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Un descanso en la
ruta, en el caserío de Séñigo, junto a la vieja torre medieval.

Llegados a Palazuelos,
admiramos la villa amurallada.
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ENTRE
SIGÜENZA Y PALAZUELOS
por
Pedro Miguel Ortega Martínez
El día escogido para hacer este
reportaje no pudo resultar mejor. Un sábado, día 3 de junio, dentro del
inestable tiempo primaveral, decidimos emprender la marcha dejando el
vehículo particular aparcado en casa. Soy de los que piensan, cuando de
narrar algún deporte se trata, hacer esa práctica con todas las
consecuencias. Es decir, intentar el encuentro con nuestro medio ambiente
sin perjudicar la naturaleza.
Nada mejor para este detalle, volviendo a épocas ya pasadas, que tomar el
tren. Y así nos presentamos en la estación de Chamartín, para embarcar
a las 08:20 h. en un regional exprés que une la capital del estado con la
tranquila y provinciana Soria castellana. Si he de comentar mis
impresiones viajeras, vaya por delante mi asombro ante la mínima
expresión de un convoy ferroviario como es éste utilizado en el
transporte hasta Sigüenza. Pero bien es cierto que su limpieza, rapidez y
confort (incluyendo grata música para el pasaje), nos hizo presuponer un
magnífico comienzo para esta jornada.
El convoy que forma este único vagón nos llevó hasta Guadalajara
capital en tal sólo media hora, previa parada en Alcalá de Henares.
Desde aquí y hasta Sigüenza el paisaje por la vega del famoso río
alcarreño es una gozada, pues no en balde la primavera está resultando
generosa y la tierra agradece con toda su eclosión de colores vegetales
tanta bondad climática. La vía férrea casi besa los pies del castillo
de Jadraque, en cuya parada observamos descender algún madrugador
pescador que intentaría lucir sus artes de tan bello y culto deporte.
En hora y media de viaje, donde la tertulia y el relato llenan ese
período de trayecto, nos presentamos en la vieja Segontia. Bajamos los
macutos del portante, y al poner el pie sobre el andén nos dejamos
embelesar por una preciosa panorámica de la Sigüenza medieval. No son
las diez de la mañana todavía, y el sol juega a ocultarse entre nubes de
suave densidad. Tenemos el mejor tiempo de nuestra parte. Antes de empezar
la marcha convenimos los senderistas en darnos una buena protección
solar. El envase de crema dice factor 12, con lo cual nos damos por
rostro, brazos y piernas una buena fricción. Sobre la cabeza un gorro de
visera; y a los pies un calzado cómodo, de montaña o deportivo, con
buenos calcetines para mejor andar.
Mientras el tren sigue su rumbo hacia la Soria que tanto gustó al gran
Machado, nos es preciso deshacer un kilómetro de marcha en dirección a
Madrid. Se puede hacer este primer camino saliendo de la estación y tomar
el mismo a mano derecha, justo en paralelo a las vías férreas. Nosotros
optamos por cruzar los carriles, y pasar directamente al campo hasta
coincidir casi frente al polideportivo de Sigüenza. Desde esa parte nos
encontramos con un paso a nivel sin barreras que a mano izquierda nos
llevaría a la ciudad del Doncel, pero lo tomamos a mano derecha para
ascender hacia la carretera comarcal 114 en dirección a la Riba de
Santiuste. Desde el cielo, una bandada de águilas circundaban por las
alturas; su volar majestuoso, pausado, al tiempo que buscan su primer
alimento del día, es otro espectáculo natural y excelente en toda su
grandeza.
Por el camino citado, pisando sobre un asfalto huérfano de mejor cuidado
en algún tramo, seguimos ascendiendo sin llegar a superar la altitud de
los 1.000 m. Se culmina así la primera dificultad que, de haberse
realizado por la carretera que pasa ante la estación y el cuartel de la
Guardia Civil hubiera sido un ascenso mucho más prolongado. Una vez
superado ese escollo, entre la loma de Valdechábalos y la loma del
Mirón, nos recibe una magnífica panorámica del valle por donde discurre
el río Pozancos, entre las sierras de Bujalcayado y la Muela.
Una vez descansado ese repecho, dejamos de pisar el asfalto e iniciar
nuevamente la marcha por un camino agrícola. A nuestra derecha la
carretera sigue en dirección a Riba de Santiuste, mientras que por la
izquierda vamos hacia el encuentro con la torre de Séñigo. Según nos
adentramos en ese sendero, nos cautiva el paisaje que vamos manteniendo a
mano derecha. Todo es verdor, y los campos de cereales se advierten
tratados con mimo por sus agricultores. Se observan parcelas donde la
tierra ya ha sido roturada, y entre los surcos el campo tiende a
vitaminarse con los rayos de sol.
Es tanta la espesura vegetal que el caminante, no muy versado en asuntos
del campo, tiene dificultades para encontrar la senda que nos llevaría
hasta el viejo burgo de Palazuelos. Pasadas unas caballerizas donde se
anuncia el alquiler de equinos para deleite de valientes camporeros, nos
encontramos con los restos del torreón vigía tan bien detallado por el
profesor F. Layna Serrano -consultar Ediciones AACHE, de Guadalajara- cuya
ruina queda en un ribazo del valle. Hasta aquí hemos invertido tres
cuartos de hora en buena marcha. Paramos pues lindantes del viejo
paredón, que como por milagro se mantiene en pie, y nos refrescamos en
los caños de una cercana fuente. El rebosadero de este cantarín
manantial se aprovecha en una serie de abrevaderos en cascada de distinto
nivel, al cobijo de una breve pero frondosa arboleda. Entre el susurro del
viento fresco, los cantos de petirrojos y jilgueros.
Desde aquí seguimos la senda hacia Palazuelos, intentando no pisar el
cereal espigado y buscando mejor camino hacia el Alto del Monte y la Cruz
Delgada, sobre los 1.100 m de altitud. Encontramos linderos de propiedades
cuyos hitos avisan de pertenecer esos campos al común del pueblo, o bien
al Estado, cotos privados de caza, o dominios diputacionales. Siempre
manteniendo a nuestra izquierda los altos de la loma de la Pedriza,
buscamos el acceso más superior para captar nuevas imágenes de la villa
amurallada que protegiera el Marqués de Santillana por el siglo XV.
Cuando habíamos caminado otra media hora divisamos esa pequeña Ávila de
la Alcarria, rodeada de una panorámica bellísima: de un lado el
perímetro amurallado que abraza al pueblo por todos sus costados, de otro
-hacia la carretera de Soria- una frondosa alameda, al fondo el monte de
los Hornillos y la sierra de Bujalcayado.
Dejamos el sendero entre tomillares y retamas, bancos de margaritas y
desperdigadas amapolas, cuando habían transcurridos noventa minutos desde
la estación de Sigüenza. A nuestra espalda habíamos dejado campos
plenos de cereales, y entre éstos los cantos de perdices y codornices en
su disimulo cuando advertían nuestro paso cercano.
Según entramos por la puerta de la Villa, dimos gracias a San Roque
(patrón de caminantes y sufrientes) ante su hornacina, por la buena
marcha disfrutada. Miramos el reloj, y nos dimos cuenta de haber invertido
un total de tres horas entre Madrid y Palazuelos. Giramos visita detallada
por el pueblo. Cercana a la Iglesia de San Juan Bautista, otra de las
puertas abiertas entre las murallas se hermosea con un pilón sobre el que
vierten siete caños de agua limpia y refrescante. Una parada obligatoria
para senderistas. El líquido que sobra se conduce hacia un lavadero
cubierto y público existente junto a la misma puerta, pero por el otro
lado del recinto murado.
La plaza Mayor, donde se muestra el rollo o picota del villazgo que hoy es
pedanía de Sigüenza, se encuentra en plena reforma del solado. Quedará
hermosa y atractiva, pues hay que añadir la realización de distintas
obras en edificios aledaños al ágora. Sobre la cumbre del castillo vemos
una cuadrilla de obreros, faenando en la reconstrucción de ese alcázar;
uno de los lienzos de defensa en dicha fortaleza, orientado hacia el
interior del pueblo, se observa totalmente remozado.
También tuvimos oportunidad de visitar las obras de futuros alojamientos
rurales. Se anuncian como LOS ARCOS DE PALAZUELOS, y semeja su exterior
una construcción pétrea con simulados torreones. Una particular sociedad
denominada Nazareth Rural, S.L. está llevando adelante esa iniciativa
auspiciada por el programa Leader para el desarrollo de la Sierra Norte de
Guadalajara.
Sería la una del mediodía cuando decidimos buscar la senda que nos
llevaría hasta la alameda de Palazuelos. A un andar dimos con un bello
rincón, donde el ayuntamiento pedáneo ha instalado mesas formando
acogedor merendero, y cerca varios caños donde surte el agua fresca de
manantial. El liquido sobrante se vierte hacia otro estanque similar a un
lavadero, sin cubrir, también utilizable como abrevadero de semovientes.
Dicho entorno nos acogió como el abrazo de una inmensa tranquilidad,
donde cabe resaltar entre los sonidos naturales del campo el inteligente
canto del cuco.
De esta forma, el senderista, puede descansar como merece su propio
esfuerzo. Extendimos el clásico mantel, dimos cumplida cuenta de ricos
bocadillos, fresca ensalada, fruta o esos sabrosos productos secos como
nueces y avellanas por su estupendo aporte energético. Otro de los
atractivos ante la naturaleza: poder tumbarse en el suelo sobre un mullido
verde natural, mirar al cielo, e intentar que no te duerman los brazos
esos árboles tan altos, como si intentaran hipnotizar al cansado
transeúnte.
Tras ese breve descanso, de nuevo nos metimos en el camino. Con motivo de
un tiempo tan primaveral, el cielo se cubría o despejaba con cierta
frecuencia. Por un lado bien para los viandantes, pero por otro podía
descargar una tormenta. En lugar de optar hacia el monte serrano, seguimos
el sendero llano, muy cerca de la carretera comarcal. Caso de llegar agua
del cielo, buscaríamos refugio en el restaurante La Cabaña. Pero
retornamos de nuevo hacia la torre de Séñigo. Nueva parada, y el mismo
tiempo invertido: 45 minutos de agradable marcha. Después de otro corto
sosiego, de nuevo al camino para llegar cuesta abajo hacia Sigüenza. Su
paisaje urbano y monumental, es otra de las bellezas a imprimir
mentalmente entre los mejores recuerdos del viaje senderil.
Tuvimos oportunidad de saludar al corregidor de Sigüenza, Octavio
Puertas, a quien manifestamos los progresos observados en la vieja ciudad
medieval. No en balde, antes de tomar el tren de regreso a Madrid, tuvimos
tiempo suficiente de recorrer calles, jardines y plazas de Segontia. Otra
actividad más a sumar al deporte del senderismo: la cultura del lugar
visitado, sea éste campo, ciudad o mar.
También gusta el comentarista de comprar la prensa local. Lamentablemente
este tipo de publicaciones no llega a las grandes capitales, y sus
noticias quedan relativas a su propio entorno. Pero desde luego, su
contenido es curioso y lleno de esos detalles provincianos que todavía
conservan cierto encanto.
De nuevo al tren. La estación de Sigüenza se encontraba por esta fecha
en obras, Los andenes se adaptan a nuevas alturas de los vehículos
ferroviarios. El mismo convoy que nos llevó de mañana, nos vino a
recoger cuando serían las 18:45 h. de una tarde plena de luz hasta
pasadas las nueve de la noche. En el trayecto de regreso, los gratos
paisajes de Baides, Matillas, Jadraque, Espinosa del Henares...
Guadalajara, Azuqueca, Meco... Alcalá de Henares... Chamartín. Total,
otra hora y media de estupendo y confortable viaje.
Para resumir puede el senderista convenir, y de hecho así lo hace
constar, que este deporte no necesita de especiales cualidades. Lo que se
precisa para practicar el mismo son inquietudes. Realizar un deporte tan
sencillo como el expuesto requiere disponer de un sentimiento viajero
incansable. Este detalle es la mejor motivación que puedes mencionar, y
el aprecio personal hasta superar metas impuestas por el paseante. Puede
haber senderos de horas, días o meses, pero siempre se busca algo
desconocido para el deportista. El senderismo no se puede ver ni sentir
como un esfuerzo, aunque a veces se precisa. Se puede ser senderista en
barco, en tren o en cuadrúpedo; se trata de buscar algo nuevo... viajar
por viajar, no por haber viajado.
En mi opinión hacer senderismo, es andar, caminar, vagar por el mundo, y
reconocer nuestra condición humana como algo indispensable y propio que
debe tomar contacto -de vez en cuando- con la naturaleza. Nada más que
unos pocos privilegiados pueden permitirse ese lujo: saberse una pieza
más del medio ambiente, y como tal lo aman. Un capitalino como yo, en su
añoranza de tiempos más juveniles, procura darse un garbeo como el aquí
relatado. Y lo mismo recomiendo al amable lector, porque el deporte
empieza así, por curiosidad, por ver hasta dónde uno puede llegar
personalmente. No tiene otro secreto.
Madrid, 13 de junio de 2000
Festividad de San Antonio
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