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Fachada del convento carmelita de San José en Guadalajara

Guadalajara. Los Conventos de Carmelitas

El convento carmelita de San José

Ligeramente más moderno que el de las Vírgenes es este convento de las *carmelitas de abajo+ o de San José, que a pesar de su nacimiento y fundación en tierras de Avila, mantiene su aire alcarreño bien atenazado a sus muros. En efecto, fue una noble dama de Arenas de San Pedro, llamada doña Magdalena de Frías, quien a pesar de la relativa oposición que puso Santa Teresa a la fundación de este convento, por querer someterlo dicha señora a la dependencia del Obispo de Avila, se inauguró en la villa abulense el 11 de junio de 1594, con arreglo a la manera antigua y secular de los Carmelitas. No obstante, el influjo universal de Teresa de Jesús, hizo cambiar de opinión a las monjitas, y tres años después entraban en la Reforma del Carmen Descalzo (91).

Tal vez por la dureza del clima en aquella zona, por motivos de dificultad económica, o simplemente por el capricho de cambiar de sitio, las monjas pidieron a doña Ana de Mendoza, que a la par de ser señora de Arenas era también duquesa del Infantado, que las trasladara a Guadalajara. Aceptó doña Ana con verdadero gusto, y después de vencer la resistencia que el pueblo hacía a dejarlas marchar, con la ayuda del provincial de la Orden, fray Alonso de Jesús María, llegaron a Guadalajara en 1615, ocupando unas casas que la duquesa a tal fin había cedido en el lugar exacto que hoy ocupan. Era ya entonces la misma calle, la de Barrionuevo, donde dos conventos de monjas carmelitas dejaban oir sus campanas.

A poco de llegar a la ciudad del Henares, ya contaban estas carmelitas de San José con más ayudas de las que esperaban encontrar, pues no sólo el Patronato de los duques del Infantado, sino la institución de numerosas memorias pías por vecinos de la ciudad hicieron crecer sus dominios y ahorros hasta un límite de auténtica opulencia.

Poco duraría, sin embargo, esta situación. En el comienzo del siglo XVIII, con los sustos que los religiosos y religiosas se llevaron al ver sembrado por la guerra el territorio patrio, comenzó la decadencia, aumentada en los días de la invasión francesa, en que hubieron de hacer un mutis forzoso, al igual que en 1822. Volvieron una y otra vez al convento. No les alcanzó el rigor de la Desamortización en todas sus peores consecuencias pero sí lo suficiente como para venir a la pobreza y llegar hasta 1936 en pobres condiciones. Nueva exclaustración y nuevo regreso. Siguen siendo, hoy todavía, *las carmelitas de Abajo+.

La iglesia conventual fue terminada en 1644, de una sola nave y forma de cruz latina, con gran altar barroco del mismo siglo en la capilla mayor, y otros dos del mismo estilo, algo posteriores, a los lados del crucero. Existe en dicho templo, como obra destacada entre la orfandad artística del convento, un gran cuadro representando a Santa Teresa de Jesús, a quien un Angel intenta herir con su lanza *de amor divino+. Está firmado en 1644 por Andrés de Vargas.

Se debe también al genio de fray Alberto de la Madre de Dios, el gran arquitecto carmelita, la construcción de este convento y de su iglesia. Fue en  julio de 1625, cuando el arquitecto reciba de las monjas un poder para concertar y contratar con maestros de obras su compleja construcción. En diciembre de ese mismo año los maestros madrileños Francisco del Campo y Jerónimo de Buega (habituales colaboradores del arquitecto) presentaban las fianzas para encargarse de hacer esta obra, que se acabó en 1644, respetando fielmente el diseño original, y resultando una obra conjunta de convento e iglesia con las características ya observadas en otros edificios del arquitecto. Aquí fray Alberto levanta el cuerpo de la iglesia en disposición transversal a la calle y coloca una fachada‑pantalla en su frente, adjunto a las pobre imagen de las casas que las monjas reciben para poner sobre ellas el convento. El templo es de una sola nave con hornacinas laterales (que son novedad absoluta), cúpula sobre el crucero de ligero ensanchamiento en planta y coro alto a los pies. La fachada es sencilla pero muy identificativa del autor: ofrece un solo hueco arcado con hornacina alta de frontón curvo y figura del santo titular;  escudos laterales (Mendoza y el Carmelo) que acompañan a la ventana del coro; coronando el conjunto con un fron­tón de espejo central.

El convento carmelita de Los Santos Reyes

También los reformados carmelitas tuvieron su asiento en Guadalajara gracias a la magnanimidad del licenciado Baltasar Meléndez, presbítero beneficiado de San Nicolás, quien dejó en su testamento nada menos que 70.000 ducados y algunos otros bienes para con ello fundar un Colegio de Artes regido por los nuevos siervos del Carmelo. Su muerte ocurrió en 1631, pero no fue hasta el año siguiente que se constituyera formalmente fundado el convento y colegio.

Hubo que pedir previamente la licencia del Concejo para construir el nuevo edificio e instalar en él una Comunidad. El mismo fray Alonso de Jesús María, como fundador del desierto de Bolarque, fue quien apoyó la idea ante los ediles reunidos. Dieron éstos su licencia, pero imponiendo la condición de que se hiciera *fuera de los muros de la ciudad y en parte despoblada sin que sea necesario derribar casas+. Adquirieron para ello unas casas que habían sido de Luis de Medina, escribano, en el arrabal de San Antonio, bordeando la muralla de la ciudad, ya por entonces prácticamente arruinada y por los suelos. Comenzaron inmediatamente las obras de la iglesia y convento, de lo que quedó muy contento el Municipio, pues *esta parte de la çiudad que aora sestá desluzida por ser de casyllas y muros caydos se adornará y compondrá de modo que suba de ostentaçión y quite la fealdad que aora ay+.

Muy pocos años después de ocupados los solares, resplandecía ya la masa conventual y la portada airosa y sencilla a un mismo tiempo de su iglesia, tal como hoy se ve todo. La huerta fue mucho mayor, pues llegaba por su lado meridional hasta el actual paseo de las Cruces, mas se fue vendiendo poco a poco el terreno. No obstante, en el siglo XVII era lo suficientemente grande y productiva, como para mantener de ella a más de 70 religiosos que por entonces le formaban.

En el año 1835 quedó incluído en las ordenanzas desamortizadoras, y los pocos frailes que quedaban (nueve sacerdotes, tres subdiáconos, un diácono, doce coristas y cinco legos) salieron huyendo ante el exaltado ánimo del pueblo arriacense, bruscamente convertido al liberalismo.

Vacío y desangelado el gran edificio; después de servir de depósito de quintos, de Instituto de Enseñanza Media y de Cárcel, volvió a ser ocupado, en tiempos de Isabel II, por monjas concepcionistas, de las que por un tiempo fue priora la célebre Sor Patrocinio, *la monja de las llagas+, quien al mismo tiempo fue su fundadora. En 1936 vino de nuevo el desvalijamiento y la destrucción. Pasada la contienda civil, dos comunidades de padres franciscanos y monjas concepcionistas, de clausura, poblaron de nuevo el edificio.

La iglesia, popularmente conocida hoy con el apelativo de *el Carmen+, posee la característica fachada carmelitana del siglo XVII, mezclando el rojo del ladrillo con el grisáceo de la piedra sillar, que siluetea los tres arcos de entrada al templo. Una pequeña plaza que precede al edificio, y da entrada a las dos comunidades actualmente existentes, sirve de contrapunto inmejorable para escuchar todavía ese rumor carmelitano y místico que surge de todos los ángulos y las aristas.

Esta iglesia y convento de los padres carmelitas de los Santos Reyes de Guadalajara, fue diseñada en 1632 por el arquitecto de la Orden fray Alberto de la Madre de Dios, sin duda uno de los más exquisitos arquitectos del siglo XVII español. En palabras de su mejor estudioso, José Miguel Muñoz Jiménez, en su obra “Arquitectura Carmelitana”: “Tanto en su interior de tres naves como en su fachada de tipo mixto (mezcla del Gesú de Viñola y de la Encarnación de Madrid), se nos mues­tra el intento de fray AI berto de la Madre de Dios por cargar la mano en lo decorativo: en la delantera los novedosos juegos geométricos de las pilastras y de las cornisas horizontales ayudan a su mejor mensuración; en el interior las labores de yeso en cadeneta, la mayor iluminación, la ocultación de los accesos, todo nos mueve a plantear la influencia del templo abulense que, como este de Guadalajara, sobresale por su gran tamaño y recargamiento decorativo sobre los demás edificios de la Orden”

El templo alcarreño de los Santos Reyes es sin duda la obra más ambiciosa de las diseñadas por el arquitecto montañés para su Orden, especialmente en los que se refiere al planteamiento de su estructura, a la disposición de los elementos de su fachada, y a la ubicación de la iglesia al fondo de un amplio atrio entre dos cuerpos conventuales. Como elemento novedoso destaca la cubrición del interior del templo con la repetición de cúpulas que como evolución de las bóvedas baídas cierran los tramos de las naves laterales. Y el referido autor insiste en que el fraile contribuye “de modo paradójico, con este templo alcarreño, a romper el tradicional «estilo ordinario» del Carmelo”. En la polémica que se suscitó, en el seno de la propia orden carmelitana, acerca de la excesiva suntuosidad del convento de Santa Teresa de Avila, muchos criticaron también la grandiosidad y ostentación del templo de Guadalajara, que venía a ser uno de los más llamativos y ricos de la orden. Se dijo que era excesivo en muchos aspectos (oficinas, claustro, sacristía, fachada de cinco arcos, escalera abierta, bóvedas con lazos, etc), y aún que « ... parece convento de jerónimos...»

Los textos y fotos de este web site pertenecen a la obra Monasterios de Castilla-La Mancha. de Antonio Herrera Casado, editado por AACHE Ediciones. 2005. Colección "Tierra de Castilla-La Mancha" nº 5.
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