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La habitación del espejo
Un escritor que se afianza con cada relato que escribe, Oscar Nóbregas,
autor de la novela
Retazos de un bastardo,
nos ofrece aquí la primicia de un nuevo escrito, un cuento que se adentra en
el corazón de los humanos sentimientos.

1
Llevaba años
sin entrar allí.
El mero hecho de pensar que alguna
vez tendría que atravesar el umbral de esa puerta le producía escalofríos...
La última ocasión que tuvo el valor de hacerlo fue con la máscara ocultando
su verdadero rostro; pero Rael sabía que antes o después debería enfrentarse
al espejo.
Siempre mantuvo la habitación sellada con un par de cerrojos, y cada noche
revisaba las llaves en el cajón de la mesilla para asegurarse de que no
faltaba ninguna.
Los niños muchas veces habían querido entrar en aquella estancia, aunque él
se negaba en rotundo a dejarlos ni tan siquiera vislumbrar lo que se
ocultaba en ella... Rael sospechaba que el paso del tiempo habría vuelto
aquel lugar cada vez más tenebroso: imaginaba el espejo rodeado de
candelabros, con mugrientas telarañas que se cruzaban de lado a lado. Sobre
la cómoda, una vieja Biblia polvorienta con las tapas raídas, era testigo
mudo de las noches silenciosas. Durante lustros permaneció abierta en el
Antiguo Testamento, por el capítulo donde Abraham ofrece su propio hijo a
Yahvé como sacrificio.
En realidad era lo único que existía allí dentro, pues la habitación quedó
desalojada muchos años antes tras la muerte del abuelo materno, día en el
que el difunto estuvo de cuerpo presente durante toda aquella lúgubre
velada. Ahora la alcoba se mostraba fría y húmeda bajo la oscuridad...
2
Como cada mañana, Rael cogió
el sombrero de la percha y se puso el rostro. Nada más salir a la calle,
comenzaba una peculiar danza de saludos y buenas maneras. Su reputación en
el barrio era intachable. Todo el vecindario le consideraba una persona
afable y simpática a raudales. Se decía de él que era el marido y el padre
perfecto, digno de la mejor familia.
Rael alzaba el sombrero y daba los buenos días con donaire. No existía dama
que a su paso tuviera que enfrentarse con una puerta cerrada: allí siempre
oportuno estaba Rael, haciendo alarde de caballerosidad y palabras
perfumadas. Pero la realidad era bien distinta. Cuando Rael volvía a casa,
colgaba el rostro junto al sombrero y todos se echaban a temblar... Con la
misma mano que abría la puerta a las damas, noche tras noche maltrataba a su
esposa. También atemorizaba a sus hijos amenazándoles con dejarlos en la
calle pidiendo limosna y durmiendo bajo un puente del río que cruzaba los
arrabales.
A veces Rael observaba de cerca a Anna, y si descubría una arruga nueva se
lo recriminaba con crueldad. No podía soportar el hecho de descubrir en su
cuerpo los pliegues de la vejez... Tiempo atrás, Anna fue famosa en el lugar
por su belleza. Desde la juventud, a su paso los hombres se giraban
exclamando algún piropo. Pero el transcurso de los años había ajado sus
facciones. De aquella mujer lozana, sólo quedaban las fotos y el recuerdo.
Muchas tardes plomizas Anna se ahogaba en su soledad, contemplando esas
imágenes en las cuales se mostraba radiante: acariciaba el papel y cerraba
los ojos volando hacia el pasado, cuando su belleza provocaba la admiración
de cualquier hombre... Ahora tan sólo era un estorbo para su marido. Rael se
mostraba incapaz de mirar en el interior de su esposa y valorar las virtudes
espirituales que ella irradiaba; virtudes que no se podían tocar, pero
inigualables en otro tipo de belleza.
Lo cierto es que Rael no soportaba la decadencia de su físico, pues en ella
veía reflejada su propia amargura: la amargura de un ser superfluo que jamás
quiso alimentar su espíritu... Con el paso de los años, Rael comprendió que
su vida de fachada se desmoronaba por momentos. Aun así, para él seguían
siendo más importantes las relaciones con extraños, que las de sus propios
familiares; por ello cultivaba su hipocresía con denuedo. Todas las mañanas,
tras el desayuno, Rael ensayaba los gestos más corteses y las palabras más
precisas para ganarse al público: «¡Buenos días, don Cosme! ¡Que tenga una
jornada agradable!» «¡Saludos a su marido, doña Matilde! ¡Pase usted una
buena tarde»
La sonrisa de Rael era mecánica, se diría que como accionada por un resorte.
Tan sólo quien se fijase bien, podía descubrir que estaba completamente
hueca... Aquella sonrisa esperpéntica resultaba incapaz de encender el
brillo en sus ojos, puesto que no salía del alma. Era un mero recurso; un
reclamo para ganarse la simpatía de las gentes, y, ciertamente, lo
conseguía. Don Rael saludaba efusivo a los vecinos, que jamás pudieron
sospechar lo que se cocía en su casa de puertas para adentro.
Rael siempre fue un mentiroso compulsivo. Necesitaba mentir, como el que
necesita oxígeno para respirar. Engañaba, intrigaba e incluso calumniaba,
con tal de acrecentar su reputación... Ese era su único tesoro: vivir
inmerso en la mentira de su propia imagen para ocultar así su verdadera
naturaleza, que era del todo mezquina y abyecta.
3
Nada más entrar en el recibidor,
Rael colgaba el sombrero junto al rostro. Entonces es cuando mostraba su
verdadera cara, oculta hacia el resto del mundo, pero terrible para todos
los que debían padecer aquel despotismo. A su mujer le gritaba con desprecio
por la más mínima circunstancia: si el guiso no estaba sazonado a su gusto,
volcaba la olla esparciendo la comida por el suelo. Después le ordenaba
recogerlo con el cazo, para servirlo en su plato y en el de los niños. Rael
disfrutaba observando cómo a duras penas engullían cabizbajos bocado tras
bocado... Aquello era una muestra de sumisión placentera, que le regocijaba
en lo más profundo de su maldad.
Las duchas de agua fría, los pellizcos retorcidos o la correa del cinturón,
eran algunos de los métodos que utilizaba para llevar a sus vástagos por el
buen camino.
«¡No papá, eso no!», suplicaban los niños, sobrecogidos cuando su padre les
imponía algún tipo de escarmiento. «¡Así aprenderéis!», rugía iracundo con
las venas del cuello hinchadas y el rostro congestionado.
Cierta noche que Rael llegó a casa, los hijos, temerosos ante cualquier
castigo arbitrario que pudiera imponerles, no salieron a recibirle. Sus
zapatillas faltaban junto al sillón y la cena aún no estaba puesta sobre la
mesa. Furioso, dio una patada en la puerta del dormitorio de los niños,
haciendo un agujero que permaneció allí durante toda su infancia. De esa
forma, quiso recordarles siempre lo que pasó aquel día...
Entre muchas otras mezquindades, Rael escondía el chocolate a sus hijos bajo
llave, dándoles una mísera onza a cada uno por el día de su cumpleaños. Para
entonces, el chocolate ya estaba rancio; pero ellos lo tragaban con desgana,
evitando así la cólera de su padre, el cual los humillaba de forma constante
para debilitarlos en su ánimo.
Uno de sus juegos favoritos era hacerles rabiar con enredos sibilinos.
Enfrentaba a sus hijos mediante calumnias entrecruzadas y se regodeaba
viendo el efecto que los comentarios provocaban entre ellos. Pero el acto
más repugnante del que fue capaz, sucedió cuando su tercer hijo murió
ahogado en el río. Rael decidió enterrarlo en una tumba sin nombre por
ahorrarse el dinero. Ni tan siquiera constaba una mínima inscripción en
letras de plomo sobre su pequeña lápida... Aun así, solía decirles a todos
que no merecían un padre como él; un padre que se había ganado la mejor
reputación posible en el barrio.
Sin embargo, Anna conocía bien las inclinaciones disolutas de su
marido: muchas veces después de cenar, Rael salía sigilosamente de casa, con
el sombrero calado y las solapas de la gabardina levantadas... Amparado en
el manto de la noche, frecuentaba prostíbulos de los arrabales y alternaba
por los lugares más sórdidos, donde solía apostar grandes sumas de dinero en
partidas clandestinas de cartas. Cuando perdía en alguna apuesta temeraria,
regresaba a casa borracho y maldiciendo a su familia.
Rael jamás tuvo una muestra de afecto con sus hijos. Ninguno de ellos sabía
lo que era recibir cariño paterno. De no ser por el amor de su madre,
habrían crecido sumidos en la desolación. Él pensaba que toda su simpatía
debía estar reservada siempre a la gente de la calle: al vecino de enfrente,
al jardinero del parque, al concejal del ayuntamiento o incluso a los
forasteros. Y, sin duda, Rael conseguía siempre sus propósitos: ningún
ciudadano del barrio fue capaz de adivinar el submundo que se vivía entre
las paredes de aquella casa.
4
Año tras año, la belleza de Anna
iba marchitándose bajo el desprecio de Rael. A la par que sus fotos, su
felicidad se fue amarilleando paulatinamente... Invadida por la tristeza,
recordaba todas las humillaciones que padeció durante sus embarazos. Rael no
podía aceptar el hecho de que su piel, antaño tersa y suave como el
terciopelo, se fuera cubriendo de estrías a medida que paría a sus hijos.
Muchas tardes lluviosas Anna lloraba cuando le venían a la mente todas esas
infidelidades, mientras los pequeños iban creciendo en su vientre. Rael le
echaba en cara que ya no era tan atractiva y que se había descuidado con la
crianza de sus retoños.
«¡Mira tus pechos!», le gritaba. «¡Están flácidos de tanto amamantar!»
Cada noche, como de costumbre, Rael abandonaba el lecho conyugal para
satisfacer con el cuerpo de otras mujeres sus ansias de lascivia
desenfrenada. Un embarazo tras otro, Anna tuvo que padecer aquella cruel
vejación, mientras los hijos iban creciendo entre muestras de desprecio. De
alguna manera, también les reprochaba haber ido deteriorando el cuerpo de su
esposa. Para Rael seguía siendo más importante un saludo efusivo a cualquier
vecino, que una simple caricia hacia alguno de ellos. Tan sólo se alimentaba
de lo superficial, ignorando que la verdadera felicidad tiene sus raíces en
los sentimientos más profundos.
5
Como todo campo que
no es labrado, resulta imposible cosechar fruto alguno de la nada, y menos
de un ser querido. Uno tras otro, los hijos fueron abandonando el hogar,
hasta que sólo quedó el más pequeño de ellos. Oliver tuvo que cargar con
toda la frustración de un padre que no sabía asumir con naturalidad su vejez
ni la de su mujer. Necesitaba a alguien sobre el que vomitar sus
remordimientos y utilizó a Oliver como cabeza de turco. Muchas veces le
humillaba haciéndole sentir culpable de haber nacido...
Oliver a menudo padeció castigos desmedidos por parte de su padre: en
numerosas ocasiones, el puente sobre el río en los arrabales pasó a ser su
segundo hogar. Ni en lo más crudo del invierno, Rael tenía piedad de su
último hijo. Copiosas nevadas acompañaron a Oliver bajo el puente, donde
sólo se guarecía con una vieja manta roída que encontró en el desván. Anna
solía darle un mendrugo de pan y un pedazo de queso a escondidas, para que
al menos tuviera algo que echarse a la boca mientras durase el castigo.
El embarazo de Oliver fue el más angustioso para Anna. Durante los nueve
meses de gestación, Rael se mostró más cruel que nunca. Antes de nacer,
Oliver ya sufrió la brutalidad de un padre despiadado: Rael volvía siempre
borracho a casa en plena madrugada, incluso a veces despuntando el alba. Al
llegar, insultaba a Anna y la despreciaba, jactándose de que había yacido
durante toda la noche con mujeres más jóvenes que ella.
En el transcurso de su infancia, Oliver vivió el infierno y la angustia del
maltrato psicológico, unido al estupor de ver a un padre que se transformaba
al salir de casa cada mañana, colocándose el rostro bajo el sombrero.
6
Llegó un momento en
el que la hipocresía de Rael rebasó los límites: consciente de su
culpabilidad y comido por el remordimiento, en lugar de expiar las malas
acciones pidiendo perdón a sus hijos, comenzó a justificarse con los vecinos
de la poca atención que éstos tenían hacia su persona. Al salir de casa,
siempre que podía se lamentaba diciendo que todos le habían abandonado...
Solía quejarse de que solamente los veía una vez al año en Nochebuena. Rael
apretaba el sombrero contra su pecho y terminaba llorando sobre el hombro
de algún vecino incauto. El verdugo asumió el papel de mártir, vertiendo la
carga de sus pecados en las espaldas de los demás.
Día tras día, fue manipulando la verdad de manera maquiavélica, hasta poner
en contra de sus hijos a todo el vecindario. Para la opinión pública, era
imposible que Rael pudiese mentir y nadie se planteó en ningún momento dudar
de su palabra. Todos, incluido el jardinero, el concejal, don Cosme y doña
Matilde, lamentaban que unos hijos desagradecidos hubieran desamparado a un
padre tan bondadoso y ejemplar. Su reputación brillaba de manera impecable,
a pesar de sus intenciones sibilinas... De esa forma, Rael continuó afilando
las garras bajo su piel de cordero.
Poco a poco, sus difamaciones fueron calando en la opinión del vecindario y
la gente comenzó a retirar el saludo a Anna. A su paso, cuchicheaban
palabras de desprecio hacia ella y sus hijos:
«¡Qué poca vergüenza! ¡No hay derecho lo que están haciendo con un hombre
tan bueno!», murmuraba don Cosme. «¡Ay, Dios mío! ¡Qué injusta es la vida!»,
se lamentaba doña Matilde.
Aquello era más de lo que un alma bondadosa podía soportar. Anna cayó sumida
en una depresión que la hundió en los más profundos abismos de la
melancolía. Pasaba las horas muertas en la cama, abandonada por completo. Ya
ni siquiera sacaba las fotos de su juventud para contemplarlas. Aquellas
imágenes del pasado, fueron amohinándose en un cajón oscuro del armario...
Una fría mañana de diciembre, Anna murió de pena. Nada más fallecer, varias
lágrimas resbalaron por sus mejillas. Hasta el último hálito, la pobre mujer
padeció el terrible sufrimiento que produce el desconsuelo.
Oliver le dio un beso en la frente, colocó una rosa roja entre sus manos,
recogió las fotos de su madre y abandonó para siempre aquel infierno. Antes
de partir, dejó una nota en el forro del sombrero, que decía así:
« El
que es capaz de matar al amor, algún día pagará por ello.»
7
Las luces de
los árboles iluminaban varias calles de la ciudad. Los niños correteaban en
el parque jugando con sus regalos, mientras lucían gorros encarnados con
borlas blancas. Se podían escuchar alegres villancicos saliendo por las
ventanas de todos los hogares. Las chimeneas humeantes delataban suculentos
guisos que preparaban las madres, ayudadas siempre por los sabios consejos
de la abuela... Todo era paz y sosiego. Parecía como si los duendes hubiesen
esparcido un manto de felicidad sobre los tejados de las casas.
Aquella Nochebuena Rael cenó solo. Los gritos de júbilo y las risas de los
niños se colaban entre las rendijas del ventanal, haciendo su soledad
insufrible. Se tapaba los oídos apretando los dientes, mientras maldecía la
suerte que le había deparado el destino. Comido por la rabia, bajó las
persianas procurando amortiguar los destellos de felicidad que provenían de
afuera. Tampoco ningún vecino se acordó aquella noche de él. Todos estaban
demasiado ocupados entre regalos y visitas familiares, como para acordarse
del ciudadano más ejemplar que habitaba en el barrio.
La cena permanecía servida junto con los cubiertos de plata y la vajilla de
porcelana, a la espera de ser utilizados por unos hijos que ya nunca
regresarían a casa. Sentado en un extremo de la mesa observaba las sillas
vacías, recordando uno por uno los rostros de esos hijos a los que había
maltratado. Tras dos horas sentado en silencio, la comida aún estaba sobre
el mantel ribeteado en oro, sin que Rael hubiera podido probar bocado.
Era ya medianoche, cuando el carillón de pared comenzó a dar las campanadas.
Entonces lloró desconsolado tapándose el rostro entre sus manos, mientras
gritaba:
«¡Por qué me habéis hecho esto, si siempre fui un buen padre!» De pronto, el
cielo comenzó a encapotarse. Decenas de nubes negras se agolparon sobre un
firmamento que durante toda la noche había permanecido estrellado. El sonido
de los truenos se escuchaba retumbante en la lejanía. Infinidad de
relámpagos alumbraban el horizonte, salpicando el cielo con fugaces
destellos que cegaban la vista. Una tormenta amenazaba con descargar de
forma inminente sobre la ciudad.
8
Rael
permanecía sentado en la silla como un autómata, contemplando el guiso de
cordero en la fuente de metal repujado. Miraba pensativo dejando la vista
perdida, ajeno a la borrasca que se cernía sobre la urbe. Pequeñas gotas de
lluvia comenzaron a resbalar por las ventanas, como preludio de la tempestad
que se avecinaba.
Sus ojos hundidos contemplaban incrédulos aquellos asientos vacíos... En
pleno delirio, creyó ver los espectros de sus hijos flotando inertes sobre
las sillas. Con los labios temblorosos, Rael les preguntó por qué le habían
abandonado. Uno tras otro, fueron recordándole todas las crueldades que
había cometido con ellos y con su madre. A medida que las palabras de los
hijos desbordaban su conciencia, la lluvia, que en un principio caía tenue,
empezó a arreciar con fuerza. Las gotas de agua se precipitaban en tromba,
haciendo invisible la calle desde el interior. Apenas se podía vislumbrar la
luz mortecina de las farolas en medio de la intemperie.
Rael escuchaba aquellas acusaciones negando con la cabeza. Su cuerpo se
volvió tenso y le era imposible articular los miembros... Las manos se
aferraban a la silla... Apretándose contra el respaldo, cierta sensación de
vértigo le recorría la espalda... De repente, una tremenda granizada comenzó
a golpear el ventanal. Poco a poco, las bolas de granizo fueron aumentando
de volumen hasta alcanzar el tamaño de nueces heladas. Mientras aquellos
proyectiles de hielo amenazaban con hacer añicos varios cristales, los
espectros proyectaban sobre la mente corrompida de Rael, terribles escenas
del pasado donde aparecía su figura maltratando a la familia: gritos,
insultos, amenazas, vejaciones... golpeaban sobre su conciencia con tanto
ímpetu como lo hacía el granizo contra el ventanal.
Descargas eléctricas comenzaron a caer sobre los pararrayos, mientras
padecía el suplicio de contemplar las mezquindades que había cometido
durante años. Llegó un momento en el cual no pudo soportar todo el peso de
sus pecados: haciendo un esfuerzo sublime, Rael consiguió levantarse de la
silla y golpeando los puños sobre la mesa, espetó:
«¡¡Basta ya!!» De pronto, los cubiertos comenzaron a tintinear en una danza
macabra... La vajilla vibraba tambaleándose ante sus ojos atónitos... Justo
cuando los espectros desaparecieron, un tremendo haz de luz proveniente del
exterior invadió el salón. Tras varios segundos en los que el silencio
inundó la estancia, una brutal descarga se precipitó desde el cielo sobre el
tejado. Rael perdió el equilibrio, dando con sus huesos en el suelo.
Atemorizado, permaneció boca abajo protegiendo su cabeza entre los brazos...
9
Cuando por fin amainó
la tempestad, se puso en pie con cautela. Aquel tremendo rayo había dejado
sin luz toda la casa. Asomándose al ventanal, comprobó que el resto del
barrio también estaba a oscuras. Una extraña calma tensa podía percibirse en
el ambiente... Rael caminó a tientas hasta la cocina, con la intención de
buscar alguna vela que le permitiese iluminar el comedor. Tras encender una
gruesa cerilla de las que utilizaba para el fogón, rebuscó entre los
estantes durante un buen rato: tijeras, coladores, abrelatas, morteros,
sacacorchos... Toda clase de artilugios domésticos se le enredaban entre los
dedos ante su desesperación. Después de una búsqueda infructuosa, recordó
que en la habitación del espejo estaban aquellos viejos candelabros, que
hasta la muerte de los abuelos siempre fueron utilizados en Nochebuena.
Durante varios segundos permaneció
dubitativo. Nadie había entrado en ese cuarto desde hacía lustros y
atravesar el umbral de aquella puerta le daba pánico... Rael pensó que no
sería prudente entrar allí desprovisto de su rostro. Salió a tientas de la
cocina y fue palpando el pasillo en dirección al recibidor. Sin embargo, una
fuerza invisible comenzó a arrastrarle hacia la alcoba. Era como si unos
brazos musculosos accionaran sus movimientos, de los cuales ya no era dueño.
Aquella fuerza insondable le dirigía casi empujándole en dirección
opuesta a la entrada de la casa. Rael quiso oponer resistencia clavando las
uñas en la pared y tensando las piernas contra el suelo; pero por más que
intentaba aferrarse, todo su esfuerzo era en vano. Articulado como una
marioneta, avanzó hasta su dormitorio y cogió las llaves que había en el
cajón de la mesilla, para poder abrir los cerrojos que sellaban aquella
lúgubre habitación... Por unos momentos quiso rebelarse, pues le horrorizaba
tener que entrar allí sin su máscara. Pero le fue del todo imposible. Algo
parecido a una voz de ultratumba le llamaba desde el fondo de la alcoba.
10
Rael sintió alivio.
Aquella energía intangible había cesado, permitiéndole moverse con cierta
libertad. Sacó el pañuelo de su bolsillo y se enjugó el sudor de la frente.
Con las manos temblorosas agarró el manojo de llaves, comprobando que el
robín las cubría por la falta de uso.
Resignado, se encaminó paso a paso en dirección a aquel cuarto maldito. A
pesar de no sentirse empujado, sabía que al más mínimo movimiento en
dirección opuesta, la fuerza invisible volvería a acometerle de nuevo.
Apoyando las manos en la balaustrada de madera que llevaba hasta el segundo
piso, subió los escalones que conducían a la habitación del espejo... Una
vez más, los truenos comenzaron a escucharse con fuerza. La madera
desgastada crujía bajo sus botas con sonido lastimero. En lo más íntimo de
su ser, tuvo el pálpito de que cada peldaño le estaba acercando a su
destino... Entonces le vino a la mente la imagen de su esposa. Justo a la
entrada de la puerta, Rael se arrodilló avergonzado pidiendo mil veces
perdón mientras sollozaba; pero aquellas lágrimas no brotaban de su corazón,
sino que eran fruto de su cobardía.
Agarrado al último destello de esperanza, pensó que entrando a oscuras su
imagen no se reflejaría en el espejo. Por fin se incorporó a duras penas, y
encendiendo una de las cerillas que había guardado en el chaquetón iluminó
la puerta. Con gesto irresoluto, introdujo una primera llave en la cerradura
sin dificultad. Sin embargo, el cerrojo de la segunda estaba muy oxidado y
no había forma de abrirlo. La vieja llave chirriaba quejumbrosa, negándose
por completo a girar. Tras varios movimientos bruscos, al fin liberó la
puerta del pestillo... Con la respiración entrecortada, empujó aquel viejo
portón de madera desgastada y pudo entrar en la alcoba.
11
Una oscuridad
absoluta reinaba tras el umbral de la puerta. Rael permaneció frente a la
entrada, dibujando en su memoria las escenas que tuvieron lugar el último
día que estuvo allí dentro. Recordó el cadáver rígido del abuelo yaciendo
sobre el vetusto catre de nogal. Por unos instantes, tuvo la sensación de
que el cuerpo del difunto aún permanecía en el aposento... Pero tan sólo
eran elucubraciones de su mente. La luz de un relámpago iluminó de forma
momentánea el cuarto oscuro, y pudo comprobar que, en efecto, todo era
producto de su imaginación. A pesar de seguir teniendo un aspecto tenebroso,
allí ya no estaba aquel obsoleto catre. Solamente continuaba en el interior
el antiguo espejo rodeado de candelabros. Aquella cornucopia había ido
pasando de generación en generación, perdiéndose su origen en la noche de
los tiempos... Sobre la cómoda, también pudo observar la antigua Biblia de
tapas raídas, la cual, sin duda, continuaría abierta por el capítulo donde
Abraham ofrecía a su hijo en sacrificio.
La intensidad de los relámpagos fue en crescendo, de tal manera que en
breves intervalos la estancia quedaba iluminada. Haciendo acopio de valor,
Rael por fin entró en la habitación. Introdujo primero un pie, manteniendo
el otro bajo el umbral, mientras sus manos temblorosas se agarraban al marco
de la puerta. Después hizo lo propio con el segundo pie, viéndose ya por
completo dentro de la alcoba.
Aunque todo permanecía en calma, notaba una energía que se desplomaba del
techo contra su cuerpo. Quiso avanzar, pero se dio cuenta de que sus
movimientos eran pesados. Cada paso le suponía un esfuerzo añadido. Por un
momento se detuvo y observó todo de lado a lado. Cuando los relámpagos
iluminaban la habitación, sus retinas captaban algunos detalles de aquel
tétrico lugar: un sinfín de mugrientas telarañas se habían apoderado de los
rincones. En la traviesa que sujetaba las cortinas polvorientas, colgaban
boca abajo varios murciélagos negruzcos que emitían siseos agudos. Tras el
retumbe de los truenos chillaban con más fuerza, revoloteando para después
refugiarse en el respiradero por donde habían entrado. En esos instantes la
lluvia comenzó a arreciar con violencia y observó cómo varios goterones
empapaban el suelo junto a la ventana.
A pesar de aquel ambiente tan desapacible, Rael empezó a sentirse más
tranquilo. Aquella fuerza que en un principio le aplastaba desde el techo,
desapareció. Ya podía desplazarse a tientas por el cuarto sin dificultad
alguna.
Rael suspiró hondo. Caminando con precaución decidió sentarse en el suelo,
apoyando su espalda sobre la pared junto a la cómoda. Jamás hasta esa noche
había sentido en sus carnes una soledad tan desgarradora. Por más que
intentaba asimilarlo, no lograba comprender el hecho de haber sido
abandonado por unos hijos a los cuales, según él, nunca les había faltado
nada. Ahora se encontraba derrumbado en aquella húmeda y tétrica estancia
ignorado por todos...
Permaneció sentado durante varios minutos, con la vista fijada en los haces
de luz producidos por los relámpagos, que de manera intermitente cegaban sus
ojos. Encima de la cómoda destacaba la vieja Biblia, custodiada por los dos
candelabros dorados de seis brazos. Rael recordó que aquel libro sagrado fue
dejado abierto de manera intencionada, por el pasaje en el cual Abraham
estaba decidido a entregar a su hijo en sacrificio como muestra de lealtad a
Dios. Comido por la curiosidad, quiso comprobar si aquel capítulo permanecía
aún inalterable sobre la cómoda. Se incorporó del suelo, y a tientas rebuscó
en el chaquetón alguna de las cerillas que había guardado cuando estuvo en
la cocina.
La llama del fósforo humeante iluminó el cuarto... Con el brazo extendido,
fue girándose poco a poco para contemplar con detalle lo que había en
derredor. De pronto se le heló la sangre. A su derecha había notado el
movimiento de un bulto oscuro. Por unos instantes permaneció inmóvil.
Mirando de soslayo, percibió una sombra que le observaba desde la
oscuridad... Su mano temblaba y la cerilla se consumía poco a poco junto a
los dedos. Sopló para no quemarse y de nuevo un manto negro lo cubrió todo.
Se quedó estático, esperando tembloroso a que la luz de algún relámpago
iluminase el espectro.
Aquella espera se hacía eterna para Rael. Por fin un resplandor le hizo ver
con claridad que alguien permanecía inmóvil en la penumbra. Sin duda aquel
ente le vigilaba, rodeado de un mutismo que empezó a crisparle los nervios.
Una vez más sacó otra cerilla del chaquetón y avanzó varios pasos. Estaba
decidido a desenmascarar a quienquiera que fuese. Rasgó el fósforo, y el
cuarto volvió a iluminarse... Aunque extendió el brazo, aún le faltaba
coraje para mirar adelante. Armado de todo el valor que pudo, cogió un
candelabro de la cómoda y encendió varias velas. Ahora todo a su alrededor
relucía con nitidez. Rael alzó el candelabro y poco a poco fue subiendo la
cabeza. Su corazón se aceleró. Sentía las pulsaciones rebotando contra el
pecho a punto de estallar... En un arrebato de locura clavó su mirada sobre
aquel rostro fantasmagórico. Al primer golpe de vista, no reconoció el
semblante que se mostraba ante él. Observó que sus rasgos eran sumamente
desagradables. Las facciones angulosas formaban trazos lejanos a la armonía.
Aquella faz era como la de una efigie rescatada de una tumba, que durante
siglos había yacido oculta bajo un sarcófago.
Permaneció mirando al individuo, mientras sus dientes castañeteaban entre
las mandíbulas desencajadas... No sabía si huir de allí o abalanzarse sobre
aquel fantasma a la desesperada... Durante unos instantes estuvo sumido en
aquella incertidumbre, hasta que observó un detalle que le llamó la
atención: aquel sujeto vestía una ropa similar a la suya. También sostenía
un candelabro idéntico, aunque a diferencia de Rael lo blandía con la mano
izquierda... Hipnotizado, comenzó a imitar uno por uno todos los movimientos
del espectro, que a su vez eran repetidos fielmente en aquella figura
demoníaca... Por un momento llegó a pensar que se burlaba de él, pero su
expresión no reflejaba ningún gesto chancero, sino más bien todo lo
contrario.
De repente, algo en su mirada le resultó familiar: en los ojos pudo observar
un vacío infinito; un vacío perteneciente a un ser que había adulterado el
alma durante toda su existencia... Rael se echó a temblar.
«No...... No puede ser......», masculló horrorizado al contemplar de nuevo
aquella imagen. Dando un grito de terror comenzó a hacer aspavientos,
mientras sus ojos desorbitados pretendían huir de esa visión. Al girar con
brusquedad sobre sí mismo, las llamas del candelabro prendieron varias
telarañas que colgaban frente al espejo sobre la cómoda. El fuego
rápidamente se extendió como la pólvora, devorando aquel amasijo de telas
enmarañadas. Durante varios segundos se produjo un humo negro que inundó la
habitación por completo. Al disiparse la humareda, un grito de dolor le
desgarró la garganta. El reflejo de su verdadero rostro en el espejo de la
cornucopia se le hacía insoportable. Sin duda era un rostro demoníaco y
enfermizo: la maldad rezumaba por cada uno de aquellos poros... Rael tuvo
que ocultar sus ojos crispados bajo las manos temblorosas.
Un sinfín de imágenes se atropellaron en su mente confusa: en ellas
entremezclaba todas las mezquindades que día tras día fue tejiendo a su
familia... Intentó gritar de nuevo, pero esta vez dio un alarido estéril.
Sus ojos se clavaron en aquel semblante y observó frente al espejo su propia
descomposición: de las comisuras de los labios empezó a manar un líquido
purulento y hediondo...... Su lengua rasposa había adquirido un tono
amoratado, alargándose hasta colgarle a la altura del pecho...... Sus ojos
vidriosos, desprendían de las córneas un humor amarillento que poco a poco
le cegaba...... La lengua se balanceaba como un péndulo dislocado,
profiriendo frases ininteligibles plagadas de exabruptos...... Una
convulsión espontánea reventó los globos oculares, que se deshicieron en una
agüilla fétida, resbalando viscosa por sus mejillas...... Las facciones se
derretían dejando entrever los tendones de sus quijadas...... Uno tras otro,
los dientes se fueron desprendiendo hasta caer rebotando contra el
suelo...... La carne corrompida fue dando paso a una calavera desnuda y el
cuero cabelludo desapareció por completo......
Solamente un apéndice resistió inalterable ante la descomposición: aquella
lengua rasposa colgaba entre las mandíbulas del cráneo. Esa lengua que
tantas veces había difamado a sus seres queridos.
12
Su cuerpo permaneció
varios días postrado de rodillas, con las manos sobre la cómoda y el cráneo
apoyado contra la Biblia, en el pasaje de Abraham. Decenas de gusanos
retorcidos entraban y salían por todos los orificios, devorando la carne en
estado de putrefacción.
Ninguno de los vecinos le echaron en falta durante aquel dramático suceso.
Era lógico pensar que estuviera compartiendo esas fechas tan señaladas en
compañía de sus familiares.
Nadie fue al entierro de Rael. Antes del sepelio, los hijos intentaron
identificarle en la morgue, pero ninguno pudo reconocerlo. Aquel espectro
comido por larvas que se arrastraban entre las cuencas vacías de los ojos,
repugnaba a la vista. De su cuerpo exhalaba un olor nauseabundo, capaz de
penetrar hasta el tuétano del que lo respiraba. El anillo de bodas resultó
fundamental para dar un nombre al cadáver. En su interior se podía leer este
grabado:
«Con amor, siempre fiel.»
Rael fue enterrado sin inscripción alguna en
la tumba, bajo la misma lápida en la cual yacía su hijo anónimo. No hubo
ceremonia religiosa, ni tan siquiera un responso por el alma del difunto. El
enterrador se limitó a hacer su trabajo, echando paladas de tierra sobre la
caja de pino con suma rapidez.
Poco tiempo después, los hijos pusieron la casa en venta. El desalojo
de los bienes se hizo bajo un silencio solemne, en una fría mañana de
invierno. Todos los muebles y enseres, hasta los de más valor, fueron
arrojados al vertedero. Ninguno quería seguir recordando aquel sórdido lugar
por medio de objetos que habían permanecido allí durante lustros. Tan sólo
salvaron un crucifijo de la madre, que guardaba en la mesilla desde el
fallecimiento de su hijo pequeño.
La casa quedó desnuda, con las paredes como testigos mudos de lo que cierta
vez fue el hogar de una familia. Sin embargo, a todos les pasó desapercibida
una prenda que colgaba arrugada sobre el perchero con una sonrisa
esperpéntica: el rostro de Rael.
Oscar Nóbregas, Madrid 2007
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Este artículo aparece en Libros Uno por
Uno, nº 32, otoño 2007
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