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Santiago con la espada en los más alto de la fachada de Uclés, en tierra de Cuenca.

Cuenca. El monasterio de Uclés

El origen del monasterio santiaguista de Uclés está en una posición defensiva de extrema importancia para Al-Andalus. La natural fortaleza que surge sobre los campos de la Mancha, fue desde hace muchos siglos hábitat humano: castro de iberos, atalaya o castrum de romanos, de visigodos y finalmente alcázar de árabes.

En los siglos de dominio islámico sobre esta zona de la Península, Uclés fue la capital de la cora (provincia) de Santaver, que se situaba entre las de Toledo y Valencia. Aproximadamente las tierras de Cuenca, al sur amplio de las sierras conquenses, y casi hasta el Guadiana, se extendía este territorio, dominado por el gran alcázar, que controlaba los caminos que unían las grandes ciudades de Toledo y Valencia, y que durante varios siglos fue uno de los bastiones de la Marca media de Al-Andalus, haciendo de atalaya y fortificación fronteriza ante la Castilla cristiana. También sirvió, en ocasiones, como lugar de refugio de revoltosos árabes, como los Beni-Zenum, Musa y su hijo Al-Fath. Paulatinamente fue consiguiendo Uclés la condición de fortaleza inexpugnable y directora. Los árabes hicieron obras en la parte más alta de la fortaleza, en el núcleo central, y alargaron las defensas por el poniente hasta las mismas faldas del cerro en que se asentaba. Las torres que contemplamos, de unos 25 ó 30 metros desde su base, fueron mucho más altas en su día. Teniendo en cuenta que la escarpada colina sobre la que el castillo estaba encaramado medía unos 80 metros de altura, fácilmente se colige que la extensión del terreno que los vigías podían contemplar desde la atalaya más alta era inmensa. Hacia el mediodía se vislumbraba el castillo de Almenara; un poco más al oeste el panorama se abría a una gran llanura, ondulada muy al fondo por la sierra lejana de Lillo; y al norte se tenían las agrestes montañas de la sierra de Altomira, viéndose en primer término los adarves del castillo de Arabia, junto a Huelves.

Es en el año 1085 cuando se considera que Uclés pasa a manos de los cristianos, por primera vez, tras la toma en campaña político-guerrera comandada por Alfonso VI de Castilla, de todo el reino taifa de Toledo. Duró poco esta posesión, pues al año siguiente la derrota de Zalaca supuso su pase nuevamente a los musulmanes. Esta vez su dueño sería Almutamid ben Abbad, rey de Sevilla, el cual la entrega al rey castellano como regalo de bodas, con otras cuantas fortalezas, al casarse éste con la princesa Zaida. El hijo que Zaida dará a Alfonso VI, el infante don Sancho, siendo niño de once años, es enviado al frente de los ejércitos por su padre y sucumbirá en el castillo de Belinchón, a manos de sus moradores, después de haber huido con vida de la batalla de los siete condes.

Pasó luego Uclés a manos del rey Lobo de Murcia, quien se lo entregaría en permuta a Alfonso VII el Emperador a cambio de la fortaleza de Alicum, cerca de Baza. La toma de posesión por parte de los cristianos se hará en 1157, cuando ya reinaba en Castilla Sancho III el Deseado. Desde ese momento, mitad del siglo XII, Uclés es propiedad permanente del reino castellano, que tras haber concedido, desde la monarquía, en 1163, su propiedad a los sanjuanistas, poco después se la entrega a quienes van a poner en su altura el máximo sello de la historia, quedando como Cabeza de la Orden de Santiago. Es el año 1174, y desde aquí el rey Alfonso VIII fraguará su definitiva batalla por la reconquista de esta zona de la Castilla más meridional, la ciudad de Cuenca. La más antigua imagen conocida de Uclés la encontramos en el libro Tumbo Menor de Castilla, en el que aparecen los reyes Alfonso VIII junto a su mujer doña Leonor.

El acto de entrega a los santiaguistas tuvo lugar, con toda solemnidad, en Arévalo, el 9 de enero de 1174. En presencia de los magnates del reino, prelados y nobles, Alfonso VIII, en unión con su esposa Leonor de Inglaterra, entregaba el castillo y la villa de Uclés, con todas sus tierras, viñas, prados, pastizales, arroyos, molinos, pesquerías, portazgos, entradas y salidas,a don Pedro Fernández, maestre de Santiago. Se conserva el original de este documento de donación, en pergamino, en el Archivo Histórico Nacional, formando parte de la colección de diplomas pertenecientes a la Orden de Santiago. A fines de aquel mismo mes tomaron los caballeros santiaguistas posesión de la villa y fortaleza. La bandera de Santiago, que el arzobispo les había entregado en Compostela, ondeó por vez primera en la torre del homenaje. Así puede verse representada en la miniatura del Tumbo Menor de Castilla, antes citado.

Por entonces existía ya una iglesia en el interior del castillo, dedicada a Santa María, pero a todos pareció oportuno que se cambiase su advocación y que se tomase a Santiago por titular. Es tradición que ese cambio de titularidad se hizo un 26 de febrero, y desde entonces y cada año, esa fecha se conmemoró y celebró en las iglesias de la Orden, según consta en sus breviarios. 

En un principio no se pensó que fuese Uclés la casa principal de la Orden, pues esta se hallaba ya extendida por amplios espacios de la Península, incluido Portugal, pero al percatarse de que ocupaba un espacio muy central entre todos los que gobernaba la caballería santiaguista, se empezó a denominar a la fortaleza y convento de Uclés como Caput Ordinis, o Cabeza de la Orden. De este modo vino a ser el convento principal y mayor de la misma.

En 1175, el maestre Pedro Fernández otorgó un fuero, que en lo principal seguía las normas del de Sepúlveda, pero que añadía hasta completar sus 27 capítulos normas consecuentes a la idiosincrasia de la villa y sus nuevos pobladores.

Desde su inicio, el monasterio de Uclés fue una triple estructura organizativa. En él se vivía la regla bajo tres modalidades distintas, correspondientes a las tres clases de miembros de que constaba la Orden: una era la de los caballeros seculares, que podían ser casados, y ejercían realmente como militares y administradores; estaban luego los caballeros estrechos, de vida más rigurosa, que profesaban el celibato y vivían en comunidad, propia exclusivamente de Uclés y que se fundó por expreso deseo de Alejandro III; y, por último, contaba con el grupo de los canónigos regulares o monjes santiaguistas que se destinaban a la celebración del culto, a la asistencia espiritual de los demás miembros y a regentar las parroquias del priorato. Estos eran realmente los que constituían el armazón religioso, eclesiástico, de esta Orden de Caballería, y los que con puridad dieron categoría de monasterio a esta fortaleza de Uclés.
Aquí se guardaba el sello de la Orden y el pendón llamado santo por haber sido bendecido en 1175 por el papa Alejandro. Desde sus primeros tiempos históricos, en esta casa se fue formando el archivo general de la Orden, a base de documentos relativos a su organización, a sus establecimientos y a sus ordenanzas, a su administración y a sus disposiciones generales. Tan grande llegó a ser el volumen de este archivo, joya de la historia de España, que se creó el título de Comendador de la Cámara, para responsabilizar a uno de sus caballeros de la administración de tal elemento. Este grandioso legado se conserva hoy, íntegro, en el Archivo Histórico Nacional, Sección de Ordenes Militares, desde 1872.

Los caballeros de Santiago fueron protagonistas de muchas de las grandes campañas y batallas de la Reconquista. Formaban un grupo numeroso, muy bien entrenado, muy motivado para la acción, pues sus ideales juntaban lo puramente guerrero con lo religioso. Una imagen muy propia de la Edad Media, que curiosamente, todavía está viva en algunos contextos sociales contemporáneos, pero desde la perspectiva de otra religión distinta de la católica.
La reconquista tomó nuevos bríos desde esta altura. Lo primero que se acometió, al mando del rey Alfonso VIII, fue la toma de Cuenca, que ocurrió en 1177. Como premio a su colaboración, recibieron del rey numerosos edificios, terrenos y propiedades en la nueva ciudad cristiana: con ellos crearon el Hospital de Santiago, y tanto respeto se les tuvo que una de las trece collaciones o barrios en que se dividió la ciudad se denomimó de Santiago.

Durante toda la Edad Media, Uclés es el símbolo del poder político y económico de Castilla. El maestre de la Orden es todopoderoso. Desde la costa levantina hasta las playas oceánicas de Portugal, un caballero de Santiago puede andar con su caballo pisando siempre terreno de su propiedad, de su orden. Los maestres designan a sus amigos comendadores y claveros, administradores y caballeros. Recaudan impuestos en grandes cantidades, y solo reconocen como superiores al rey de Castilla y al Sumo Pontífice. Las luchas por ejercer el maestrazgo son permanentes, durante los siglos de la Baja Edad Media. Personajes como Alvaro de Luna, el marqués de Villena y tantos otros, claves en la historia hispánica, actúan desde el maestrazgo santiaguista.

Los Reyes Católicos, al final del siglo XV, ponen fin a esa historia de poderes paralelos, de luchas intestinas, y de control de ejércitos y tierras. Se nombran maestres de todas las Órdenes, iniciando así, con esta y otras medidas, la creación del Estado moderno, regido con fuerza unánime desde la posición del monarca.

Es por ello que Uclés queda, desde la época de los Reyes Católicos, exclusivamente como monasterio, lugar sacralizado donde ejercen su actividad, y custodian los documentos y recuerdos de tan rica y plural historia, los monjes santiaguistas. Con una ayuda permanente desde la monarquía, a los priores de la época renacentista les empieza a preocupar el lugar donde viven, desde un punto de vista arquitectónico y de imagen. Les parece mezquino el edificio antiguo destinado a convento, dentro de las murallas del castillo, y piensan en la conveniencia de su ensanchamiento a costa de la fortaleza. Un espacio complejísimo, en el que los torreones y los patios, las escaleras, los adarves y los edificios antiguos y guerreros, en mezcolanza total, solo servían para la defensa del cerro, no para una vida realmente monacal. Es por ello que la historia del monasterio de Uclés, desde los inicios del siglo XVI hasta casi el final del XVIII, es una historia de construcciones, de arte, de celebraciones.

Se fueron acometiendo por etapas las obras consistentes en crear ese gran monasterio que hoy vemos. Comenzó las obras el prior don Pedro García de Almaguer el 7 de mayo de 1529. En esta fecha se puso la primera piedra con gran solemnidad, como consta de la inscripción existente en uno de los contrafuertes del ábside de la iglesia. Lo primero que se construyó, y eso a lo largo de todo el siglo XVI, fue la iglesia, siguiéndole el claustro o patio, las estancias monasteriales, para acabar, a mediados del siglo XVIII, poniendo el gran retablo de piedra que es su fachada principal, orientada al mediodía.

En un primer proyecto, hecho por el maestro Gaspar de Vega, se acometió la construcción del ala oriental del edificio, que mira a la villa de Uclés, y en ella se pondrían las principales estancias monasteriales, y la cabecera del nuevo templo. Así se hizo, poniendo en la grandiosidad del edificio, y en los detalles de sus ventanales, tallados con ornamentación hecha al plateresco modo, todo el lujo del arte de aquellos tiempos. Se trajeron para su construcción piedras traídas de Segóbriga, antigua ciudad romana que, desde el siglo XIII, fue propiedad de los priores santiaguistas. Ocurrió así el hecho curioso de que las paredes del refectorio se formaron con grandes losas talladas con inscripciones romanas, de las que aún pueden apreciarse algunas, en el muro exterior. Entre otros artistas que por aquí pasaron, debemos recordar la estancia en 1530 de Andrés de Vandelvira, que contaba entonces 21 años de edad, y luego daría lo mejor de su arte en otros lugares de nuestra Región, como Cuenca, Villarrobledo, Alcaraz, etc.


De esta primera época es el refectorio, el lugar donde se reunían a comer los religiosos santiaguistas. De nave única y alargada, lo más espectacular es su artesonado tallado en madera de pino. E
n sus casetones figuran retratos, la mayoría idealizados, de los maestres que fueron de la Orden. Uno de ellos, el que en ese momento es soberano, es Carlos I, el emperador. En el lugar que ocuparía don Alvaro de Luna, aparece una muerte, un individuo esquelético cuya cabeza es una calavera: demostración de que no dejó buen recuerdo su mandato entre los analistas de la Orden. En torno a ese busto, que se cubre de manto y lleva sobre el hueso craneal una corona marquesal, figura esta frase traducida del latín: "Vosotros, los que os tenéis en algo, deteneos ahora un poco, os ruego, y considerad mis palabras: No perdono a nadie".  Por debajo de todo el artesonado corre un friso con leyenda en que figura el nombre del prior que lo comenzó, don Pedro García de Almaguer, y el del que le dio fin, en 1548, don Francisco de la Flor.

La iglesia comenzó a construirse por la cabecera, siendo la sacristía de los primero que se levantó. Toda ella decorada en estilo plateresco. Esta sacristía está formada por dos naves que se unen en ángulo recto, siendo la bóveda, de arcos rebajados, de crucería, con las claves adornadas de rosetones en artística madera policromada, sobrepuestos a la piedra. Las ménsulas de las que arrancan los nervios son especialmente hermosas.

De la cabecera del templo, destacan al exterior sus cuatro robustos contrafuertes que albergan otras tantas hornacinas en las que se incluyen estatuas de los reyes de la casa de Israel. Debajo de la de David se encuentra tallada la fecha del inicio de la obra: 1529.

A Gaspar de Vega le siguió, como maestro arquitecto de las obras del templo y monasterio, Pedro de Tolosa, nombrado en 1577, junto con Diego de Alcántara y Bartolomé Ruiz. A continuación aparece, para cambiar el primitivo proyecto plateresco, Francisco de Mora, quien nacido en Cuenca se había formado junto a Juan de Herrera en las obras de El Escorial, en las que siguió de director a la muerte de Herrera. Es su perfecto continuador en la visión puramente clasicista de la arquitectura regia, y es por ello que aquí en Uclés consigue levantar un magno edificio, que sin controversia ha sido calificado como el Escorial de la Mancha, por su íntimo parecido al templo mayor del monasterio jerónimo y panteón real de la sierra madrileña.

La estructura de esta iglesia es de una sola nave con crucero, y una serie de capillas laterales que se comunican entre sí por pequeñas puertas, formando como dos naves menores laterales. Su estilo es netamente clasicista, algo suavizado en dimensiones y perspectivas de la rigidez de lo herreriano. Una elevada linterna sobre el crucero se apoya sobre pechinas decoradas con buenas pinturas que presentan a los arcángeles Miguel, Rafael, Gabriel y el Ángel de la Guarda. Bajo ese crucero, en el subsuelo, hay una cripta con forma de cruz griega.  El crucero, al exterior se protege de torre con balaustrada de la que surge el chapitel recubierto de pizarra, rematando todo ello mediante una esfera de cobre de unos dos metros de diámetro, sobre la cual se mueve una veleta en forma de gigantesco gallo, mayor que la esfera, apareciendo aún por encima una cruz de Santiago de unos tres metros y medio de altura. Este remate del crucero se concluyó en 1598.

La fachada principal, orientada a poniente, se abre a los pies del templo, y ofrece un gran superficie compuesta de dos cuerpos y tres calles, rematada por un frontón que enlaza con la cornisa. En los laterales están las torres aterrazadas, con balaustradas y ya sin chapiteles como primitivamente tuvieron. La portada propiamente dicha tiene también dos cuerpos, con sendas pilastras dobles a los lados: en el inferior está la puerta arqueada, y en el superior hay tallada una imagen de Santiago.

Durante el siglo XVII se continuaron las obras, cerrando el monasterio por su cara oeste. Todo ello fue planificado y dirigido por Mora, aunque se alargó la obra tras su muerte.

El claustro principal, de estilo barroco, y de proporciones gigantescas, se articula en torno a un magnífico aljibe barroco. De planta cuadrada, hay diez vanos en cada costado, con dos alturas, de arcos abiertos la inferior, y la superior con arcos cerrados y ventanales en cada hueco. El corredor superior tiene deambulatorio cubierto por bóveda de cañón y decorado por moticos vegetales. Son especialmente curiosos los símbolos que aparecen exornando la clave de los arcos del claustro.

En el interior, aún destaca la gran escalera regia que permite el acceso a la planta alta del monasterio, constituyendo un elegante ejemplo decorativo también de mediados del siglo XVII. Se decora con un gran cuadro representando a la Inmaculada, del siglo XVIII.

La última de las intervenciones constructivas de este instituto es la portada principal, que adorna y centra la fachada meridional. Fue construida en 1735 por Pedro de Ribera, y consiste en un auténtico retablo de piedra en el que se puede admirar simultáneamente el equilibrio de los diversos componentes, las proporciones del conjunto y la esmerada ejecución de los múltiples detalles incorporados, entre los que destacan escudos e imágenes de Santiago, de la Orden y del Estado.

Los textos y fotos de este web site pertenecen a la obra Monasterios de Castilla-La Mancha. de Antonio Herrera Casado, editado por AACHE Ediciones. 2005. Colección "Tierra de Castilla-La Mancha" nº 5.
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