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Fachada de la iglesia del convento de Santo Domingo de Ocaña.

Ocaña. Convento de Santo Domingo

Dice la tradición dominica que durante la cuaresma del año 1526 llegaron a Ocaña dos religiosos dominicos, invitados por el duque de Maqueda y por el párroco de Santa María, a predicar en dicha Parroquia, y después la Pascua en la Parroquia de San Martín. Llegaban en un momento de especial exaltación de los valores monacales, religiosos y muy especialmente dominicos, tenidos en ese momento por auténticos guardianes de la Fe, sustentadores del Santo Oficio de la Inquisición, que tan a fondo se estaba empleando, al menos en la archidiócesis de Toledo, a la limpieza de focos erasmistas y protestantes, tenidos por verdaderas amenazas procedentes de Europa, y posibles elementos de deterioro de la religión y de la potencia política española. El buen sabor que dejaron estos frailes en la villa, propició que el pueblo y el párroco se presentaron a los Predicadores con la propuesta de fundar un Convento de la Orden dominicana. Desde ese momento hubo vecinos que ofrecieron los terrenos necesarios para la construcción de un posible nuevo Convento. Sólo faltaba obtener los pertinentes permisos, tanto por parte de la Orden como del Rey y del Consejo de órdenes militares, puesto que Ocaña estaba gobernada por la Orden militar de Santiago.

El emperador Carlos I, como maestre de la misma, expidió en Valladolid una Real Cédula, el 2 de julio de 1527, en la que accedía a la multitudinaria petición dando "licencia a los frailes de la Orden de Predicadores para hacer y edificar de nuevo el dicho monasterio en la casa e olivar o en cualquier sitio o parte de la expresada villa de Ocaña”.

Aunque su inicio fue en un solar alejado del pueblo, a partir de 1537 se iniciaron las obras del nuevo, establecido en el interior de la urbe antigua, y en 1539 se pudo decir la primera misa en su templo. Su primer título fue de “Nuestra Señora del Rosario”, y a partir de 1544, y tras sufrir un incendio, se renovó y pasó a denominarse “Convento de Santo Domingo”. Continuaron las obras durante todo el siglo XVI, pudiendo darse por concluido en 1605.

En su historia han descollado importantes figuras de la Orden Dominicana, haciendo así buena la idea de que una institución es importante por los hombres que la han poblado y han dado vida.  Aquí en Ocaña Pedro de Soto, ejerció por dos veces el oficio de Prior. El padre Soto fue confesor del Emperador Carlos V, profesor en Oxford, y eminente teólogo en el Concilio de Trento. Otro fue fray Juan Cobo, que escribió en lengua china una gramática, un diccionario, un tratado de astronomía y un tratado de "Doctrina cristiana en letra y lengua china", impresa en 1593 en Manila, así como la "Apología de la verdadera religión" en chino "Shih-Lu". Fue además el primer embajador de España en el Japón en 1592. También destacó el Beato José de San Jacinto Salvanés, quien profesó en este Convento en 1598. Se embarcó para Filipinas en 1605, adonde llegó al año siguiente. Destinado a Japón aprendió tan perfectamente la lengua y asimiló de tal modo los usos y costumbres de aquel imperio, que durante muchos años recorrió los pueblos y ciudades de aquel imperio, muriendo en la hoguera en 1621. Fue elevado a los altares en 1867.

Otro de los temas de interés de este convento es su capacidad de haber generado muchos misioneros para Asia. Las expediciones a ese continente promocionadas por el Estado español durante el siglo XVII, supusieron un aumento en las vocaciones de dominicos que querían ir allá de misioneros. Y así se creó la Provincia del Rosario, que comprendía a Castilla y Filipinas, y que en el siglo XIX, cuando atravesaba su peor momento por la falta de frailes, el convento de Santo Domingo de Ocaña se erigió en cabeza de este territorio y se llenó de aspirantes a misioneros. Se restauró y amplió el convento, hasta adquirir unas dimensiones monumentales. Puesto ya en marcha el Colegio-Misionero, enseguida comenzaron a recibirse peticiones de nuevos pretendientes. El 15 de septiembre de 1830 tuvo lugar la primera toma de hábito. Entre estos primeros novicios estaba quien más tarde sería nombrado y consagrado Arzobispo de Manila, Monseñor Pedro Payo (1876-1889), después de haber ocupado diversos cargos en la Orden.

Ya en 1847 la comunidad estaba compuesta por 78 religiosos, y no más porque no cabían. Se inició una nueva ampliación, con capacidad para 70 celdas más, y en 1854 se inauguró, aunque la gran afluencia de aspirantes hizo que se ampliaran las enseñanzas en el convento dominico de Santo Tomás de Avila. Un dato a tener en cuenta es que desde 1831 a 1904 embarcaron para el Extremo Oriente más de 750 misioneros, es decir, diez misioneros por año, y de entre ellos, más de treinta fueron consagrados obispos, bien en tierras de misión, bien en España. Tres de ellos fueron Arzobispos y uno Cardenal de la Santa Iglesia, Arzobispo de Toledo, don Ceferino González. Pero aún supera en méritos a este, el hecho de que este Convento de Santo Domingo cuenta entre sus hijos a cuatro santos mártires elevados al honor máximo del altar. Son el asturiano San Melchor García Sampedro, el gallego San José Mª Díaz Sanjurjo, el vasco San Valentín de Berriochoa y el catalán San Pedro José Almató, canonizados por el anterior pontífice, Juan Pablo II, el día 29 de junio de 1988.

La ley de Desamortización de 1834, curiosamente, dejó sin disolver a este convento de Ocaña, dado que formaba misioneros que, entre otras cosas, podían reforzar la influencia de España en sus posesiones de Ultramar.

Cada vez con menos vocaciones, siguió funcionando este convento como Seminario menor, y centro de bachillerato, pero en 1936 fueron desalojados los religiosos que lo habitaban, algunos de ellos ejecutados, y solo pasada la Guerra Civil, en 1948, se reabrió como Seminario de misioneros para la referida provincia del Rosario. Hoy continúa habitado, y los nueve miembros que en él residen dedicados a la actuación litúrgica, catequética y formativa, tanto desde el punto de vista escolar como cultural general.

En el edificio de Santo Domingo de Ocaña, que por fuera tiene el aspecto de un inmenso caserón sin apenas novedades arquitectónicas, conviene reseñar algunos elementos que le hacen especialmente interesante, como son su gran claustro, su interesante templo, en el cual se alberga un coro extraordinario, comparable a los de las mejores catedrales españolas. Fue tallado en 1573 en madera de nogal, en estilo renacentista italiano, siendo costeada la obra por el clavero de la Orden Militar de Calatrava, Fernando Fernández de Córdoba, y colocado en el convento dominico de Almagro. En 1866 el rector de la orden del convento de Santo Domingo de Ocaña, el P. Fray Antonio Viñolas, lo compró a D.ª Isabel Aparicio pagando por él 11.000 reales. Destacan en él sus historiados bajorelieves pero de gran expresividad, con imágenes de santos y santas en el nivel superior, y de personajes y escenas de la Biblia en el inferior, así como las paciencias o misericordias talladas bajo los asientos. También es destacable el Museo Arqueológico, fruto de la labor incansable a lo largo de algo más de treinta años del dominico Fray Jesús Santos Montes, en el que recopilan cientos de piezas y objetos procedentes de Ocaña y su Comarca: en él pueden verse diferentes utensilios de la Edad de Piedra, desde el musteriense al neolítico superior y bronce segundo. También hay muy buenas piezas de cerámica celtibérica, romana -sigilatas- y árabes, así como numerosos molinos ibéricos y romanos. Y finalmente el Museo “Porticum Salutis”, bajo la dirección de fray Miguel Angel García de la Rosa, que a modo de una permanente y gran exposición tipo “Edades del Hombre” ofrece un recorrido catequético por la historia de la iglesia y de la Orden, con un extraordinario Belén catequético interactivo, un “Encuentro con Santo Domingo y los dominicos”, y una riquísima y variada exposición de ornamentos sagrados bordados con hilo de oro pertenecientes a este convento desde su fundación, así como una interesante colección de imágenes de Santo Domingo, la Virgen del Rosario y tres crucifijos, todos ellos en marfil finamente tallados, así como una talla en madera policromada de una Santa, obra del siglo XVI. Un espectáculo artístico que realmente merece la pena ver.


Los textos y fotos de este web site pertenecen a la obra Monasterios de Castilla-La Mancha. de Antonio Herrera Casado, editado por AACHE Ediciones. 2005. Colección "Tierra de Castilla-La Mancha" nº 5.
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