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Aspecto actual de las ruinas del monasterio de Ovila.

Trillo. Ruinas del monasterio de Ovila

El inicio de este gran monasterio cisterciense, puesto en la orilla derecha del río Tajo, está concretamente en el territorio de Murel (actualmente término de Carrascosa de Tajo), varios kilómetros aguas arriba del lugar donde hoy vemos las ruinas de esta singular abadía. Allí, en 1181, ya existía un puente que cruzaba el Tajo, y que hasta siglos siguientes mantuvo su importancia estratégica, iniciada en la época de los romanos: el puente de Murel. Pero muy pronto cambié de emplazamiento esta fundación cisterciense. Y en 1186 se localiza ya en el lugar de Ovila, para el que el rey Alfonso concede también múltiples donaciones y acrecentamientos, a los monjes blancos que inicialmente habían acudido desde Valbuena.
El primer abad de Ovila fue don Estaban, y el fragmento del documento de Alfonso VIII en que certifica esta fundación dice así: dono et concedo Deo et ordini cisterciensis et uobis Stephano abbati ac fratribus vestris Ovila in ripa fluminis qui dicitur Tagus, prope Castellum quod uocatur Las Pennas Dalcalathen, ubi iam constructum in honore Dei et beate virginis Marie, sub regula cisterciensis. En ese momento, en 1186, se inician las obras de la abadía, de sus dependencias monacales, claustro e iglesia, que a lo largo de los siglos irían sufriendo sucesivas reformas, siempre para mejorar.
Los primeros bienes de los monjes consistieron en censos y diezmos de Ruguilla y Huetos, algunas yugadas de tierra en Gárgoles, un molino en Sotoca y dos en Carrascosa, además de una gran heredad en Padilla del Ducado y otra en el lugar de Cortes. Todos los acrecentamientos materiales que se le sucedieron al monasterio de Ovila tuvieron su base en la comarca circundante, en la que llegan a tener el señorío de pueblos enteros, la propiedad de tierras y utilidades, amén de la concesión de una innumerable secuencia de censos, impuestos y frutos. En la baja Edad Media se consolida este poder material del monasterio de Ovila.
Alfonso VIII, a comienzos del siglo XIII, dispone que nadie se atreva a reclamar portazgo al monasterio de Ovila, autorizando a los criados del mismo a cortar leña y madera en los bosques regios y en territorio conquense, y ordenando que los ganados de los monjes puedan pasear libremente por los territorios donde lo hacen los del rey.
Pero fue ya en ese mismo siglo XV cuando Ovila comenzó su lenta y permanente agonía, que no acabaría sino en este nuestro siglo XX, cuando sus venerables ruinas fueron desmontadas para ser trasladadas a los Estados Unidos. Lo veremos luego. Las guerras civiles del siglo XV procuraron una señalada despoblación en los pueblos de la comarca del Alto Tajo. En el tercer cuarto del siglo XV fueron pasando, como fruto de malos cambios y humillantes contratos, todas las posesiones que Ovila tenía en Huetos,sotoca, Ruguilla y Gárgoles de Abajo, a poder de la naciente aristocracia de la zona, los condes de Cifuentes.
La relajación de las santas costumbres monacales se acentuó alarmantemente, llegando al extremo de que en 1465, por no existir abad nombrado, se encargó de la administración de Ovila don Juan López de Medina, arcediano de Almazán y Vicario de Sigüenza. El expolio se efectuó de manera tan acelerada, que hasta los vecinos de Murel y Morillejo, impunemente, se adueñaron de las tierras que la Orden tenía en sus términos.
En el siglo XVIII hubo un incendio que acabó con todo el archivo monasterial. La zozobra continuó a lo largo de la guerra de Sucesión, y gracias a que la iglesia se hizo parroquial, y el prior considerado como cura párroco, pudo sobrevivir en continua agonía. Luego llegó la guerra de la Independencia, sufriendo considerables mermas económicas y grandes desperfectos materiales. En 1820 se logra una precaria tranquilidad al nivelarse el capítulo de deudas, pero es en el mismo año que todo vuelve a quedar en silencio y soledad, ante las iras y pasiones desatadas por los pueblos comarcanos. Fernando VII regresa, los devuelve a su lugar, y los protege. Pero en 1835, cuando sólo quedaban entre sus inmensos muros el abad, cuatro monjes y el lego Clemente, la orden desamortizadora de Mendizábal supone el colapso definitivo de Ovila, su paso al Estado. Y su muerte.
Tras la Desamortización, Ovila quedó abandonado. Se dispuso el paso de muchas de sus joyas artísticas a las iglesias parroquiales de los alrededores, sobre todo de Ruguilla, Huetos, Sotoca y Carrascosa. Otras muchas, su biblioteca magnífica, sus archivos, etc., fueron robadas impunemente, y malvendidas. El importante "Cartulario del monasterio de Ovila", grueso volumen manuscrito en el que aparecen copiados los documentos reales de la Edad Media concediendo favores y privilegios al monasterio, permanece en manos particulares, lo mismo que el "Abadologio" de Ovila, en el que se reseña amplia y minuciosamente la serie de frailes que le dirigieron y habitaron a lo largo de los siglos, que en forma de cuidado volumen manuscrito permanece hoy en la abadía cisterciense de Osera (Orense). A duras penas, el Dr. Layna Serrano, cronista provincial de Guadalajara, y ante la evidencia de la venta a Hearst de las ruinas de Ovila, pudo escribir un interesante libro, publicado en 1932, en el que dejó constancia de la historia, los restos artísticos y las vicisitudes últimas de este que fuera impresionante monasterio cisterciense en la Alcarria.
Su definitivo fin le llegó en 1931. El Estado se lo vendió a Fernando Beloso en 3.000 pesetas quien, pocos meses después, se lo vendió al representante en España del magante de la prensa norteamericana Willian Randolph Earst, quien siguiendo los consejos de su asesor artístico en España, Arthur Byne, decidió comprarlo y, desmontado, trasladarlo a California para instalarlo en la gran mansión de San simeón, en la costa californiana, como un elemento más de su enorme colección de piezas artísticas españolas. Las tareas de desmontaje se iniciaron enseguida, siendo numeradas sus piedras, y trasladadas hasta San Francisco, donde tras ser desembarcadas, y tras muchas complejidades legales, quedaron en su mayoría dispersas, deterioradas y olvidadas en los jardines y almacenes del Golden Gate Park de la ciudad de San Francisco, siendo instalada solamente la portada manierista de su iglesia en una sala del De Young Museum de ese parque californiano, donde aún resuenan, -bien que diluídas en el sabor agridulce de Frisco- los ecos cisterciense de la alcarreña abadía de Ovila.

El edificio

Escasos son los restos que quedan del monasterio de Ovila. Ya hemos visto cómo la mayoría de sus elementos fueron a América.
De lo mas antiguo quedan los cimientos de la iglesia y la bodega, obras del siglo XIII bajo el reinado de Enrique I. Lo demás son paredones ruinosos, corrales, la doble arquería del claustro de hermoso estilo renacentista, parte de las techumbres góticas de la iglesia convertida en garaje y almacén, y poco más.
La iglesia era un edificio grandioso, de planta de cruz latina, con una sola nave dividida en cuatro tramos, más el ancho crucero, y una cabecera con tres ábsides, de los cuales el central presentaba el presbiterio con planta cuadrada y el remate poligonal con cinco lados; los ábsides laterales eran de planta cuadrada. Todas las naves, crucero y ábside se cubrían de bóvedas de crucería, apuntadas. A los pies del templo se abría la portada, de un bello efecto manierista, muy decorada con grutescos, hornacinas y capiteles (hoy se conserva montada en una sala del De Young Museum de San Francisco, Ca. USA).
Al sur del templo se abría el gran claustro, del que se conservan las arcadas externas, habiendo desaparecido, desmontadas y trasladas también a América, sus cubiertas de crucería ojival. El claustro que hoy vemos se construyó hacua 1617, y presentaba una estructura de extremada sencillez, con doble arquería formada, a cada lado, por cinco arcos semicirculares sobre pilares cuadrados y dos arcos más estrechos a los extremos, sin adorno alguno, a excepción de sendos entablamentos lisos dispuestos sobre las respectivas arquerías.
Al costado occidental del claustro se alza todavía entera una gran nave cubierta de bóveda de cañón apuntada, que fue usada como bodega, cillerería y almacén de provisiones y aperos. Por el costado oriental del clasutro se abrían las dependencias nobles del monasterio: la sacristía, la celda prioral, y la sala capitular, que lo mismo que el refectoria fueron totalmente desmontados y expatriados, quedando hoy solamente simples e inexpresivos muros.

Consejos para la visita

En término de Trillo, se llega a sus ruinas a través de un camino, estrecho pero asfaltado, de unos cinco kilómetros de longitud, que parte desde el cementerio, exactamente desde el punto en que sale la desviación al propio pueblo de Trillo, en la carretera local de Gárgoles de Abajo a Zaorejas. Es muy fácil de encontrar y no reúne hoy ningún problema llegar allí. Hay que tener en cuenta que Ovila es una finca de propiedad particular, y hoy se encuentra cerrada por una verja.


Los textos y fotos de este web site pertenecen a la obra Monasterios de Castilla-La Mancha. de Antonio Herrera Casado, editado por AACHE Ediciones. 2005. Colección "Tierra de Castilla-La Mancha" nº 5.
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