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La leyenda de la Calzada Romana

Nueva entrega literaria de Oscar Nóbregas, autor de la novela Retazos de un bastardo, que aquí discurre con la magia de las palabras sobre la memoria de un espacio conocido.

La leyenda de la Calzada Romana

I

Os aconsejo que en las noches claras de luna llena, no os aventuréis jamás a caminar por la Calzada Romana que sube desde las Dehesas hasta el puerto de la Fuenfría.

Dicen que el fantasma de un alma en pena, deambula entre las losas con sed de venganza…

En tiempos del Imperio Romano, durante la construcción de la calzada que cruza la sierra de Guadarrama, miles de esclavos celtíberos trabajaban extenuados para engrandecer con su sudor el poderío del César. Largas jornadas de trabajos forzados agotaban a los cautivos hasta dejarlos al límite de sus fuerzas.

Un valiente guerrero celtíbero llamado Bagarok, cayó en manos de las tropas romanas durante el asedio a los bosques, donde una minoría resistía heroicamente al invasor.

Bagarok era temido entre los romanos. Éstos le odiaban por las muchas bajas que había causado a sus legiones, dirigiendo toda suerte de emboscadas y escaramuzas.

Tras capturar al guerrero rebelde, una sola palabra quedó grabada a fuego en la espada de Bruto, el decurión romano. Esa palabra no era otra que castigo.

II

Con las heridas aún sin cicatrizar, Bagarok pasó a formar parte de la cadena que arrastraba penosamente los bloques de piedra hasta las laderas de la montaña, para construir la gran Calzada Romana que atravesaba el centro de la península ibérica. Los esclavos celtíberos eran obligados a trabajar sin descanso, apenas alimentados durante toda la jornada por un puñado de frutos secos, miel y leche agria.

Sin duda, aquella era una exigua ración de comida para un hombre que todavía se hallaba convaleciente.

Bagarok había vendido cara su derrota. Hasta el último instante se defendió espada en mano, luchando contra un sinfín de soldados que lo acorralaron entre los peñascos de la cumbre más alta. A pesar de su destreza, le fue imposible hacer frente a tal número de hombres, que al caer la tarde lo apresaron sin posibilidad alguna de resistencia. Cuando Bagarok descendía encadenado por la ladera de la montaña en dirección al campamento romano, todo su cuerpo brillaba cubierto de sangre.

Una calurosa mañana en plenos trabajos forzados, las piernas de Bagarok comenzaron a flaquear hasta hacerle caer de bruces en el suelo. A fuerza de latigazos pudo levantarse; pero al momento volvió a dar con sus huesos en la tierra… Una vez más se levantaba, pero de nuevo caía… El látigo laceraba sin piedad la espalda magullada del celtíbero una y otra vez; una vez más… y otra… y otra… y otra…

Bagarok cayó desplomado sin conocimiento.

III

Esa misma noche en plena luna llena, Bruto, el decurión sanguinario, ordenó una muerte perversa para el valiente guerrero: entre cuatro soldados cogieron a Bagarok y le ataron los pies con una soga amarrada a un bloque de piedra colocado en el puente de la Calzada Romana… Entre risotadas y burlas crueles, fueron añadiendo bloque tras bloque alrededor de su cuerpo iluminado por las antorchas. De esa cruel manera, Bagarok quedó inmovilizado hasta el pecho.

Completamente ebrios, los legionarios regaban la cara del prisionero con vino que vertían de sus odres. Bagarok se agarraba a las piernas de los soldados, en un intento desesperado por defenderse de aquella humillación; pero todo esfuerzo fue en vano… Tan sólo era capaz de clavar las uñas en los tobillos de sus torturadores, que le pisaban las manos y le daban patadas en los costados.

Aquella terrible noche, la luna brillaba en lo más alto del firmamento, recortando las sombras escarpadas de los picos en el horizonte. A medida que ingerían más vino, su crueldad aumentaba de manera despiadada: le escupían, le lanzaban piedras, le fustigaban con ramas de acebo… Los romanos danzaban alrededor de su prisionero alzando las antorchas, jactándose de haber capturado al más valiente y montaraz de los guerreros celtíberos.

Cuando la luna se ocultó por fin tras las montañas un soldado desenvainó su daga, marcando en la frente de Bagarok las iniciales del Imperio Romano: S.P.Q.R.

Parecía imposible que pudiera haber mayor tormento para Bagarok; pero lo hubo… Al final de la noche, entre risas histriónicas y gritos dementes, los sicarios de Bruto cubrieron por completo el cuerpo del guerrero con bloques de piedra.

Tras despuntar el alba expiró por fin, en la prisión más horrible que jamás haya podido padecer un ser inocente, cuyo único delito era luchar por la libertad de su pueblo. Bagarok había sido inmolado en nombre del Imperio Romano.

Con las primeras lluvias del otoño, un árbol empezó a brotar sobre el puente de la Calzada, justo entre las grietas donde fue sepultado el cuerpo del celtíbero.

IV

Pasaron muchos siglos sin que se volviera a saber nada de dicha historia. Pero en la Edad Media comenzaron a extenderse rumores acerca de caminantes que cruzaban la montaña por la Calzada en noches claras de luna llena y desaparecían sin dejar rastro alguno…

A menudo se hallaron cuerpos degollados, en los cuales se repetía la misma peculiaridad: alrededor de los tobillos tenían magulladuras de uñas clavadas con saña por una criatura nocturna, que al acecho desde las grietas de la Calzada se abalanzaba sobre su víctima, para luego estrangularla sin piedad.

Hay quien pernoctando en los alrededores del puente romano, ha escuchado susurros fantasmagóricos que salían entre las ramas de aquel enorme pino incrustado sobre las losas… Los ancianos del lugar aseguran, que ese árbol tiene agarradas sus raíces en los brazos de un antiguo guerrero celtíbero.

Dice la leyenda que durante las tormentas nocturnas, se forman riadas de sangre sobre las losas de la Calzada… Lo cierto es que todo aquel incauto que cruza el puente de la Calzada en noches de luna llena, desaparece tragado bajo la tierra… Por eso, jamás se te ocurra merodear en luna creciente por el bosque de las Dehesas, si no quieres verte inmerso en un viaje sin retorno a las profundidades de la Calzada Romana……

Oscar Nóbregas, Madrid 2008

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Este artículo aparece en Libros Uno por Uno, nº 32, otoño 2007


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© AACHE Ediciones - Guadalajara - ediciones@aache.com - noviembre 17, 2008