Semanario NUEVA ALCARRIA

Guadalajara
Sección
Artes y Letras
Fecha:
5 Diciembre 1997


29 Noviembre 1997 - Muere en Sigüenza Fermín Santos

Fermín Santos Alcalde, ya en la historia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fermin SANTOS ALCALDE, el pintor de la Alcarria, de Sigüenza, de las magias negras, de las catedrales, de las breves apuntaciones y los nerviosos esquemas rurales, ha muerto. Ese artista recio en el espíritu y breve en la figura, que llegó a dar, en su continuada labor de decenios, la tierra de Guadalajara al mundo entero, nos ha dejado para siempre. Los perfiles que a nuestra tierra concedió de valentía y originalidad, parecen haberse quebrado con su partida. Desde que, pasada la Guerra Civil, Fermín Santos se hiciera famoso en el viejo Madrid de los Austrias, decorando bares y ofreciendo su visión personalísima de las costanillas, tantas frases se han desgranado en torno a su obra y su persona, que para esta ocasión solemne, como es la de su muerte, todas suenan a repetidas. Llamarle genio no es nuevo, aunque es justo. Y decir de Santos que fue un hombre sencillo hasta el límite, afable en demasía, añadiéndole cualquier adjetivo en ponderación, porque de tan medido nada se desborda, creo que es intentar acercarse a la verdad de su ser. Una forma, quizás demasiado sencilla, pero en cualquier caso efectiva, de acercarse a su esencia y a su verdad, sería llamarle «genio» sin ambages, calificarle del más grande pintor del siglo en nuestra tierra, abandonado ahora al silencio del más allá, aunque con el aplauso de cuantos quedamos para recordarle.

Quien fue Fermín Santos

Fermín Santos Alcalde nació en la villa alcarreña de Gualda, en 1909, en una familia de pequeños industriales afincados en Madrid. Desde muy joven comenzó a desarrollar sus aficiones pictóricas y artísticas, asistiendo a las clases de dibujo y pintura en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Cuatro Caminos, con Marceliano Santamaría, así como en un taller de ebanistería y barnizado. También acudió por temporadas al Casón del Retiro, a dibujar. Finalizada la guerra civil, ingresó en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, de Madrid, donde tuvo por maestros a Vázquez Díaz, Eduardo Chicharro, Benedito, José Garnelo, etc. Ganó entonces, por oposición, una beca de la Diputación de Guadalajara para poder costearse sus estudios en la Escuela de Bellas Artes madrileña. De ahí salió con una gran formación académica, entrando a trabajar en la «aacheción Generalísimo Franco» como decorador de primera, realizando con sus pinceles la decoración de valiosísimas piezas de porcelana. A partir de entonces, la carrera artística de Fermín Santos fue fulgurante, dedicándose por entero a su arte, decorando edificios, recintos, etcétera, y realizando una producción de caballete muy densa y variada. 
Ganador de importantes distinciones, pueden ser destacadas el Premio y Matrícula de Honor Fin de Carrera «Vázquez Díaz», diversas medallas en los Salones de Otoño, y la Paleta de Oro en el Salón Otoño de 1981; la Abeja de Oro de la provincia de Guadalajara, y muchas otras. Fue cronista artístico de la ciudad de Sigüenza (Guadalajara).
Ha realizado también numerosísimas exposiciones de su obra, siendo las más destacables, la antología que presentó en la Dirección General del Patrimonio Artístico, Archivos y Museos, en las salas de la Biblioteca Nacional de Madrid (1978); otra antológica en la Diputación Provincial de Guadalajara, en 1988; diversas muestras en el Parador «Castillo de Sigüenza», y otras en la Galería Bernardi, de Washington, en 1969; en la Galería Quixote, en la Galería Heller, y en la Galería Gavar, de Madrid, así como una magna exposición en el Ateneo de Madrid.
Sobre la pintura, polimorfa y personalísima, de Fermín Santos, han escrito muchas páginas los más prestigiosos críticos de arte españoles, desde Campoy a Camón Aznar, Raúl Chavarri y muchos otros. Todos coincidieron en apreciar en la obra de este genial pintor alcarreño los valores indiscutibles del maestro que traza su propio camino y no se doblega ante modas o corrientes. Pintor de Madrid, y de la Alcarria, los abiertos paisajes castellanos, y los rincones humildes de la gran urbe quedaron reflejados en sus pinceles con fidelidad absoluta. Además, penetró en el difícil mundo del figurativismo con soluciones valientes, sorprendentes, tendentes a una «escuela negra» en la tradición tenebrista hispana.

Una antológica final

¿Quién como Fermín Santos se ha desbordado de la simple correción de formas, y se ha lanzado por caminos nuevos, por expresiones no usadas hasta entonces? ¿Quien se planteó pintar lo que veía de un modo que solamente él veía? La Alcarria y sus gentes, que hacen las cosas y rezan las oraciones como en sombrío, bajo el techo inacabable de las oscuras bóvedas de la tierra, fueron dibujadas por Fermín Santos con el color y la silueta que hasta ese momento nadie había descubierto en ellas. En su tarea silenciosa, durante medio siglo salió a la calle, cada día, papel y lapiz en la mano, y puso relieve a la calleja, horizonte a los arcos de la catedral, música a la fiesta... nunca necesitó Santos recurrir al esquizogesto para quedar finalmente catalogado de primera figura por todos. Como hoy lo está, entre el escalofrío y la lágrima de quienes le conocimos y le admiramos.
Hoy en el Cielo, en esa sala de exposiciones grande y luminosa, están de fiesta. Porque Fermín Santos alberga entre las nubes su antológica perfecta. No falta un solo cuadro de los que pintó en vida. No falta un solo rincón del Rastro, de la calle Carretas, de Pelegrina o la Alameda. Están los muros y los rosetones de la Catedral seguntina, las fiestas de Pareja y Durón, el aire limpio de Gualda. En esta exposición solemne que el pasado 29 de Noviembre se inauguró en la Gloria, tienen cabida el arco de Arrebatacapas, los borrachos de Mundo Nuevo, y las procesiones macabras de un carnaval serrano. No faltará nadie al evento. Desde Camón Aznar al marqués de Lozoya: cuantos admiraron su arte han corrido a verlo de nuevo. Él, casi escondido tras su bata gris, llenas de color las manos, el rostro limpio de alcarreño sincero, se pasea suave y silencioso. Todos hablan de su fuerza, de su visión única, de su imaginación desbordante. Fermín Santos está detrás de cada corro: ha llegado sin ser oído, no dice nada. Como los grandes pintores, su expresividad está en el lienzo, sobre el papel nervioso, en los colores que bruscos u opacos se lanzan sobre la superficie virgen. ¡Qué clamor de aplausos, los que se han oído estos días en el Olimpo de los artistas! Y nosotros, aquí abajo, tan sólos, sin su presencia querida, sin su brevedad de bien.

Antonio Herrera Casado
Cronista Provincial de Guadalajara


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