Cogolludo y su palacio ducal de los Medinaceli: un viaje obligado

PELEGRINA, un lugar en Guadalajara

Senderismo de Sigüenza a Pelegrina

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Al inicio de la ruta, parada en la fuente de la calle Villaviciosa de Sigüenza


Se ve Pelegrina en la distancia.

Mapa de la zona, en torno a Sigüenza

DEL HENARES AL RÍO DULCE

por Pedro Miguel Ortega Martínez

Las buenas impresiones recibidas por mis colaboraciones, sobre dicho tema, me anima a un encuentro con los posibles lectores de este entrañable medio de comunicación. Para la presente oportunidad pensé en un recorrido totalmente distinto al realizado entre Sigüenza y Palazuelos, pero buscando una distancia similar, y dentro de la misma Sierra Norte de Guadalajara. Conocía de hace años la hermosa hoz del río Dulce, y su "capital" de curioso nombre: Pelegrina. Un paisaje así, un lugar que tan poderosamente llamó la atención del doctor Félix Rodríguez de la Fuente, merece ser redescubierto; pero llegando a él sin vehículo a motor, y sin pisar constantemente el asfalto.

Dicho esto, puedo explicar al amable lector que elegimos nuevamente un día de primeros de junio. El campo, la bella serranía de Guadalajara, se advertía agradecido por el agua de tanta lluvia invernal, y se mostraba pleno de colores verdosos en todo su esplendor. Un invierno tan benigno como el pasado, ha generalizado en toda España unos paisajes dignos de culto. De esta cultura me declaro admirador del doctor Antonio Herrera Casado, cronista oficial de la provincia de Guadalajara.

Preparamos pues un plano o mapa topográfico, del Instituto Geográfico Nacional, escala 1:25.000, cuya referencia 461-IV se centra en Sigüenza. Y también nos hicimos con las previsiones climáticas del Instituto Meteorológico, visitando su portal www.inm.es lleno de curiosidades y datos útiles. Dicho día concreto fue el 9 de junio, para el cual los pronósticos anunciaban cielos algo nublados.

Nuestra ruta de senderismo empezó en Chamartín, principal estación de RENFE en Madrid, de entre cuyos andenes partimos en un regional exprés a las 8:15 horas con destino a la vieja ciudad del Doncel. Intentar emular el famoso VIAJE A LA ALCARRIA de don Camilo José Cela, a mediados de los años cuarenta -siglo pasado- es pura imaginación. No obstante les animo a su lectura.

El moderno tren eléctrico llegó a Guadalajara capital, cuando serían las 8:55 h. Desde la antigua ciudad arriacense, el convoy ferroviario empieza a ganar altura entre los campos de una vega tan bella como hermosa. Sin parar, admirando el color de la tierra y los cultivos, puedo anotar los rótulos de estaciones como Humanes y Espinosa de Henares; una parada al pie del castillo roquero de Jadraque (siendo las 9:25 horas) y pasando por Matillas y Baides llegamos a la antigua Segontia romana cuando eran las 9:45 horas. Dejo constancia de la puntualidad en los caminos de hierro españoles de hoy, como buen hijo que he sido de un obrero del ferrocarril.

Nos recibió Sigüenza con luz primaveral, y muy pocas nubes en los cielos que dan techo a un trazado urbano propio del medievo. Costó encontrar un café abierto, en la esquina de Cardenal Mendoza con la calle del Humilladero, para contrarrestar el madrugón. Luego compramos pan recién hecho, panadería de Ibañez, en la calle de la Cruz Dorada; y cargamos de agua fresca en un caño existente frente al Colegio de la Sagrada Familia, calle de Villaviciosa.

Pertrechados de buen calzado, la carga justa de alimentos en la mochila y un buen bastón donde apoyar mis sobrepasados cincuenta años, salimos para el campo siguiendo por la Avda. de Juan Carlos I, carretera de Madrid, tomando luego el desvío hacia Alcolea del Pinar, siendo las 10:30 h., de ese sábado 9 de junio.

Dejamos una bellísima Sigüenza, besada a sus pies por el Henares. Si la famosa ciudad del Doncel se encuentra a 1000 metros de altitud, deberíamos subir hasta la cota de los 1130 m. pasado El Rebollar, y desde allí bajar hacia Pelegrina.

Según nuestro mapa topográfico, encontramos el camino del Rebollar nada más pasar la fábrica de maderas existente en la carretera antes citada. Empezamos pues el ascenso de otros 60 m. de altitud, evitando los sembrados, en una distancia de unos 1000 m de longitud. A nuestra espalda, esa impresionante mole del castillo mendocino convertido hoy en Parador Nacional. El cielo de un azul intenso, aunque el aire nos venía fresco y de cara; las nubes, todavía algo dispersas, nos permitirían unas buenas horas de senderismo por la pendiente.

Ante un paisaje así, frente al pinar situado al otro lado de la carretera que lleva a Barbatona, paramos un momento para darnos algo de protección solar en rostro, brazos y piernas. El teléfono móvil nos recuerda estar en la civilización del siglo XXI, y es Alicia –una querida amistad- quien nos llama desde Madrid interesándose por nuestras andanzas senderiles. Le mandamos todos saludos, y seguimos adelante.

Llegamos hasta la carretera GU-118 que viene de la general, por La Buitrera, y sigue hacia Pelegrina. Aquí la llanura es relajante. El campo de este monte bajo nos recibe con un olor a bendita naturaleza. A nuestra izquierda dejamos unos barracones que luego supimos ser hangares para la práctica de vuelo con ultraligeros.

Nos adentramos en El Rebollar en dirección hacia el Sur. La vegetación es tan espesa que nos cuesta encontrar alguna senda o vereda practicable. Notamos el descuido donde ha venido a caer tan hermoso bosque. Las ramas secas nos impiden el paso, y otras caídas por el suelo rozan nuestras piernas entre los yerbazales. Decidimos pues tomarnos un descanso. Cuando eran las doce del mediodía dimos buena cuenta de un sabroso tente en pie, compartiendo una cervecita fresca entre Dori, mi mujer, Pilar amiga y compañera de estos andares campestres, y un servidor. Los silencios, que tanto gusta a naturalistas nos invaden como aislándonos de la realidad cotidiana; mientras, un águila otea desde las alturas acompañado de lejos por su pareja.

Continuamos el sendero intentando hacerlo recto, y nos encontramos con el Barranco de la Guardera. Habíamos recorrido unos tres kilómetros en dirección al vértice geodésico en el paraje conocido por La Mina, a 1131 m. de altitud. Pero la espesura del bosque nos equivocó en unos 90º al Este, volviendo a encontrar nuevamente la calzada que conduce a Pelegrina.

Esta equivocación nos llevó a marchar unos mil metros por carretera, hasta encontrar la Cañada Real Oriental Soriana, señalizada por Fomento como vía pecuaria. Desde aquí, y con el paisaje más despejado, decidimos acortar distancia siempre en dirección al Sur por un camino abandonado entre una estribación conocida por Los Llanitos, al Este, y otra denominada La Tobilla al Oeste. De esta forma reducimos camino y al fin desembocamos frente a Pelegrina, subida en un leve otero pedregoso, cuando eran las 13:00 h. Es decir, casi tres horas después de salir de Sigüenza.

Desplazarse a pie siempre ha sido una necesidad del hombre, y en numerosas ocasiones un auténtico disfrute. Ahora teníamos el placer de contemplar, casi como deben ver los buitres del Atance, el barranco del río Dulce. En ese relajado instante, tuvimos la sensación de que todo el cansancio había desaparecido.

Enfrente y rodeada por el Norte de campos de cultivos dedicados al cereal, Pelegrina se apiña entorno a los escasos -y ruinosos- muros de un pequeño castillo aun en pie, perteneciente en su día a los obispos seguntinos. Sin embargo, en los años que este comentarista no había vuelto por tan hermoso paraje, convengo en advertir de las muchas mejoras observadas -desde lejos- en las casas y demás construcciones que, de una u otra manera, dan forma y conforman a tan sencilla pedanía.

Aguas arriba, hacia la derecha de nuestra privilegiada panorámica, se puede admirar la fila de chopos junto al río. Es como si los altos y verdosos árboles dieran cobijo al arroyo entre ambas márgenes, guardando así ese fresco rincón natural de los tajos abruptos del despeñadero.

Pero si nos había costado un esfuerzo subir hasta esa cota, unos 1.117 m. de altitud, ahora deberíamos bajar a 1.000 m. en tan solo 500 m. de distancia. Es decir, la pendiente era pronunciada. Y tras cruzar el arroyo del Val, nuevamente deberíamos subir por un cuestudo atajo hacia el pueblo. Cuando se llega a Pelegrina, como mínimo, se ha de tener intención del subir al castillo. En la bajada que les relato encontramos la senda un aprisco. Y desde éste fue sencillo continuar hacia el Oeste, hasta dar con un camino empedrado para facilitar el descenso (o ascenso, según se mire) de los semovientes de antaño que harían la ruta del comercio entre Pelegrina y Sigüenza. A nuestra diestra quedó un majestuoso barranco que se puede admirar, desde los pies del referido castillo, cuando en tiempos de lluvia deja despeñarse desde las alturas una bellísima cascada.

Una vez cruzado el citado arroyo del Val, subimos pues hacia Pelegrina pasando junto a un modesto y cuidado cementerio. Como en anteriores ocasiones el caminante busca esa fuente que, con tan buen criterio de las buenas costumbres castellanas, siempre hubo incluso en la más humilde plaza de cualquier pueblo. Independientemente de la altura, y su ubicación en medio del caserío, el caño de rica agua nos permitió refrescarnos generosamente. Habíamos llegado a esta pedanía seguntina cuando serían las 13:30 h., de un sábado 9 de junio. Y el cielo empezó a cubrirse de nubes.

De todas formas, a pie del castillo que hace más de ocho siglos donara, expresamente, el rey Alfonso VII a título de señorío para los obispos de Sigüenza, pudimos comer. Tomamos plaza en una mínima pradera verde, colgada a modo de mirador sobre un precipicio. Frente a nosotros la vega se suaviza en amplias explanadas de fértil tierra de labor. Desde esa altura, la corriente de aire refrescaba entre el barranco. Incluso notamos el aumento de la humedad en el ambiente, y los primeros pinteos del agua en finas gotas de lluvia nos anunciaba un retorno distinto hacia el tren.

Nada más terminar el almuerzo, empezó a caer una leve lluvia sobre Pelegrina. Decidimos retornar cuanto antes a Sigüenza. Pero no sin realizar un interesante recorrido por las estrechas callejas del burgo. Vimos mucha obra de restauración en viviendas, y también otras casas de nueva construcción. Nos detuvimos ante la iglesia parroquial –casi una ermita- para contemplar su preciosa puerta románica. Sobre el tímpano de la misma un sello heráldico; luego supimos perteneció a don Fadrique de Portugal, prelado seguntino entre la segunda y tercera década del siglo XVI.

Nos despedimos de Pelegrina hablando con algunos vecinos, quienes nos confirmaron haber hecho en su mocedad el mismo sendero que nosotros. Entonces no había cultura por el deporte, pero los mozos se desplazaban hacia la ciudad del Doncel con motivo de las fiestas, y volvían a pie hasta esta orilla del río Dulce incluso de noche.

Volvimos a consultar el mapa. Para este tipo de actividad nada más se precisa unos conocimientos de orientación, tomar algunas referencias entre el horizonte, una mínima preparación física y bastante espíritu de sacrificio. Regresamos pues al estrecho camino empedrado, casi oculto entre una espesa vegetación que nos dificultaba el ascenso. Según ganamos la cumbre del monte bajo, desaparecían las plantas arbóreas dejando paso al pedregal; entre éste, algún toque verde gracias al tomillo, la lavanda, y demás pequeñas especies olorosas.

Una última visión al castillo de Pelegrina. Y allí lo dejamos entre los barrancos, tal como debieron verlo finalmente las tropas derrotadas del Archiduque Carlos, en 1710; o un siglo más tarde las huestes napoleónicas, cuando provocaron en todo nuestro país una heroica Guerra de la Independencia.

Llegamos por fin al Rebollar, bajo una lluvia que iba cada vez a más. Esta circunstancia nos obligó a apretar un poco el paso. Entre el avituallamiento no habíamos previsto alguna prenda impermeable o chubasquero. El insistente chaparrón, un denso bosque propio del monte bajo, la denunciada falta de limpieza forestal, nos hizo sufrir otra desviación del camino previsto para el regreso.

Si empezamos la vuelta sobre las dos y media de la tarde, a las cinco pudimos entrar nuevamente en Sigüenza. Cortamos la carretera que viene de Alcolea del Pinar, y nos llevamos grata sorpresa atajando por una vereda llena de alta hierba: los caracoles salían buscando un poco de sol…, aunque mejor estarían en sabrosa cazuela. Llegamos, después de un reconfortante café, a la estación. Mientras hacíamos tiempo esperando un exprés procedente de Soria para Madrid, me entretuve en copiar los siguientes versos inscritos en un curioso mosaico, y terminar este último apunte senderil despidiéndome de ustedes con tan bella lectura. Dice así:

Martín Vázquez de Arce – Doncel de Sigüenza

Volviendo de una oscura madrugada
por la vereda inerte del otero,
vi la sombra de un joven caballero
junto al azarbe helado reclinada.

Una mano tenía ensangrentada
y al aire la melena, sin sombrero.
¡Cuanta fatiga en el semblante fiero
dulce y quebrado como el de su espada!.

Tan doliente, tan solo y mal herido
¿a dónde vas en esta noche llena
de carlancos, de viento y de gemido?.

Yo vengo por tu sombra requerido,
doncel de la romántica melena,
de voz sin timbre y corazón transido.

Rafael Alberti.

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Actualizada a 2002-06-19

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