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Semanario NUEVA ALCARRIA

Guadalajara / Sección Artes y Letras
Fecha: 13 Febrero 2004

Viajes y recuerdos por Guadalajara

El Palacio del Infantado
EL PALACIO DEL INFANTADO EN GUADALAJARA

El palacio del Infantado es el edificio emblemático de la ciudad de Guadalajara. A su importancia capital en la historia del arte español y occidental, une la característica de ser la expresión más depurada de la historia de un linaje que dio vida a la ciudad durante siglos: los Mendoza. Uno de ellos está, vigilante, puesto en bronce ante su fachada. Es el Cardenal Pedro González.

En breves líneas voy a poner lo más relevante que ha de conocer el viajero que llega, por primera o enésima vez, a Guadalajara, y se enfrenta a este que ya debiera haber sido declarado Patrimonio de la Humanidad, porque reúne sin duda alguna todas las características que para este nombramiento se precisan. Vaya aquí, de inicio, una nueva petición en ese sentido: seguir trabajando ante las instancia de la UNESCO para que este emblemático palacio sea considerado como lo que es. La esencia de una época y un estilo artístico.

Aparece el palacio sobre la vieja ciudad

Ocupa este palacio el lugar que ya en el siglo XIV utilizó el primer Mendoza alcarreño, don Pero González, para poner sus casas principales. Reformadas sucesivamente por otros mayorazgos del linaje, entre ellos don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, que en ellas vivió largas temporadas y mantuvo su principal biblioteca y estudio, fue hacia 1480 que el segundo duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza también llamado, decidió derribarlas y construirse un nuevo y esplendoroso edificio palaciego por acrescentar la gloria de sus progenitores y la suya.

Las obras se hicieron muy rápidamente, y en 1483 estaba ya construida la fachada, poco después el patio, y al terminar el siglo XV lucía el monumento en todo su esplendor de goticismo, de artesonados y riquezas. En 1569, el tataranieto del constructor, don Iñigo López de Mendoza, quinto duque del Infantado, inició una serie de reformas, dirigidas por Acacio de Orejón, que tendían a parangonar su palacio con el que Felipe II levantaba en Madrid, poniendo para ello ciertos detalles renacentistas, tanto en la fachada (abrió nuevas ventanas, tapó las antiguas, desmochó los pináculos góticos), como en el patio, y decorando los techos de los salones bajos con pinturas al fresco realizadas por los artistas italianos que por entonces vinieron a decorar El Escorial y otras obras reales. Se construyó también entonces el magnífico jardín mitológico situado a mediodía de palacio.

En siglos posteriores, los Mendoza marcharon a la Corte y su palacio arriacense quedó abandonado. Fue vendido al Ministerio del Ejército, que colocó en él su Colegio para huérfanas de militares, y en 1936 fue bombardeado y destruido. Una completa restauración le ha devuelto en los últimos cuarenta años su primitivo esplendor.

Juan Guas, un arquitecto europeo

El viajero se preguntará quien fue el arquitecto que ideó este colosal edificio. Fue trazado y dirigido por Juan Guas, autor primeramente del castillo mendocino del Real de Manzanares, y del monasterio toledano de San Juan de los Reyes, y luego de varias obras en la catedral toledana y de la hospedería real en Guadalupe. Colaboraron con él Egas Cueman y Lorenzo de Trillo. Una larga nómina de artistas mudéjares participaron en los diversos aspectos decorativos de la casona: artesonados, frisos, azulejería, pinturas y rejas. Es su estilo radicalmente hispano. Pues aunque parte de la decoración y estructura de balconajes o portadas son de corte gótico de tradición flamenca, otros muchos elementos decorativos, y la disposición de vanos en la fachada, incluso el mismo tema ornamental de las cabezas de clavos, son de herencia morisca, y de lo más exquisito que ha producido el arte mudéjar. Supera uno y otro estilo, y adquiere el marchamo hispánico del estilo mendocino.

Vamos a caer en la admiración de la fachada

Lo más llamativo del palacio del Infantado es su fachada. Ofrece una mezcla muy vistosa de estilos, pues el gótico flamígero se da la mano con lo mudéjar y con variados detalles del Renacimiento avanzado. En esa fachada aparece la puerta descentrada, flanqueada de dos gruesas columnas cilíndricas, que apoyan en basas prismáticas, y cubren toda su superficie con una fina trama de rombos, entre los cuales aparecen medias esferas, siendo repetición miniaturizada del orden de las cabezas de clavos del resto de la fachada. Rematan estas columnas en volada cornisa de salientes mocárabes. En la superficie rectangular y vertical que limitan estas semicolumnas y el friso, se encuentra la puerta, que goza de estructuras diferentes, pues el total se forma con un alto arco apuntado, cuya rosca presenta, entre molduras, una larga frase tallada en letra gótica alemana.

A dos tercios de su altura, se remata el vano de la puerta propiamente dicha, mediante arco conopial mixtilíneo muy rebajado, que descansa en ménsulas de talla vegetal y se decora con bolas y cardinas. Sobre el tímpano de esta puerta aparece la corona ducal, una celada de frente, y los escudos coronados de Mendoza y Luna. A sus extremos, sendas tolvas de molino, con largos cordones rodeándolas, símbolos adoptados por el segundo duque, don Iñigo. En las enjutas del arco, dos grifos rampantes muestran otro par de tolvas.

Sobre esta puerta vemos hoy el gran escudo ducal que pone el sello de la grandeza de un apellido, el de Mendoza, a toda la fachada del palacio. Dos velludos varones sostienen el circular complejo emblemático en que consiste este grande y hermosísimo escudo. Encerrados en conopiales volutas aparecen veinte distintos escudos (cruces, castillos, leones, frases y encinas en bulliciosa amalgama) que vienen a representar los múltiples estados, títulos y señoríos que desde la antigüedad hasta ese día estuvieron en la casa de Mendoza. En el círculo central, inclinado y rodeado de góticas verduras, el escudo del apellido que une las armas de Mendoza y de la Vega, correspondiente a don Iñigo. Se cubre con una corona ducal, y remata con celada terciada sobre la que asoma orgullosa alada bicha de alas desplegadas y grandes orejas. Dos tolvas de molino le circundan.

En los niveles de la planta baja y principal de la fachada, se abren algunas ventanas y una puerta, obras de la reforma del quinto duque: llevan lisas molduras, frontoncillos con el escudo ducal y rejas de la época. En la línea superior de la fachada aparece como un corrido alfiz la galería de ventanales y garitones que prestan su característica más singular al palacio. Consiste en una serie de ventanales que alternan con garitas salientes, con múltiples columnillas y capiteles, antepechos y tracerías góticas, apoyado todo ello en amplia faja de mocárabes, repartiéndose por el conjunto los escudos de Mendoza y Luna. El resto de la fachada, toda ella construida con dorado sillar de Tamajón, se cubre con ornamentación de cabezas de clavos dispuestas en peculiar distribución en una ideal red de rombos.

Otras muchas cosas tiene el palacio del Infantado que poder admirar. La más importante, el Patio de los Leones. Hoy, una vez más, está en obras, tapado por andamiajes y telas que le ocultan. El Ministerio de Cultura está velando por su conservación, y le está inyectando una buena dosis de salud futura. Pero el viajero de hoy no lo puede ver. Así es que dejamos su descripción y alabanza para más adelante.

La galería del jardín, que fue construida hacia 1496 por Lorenzo de Trillo, cubre el flanco de poniente del palacio, constando de una doble serie de arquerías, con columnas prismáticas de moldurados capiteles, y sus paramentos decorados con hiladas de arquitos lobulados. La podemos admirar, especialmente cuando el sol la ilumina por las tardes, desde el jardín renacentista que la precede.

LO MEJOR DEL PALACIO DEL INFANTADO

Una serie de elementos puntuales destacan del conjunto del palacio. 
Para quien lleve prisa en mirarlo, tan solo cinco minutos, estos son los elementos imprescindibles:

las tracerías góticas de la puerta principal. Un complejo entrelazado de cardinas y puntiagudas hojarascas abrigan los escudos heráldicos de Mendoza y Luna, constructores del edificio.

Los picos de la fachada, dispuestos en una trama de rombos, son el elemento más característicos. Esos clavos están fijando sobre la piedra una invisible tela en la más atrevida de las imágenes arquitectónicas.

La galería alta que recorre toda la fachada, bajo el tejado, con ventanales, garitones y decoraciones finísimas.

Los mocárabes que sirven de apoyo a esas galerías, un recurso ornamental árabe, muy utilizado por Guas, el arquitecto constructor. Parecen panales, estalagtitas, un arabesco sorprendente.

Los escudos, los leones y los grifos que pueblan los muros del patio. Un zoológico profuso y un grito de símbolos.

 

SIETE FECHAS PARA UN PALACIO

1480 – Se derriba el viejo caserón del marqués de Santillana y se empieza a construir el palacio nuevo.

1492 – Se concluye la construcción del palacio del duque del Infantado.

1533 – El Emperador Carlos I de España y V de Alemania visita el palacio.

1560 – Se celebra en sus salones la boda del Rey Felipe II con la francesa Isabel de Valois.

1569 – El quinto duque comienza las reformas del palacio: cambia los huecos de la fachada y manda pintar las techumbres de las salas bajas.

1878 – El duque de Osuna vende el palacio al Ayuntamiento y al ministerio de la Guerra.

1936 – Un bombardeo de la aviación nacional destruye el palacio.

1961 – Se inicia la restauración completa del palacio y se destina a usos culturales.

2004 – Vacío de la Biblioteca, se le buscan nuevos usos públicos.

POSIBLES DESTINOS PARA UN PALACIO

Se queda el palacio, que ahora comienza a recibir tratamiento restaurador en su Patio de los Leones, vacío de una institución que le ha dado vida durante los últimos 30 años: la Biblioteca Pública Provincial, que se traslada ya al Palacio de Dávalos.

Con ese motivo, surgen las propuestas para dotar al palacio, una vez más, de contenido.

Todavía lo tiene, porque es sede del Archivo Histórico Provincial (aunque sabemos que la Junta se ha puesto a buscarle otra ubicación) y del Museo Provincial de Bellas Artes. Pero el hueco que queda dentro es inmenso. Hay que llenarlo como sea, hay que llenarlo bien, y hay que llenarlo pronto.

Nuestro alcalde ha propuesto, apoyado por miembros del Consejo de Gobierno de la Región de Castilla-La Mancha, convertirlo en sede periférica del Museo del Prado. Para que en él se alberguen esas infinitas cantidades de piezas, todas hermosas, de pintura y escultura que ya no caben en Madrid, y se amontonan en sus sótanos. La idea es muy buena, y, en todo caso, habrá que esperar a ver qué opinan los responsables del Museo del Prado, pues la propuesta saltó a la prensa antes de que a ellos les llegara la petición.

A mí se me ocurre otra, que debería ser tomada en cuenta, simplemente porque es ofrecida ya desde hace mucho tiempo, y no acaba de cuajar entre nosotros: poner en este Palacio el Museo de la Ciudad. La historia de Guadalajara convertida en paneles, piezas y elementos visuales que a todos cuantos lo visiten les diga la importancia de Guadalajara a lo largo de los siglos, su significado en la historia general de España: maquetas, retratos, documentos, perfiles y homenajes. Ese Museo de la Ciudad sería posiblemente la mejor ocupación que se le podría dar al palacio ducal de los Mendoza.

Ya sé: si aquí viene el Prado, vendrán con él otras muchas cosas, entre ellas turistas. Pero la historia de la ciudad, nuestra raíz que es tanta, ¿dónde y cuando se va a poner para ser conocida? Es responsabilidad del alcalde, también, buscarle un sitio a ese Museo. Y hacerlo bien.



Antonio Herrera Casado
Cronista Provincial de Guadalajara


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Información sobre el autor: Antonio Herrera Casado
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