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Iglesia del monasterio cisterciense de Buenafuente, de transición al gótico.

Buenafuente. Monasterio Cisterciense del Sistal

Es este el único monasterio cisterciense que queda vivo en la provincia de Guadalajara. Su origen es remotísimo, perdido como está en casi inaccesibles alturas boscosas del Alto Tajo, y cuenta por siglos su larguísima existencia, su peregrinación azarosa por la historia. Tras haber vivido en sus pétreas carnes, y en estos últimos años, el milagro seguro de una muerte anunciada y una resurrección no prevista, hay es verdadero faro de luz en el movimiento espiritual del Císter y de la Iglesia Católica. Una historia, la de Buenafuente, como para ser contada.
La fundación de este Monasterio, plenamente anclada en la Edad Media, pertenece a los canónigos regulares de San Agustín. Muy poco después de ser reconquistada la región a los moros, concretamente en la cuarta decena del siglo XII, ya se pusieron las miras del monarca castellano Alfonso VII en la raya del Tajo, para afirmarla por suya no sólo con castillos, sino también con monasterios. Mitad canónigos, mitad guerreros, recibieron terrenos en diversos lugares de la orilla derecha del río Tajo, y allí pusieron pequeños puestos (vigilancia y oración), de los que sólo este de Buenafuente llegaría a cuajar en auténtico monasterio. Los otros, Alcallech, Grudes y el Campillo, nunca pasaron de pequeñas casas con huerta. El primer momento fundacional, que hay quien lo pone en 1126, no puede asegurarse hasta 1176, en que leemos su primer documento conservado. En ese año, el señor de Molina, Pedro de Lara, les dona las salinas de Anquela. Por entonces regentaban la heredad del Campillo, cerca de Zaorejas, y alfonso VIII les había dado tierras suficientes para que dos pares de bueyes las labraran allí donde se juntan el río de molina, y el Tajo (lo que hoy conocemos como Puente de san Pedro). Más tarde aún, en 1226, don Gonzalo Pérez de Lara, señor de Molina, y su esposa Sancha Gómez, les donan un terreno labrado, con su molino, entre Anquela y Selas. Años después, en 1234, el arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada se lo compró; y de ahí se sucedieron rápidos los cambios que lo pusieron en manos del Císter.
Como un aparte, y ya que hablamos de canónigos regulares de San Agustín, y de la Edad Media en el Señorío de Molina, cabe recordar que también en lo más estrecho del barranco de la Hoz, en el río Gallo, tuvieron inicial monasterio estos religiosos. También en el siglo XII, concretamente en 1172, ya lo ocupaban, por donación del obispo de Sigüenza. Se denominaba "Santa María de la Foz" y recibió ayudas y donaciones de los condes de Molina. Si la tradición dice que antes había sido aquel lugar, paradisiaco y hermoso, propiedad de los templarios, también es cierto que luego pasó a ser propiedad de la Orden del Císter, y sin llegar a tener categoría de monasterio autónomo, figuró durante los siglos de la Baja Edad Media como una finca ó ermita propiedad del monasterio de Ovila, la gran abadía puesta, aguas abajo, en la misma orilla derecha del Tajo.
Tras la compra, en 1234, de Buenafuente por el arzobispo Ximénez de Rada, pasó a poder del Cabildo de la catedral toledana. Esta compra se hizo en la abadía francesa del Monte Bertaldo, de la que dependía la molinesa. En 1242, el mismo arzobispo lo cedió a doña Berenguela, hija de Alfonso VIII y madre de Fernando III, con la condición de que pusiera allí un monasterio de monjas de la advocación de la Santísima Virgen. Doña Berenguela se lo cedió a su hijo don Alonso, a la sazón señor de Molina por haber casado (tras la concordia de Zafra) con doña Mafalda, hija del Conde don Gonzalo Pérez de Lara, y a este infante don Alonso, el de Molina, quien al año siguiente, en 1243, se lo vende por 4.000 maravedís alfonsíes a su suegra doña Sancha Gómez, con la expresa condición de poner en él un monasterio de duennas de la Orden de Cistel. Tras algunas lentas gestiones de los abades cistercienses de Pontiniaco, Ovila y Monsalud ante el obispo de sigüenza, al que todavía quedaba el lugar sometido a jurisdicción, en 1246 doña Sancha Gómez cedía al abad de Santa María de Huerta aquel enclave para que en él se hiciera, real y definitiva, la fundación de un monasterio de monjas del Císter. Fueron traídas religiosas de Casbas, en tierra de Huesca, y en muy pocos años se levantó, creció, y floreció para siempre este cenobio, con la ayuda de los condes de Molina, los obispos de Sigüenza y los abades de Huerta.
Desde un primer momento, y por donación de doña Sancha Gómez, la fundadora, y de sus sucesores, Buenafuente se enriquece con donaciones de territorios, privilegios, casas y dineros. La heredad de Alcallech, cerca de Aragoncillo, quedó como habitable para ellas, así como el Campillo de Zaorejas, la Huertaquemada, la heredad de Beteta, la zona de Alpetea en Villar de Cobeta, etc. Doña Blanca, la quinta señora de Molina, le dio en 1293 las villas de cobeta, el Villar y la Olmeda. De Domingo Pérez reciben en 1296 la heredad completa de Esplegarejos, y así durante los siglos XIII y XIV van aumentando de forma muy notable sus propiedades y riquezas, surgiendo al mismo tiempo, en derredor del formidable monasterio de firme piedra y contundentes líneas románicas, todo un poblado en el que viven, a su sombra, los servidores y aparceros del mismo.
Mediado el siglo XV, y como reflejo de un cisma en el monasterio de Santa María de Huerta entre los monjes que lo formaban, hubieron de salir las dueñas de Buenafuente de su casa. En 1427, el abad de Huerta les mandó que fueran a la humilde y estrecha casa de Alcallech, junto a Aragoncillo, mientras Buenafuente era ocupado por algunos de los frailes de Huerta. En 1455, normalizado el conflicto en el cenobio soriano, la nueva abadesa doña Endrequina Gómez de Mendoza inició el traslado de sus monjas a Buenafuente, lo que le fue impedido por los frailes que aún quedaban allí y se resistían a abandonarlo. Tras largas y duras negociaciones, con el apoyo del obispo seguntino, y por letras ejecutorias de Roma, en 1480 consiguieron las monjas ocupar de nuevo, en la paz secular, su hogar perdido.
Nuevos problemas se presentaron, pero casi tres siglos después. Fue a comienzos del XIX, en ocasión de la guerra de la Independencia. Por miedo a las tropas napoleónicas, que por los pueblos cercanos anduvieron, destrozando cuanto encontraban, las monjas huyeron y se refugiaron en unas cuevas cercanas, en la bajada hacia el Tajo. Mientras tanto, en cuatro meses solamente, los franceses allanaron templo y monasterio, destrozando bastantes de sus cosas. En 1835, la Desamortización de Mendizábal supuso la pérdida completa de sus bienes: tierras, casas, juros y derechos. Solo les quedó al edificio y sus pertenencias personales. Poco más necesitaban para seguir ejerciendo su secular misión religiosa. El último de los milagros -que así podríamos llamarlo- ocurrido en Buenafuente tuvo lugar en 1971, en ocasión de la grave crisis que supuso la casi despoblación del monasterio (pocas y muy mayores, las monjas solo vieron por salida vender todo aquello y marchar a integrarse en otro monasterio). La llegada de un capellán con ideas y decisión (Angel Moreno) y los favores recibidos desde fuera, relanzaron a Buenafuente, que adquirió y hoy mantiene una llama de espiritualidad que justifica su permanencia, tras tantos siglos, en aquella remota y silenciosa altura de los sabinares molineses.

El edificio

El monasterio de Buenafuente del Sistal se compone de un conjunto de construcciones que albergan las dependencias monacales, de un templo magnífico, y de un conjunto de edificios que en su torno forman una especie de pueblecillo en el que surgen, unas nuevas y otras restauradas, las casas de recogida de ancianos, de ejercicios, de juventudes, y otros usos que sirven para dar vida a aquel poblado con una articulación de servicio a la comunidad.
Lo más interesante del conjunto de Buenafuente es, por supuesto, el templo monasterial. En su origen, fue solamente una pequeña ermita que recogía en su seno a la fuente milagrosa (la Buenafuente) de uso muy anterior, y de culto quizás precristiano. Se situaba esta ermita junto al terraplén que hoy limita al monasterio por el norte, y se la puso una puerta orientada al norte y su cabecera o presbiterio hacia mediodía.
Pero el templo de Buenafuente se alzó definitivo y grandioso a partir de mediados del siglo XIII, cuando a él llegaron las monjas del Císter. Su planta es rectangular, alargada de levante hacia poniente, de una sola nave, como corresponde a un templo monasterial femenino, en el que nunca había más de un oficiante, y por lo tanto no necesitaba más de un altar. Por eso su ábside es único, y además ofrece la curiosidad de ser de planta cuadrada, decorado en su muro exterior por un ventanal estrecho escoltado de columnas, capiteles y arcos semicirculares, y un óculo circular en lo alto. La nave consta de cuatro tramos y el presbiterio. El nivel del templo varía según los tramos, siendo más elevado en los pies (correspondiente a la primitiva ermita) y en la cabecera, donde el presbiterio se alza levemente. La bóveda de esta iglesia, de un marcado acento medieval y románico, es de cañón, ligeramente apuntada, y se ve reforzada por arcos fajones en su parte de la cabecera, que apoyan sobre amplias ménsulas decoradas a base de molduras y elementos vegetales incisos. En los pies, los dos tramos se separan también por arcos fajones, pero en este caso apoyando en pilastras adosadas al muro, rematadas por capiteles anchos y grandes, decorados de temas vegetales simples.
En esta iglesia de Buenafuente, destacan algunos elementos de interés. Por ejemplo, el hecho de que la fuente que da nombre al monasterio sigue manando, y lo hace en el interior del templo, en un hueco al que da cobijo el muro de poniente. Existen tres grandes retablos, todos ellos de época barroca: el mayor, presidido por la Virgen titular, iluminado por el óculo o ventanal del ábside, y dos laterales, dedicados a San Bernardo y otros santos cistercienses, con un magnífico escudo heráldico de la monarquía castellano-leonesa.
Al exterior, la iglesia tiene un aspecto fortificado. El ingreso se hace por su cara norte, pues la del sur está adosada al monasterio y clausura. La puerta principal actual es moderna, quizás del siglo XVI, y es muy sencilla, con arco semicircular moldurado apoyado en pilastras. La primitiva puerta de ingreso, que quizás lo fueses también de la inicial ermita, se abre en el primer tramo de la nave, a los pies de la misma. Es una soberbia pieza de estilo románico con influencias netas de la región languedociana. Se incluye en el grueso muro, y forma un bloque en el que aparece, en el remate, una serie de arcos sobre canecillos, al estilo lombardo, tema que se repite por toda la cornisa del templo, incluso en su costado meridional. La portada se remata por cornisa apoyada en canecillos de decoración sencilla geométrica, y se escolta de sendos pares de columnas con capiteles de decoración incisa. Es de arco semicircular, adovelado, que descansa en jambas rematadas en capiteles de base rectangular ornados por elementos vegetales incisos. A su vez el arco se recubre de tres arquivoltas baquetonadas que apoyan sobre columnas y capiteles de tema vegetal.
Otra portada, de similares características, aunque mejor conservada por haber estado siempre a cubierto de la intemperie, aparece sobre el muro sur, permitiendo el paso desde el claustro monasterial (que se adosa al costado sur del templo). Consta asímismo de arco de medio punto, adovelado, y tiene tres arquivoltas, otras tantas columnas a cada lado con sus correspondientes capiteles, y remata con un recercado de bolas, y cornisa apoyada en canecillos.
El conjunto de iglesia y monasterio, del que sobresale la espadaña ade las campanas, y la mole de dependencias de la clausura, la hospedería, etc., es de una apariencia subyugante, muy evocadora, inserta además en un paisaje serrano, alborotado por todos sus costados de montañas y bosques de sabinas.
En la capilla construída recientemente para servir de oratorio de la Casa de Ejercicios, y para el culto diario de la comunidad de monjas, están colocadas las dos mejores piezas escultóricas del monasterio: el Cristo de la Salud, pieza extraordinaria de estilo gótico, tallada en madera, muy expresiva, y la Virgen denominada "la Francesita" de estilo románico, muy bien restaurados y conservados. Merecen una visita.

Consejos para la visita

El camino más directo se hace por la autovía de Aragón, desviándose a la altura de Alcolea del Pinar, en dirección a Luzaga y Riba de Saelices, cogiendo la carretera local de Alcolea a Villar de Cobeta. Cuidado y no despistarse, pues la salida de la autovía está mal indicada. 24 kms. después, sin dejar esa carretera, y tras atravesar densos pinares, cañones rocosos, el lindo valle del río Salado, y los sabinares de Huertahernando, se llega a este ilustre y antiquísimo monasterio cisterciense, vivo hoy, y ocupado por una activa comunidad de monjas bernardas. Restaurado con cuidado y buen gusto, puede visitarse a diario su entorno y la iglesia románica, pidiendo la llasves o alguien que acompañe en la Casa de Ejercicios, que está en el mismo edificio del monasterio. Además, se puede quedar el viajero a comer, ó a pasar algún día de descanso y retiro del mundo. Para éllo, es imprescindible llamar antes y exponer su deseo en el teléfono 949 835 032. O contactar por e-mail con el que allí leen, que es cisterbuenafuente@planalfa.es. tienen también página web: www.ciudadredonda.org.


Los textos y fotos de este web site pertenecen a la obra Monasterios de Castilla-La Mancha. de Antonio Herrera Casado, editado por AACHE Ediciones. 2005. Colección "Tierra de Castilla-La Mancha" nº 5.
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