Cerca de Guadalajara, a 10 minutos de la Plaza Mayor, están las ruinas de San Bartolomé de Lupiana, uno de los monasterios con más historia de toda Castilla. En este lugar se fundó la Orden de los Jerónimos, aquí vino en varias ocasiones el rey Felipe II y en este lugar se reunieron importantes obras de arte de las que hoy, semiescondidas en el bosque que rodea al monasterio, pueden verse el claustro, la iglesia, la sala capitular.... un mundo de sorpresas te espera en Lupiana.

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Monasterio de San Bartolomé, en Lupiana
(del libro Monasterios Medievales de Guadalajara, AACHE Ediciones)

El Monasterio

La imagen idealizada que todos tenemos de un monasterio medieval, la cumple a la perfección el de Lupiana: una torre almenada, un templo solemne, grandes edificios sobrios en su derredor y algunos claustros donde el sonoro silencio se pasea entre los arcos de talladas florituras. Así es visto el conjunto, rodeado de una espesa arboleda, por el viajero que se acerca a San Bartolomé de Lupiana. Empinado el fastuoso racimo de bosques y construcciones sobre la meseta alcarreña, asomándose como en puntillas sobre el hondo barranco del río Matayeguas.
Del origen del monasterio de Lupiana, y de la Orden jerónima, es responsable primero un caballero de Guadalajara llamado don Pedro Fernández Pecha quien en compañía de otros caballeros, la mayoría nobles, se trasladó desde Villaexcusa, en las orillas del Tajuña, donde habían iniciado una vida comunitaria y eremítica "por libre" hasta Lupiana, y allí se instaló. Contaban con la ventaja de que unos años antes, en 1330, el caballero don Diego Martínez de la Cámara, había fundado en lo alto de la ladera frontera de Lupiana una ermita bastante amplia en honor del apóstol San Bartolomé, siendo enterrado en ella cuando murió en 1338. Era este don Diego Martínez hermano de la madre de don Pedro Fernández Pecha, y así, cuando éste solicitó en compañía de sus compañeros ermitaños, le fueron concedidas las dos capellanías con que estaba dotada la ermita. Los patronos de la misma, que ya eran los alcaldes y concejo de Lupiana, asintieron a tal petición en 1370, consiguiendo que el arzobispo toledano, don Gómez Manrique, también aprobase dicha donación. Alrededor de aquella primitiva y humilde capilla de San Bartolomé se alzaron enseguida una serie de pequeñas celdillas donde varios ermitaños se dedicaban al continuo oficio de la meditación y el sacrificio, juntándose diariamente en la ermita para escuchar la palabra de Dios, que brotaba de labios de los más santos entre ellos.
Con don Pedro Fernández Pecha se instalaron, entre otros, su hermano don Alonso, hombre muy docto que amaba mucho la quietud y el sosiego de la conciencia y que abandonó su obispado de Jaén por entregarse a la eremítica existencia. El otro grande del trío fundador fue don Fernando Yáñez de Figueroa, de noble cuna extremeña, que teniendo un alto cargo en la corte de Pedro I, le desagradó tanto la conducta del monarca que decidió hacerse clérigo. También forman parte del primer núcleo alcarreño varios de los italianos discípulos de Sucho que vinieron a España, uno de los cuales, fray Pedro Román, fue el que ante Gregorio XI defendió las peticiones de los eremitas en orden a la aprobación de la nueva regla. Años después, pobló y presidió el monasterio jerónimo de San Blas en Villaviciosa, como se dirá más adelante.
Reunidos tan selecto número de varones, decidieron regirse por una regla que superara las de San Francisco y Santo Domingo, basada en los principios de San Jerónimo. Pedro Fernández Pecha y Pedro Román viajaron a Avignon, donde el Papa Gregorio XI, después de escuchar sus razones y requerimientos, les dejó exponerlos ante el cónclave de cardenales. Unánimemente se aprobó el deseo del alcarreño en cuanto a vivir comunitariamente bajo la advocación de San Jerónimo, aunque les dió para ello la regla de San Agustín, modelada conforme al uso del convento de Santa María del Sepulcro en Florencia. Les denominaba, no obstante, hermitaños de San Gerónimo, y concedió la Bula correspondiente el día de San Lucas de 1373, por lo que es entonces cuando podemos considerar fundada la nueva orden. Con sus propias manos, Gregorio XI les vistió el hábito, todo él de lana, la túnica de encima blanca, cerrada hasta los pies; escapulario pardo, capilla no muy grande, manto de lo mismo y allí cambió de nombre el fundador, pasando a ser fray Pedro de Guadalajara, institucionalizando para en adelante la costumbre jerónima de tomar por apellido, al profesar en religión, el nombre de algún santo o del lugar de su nacimiento.
La Bula fundacional concedía, entre otras cosas, que la ermita de San Bartolomé de Lupiana, con sus casas y celdas del contorno, fuese erigida en primer monasterio de la Orden de San Jerónimo en España; que en él se admitieran tantos monjes como pudieran sustentar las limosnas recibidas, y que, desde ese momento, pudieran fundar otros cuatro conventos de la orden para colocar en ellos a todos los ermitaños que perseguían la misma espiritual meta repartidos por España y Portugal. La primera tarea de la orden fue levantar el monasterio de Lupiana. Fray Pedro de Guadalajara, su primer prior, acometió inmediatamente la obra del claustro donde estuvieran encerrados, tuviesen celdas para el recogimiento, capillas donde decir Misas, cementerio donde enterrarse y en poco más de un año la acabó. Contó con importantes ayudas económicas, como la de su madre, Elvira Martínez, que donó a su muerte casas, tierras, huertas y molinos. Doña Mayor Fernández Pecha, hermana de fray Pedro, casada con Arias González de Valdés, dio también ciertos molinos que poseía en la ribera del Henares, muchas casas en Guadalajara y otras heredades. Su hijo, Men Rodríguez Pecha de Valdés, donó a los nacientes jerónimos cuantiosa herencia, lo mismo que don Alfonso Pecha, el ya mencionado obispo de Jaén, con cuyo legado se construyó el segundo claustro. El mismo fray Pedro, poseedor de una casa en Guadalajara, sobre el solar que hoy ocupa el Ateneo Municipal, hizo donación de ella al monasterio, que durante siglos la dedicó a hospedería de la Orden en la capital de la provincia.
Desde el principio de su historia, el monasterio jerónimo de San Bartolomé de Lupiana contó con la ayuda de los poderosos Mendoza de Guadalajara. Muy allegado al monasterio de San Bartolomé fue don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, quien siempre le favoreció cuanto pudo. La duquesa de Arjona, doña Aldonza de Mendoza, hermanastra y gran enemiga del primer marqués de Santillana, dotó muy bien en su testamento a este monasterio. Reconstruyó y amplió la iglesia en el siglo XV, costeó la sillería gótica del coro, y mandó tallar su enterramiento, con su imagen yacente en alabastro blanco, que a su muerte fue colocado en el muro de la izquierda de la iglesia, siendo llevado en 1835 al Museo Arqueológico Nacional, y finalmente situado en el Museo Provincial de Bellas Artes de Guadalajara, en la planta baja del Palacio del Infantado.
Muchos otros miembros de la familia Mendoza eligieron el monasterio de San Bartolomé para ejercitar con él sus nobles impulsos dadivosos: don Bernardino de Mendoza, arcediano de Guadalajara, dejó ciertas mandas para repartir pan a los pobres que llegaran a las puertas del convento; don Antonio de Mendoza, a su vez, legó ciertas cantidades para obras pías y casamiento de huérfanas. El conde de Coruña don Lorenzo Suárez de Figueroa y su mujer Isabel de Borbón, cabezas de una de las ramas secundarias de los Mendoza, suscribieron el patronato de la capilla mayor del templo jerónimo en 1480, aunque esta responsabilidad se extinguiría por renuncia de su descendiente Alonso Suárez de Mendoza, en 1545. Otras figuras, incluso, escogieron el lugar por definitiva morada, aunque el establecimiento y vigor adquirido en la propia capital, desde comienzos del siglo XVI, de otras órdenes monásticas, frenaron un tanto lo que de seguro hubiera sido una generosa predilección mendocina hacia Lupiana.
También contó el monasterio de Lupiana con numerosos favores reales. Fueron inaugurados por Juan I, y luego continuados por su hijo Enrique III, que dió 5.000 maravedises de juro en las tercias de Sigüenza, como ayuda para la construcción del edificio. Ya en el siglo XV, mantuvieron este apoyo Juan II y su hijo Enrique IV. Por entonces se refiere, en 1472, la visita del arzobispo toledano don Alfonso Carrillo, quien conmovido de la pobreza del claustro, mandó edificar uno nuevo alto e baxo, siendo prior fray Alonso de Oropesa. También los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, confirmaron las mercedes de sus antecesores, y añadieron nueva la donación de una gran cantidad de sal a coger en las salinas reales de La Loma (junto a la Riba de Saelices, en el valle del río Linares). Finalmente, en 1569, Felipe II aceptó el patronato de la Capilla mayor que los jerónimos le ofrecieron, correspondiendo con la entrega al monasterio de la jurisdicción completa de la aldea de Lupiana y todo su término, brotando de este momento un largo capítulo de favores que el omnipotente monarca les hizo, a tenor, además, de haber salido de entre sus muros los frailes que habían de dar vida a su más cara realización: San Lorenzo del Escorial.
Tan sólo durante un año, el primero de vida de la orden, fue fray Pedro de Guadalajara prior en Lupiana. Su excesiva humildad le llevó a renunciar al cargo, recayendo en fray Fernando Yáñez. La actividad de estos hombres fue continuada sin descanso hasta su muerte. De su energía surgió la orden jerónima por toda la Península Ibérica. Ya en 1374, una vez terminado su período prioral, fray Pedro fundó el monasterio de la Sisla, junto a Toledo. Enseguida viajó a los diversos lugares donde aún tenían su residencia los compañeros eremitas que con ellos habían compartido esperanzas místicas, y allí les fundó sus correspondientes cenobios de la orden jerónima: Santa Ana de la Oliva, San Jerónimo de Corral Rubio y San Jerónimo de Guisando, en Castilla, y los de San Jerónimo en la Plana de Jávea y el de Cotalva en Gandía, dentro del reino valenciano. Fray Fernando Yáñez, por su parte, pobló en 1389 la casa de Guadalupe con 31 monjes jerónimos de Lupiana, entre los que luego saldrían grandes figuras de la orden, como fray Pedro de Xerez. Allí fue, en la nueva casa de Guadalajara, donde se reunió, en 1415, por primera vez el Capítulo General de la Orden. Al salir elegido por Superior de los jerónimos españoles fray Diego de Alarcón, prior de Lupiana, se adoptó allí mismo la costumbre de que ambos cargos se mantuvieran unidos en adelante, reuniéndose el Capítulo General de la Orden, cada tres años, en el monasterio de San Bartolomé. Durante más de cuatrocientos años se mantuvo el rito trienal, al que acudían, ya como espectadores, ya como directos interesados, los más altos cargos políticos de la nación, muchas de cuyas andaduras dependían en ocasiones de la persona que saliera elegida General, y de los asuntos y decisiones que allí se adoptaran. Tres de las máximas figuras de la orden, pasaron por el priorato de Lupiana mediado el siglo XV: fray Luis de Orche en 1453, fray Alonso de Oropesa en 1456, y fray Pedro de Córdoba en 1468.
Fue el siglo XVI el que vió la mayor preeminencia política y económica de San Bartolomé. En el privilegio que Felipe II les concedió en marzo de 1569, aceptando el patronato de la capilla mayor de su iglesia, especifica que, además de conceder la jurisdicción a su prior y convento sobre la aldea de Lupiana, crea un señorío a favor de los mismos por el que les capacita para nombrar alcalde mayor y alguacil, escribano, regidores y cuadrilleros. Establecía de esa forma una señorío de abadengo a favor del monasterio jerónimo, hecho excepcional en el reinado de Felipe II. En la segunda mitad de esa centuria se remodela el templo conventual de Lupiana, se alza su portada de estilo herreriano, y se pintan al fresco las bóvedas de su coro. En 1598, Francisco de Mora traza la nueva Sala Capitular. Todo es poder y gloria en Lupiana, donde el prior y General de la Orden se considera un poco como el gran monarca de su espiritual reino, en el que, sin embargo, y según datos documentales que hemos podido constatar, existía un buen número de esclavos negros propiedad del monasterio, para su servicio.
En la farmacia o botica que tenía el monasterio se fabricaban medicinas muy apreciadas en toda la región, obteniendo de ellas pingües beneficios. En el Censo de 1786 consta que, frente a los 58 religiosos profesos que por entonces lo habitaban, vivían entre sus cercas 63 criados al servicio del convento. Esto nos da idea del plácido y despreocupado discurrir de sus frailunas existencias, sólo dedicadas al rezo, la comida y otros castos y ejemplares entretenimientos, de los que el más destacado fue el nobilísimo arte de la música. Sobre las costumbres musicales de los jerónimos escribió un libro don Benito Hernando, quien en sus años juveniles convivió en Lupiana con los bartolos. Todo monje jerónimo, además de sus libros de Teología, Filosofía y Cánones, estudiaba siete años de música. En los archivos de Lupiana era fama se conservaban todas las piezas musicales escritas, casi exclusivamente con destino a las festividades religiosas, en el siglo XVI. Formaban los de Lupiana varios grupos de música de cámara, siendo verdaderamente delicioso escucharles en su interpretación de Haendel, Bach o Palestrina, en las últimas composiciones de Mozart o Beethoven, que entraban a España por su puerta. Allí, en Lupiana, se educó musicalmente el padre Félix Flores, natural de Guadalajara, que llegó a ser la admiración de los medios musicales madrileños en la mitad del pasado siglo. Cuando llegó la hora de la disoluci6n definitiva de los conventos, los monjes de Lupiana y, en general, todos los jerónimos, encontraron fácil empleo como maestros de capilla en las catedrales, organistas de parroquias y músicos de orquestas ambulantes.
Pasó la invasión napoleónica sin apenas molestar la tranquila existencia de los monjes de Lupiana, caso raro dentro del cuadro general con que las fuerzas militares francesas sembraron de horror y destrucción a España. Pero aquella calma vino a ser el preludio de la cercana muerte, que llegó como a otros muchos monasterios alcarreños de la mano del ministro Mendizábal, Fue exactamente el 8 de marzo de 1836 cuando los frailes jerónimos, en virtud del decreto de Desamortización, hubieron de abandonar Lupiana, distribuyéndose, ya como laicos, por los más variados lugares del país, encontrando muchos de ellos seguro empleo en empresas musicales.
Las cuantiosas riquezas y joyas artísticas de la casa de San Bartolomé fueron dispersas por la provincia: a Guadalajara, a la iglesia de las clarisas, hoy parroquia de Santiago, vinieron algunos restos de la sillería gótica del coro. A las parroquias de Lupiana y Renera fueron a parar otros ornamentos e imágenes, si bien la mayoría de sus pertenencias fueron a manos de aprovechados que, sin preocuparse en lo más mínimo por el arte hispano, vendieron y destrozaron a placer. El gran archivo se redujo, inexplicablemente, a unas pocas carpetas y legajos que hoy se conservan en el Archivo Histórico Nacional, a donde pasaron desde la Delegación Provincial del Ministerio de Hacienda. El edificio en conjunto fue adquirido por la familia Páez Xaramillo, de Guadalajara, de donde pasó por lazos de matrimonio a los marqueses de Barzanallana, que aún hoy lo poseen. A pesar del cuidado que siempre han mantenido sus dueños por la conservación del histórico edificio (declarado monumento Nacional en 1931), no se pudo evitar que en este siglo se hundiera la iglesia, hoy dedicada, protegida por sus altos muros vacíos, a jardín de la mansión noble. La visita puede realizarse los lunes por la mañana.

El edificio

El claustro grande de Lupiana es sin duda una de las joyas del Renacimiento español. Fue diseñado y dirigido por Alonso de Covarrubias en 1535, y tallado y construido por Hernando de Arenas y sus hombres a partir de junio de ese año. Ofrece una planta rectangular, y suponía para Covarrubias el reto de construir un nuevo claustro sobre el antiguo preexistente, con unas dimensiones preestablecidas y forzadas. Ofrece cuatro pandas, dos de ellas más alargadas, y dos alturas, excepto en la panda norte donde aparecen tres alturas. La estructura es de arcos de medio punto en la galería inferior; de arcos mixtilíneos en la galería superior, y de arquitrabe recto ó adintelada la tercera, con zapatas muy ricamente talladas. Todas las galerías se protegen con un antepecho, que en el caso de la inferior es de balaustres, y en la superior ofrece una calada combinación de formas de tradición gótica. Las techumbres de este claustro, originales del siglo XVI, ofrecen un artesonado de madera con viguetas finas, todo muy finamente tallado. En su pavimento quedan algunas antiguas losas sepulcrales: una de éllas nos informa pertenecer a don Andrés de la Fuente, que entregó a los monjes la heredad de Valbueno. En el espacio central del claustro aparece una fuente, arrayanes de boj y algunas estatuas puestas por la actual propiedad, procedentes de la iglesia.
En las galerías bajas de las pandas cortas aparecen seis arcos, y en las largas, al serle imposible al arquitecto constructor acoplar otro arco entero con las debidas proporciones, aparece en su centro un intercolumnio añadido, adintelado, en una solución "pseudoserlinana" muy original, que al no tener antepecho permite el paso al espacio central del patio.
La decoración de este claustro jerónimo es plenamente renacentista, y tan característica de Alonso de Covarrubias, que si no existieran los documentos que prueban su autoría, esta le sería atribuída sin ninguna duda. Abundan sobre los arcos, tanto en su paramento externo, como en el intradós de los mismos, los detalles de ovas y rosetas, las acanaladuras continuas, y en los espacios vacíos surgen con profusión los tondos, que muestran nuevamente rosetas, escudos de la Orden jerónima (el león bajo el capelo) e imágenes especialmente delicadas en su trazo, y que en número de cinco aparecen en la parte interna de la panda del norte: San Jerónimo, San Pedro, San Pablo, San Juan y la Virgen María.
Los capiteles son también muy ricos y deliciosamente tallados, acusando la mano personal de Covarrubias especialmente los de la panda norte. Los hay que muestran cabezas de carneros, grifos, calaveras y pequeños "putti" que juegan con cintas y cajas. También algunos angelillos y muestras muy diversas de vegetación. Todo éllo sobre la blanca piedra caliza de la comarca, que sin embargo se ha conservado con gran pulcritud y perfección. La elegancia y la suntuosidad de este gran claustro renacentista de Lupiana, es una de las causas por las que la visita a este antiguo monasterio está siempre justificada.
Existieron otros dos claustros. El más antiguo, al que se accedía desde la entrada, está totalmente arruinado, sin detalle artístico alguno, y cubierto su suelo de derrumbes. El siguiente, que dicen mudéjar, porque fue construido en época del arzobispo toledano Alfonso Carrillo, sólo ofrece los paramentos cerrados, de ladrillo visto, ocultando los pilares primitivos, y sin ningún otro elemento artístico que merezca visitar, a excepción de la pila central coronada de una antigua cruz de hierro forjado.
El templo, construído en la segunda mitad del siglo XVI, y posiblemente la última gran obra artística del monasterio, fue realizado cuando Felipe II aceptó ser patrono del templo, a la oferta de los monjes jerónimos. Ocurría ésto en 1569, en el momento en que el monarca anda entusiasmado con la contemplación de la construcción del gran monasterio de San Lorenzo de El Escorial, que ha entregado a los jerónimos para su cuidado. Es muy posible que en esos años encargara a sus arquitectos y decoradores reales un proyecto, sencillo, para ponerle nuevo templo al monasterio de Lupiana.
Sin embargo, los documentos nos dicen con exactitud que la traza de la iglesia del monasterio de Lupiana se debe concretamente al arquitecto vallisoletano Francisco de Praves, quien la realizó en 1613, y el desarrollo estructural de la fachada del templo, que añadía a lo que ahora vemos una segunda torre que nunca se llegó a construir, fue original del arquitecto madrileño Francisco del Valle. Las obras, según una meticulosa carta de contrato, se llevaron a cabo hacia 1613-15, y la dirigieron y ejecutaron los maestros canteros y de obras Antonio Salbán y Juan Ramos, ambos seguntinos, y muy ligados a la construcción de la catedral de Sigüenza en esas fechas de comienzos del siglo XVII.
La fachada del templo, que era lo primero que encontraban los caminantes al llegar al monasterio de monjes jerónimos, se orienta a poniente, y consta de un gran paramento de remate triangular, en cuya parte baja aparece la portada propiamente dicha. Se trata de un arco semicircular escoltado de dos pilares de planta cilíndrica y rematado por un entablamento sencillo del que surge una hornacina que alberga una deteriorada estatua exenta de San Bartolomé. En ese mismo muro, una gran ventana, hoy cegada, iluminaba el coro de los monjes. Encima de élla, ya sobre el triangular frontón, un gran escudo del Rey Felipe II. A su lado sur se alza la torre monasterial, que todavía presenta un aire medieval gracias a su planta cuadrada, estrechas ventanas asaeteradas, y coronación con almenas.
La iglesia es de planta única y muy alargada. Gruesos pilares prismáticos dividían la nave en tres tramos cortos, estando los dos primeros cubiertos por la gran bóveda del coro alto, similar al de El Escorial, y que también a comienzos del siglo XX se hundió junto con el abovedamiento general del templo. Tras ellos se abre el poco pronunciado crucero, apenas resaltado por el rehundimiento de sus muros para dar acceso a sendas puertas laterales: la del norte, al jardín, y la del sur, a los corredores que la comunican con el claustro y resto del monasterio. Es de suponer que este espacio se cubriera de una gran bóveda de media esfera, como el resto de la nave lo haría con cúpula de medio cañón reforzada por arcos fajones. Esas bóvedas estaban totalmente decoradas con pinturas al fresco, tal como un cronista se encargó de transmitirnos a comienzo del siglo, aunque sin describir mínimamente las formas, el estilo y los temas, por lo que ni imágenes gráficas, ni siquiera descripción ha quedado de todo ello.
Finalmente, el presbiterio, elevado sobre el nivel de la nave, era accesible gracias a una escalinata. De planta rectangular, y muro del fondo liso, también se cubría de bóveda encañonada con decoración de pinturas al fresco, de las que aún quedan trazas hoy día, pero tan deterioradas que es imposible ni siquiera imaginar los temas que proponían. Adjunto presentamos un apunte de la planta y alzados de este templo.

Consejos para la visita

Cercano a la ciudad de Guadalajara, se llega por la carretera N- 320 de Guadalajara a Cuenca, y tomando la desviación a Lupiana que surge bien indicada a la altura de su Km. 7. Siguiendo unos 4 kilómetros por élla, se encuentra el desvío a la derecha hacia el monasterio, bien indicado. Entre densos bosques y jardines umbríos aparece la mole de este maravilloso enclave monasterial. Es propiedad particular, y se permite la entrada y visita, que es gratuíta, solamente los lunes, de 9 a 14 horas. Puede visitarse y fotografiarse sin problemas, tanto el claustro renacentista como la iglesia y los jardines que lo rodean.

Historia de los monasterios medievales de Guadalajara

 

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