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 Las
románticas ruinas del monasterio franciscano de La
Salceda se encuentran a caballo entre los términos de
Peñalver y Tendilla, en la provincia de Guadalajara, en
plena Alcarria. Subiendo la cuesta que por la carretera
N-320 de Guadalajara a Cuenca se encuentra el viajero
pasado Tendilla, a mano derecha sorprende el gran
torreón de la capilla de las Reliquias. Poco más
allça, entre unas nogueras, es el lugar para aparcar y
visitar estas ruinas andando.
Imágenes de La Salceda |
Texto de La Salceda | Más sobre Tendilla
Monasterios
de Guadalajara
Ruinas del Monasterio de La Salceda,
entre Tendilla y Peñalver
(del libro Monasterios Medievales de Guadalajara, AACHE Ediciones)
La
Historia
En la parte más alta del
llamado Valle del Infierno, a caballo entre los términos
de Tendilla y Peñalver, se encuentran hoy situadas las
ruinas evocadoras del convento franciscano de la Salceda.
Para quien viaje en automóvil desde Guadalajara a
Sacedón, a poco de cruzar a lo largo de Tendilla, y casi
coronando las cuestas que la carretera sube hacia la
meseta alcarreña, será una sorpresa encontrarse, a la
derecha de su camino, los restos llamativos de esta
institución eclesiástica de la que haremos un breve
recuerdo.
En aquel lugar, según nos dice la tradición, se
apareció la virgen a dos caballeros de la Orden de San
Juan, sobre las ramas de un sauce, en ocasión de una
tormenta. Y allí pusieron enseguida una pequeña ermita
en la que esa talla de la Virgen, muy chiquita de tamaño
(dicen que el original es el que se conserva en el altar
mayor de la parroquia de Tendilla), con la advocación de
Nª Sª de la Salceda, presidió la paulatina
construcción de todo un complejo monasterial y
eremítico en el que tuvo su asiento el inicio de la
reforma franciscana del siglo XIV.
Fue concretamente el fraile Pedro de Villacreces, quien
en el año 1366, decidido a dar consistencia a su ya
iniciada reforma observante, pidió las correspondientes
autorizaciones a la Orden de San Juan, dueña del
territorio, al arzobispo toledano, a los superiores de su
orden, y al Papa, y con el visto bueno de todos fundó
este convento, en principio muy humilde, acompañado de
fray Pedro de Regalada y fray Pedro de Santoyo.
El inicio fue en forma de vida eremítica, con pequeñas
ermitas dispersas por el monte, que cada fraile
personalmente se construía con ramas, piedras y adobes,
haciendo en ellas maravillosísimos ejercicios de virtud
y penitencia como decía un cronista de la época. Y una
porción de vida en común, a la hora de las comidas, los
oficios religiosos, etc. Durante los primeros 24 años
Villacreces dió vida con su dirección a aquel lugar que
enseguida tomó fama por toda Castilla de ser hervidero
de santos. A finales del siglo XV, vistió el pardo sayal
en la Salceda Gonzalo Ximénez de Cisneros, quien luego
sería regente de la monarquía y arzobispo toledano. Un
monolito puesto a la orilla de la carretera, aún nos lo
recuerda. Y otros muchos santos varones anclaron en
aquella altura, dando vigor y fama al cenobio. Así fray
Diego de Alcalá, famoso por sus milagros, canonizado
luego; el francés fray Julián de San Agustín,
portentoso en sus penitencias; fray Juan de Tolosa, que
un tiempo fue confesor de la reina Isabel la Católica; y
fray Pedro González de Mendoza, el hijo de la princesa
de Eboli, que aquí profesó también de fraile menor, y
alcanzó luego la gloria y la riqueza como obispo de
Sigüenza y arzobispo de Granada, dejando escrito y
publicado un gran libro, la Historia de Monte Celia, y
erigida a su costa la lujosísima "capilla de las
Reliquias" de la que luego hablaremos.
A lo largo de los siglos XVI y XVII este convento cobró
fama, allegó caudales y se remozó en sus construcciones
hasta alcanzar a tener un edificio complejo, rico y
curioso. Nos dicen los cronistas de aquellos siglos que
todo en él era motivo de asombro para quienes,
peregrinos y devotos, llegaban hasta su altura. El mismo
rey Felipe III, -devoto de monjas y de conventos-,
acudió en 1604 con su esposa la reina Margarita a orar
ante la Virgen de la Salceda, residiendo unos días en el
cenobio. Este era por entonces toda una brillante pieza
del arte renacentista. El ancho claustro tenía sus
corredores cubiertos de azulejería talaverana con
escenas de la vida de la Virgen pintadas en vivos
colores. Cuadros a decenas se albergaban entre sus muros
(sabemos que había un Tiziano) y joyas de la
antigüedad, entre las que no era la menor un
"Apocalipsis del Beato Amadeo". Esta se
guardaba en la fabulosa biblioteca que, en semejanza a la
de El Escorial, ocupando todo el ámbito del claustro
alto ofrecía largas series de retratos de los maestros
franciscanos de Teología, filosofía, Gramática,
Retórica, y Humanidades varias, junto con numerosos
mapas, esferas y globos terráqueos, amén de varios
millares de libros, manuscritos e incunables. Una
hospedería muy capaz se encargaba de dar albergue a
visitantes y peregrinos, que acudían siempre en gran
número.
De todo ello hoy sólo quedan unas tristes y escasas
ruinas. Tras las Desamortización de Mendizábal, los
frailes se dispersaron, sus pertenencias fueron robadas o
malvendidas, y el edificio aprovechado íntegramente por
su comprador (Antonio Barbé, de Guadalajara, en 1843)
para desguace y venta de materiales. De lo poco que
quedó, se bajó a Tendilla la imagen de la Virgen de la
Salceda, y las piedras de la portada de la iglesia, que
totalmente desfigurada se puso como marco de entrada a un
bar de la Calle Mayor. Otros cuadros se trasladaron a la
iglesia de Budia y al futuro Museo Provincial quedaron
asignados algunos lienzos. Después, el silencio y la
evocación sobre sus restos mínimos.
El
edificio
El conjunto de este gran
convento se formaba, de un lado, por las quince ermitas
que se distribuían por las laderas del Monte Celia, y
que llevaban los nombres de los más famosos frailes que
las habitaron. El espacio en que se repartían estaba
densamente poblado de sauces, encinas "y grandes
asperezas". Los nombres de estas ermitas eran los de
San Diego, donde dice la tradición que hacía penitencia
San Diego de Alcalá, y a la cual el Papa Paulo III
otorgó el privilegio de cuarentenas de perdón para
quienes la visitaran determinados días del año; de
Santa Ana, de La Concepción, en la que vivió fray Pedro
de Gamarra; de la Magdalena, en la que también dice la
tradición que se albergó en sus inicios el padre
Villacreces; del Santísimo Nombre de Jesús; de San Juan
Bautista, en la que el Cardenal Cisneros cuando ejerció
de franciscano penitente pasó largas temporadas de
meditación; del Triunfo de San Francisco; del Portal de
Belén, muy cerca de lo que luego sería capilla de las
Reliquias; de la Resurrección; de San Antonio; de Cristo
con la Cruz a Cuestas; de las Lágrimas de San Pedro,
enla que estuvo el gran protector don Pedro González de
Mendoza; y del Calvario; del Descendimiento y del
Sepulcro.
El monasterio propiamente dicho estaba formado por la
iglesia, que desde un punto de vista arquitectónico
podía incluirse dentro del estilo manierista ó
clasicismo escurialense propio de los años finales del
siglo XVI. Su diseñador y director pudiera haber sido
uno de los arquitectos escuarialenses, Juan García de
Alvarado, residente en esa época en Tendilla, ó Juan de
la Pedrosa, maestro de obras de las que el arzobispo
González de Mendoza realizó en los ámbitos que de él
dependían. El autor de la mejor historia de este
monasterio, fray Pedro González de Mendoza, nos dejó
esta descripción de su portada: rematando en punta, una
bola de piedra que della penden y baxan dos cartelas
hasta el frisso y bajo ellas embevida a cada lado una
campana donde las cartelas rematan con bolas y fajas de
piedra y en lo alto dellas y en el espacio que dexan se
forma un relox circular y entre las campanas y la ventana
que da luz al coro con jambas y dinteles en conformidad
con lo demás. Una típica portada, como se entiende, de
corte manierista.
El altar mayor era verdaderamente grandioso y llamativo.
Se accedía a él a través de tres gradas y un arco
triunfal, cuyo centro estaba ocupado por un sauce
esculpido cuyas ramas alojaban muchos ángeles. En lo
alto, aparecía un lienzo con la figura de la Asunción y
la custodia de la Virgen con las joyas -donadas por las
señoras de la casa de Pastrana- constituyendo el
principal punto de referencia del edificio. Lo describía
así un cronista de la época: el sauce aparta sus ramas
para que no estorve la vista de la Santísima Virgen que
está en custodia de oro y plata que se ve desde todas
partes, porque la pared que la puede impedir en la parte
trasera, es toda de vidrieras con cuya transparencia se
goza todo.
Otro de los grandes edificios de este convento de la
Salceda, del que hoy quedan las más expresivas ruinas,
era la Capilla de las Reliquias, situada al mediodía de
la iglesia y mandada construir por Fray Pedro González
de Mendoza para colocar en ella todas las reliquias que
consiguió atesorar. Las paredes de este edificio estaban
revestidas de azulejos en su parte inferior, alzándose
luego hasta la cornisa una serie numerosa de nichos donde
se albergaban las reliquias. Un altar de compleja factura
manierista completaba el conjunto, cubierto de amplia
cúpula hemiesférica de subidos adornos dorados.
De todo aquel conjunto solo quedan hoy algunos
desmochados paredones, restos de las murallas del espacio
conventual, y alzada a gran altura la capilla de las
Reliquias, auténtica joya de la arquitectura
renacentista clasicista de la primera mitad del siglo
XVII. Merece, verdaderamente, aunque solo sea con
intenciones evocadoras, darse una vuelta por entre las
ruinas del convento franciscano de la Salceda.
Consejos
para la visita
Las escasas ruinas que hoy
sobreviven de este cenobio, se encuentran aisladas de
toda población en lo alto de las cuestas que rodean a
Tendilla por oriente. Son visibles y accesibles
facilmente desde la carretera N-320 de Guadalajara a
Cuenca, a la altura de su Km. 28. Lo que más sobresale
de ellas, es el esqueleto de la circular "capilla de
las reliquias", que en la distancia semeja antiguo
castillete ruinoso. En las proximidades, y junto a la
carretera, se ve un monolito que recuerda el paso de fray
Francisco Ximénez de Cisneros por este monasterio.
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