por sus ojos negros; las profundas ojeras de insomne delataban sus costumbres nocturnas... El bigote castaño daba a sus labios cierto aire de sabiduría. Su frente estaba cruzada por varias cicatrices de la infancia y el cabello se ondulaba sobre su cabeza con aires de sensualidad. Su sonrisa era tan limpia que al esbozarla le iluminaba los ojos.

         Víctor era un amante del arte. Pintura, música y cerámica fueron siempre sus tres grandes pasiones. Todos los domingos por la mañana montaba su puesto en el Rastro madrileño. Lienzos, acuarelas, láminas, pulseras, máscaras y figuras de arcilla, componían parte de los objetos que solía vender. Algunas veces el negocio se daba bien, pero otras, las mañanas se hacían tediosas hasta el punto de no vender ni un solo cuadro.

         Aunque no pudo conocer a su padre, de él heredó esa afición por el mar que le atraía como un imán hacia la costa mediterránea. Una cálida tarde de septiembre en Mallorca conoció a Lucía. La vio representando El Lago de los Cisnes y cientos de hormigas le recorrieron la espalda. Lucía se apoderó del corazón de Víctor con su forma de bailar.  Ella revolucionó su vida, su entorno y sus sentimientos más íntimos. Cristian era consciente de que Lucía influyó demasiado en Víctor. Nunca se atrevió a mencionarle nada, aunque siempre le hizo intuir malos augurios.

         Siguió observando la habitación con justificada curiosidad. Tras registrar un armario que sólo contenía lienzos y tubos de pintura, continuó abriendo los cuatro cajones de la mesa. En el primer cajón encontró un mapa de la sierra de Gredos y un manojo de cartas remitidas por Lucía. En el fondo del penúltimo cajón halló dos carpetas con hojas que tenían apariencia confidencial. Comprobó que en aquellos escritos constaba la fecha de forma cronológica. Estas carpetas llamaron la atención de Cristian, e intuyó que por medio de ellas podría sacar muchas conclusiones posteriores. Entre hoja y hoja, se encontraban de manera esporádica extravagantes dibujos surrealistas. Hojeó algunos de los pasajes, percatándose de que muchas de aquellas lecturas eran retazos absurdos y demenciales, como si hubieran sido escritos en estado alucinógeno. Tras unos instantes de confusa reflexión levantó la mirada, y al momento relacionó aquella sarta de incoherencias con las plantas secas de cannabis que colgaban de las macetas... Observó que en ocasiones la letra de Víctor era desagradable a la vista, abusando de tachones que emborronaban las hojas. Todo aquello revelaba que algunos pasajes habían sido escritos en un estado de desquiciamiento absoluto. Las frases no tenían sentido y muchas palabras eran disparatadas. Sin embargo, esos mensajes en apariencia ininteligibles, vertían una enorme carga de frustración en su interior. Quiso empezar a leer los manuscritos, pero un sopor comenzó a inundarle la cabeza. La última noche la había pasado en vela y el sueño le vencía por momentos. Apartó algunas prendas de la cama y se tumbó sin tan siquiera quitarse las botas.

         Pasaron más de cinco horas cuando despertó dando un grito de terror. Ya había caído la noche sobre el cielo nublado de un Madrid lluvioso y otoñal. Debido a la baja temperatura exterior, una capa de vaho cubría el cristal de la claraboya. Cristian se enjugó el sudor frío que bañaba su frente. Tenía la boca pastosa y le ardía la garganta. Intentó reconstruir lo que había soñado, aunque al principio sólo pudo entrever imágenes difusas sobre un fondo oscuro... Al fin le vino con nitidez un chispazo visual y empezó a recordar escenas que cruzaban por su mente: se vio a sí mismo tumbado en la cama boca arriba. De pronto los objetos y los cuadros tomaban vida propia...... El viejo que comía le ofreció una cucharada de su escudilla mugrienta riendo con sarcasmo...... Saturno le acercaba un pedazo de carne cruda, mascullando con voz áspera y rugiente.  Cristian tuvo que apartar de un golpe aquel bocado aberrante.  Al rozar la sangre, le perforó la mano dejando desnudos los huesos...... Una figura de caoba intentó estrangularle con varias uñas deformadas que se habían alargado...... La hiedra marchita recobraba su lozanía e iba serpenteando hasta la cama enredándole de pies y manos...... La lechuza emprendió el vuelo abalanzándose sobre la cara, arrancando sus ojos con las garras...... Los símbolos cabalísticos del techo se derretían goteando en su rostro desfigurado, inundando las cuencas vacías......  El bullicio de numerosas voces se entremezclaba con lejanos cánticos. Todo este murmullo confuso procedía de El Jardín de las Delicias...

         Cristian no quiso recordar más imágenes. Tras lavarse la cara con agua fría se dispuso a leer sin interrupción aquellos escritos. Aunque estuvo tentado de leer la última hoja, finalmente optó hacerlo por el orden en que estaban colocadas. Sin más demora y ávido de curiosidad, comenzó la lectura:

Quién es el autor:

Oscar Pastor Nóbregas

Oscar Nóbregas nació en Madrid. Desde los años noventa se dedica plenamente al mundo de la literatura. Colabora en diversas revistas literarias, así como en programas radiofónicos dedicados a las letras, tareas que compagina con su afición por la fotografía artística.
Ha escrito teatro en clave de humor, una novela erótica y una crónica sobre la historia del Rock. También ha dirigido como locutor y guionista El Bosque Encantado, programa radiofónico de literatura y fantasía.
En la actualidad se halla inmerso en la preparación de una novela histórica ambientada en la Rusia de los zares.

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