El pasado viernes
día 12, en el transcurso de la anual Fiesta de los
Premios Provinciales "Provincia de Guadalajara"
que organiza la Excmª Diputación Provincial, se
presentaron los libros que ofrecen el contenido de los
premios cuya esencia es el escribir, y que se llevaron
los correspondientes galardones el pasado año 96. Allí
estaban las obras de Carmen Rubio López, su «Desván de
la memoria», un precioso libro de poesía; de José de
Uña Zugasti, su novela «En el vientre del gran pez»,
todo un monumento a la simbología literaria; y el obrón
ganador del Premio de Investigación Layna Serrano,
escrito por Juan Antonio Marco Martíne y titulado «El
retablo barroco en el antiguo Obispado de Sigüenza».
Esta obra, que consta de 654 páginas, merece que nos
detengamos, aun con la urgencia que estas líneas
conllevan siempre, en su contenido y sus aportaciones.
Porque la cultura en Guadalajara, que está [siempre lo
digo porque cada vez estoy más convencido de ello] en
los libros que sobre ella se escriben, va a aumentar sus
horizontes con esta espléndida obra.
En nuestra tierra, que se han llenado cientos, miles de
páginas, sobre el arte románico, la introducción y los
logros del Renacimiento, las maravillas del manierismo,
los alardes del eclecticismo velazqueño, y las
sutilidades de la arquitectura rural, no se había dicho
todavía nada consistente cobre el barroco.
De tantos estudios, de tantos premios, de tantos libros
sobre el arte y la historia, ¿quién se había
entretenido en bucear en los elementos barrocos de
Guadalajara provincia? ¿Dónde estaba el barroco? Nadie
hasta ahora lo había encontrado. Hallazgo
del barroco
Y en el prólogo a este libro
impresionante y revelador, digo algo así como que «...
pero el barroco estaba. Hacía falta, tan sólo, que
alguien se aplicara a su estudio en profundidad. Un
estudio que daría, a nada que se buceara con paciencia
en los archivos, y se mirara con ojos nuevos, con
renovado prisma, en las iglesias, en los palacios, en las
expresiones de la pretérita arquitectura, una
consistencia muy firme al «corpus» del barroco en
Guadalajara. Este estudio ha llegado. Es el que tienes,
lector amigo, entre las manos».
Este libro es, en cualquier caso, el inicio de ese
estudio. Una parcial aproximación al mismo. Pero con
todo el rigor, con toda la profundidad que el tema
pedía. El autor de este libro, el sabio y afortunado
investigador que es Juan Antonio Marco Martínez, nos
ofrece un aspecto absolutamente inédito del arte en
Guadalajara. Es parcial porque se limita a los
territorios de la antigua diócesis de Sigüenza. Que
abarcaba la propia ciudad episcopal con su arciprestazgo
entero, más los de Atienza, Jadraque, Cifuentes y
Molina. Los más meridionales, Brihuega, Pastrana, Hita y
Guadalajara, por pertenecer a la archidiócesis de Toledo
hasta 1955, quedan fuera de este estudio. Y es quizás en
ese entorno geográfico donde se den los mejores
conjuntos, las expresiones más espectaculares de los
retablos barrocos (recordar, en un momento, los altares
de San Nicolás el Real en Guadalajara, el de la
parroquia de Chillaron del Rey, el de Illana, el de las
Carmelitas de San José...)
Antes de escribir este libro, Juan Antonio Marco
encontró un filón que puede considerarse como el sueño
de todo investigador documental. Aparte de los legajos
consultados en lugares como el Archivo Histórico
Provincial (protocolos notariales), en los libros de
Cuentas de Fábrica de las respectivas parroquias y en
las actas del Cabildo catedralicio de Sigüenza, la
aparición de más de doscientos expedientes conteniendo
cada uno toda la secuencia documental completa para la
contratación, cobro, tasaciones, recepciones, etc. de
otros tantos retablos de los siglos XVII y XVIII, ha sido
lo que le ha posibilitado llevar a buen término este
encomiable estudio. Ello, y un meticuloso sistema de
trabajo, que le ha hecho no solamente leer y transcribir
los documentos hallados, sino poner en relación a unos y
otros autores, seguir el rastro del trabajo y así
componer la biografía artística de cada uno, etc, etc.
Este libro que se ofreció por la Excmª Diputación el
pasado día 12, es un obra que se estructura como un
auténtico «escaparate» de noticias documentales. Es un
gozo llegar a cada templo, enfrentarse a la variopinta
secuencia de los colores, las tallas, las formas cada vez
más valientes, de los retablos, y hacerlo con los
documentos originales, completos, que se generaron al
compás de la talla de la madera y el dorado de sus
superficies...
Aunque no es la parte más firme del libro, pues no se
han podido publicar todas las que tenía el trabajo
original, ni tampoco se ha podido alcanzar la impresión
en color, que todavía encarece notablemente las
ediciones, también el acopio de imágenes es notable:
fotografías de los retablos en su conjunto, detalles
relevantes de los mismos, alguna traza, etc. Así se
alcanza la ideal oferta de todo estudio sobre historia
del arte: la imagen de un lado, el documento que lo
certifica por otro. Un paso más avanzado, la visión
iconológica del tema, como Panofsky propuso hace ya
muchos años, y otros muchos (entre ellos mi admirado y
añorado amigo y profesor Santiago Sebastián) lo han ido
perfeccionando, será quizás motivo de futuros estudios.
Aunque no es este el lugar de dar una relación
pormenorizada de los méritos y las novedades que aporta
este libro, no puedo resistirme a enumerar, en breves
líneas, algunos de los nombres que han saltado a la
vida, que han «resucitado» con este trabajo. Lo hago
porque, a mí por lo menos, al leer la obra, me ha
resultado tan fascinante y sorprendente, que para mí
mismo me pongo estas líneas de resumen.
Es sobre todo en la comarca del antiguo Señorío de
Molina donde Marco descubre autores y autorías. Quizás
porque allí abundan los grandes retablos barrocos
salvados de guerras, y en época clave del desarrollo
poblacional (el XVIII) se buscaron los mejores maestros
para hacerlos. Miguel Herber es quizás el más notable,
y quien en Tordesilos logra el máximo de su genio puesto
en forma de exuberante altar. Lo hace también en
Campillo de Dueñas, en Tordellego, en Concha, etc. Su
hijo, Cristóbal Herber, seguirá sus pasos. También
aparecen los nombres de José Lanzuela (que trabaja en
Setiles y Peralejos dando vida a retablos fascinantes) y
Pascual Navarro en Alcoroches y Adobes. Pero es también
en la zona de Atienza, -allí Francisco Mendo se muestra
valiente hacedor de retablos-, donde aparecen piezas
nuevas y autores desvelados. Y en Sigüenza finalmente,
quizás con menos novedades, pero con absolutas
maravillas, desde el gran retablo catedralicio comandado
por Giraldo de Merlo, hasta los más humildes de Anguita
y Bujalaro, firmados por Juan de Arañó, o las
interesantes piezas que se reparten por la comarca
tratadas por Pedro Castillejo, con el altar de Arbancón
que firma junto al pintor Matías Jimeno...
La obra de Marco Martínez es para ser leída y, sobre
todo, consultada. Es un archivo desmedido. Tanto como
medido es el proceder de su autor. Hay que conocerle,
saber de su físico escueto, de su tranquilo hablar, de
su paciente laborar en largas jornadas que son
propiciadas, hay que saberlo, por su condición de
eclesiástico (canónigo además, y maestro de capilla de
la catedral seguntina) que, libre de tareas familiares
puede dedicar muchas horas ininterrumpidas a la
investigación, a la elaboración de tales memorias.
Juan Antonio Marco Martínez, el autor de este
maravilloso estudio sobre «El retablo barroco en la
antigua diócesis de Sigüenza», representa, pues, una
forma de actuar que parece sobrepasada, pero que mantiene
su valor, lo defiende incluso, en esta sociedad tan
pragmática, tan apresurada, tan diversificada. La
dedicación paciente de todo su tiempo, -del que haga
falta, y lo mismo da que sean meses, que sean años- para
buscar en archivos, para transcribir documentos, para
analizarlos luego, para relacionar las noticias que de
ellos se concretan... y escribir al fin estos trabajos
llenos de información, de apreciaciones, de sabiduría,
en suma, que transmite a sus lectores. España debería
recuperar como modelo a estos sabios, a estos
investigadores. Olvidar de una vez tanto relumbrón de
tele, tanto novelista de fogonazo, y apoyar a gentes como
Marco, que en silencio, en el anonimato, trabajan en
tareas que dan de verdad lustre a su tierra, consistencia
a la historia de sus viejas ciudades, ánimos renovados a
la cultura provincial más genuina. Hay que recuperarlos,
animarlos, premiarlos incluso.
Esto es lo que ha hecho la Excmª Diputación Provincial
de Guadalajara, que instituyendo un Premio a la
investigación histórica sobre Guadalajara, y poniendo a
ese premio el nombre de un inolvidable cronista que dio
vida a ese modelo de actuación -Layna Serrano- ayuda a
que este modelo de español no desaparezca, sino que, muy
al contrario, se anime a seguir en su tarea, seguro de
que su trabajo será reconocido, aireado, aplaudido como
lo es ahora esta jornada -larga y prolífica- que Marco
ha rematado con este libro.
Antonio
Herrera Casado
Cronista Provincial de Guadalajara
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